Jefa, no me provoques Capítulo 35
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Capítulo 35

Alma

No reaccioné de inmediato. Creo que, en un acto de pura supervivencia, mi mente tomó la determinación de blindarme durante unos segundos antes de permitir que el peso absoluto de la verdad terminara de destruirme por completo.

Me quedé completamente petrificada en mitad del despacho, contemplando a Lukas como si de repente hubiera comenzado a hablar en un idioma extranjero que yo era incapaz de descifrar.

Como si sus palabras hubieran carecido de cualquier sentido imaginable.

Pero lo tenían; vaya si lo tenían. Y era precisamente por eso por lo que dolían con una intensidad tan lacerante.

Lukas permanecía frente a mí con los rasgos rígidos, los hombros tensos y esa expresión tan contenida que adoptaba cada vez que intentaba por todos los medios evitar hacerme daño, sin lograrlo. Aunque ya era demasiado tarde para eso; el daño estaba hecho y era definitivo.

—¿Quién? —pregunté al fin, y mi propia voz me resultó extraña, lejana y completamente vacía.

Él tardó solo un instante en responder, pero ese breve espacio de tiempo me bastó para asimilar que mi vida acababa de romperse en dos mitades irreconciliables: el antes y el después de esta conversación.

—Arturo Linares no solo participó en la red —sentenció con voz grave—. Fue él quien ordenó silenciarla.

Silencio. No un silencio ordinario, sino uno de esos vacíos densos que se te instalan en el esternón y te aplastan el pecho.

El aire abandonó mis pulmones a una lentitud agónica mientras sentía cómo algo dentro de mí comenzaba a quebrarse con una precisión quirúrgica y aterradora.

Noté que las piernas me flaqueaban, la garganta se me cerraba por completo y la piel se me tornaba gélida.

Y entonces, como una compuerta que se rompe, llegaron los recuerdos.

Fragmentos, pedazos sueltos de una existencia que hasta ese preciso instante habían sido solo imágenes desprovistas de contexto: mi madre riendo en mitad de la cocina, sus manos apartándome con delicadeza el pelo de la cara cuando era apenas una niña, el aroma exacto de su perfume y, de inmediato, las grabaciones de los discos duros, su voz impregnada de nerviosismo repitiendo una y otra vez: «No fue un accidente» .

Cerré los ojos un segundo. Solo uno. Pero fue más que suficiente para que todas las piezas del puzle encajaran de la peor forma imaginable. No había fallecido por azar, ni por un golpe de mala suerte en la carretera. La habían asesinado.

Una oleada de náuseas me revolvió el estómago.

Abrí los ojos de golpe y me aparté de Lukas de forma instintiva, dando varios pasos hacia atrás sin apenas darme cuenta.

Necesitaba moverme, necesitaba que el aire entrara en mis pulmones; necesitaba, por encima de todo, evitar derrumbarme delante de él.

—Mi padre lo sabía… —susurré en un hilo de voz.

Lukas no respondió de inmediato, y ese mutismo fue infinitamente peor, porque su silencio actuaba como la confirmación más rotunda.

—Sabía lo suficiente —admitió finalmente—. No todo.

Dejé escapar una risa seca, rota, completamente desprovista de humor.

—Eso no lo hace mejor en absoluto.

Empecé a deambular por el despacho sin un rumbo fijo, moviéndome demasiado rápido, con los nervios a flor de piel.

Cada paso que daba resonaba como una pequeña explosión dentro de mi cabeza.

Toda mi existencia se reducía a una gran mentira minuciosamente edificada: mi apellido, la empresa, las medias verdades, las ausencias prolongadas, las malditas evasivas.

Todo. Me giré bruscamente hacia él, con los puños apretados.

—Toda mi vida… toda mi maldita vida he estado rodeada exclusivamente de mentiras.

—Alma…

—¡No! —lo interrumpí de golpe. Mi voz tembló, pero esta vez no era por miedo; era por una rabia pura y abrasadora—. No te atrevas a decirme que lo entiendes.

Lukas dio un paso firme hacia mí, intentando acortar la distancia, pero retrocedí instintivamente.

Pude ver el impacto de mi rechazo reflejado en su rostro; no fue un golpe físico, sino algo mucho peor, un impacto emocional que pareció atravesarle el pecho.

Pero en ese preciso instante yo era incapaz de tolerar el contacto de nadie.

Sabía que, si alguien me tocaba, me rompería en mil pedazos de verdad.

Durante varios minutos no volvimos a articular palabra. El despacho permaneció sumido en un silencio denso y plomizo mientras yo intentaba desesperadamente ordenar el caos absoluto que rabiaba en mi interior.

Sin embargo, algo comenzó a mutar muy despacio en mí; lo sentí expandirse por mis venas.

Primero fue el dolor lacerante, mutando después en una rabia ciega, para finalmente estabilizarse en una frialdad absoluta.

Una calma sumamente peligrosa, similar a la que precede al estallido de la tormenta.

Detuve mis pasos, me giré por completo hacia Lukas y percibí el instante exacto en que él comprendió que algo acababa de endurecerse de forma irreversible en mi interior.

—Vamos a destruirlo —sentencié.

Mi propia voz me sorprendió. Sonó firme, precisa, desprovista de cualquier calidez; casi helada. Lukas me observó con una intensidad desbordante.

—Alma, esto es extremadamente peligroso.

—Mi madre murió por esto, Lukas —contesté, sosteniéndole la mirada—. Considerar el peligro ya no es una opción para mí.

Silencio de nuevo. Divisé la preocupación nítida en sus ojos, el temor por lo que pudiera pasarme, pero también algo más: admiración. Y aquello, extrañamente, me enfureció un poco. No quería que me admirara; lo único que deseaba en ese instante era ser capaz de volver atrás.

Regresar a la época en la que mi mayor complicación consistía en discutir con él en mitad de una junta o fingir que no me afectaba lo más mínimo la forma en que me miraba.

Pero la realidad era que ya no existía vuelta atrás.

Ya no era esa persona. Quizá, reflexioné con amargura, nunca lo había sido realmente.

Agarré mi bolso del sofá con movimientos secos y decididos.

—¿A dónde vas? —preguntó Lukas, tensando la mandíbula.

—A hablar con mi padre.

—No deberías ir sola.

—Necesito hacerlo.

—Alma…

—Necesito mirarlo fijamente a la cara y escuchar la verdad completa de su boca —dije, zanjando la discusión.

Él comprendió de inmediato que no iba a lograr hacerme cambiar de postura, por lo que se limitó a asentir lentamente.

No obstante, antes de que pudiera cruzar el umbral, me sujetó con suavidad por la muñeca; no ejerció fuerza, lo hizo con un cuidado extremo.

Esperé que pronunciara alguna frase tranquilizadora, algo bonito que atenuara el dolor, pero Lukas nunca había sido ese tipo de hombre.

Por eso mismo, lo que dijo a continuación me caló mucho más hondo.

—No permitas que esto te termine convirtiendo en alguien a quien odies.

Lo miré fijamente a los ojos y, por primera vez en toda la jornada, no supe qué responder, principalmente porque yo misma ya no estaba segura de en quién me iba a convertir.

El despacho de mi padre conservaba exactamente el mismo aroma de siempre: madera oscura, café recién hecho y una abrumadora sensación de control. Toda mi infancia y mi adolescencia se encontraban resumidas entre las cuatro paredes de esa estancia, y de repente, me produjo un asco profundo.

Mi padre levantó la vista del escritorio en cuanto entré; no mostró la menor sorpresa, lo que terminó de confirmarme que llevaba demasiado tiempo aguardando este inevitable momento. Cerré la puerta a mis espaldas con lentitud deliberada.

—Dime la verdad completa.

Mi padre apoyó los codos sobre la superficie de madera, luciendo un aspecto cansado, considerablemente más viejo de lo que recordaba.

—Ya te la conté, Alma.

Negué con la cabeza, esbozando una mueca de desprecio.

—No. Lo que me diste fueron simples versiones convenientemente adaptadas.

Silencio. El segundero del reloj de pared resonaba con una fuerza desmedida en la quietud de la habitación: tic, tac, tic, tac .

Y entonces aconteció algo que jamás, en todos los años que llevaba conociéndolo, había presenciado en él: Héctor Medina perdió el control.

Fue un matiz sutil, apenas un leve titubeo en su postura, pero más que suficiente.

Se pasó una mano por el rostro con parsimonia y bajó la mirada durante unos instantes antes de volver a sostener la mía.

—La red era considerablemente más grande de lo que alcanzas a imaginar, hija.

El corazón me propinó un vuelco violento dentro del pecho.

—¿Quiénes estaban implicados?

—Empresarios de alto nivel. Políticos. Inversores internacionales con capitales inmensos. Gente con un poder desmesurado, Alma.

—¿Y mi madre?

El dolor cruzó fugazmente su rostro y vi un sufrimiento real, brutal y descarnado.

—Tu madre tenía la firme determinación de exponerlos públicamente.

—¿Y tú qué hiciste?

Héctor cerró los ojos un segundo, asimilando el peso del recuerdo.

—Intenté detenerla por todos los medios.

—Porque tenías miedo —escupí con amargura.

—Porque sabía perfectamente de lo que eran capaces si se sentían amenazados.

Me aproximé lentamente hacia el escritorio, apoyando las manos en el borde.

—¿Lo sabías? —pregunté, y ante su silencio, comprendí la magnitud del asunto sin necesidad de que articulara palabra—. Sabías perfectamente que su vida corría peligro de muerte.

—¡Intenté protegerla! —exclamó, y la rabia contenida explotó finalmente en mi interior.

—¡No la protegiste! ¡No nos protegiste a nadie! —mi voz resonó con fuerza, rompiendo la falsa calma del despacho. Mi padre se puso en pie con calma.

—Hice todo lo que estuvo en mi mano, Alma.

—No —protesté con frialdad—. Hiciste única y exclusivamente lo que te convenía a ti.

Pude ver cómo el reproche le calaba hondo, hiriéndolo visiblemente, pero ya era demasiado tarde para que yo sintiera la menor compasión. Las lágrimas me escocían detrás de los párpados, pero me negué en redondo a permitir que brotaran.