Jefa, no me provoques Capítulo 34
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Capítulo 34

Lukas

Desperté antes que ella. Durante unos segundos que parecieron eternos, decidí no moverme; ni siquiera me atreví a respirar profundamente.

Me quedé allí, tumbado en el silencio de la penumbra, observando a Alma dormir entre mis sábanas como si mi propio cuerpo todavía estuviera intentando asimilar que aquello que acababa de ocurrir era real.

La luz gris del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas del dormitorio, dibujando sombras suaves y delicadas sobre su piel.

Tenía el pelo revuelto, cubriéndole parcialmente el rostro, y una mano descansando sobre mi pecho, justo encima del corazón, como si incluso en mitad del sueño necesitara asegurarse de que yo seguía allí.

La idea me destrozó lentamente por dentro, porque la verdad era que yo también necesitaba comprobarlo.

No sabía en qué momento exacto había ocurrido, ni cuándo demonios había dejado de verla como un problema, una distracción o alguien sumamente peligroso para mi estricto autocontrol.

Ahora la situación era muchísimo peor, infinitamente más irreversible.

Ya no quería protegerla solo por un sentido de la responsabilidad, ni por culpa, ni por la vieja lealtad que le debía a Klaus.

Quería protegerla porque la sola idea de perderla me partía en dos.

Y aquello, me gustase o no, me convertía en un hombre peligrosamente vulnerable.

Deslicé lentamente los dedos por su brazo desnudo.

Ella se removió apenas, todavía sumida en el sueño, y se acercó más a mí de manera inconsciente.

Mi pecho se tensó ante el gesto. Paz. Eso era exactamente lo que sentía, y no estaba preparado para gestionar algo así.

La paz siempre me había parecido una debilidad, un descuido inadmisible, un lujo estrictamente temporal antes de que aconteciera el inevitable desastre.

Pero con Alma dormida entre mis brazos, por primera vez en años no experimentaba la imperiosa necesidad de controlarlo absolutamente todo.

Y eso me desarmó por completo. La observé unos segundos más antes de formular un pensamiento que me dejó helado por dentro: Estoy perdido.

Completamente. Irremediablemente perdido por ella.

Alma abrió los ojos lentamente, confundida al principio, hasta que me descubrió observándola. Esa expresión suya tan característica, esa mezcla de ironía y vulnerabilidad medio escondida, me golpeó directo en el pecho.

—Eso da un poco de miedo —murmuró con la voz empañada por el sueño.

—¿El qué?

—Que me mires así.

Intenté apartar la vista, pero ya era demasiado tarde.

Ella lo había visto; la forma en que la miraba había cambiado de manera definitiva.

Se incorporó un poco, apoyándose sobre un codo, haciendo que la sábana resbalara ligeramente por su piel.

Tuve que contener un impulso absurdamente primitivo de volver a tirar de ella, acercarla a mí y encerrarla en esta habitación durante todo el día.

Le aparté un mechón de pelo de la cara, obligándome a recuperar la cordura.

—Tenemos una guerra dentro de tres horas.

—Lo sé.

—Y Arturo ya ha empezado a comprar consejeros.

Ella exhaló un suspiro lento, pero no parecía asustada, al menos no como los días anteriores.

Había algo distinto en Alma aquella mañana: algo mucho más sólido, más peligroso.

Más líder. La noche anterior no solo había cambiado las cosas entre nosotros; también había transformado algo muy profundo dentro de ella.

Me observó en silencio durante unos instantes.

—¿Te arrepientes? —preguntó de golpe.

La cuestión me pilló completamente desprevenido. Fruncí ligeramente el ceño.

—¿De qué?

—De esto —respondió, señalándonos a ambos, a la cama y a la evidente cercanía.

Solté una risa seca sin el menor rastro de humor.

—Alma, estoy intentando recordar cómo funcionaba mi vida antes de que aparecieras y, sinceramente, creo que ya no me acuerdo.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa pequeña pero real. Y, joder, en ese mismo instante supe que sería capaz de hacer cualquier cosa por volver a verla sonreír así.

Unas horas más tarde, la empresa parecía una auténtica zona de guerra.

Las pantallas parpadeaban con urgencia, los teléfonos no dejaban de sonar y los consejeros entraban y salían de los despachos con expresiones rígidas y andares tensos.

Los rumores ya estaban explotando en las redes sociales y la prensa económica despedazaba públicamente el nombre de Medina Global Tech .

Todo el mundo estaba agotado, todo el mundo estaba asustado, y Arturo Linares parecía estar disfrutándolo con creces.

Se masticaba en el ambiente: en cada conversación que se cortaba de golpe al verme pasar, en cada mirada nerviosa y en cada accionista que intentaba dilucidar desesperadamente de qué lado ponerse antes de que el barco terminara de hundirse por completo.

Candela irrumpió por la recepción sosteniendo dos cafés gigantescos y desprendiendo una energía criminal.

—Buenos días, futuros amantes trágicos del capitalismo.

Alma cerró los ojos lentamente, frotándose las sienes.

—Candela…

—¿Qué? Es puramente descriptivo.

Bruno apareció justo detrás de ella, cargando tres pesadas carpetas y arrastrando los pies.

—He dormido exactamente cuarenta minutos y creo que estoy empezando a ver sombras moverse por los pasillos.

—Eso no son sombras —replicó Candela con total parsimonia—. Son abogados corporativos.

—Ah. Entonces sí que estamos oficialmente muertos.

A pesar del caos circundante, Alma soltó una pequeña carcajada. Y yo, incapaz de evitarlo, me descubrí observándola otra vez. Demasiado. Candela se percató del gesto y me señaló de inmediato con el dedo.

—Vale, esto ya está pasando de castaño a oscuro. Es incómodamente romántico.

—No empieces —gruñó Alma, aunque un leve rubor amenazó con traicionarla.

—No, no, de verdad. Tenéis cara de haber tomado decisiones emocionales sumamente peligrosas.

Bruno levantó una mano, pidiendo clemencia.

—Yo no quiero saber ningún detalle. Los de Recursos Humanos ya me odian bastante como para añadir esto a mi expediente.

Alma me lanzó una mirada rápida de soslayo y, durante un breve segundo, el resto del mundo y el ruido de la oficina desaparecieron por completo. Otra vez. Maldita mujer.

La reunión previa a la votación resultó ser considerablemente peor de lo que habíamos vaticinado.

Los accionistas estaban completamente divididos; algunos evitaban mirar directamente a Héctor a los ojos, mientras otros susurraban entre ellos en las esquinas, creyendo erróneamente que nadie los escuchaba.

Y Arturo… Arturo lucía una tranquilidad insultante.

Eso era, sin duda, lo que más me preocupaba. Un hombre de su calaña no sonreía de esa manera a menos que tuviera un as bajo la manga bien preparado.

Me mantuve firmemente junto a Alma durante todo el encuentro.

No porque ella requiriera mi protección física en ese instante, sino porque yo sentía la necesidad imperiosa de estar allí.

Permaneció de pie frente a la mesa principal, revisando documentos de un lado a otro, dictando instrucciones precisas y desmontando argumentos legales con una agudeza brutal.

Fue entonces cuando lo vi con total claridad: no era solo la hija de Héctor Medina, ni una heredera impulsiva con demasiado carácter y propensión al desastre emocional.

Era una líder. Una de verdad. La forma en que todos terminaban guardando silencio para escucharla, incluso cuando minutos antes pretendían enfrentarse a ella; la manera en que no retrocedía ni un solo centímetro y seguía levantándose a pesar de llevar semanas soportando una presión inhumana… Joder, era extraordinaria.

Se aproximó a mí en cuanto terminó de colgar una llamada especialmente agresiva.

—Tres accionistas más están dudando —murmuró, conteniendo la tensión.

—Podemos recuperarlos.

—Arturo les está prometiendo inmunidad financiera absoluta si mi padre cae.

Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la rabia bullía en mi interior.

—No voy a dejar que te destruyan, Alma.

Ella me sostuvo la mirada con una fijeza apabullante y respondió en un susurro.

—No voy a dejar que te destruyan a ti tampoco.

Negué ligeramente con la cabeza, intentando mantener la distancia profesional que ya no existía.

—No es lo mismo.

Sus ojos se oscurecieron apenas, clavándose en los míos.

—Para mí sí lo es.

Se instaló entre nosotros un silencio espeso y peligroso. Intenso. Porque a esas alturas ya no albergábamos ninguna duda; ya no restaba ni un solo milímetro de distancia de seguridad entre los dos. Estábamos completamente implicados a nivel emocional, personal e irremediable.

Intercepté a Arturo a solas en uno de los pasillos privados que conectaban con la sala del consejo.

Iba impecable, elegante, vistiendo su traje a medida como si no estuviera demoliendo una multinacional entera desde sus cimientos.

Se detuvo en seco al percatarse de mi presencia y esbozó una leve sonrisa, fría y sumamente calculada.

—Señor Schneider.

—Esto no es un juego, Linares —solté, plantándole cara.

Arturo se tomó su tiempo para acomodar con parsimonia los gemelos de su camisa.

—Para usted quizá no, señor Schneider. Para mí es simple estrategia.

Sentí un impulso brutal, casi físico, de estamparle el puño en la cara allí mismo.

—Está arruinando la vida de miles de personas.

—Solo estoy corrigiendo ciertos errores del pasado.

Lo observé fijamente, tratando de descifrar lo que escondían sus palabras.

—¿Qué demonios significa eso?

Su expresión apenas mutó, pero sus ojos se volvieron considerablemente más oscuros, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.

—Significa que algunas personas olvidaron muy pronto cuál era el lugar que les correspondía.

Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.

—¿Está hablando de la madre de Alma?

La sonrisa regresó lentamente a sus labios, cargada de una crueldad que me revolvió el estómago. Y entonces pronunció la frase que me dejó completamente petrificado.

—La madre de la señorita Medina murió porque alguien dentro del sistema dictaminó que hablaba demasiado.

El mundo pareció detenerse por completo durante un segundo.

No había sido un accidente. No había sido una consecuencia colateral de la corrupción descontrolada.

Había sido algo deliberado, minuciosamente planificado.

Una ejecución encubierta. Sentí la sangre hervir bajo mi piel y di un paso agresivo hacia él, acortando el espacio.

—¿Quién dio la orden?

Arturo me sostuvo la mirada sin pestañear, imperturbable.

—Tenga mucho cuidado, Lukas.

Era la primera vez que empleaba mi nombre de pila, y el tono velado de amenaza me gustó todavía menos.

—Hay verdades que tienen la particularidad de destruir a cualquiera que intente tocarlas —añadió en un susurro.

Se dio la vuelta y se marchó por el pasillo antes de que pudiera retenerlo. Me quedé completamente inmóvil en mitad del corredor, con el corazón golpeándome con demasiada violencia contra las costillas.

Porque ahora el tablero había cambiado por completo: ya no se trataba de corrupción empresarial, de dinero o del control absoluto de Medina Global Tech .

Ahora poseía una certeza muchísimo peor.

Alguien había decidido asesinar a la madre de Alma, y existían muchas probabilidades de que volvieran a repetir el movimiento si ella continuaba aproximándose a la verdad.

Entré en su despacho intentando por todos los medios dominar la rabia ciega que me consumía.

Alma se encontraba junto a la ventana, revisando unos informes mientras la luz de la tarde caía sobre su rostro fatigado.

Parecía al límite de sus fuerzas, pero seguía en pie.

Siempre lograba mantenerse en pie. Levantó la vista al escuchar la puerta y captó la gravedad de la situación de inmediato: mi expresión, mi postura rígida, la tensión que desprendía.

Algo dentro de ella cambió al instante. Dejó los papeles sobre la mesa con lentitud.

—¿Qué ha pasado?

No respondí de inmediato, simplemente porque no encontraba las palabras adecuadas para decírselo. Sabía que, una vez que pronunciara esa frase en voz alta, ya no habría posibilidad alguna de vuelta atrás. Alma dio un paso firme hacia mí y su voz emergió apenas como un hilo de voz tenso.

—Dímelo, Lukas.

Tragué saliva, demorándome un segundo que se me antojó eterno. Vi cómo el miedo comenzaba a asomar en el fondo de sus ojos verdes. Finalmente, hablé.

—Ya sabemos quién ordenó silenciar a tu madre.

Y el silencio que se desplomó sobre el despacho a continuación fue tan desgarrador que pareció capaz de quebrar el mundo entero en mil pedazos.