Jefa, no me provoques Capítulo 33
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Capítulo 33

Alma

No dormí en toda la noche.

El amanecer llegó teñido de un tono grisáceo, pegajoso y silencioso, colándose por los enormes ventanales de mi apartamento como una amenaza velada más.

Llevaba horas sentada directamente en el suelo del salón, rodeada de carpetas, tazas de café ya frías y el eco constante de una frase que se repetía en bucle dentro de mi cabeza: votación extraordinaria .

Arturo Linares iba a mover su ficha definitiva y esta vez no se trataba de una advertencia informal; era un golpe directo al corazón de Medina Global Tech . Si lograba destituir a mi padre, todo terminaría: la investigación, las pruebas y la verdad sobre la muerte de mi madre. Todo.

Me pasé una mano por el rostro, exhausta.

Tenía los ojos secos de tanto forzarme a contener el llanto y el cuerpo entero me pasaba factura por la tensión acumulada.

No lograba dilucidar en qué preciso instante mi vida se había transformado en esto: amenazas, ataques nocturnos, traiciones y hombres poderosos confabulando para destruirnos.

Y, con todo, lo peor no era el miedo propiamente dicho; lo peor era la lacerante sensación de estar perdiendo el control por completo.

El timbre de la entrada resonó de golpe, haciéndome dar un respingo violento.

El corazón se me disparó en el pecho antes de que lograra obligarme a respirar con normalidad.

Al abrir la puerta, Candela apareció en el umbral sosteniendo una bandeja con varios cafés de tamaño gigante y una expresión puramente homicida en el rostro.

—Tienes cara de haber considerado seriamente la posibilidad de cometer un crimen financiero esta noche.

—Solo uno —respondí con la voz ronca.

—Bien. Eso demuestra que aún te mantienes funcional.

Entró en el apartamento sin esperar invitación alguna, fiel a su estilo.

Vestía una sudadera de proporciones descomunales, unas gafas de sol absurdamente grandes y llevaba el pelo recogido de cualquier manera.

La observé depositar los vasos sobre la mesa mientras rebuscaba con ahínco en el interior de su bolso.

—He tenido una idea —anunció con solemnidad.

La miré con infinito cansancio, apoyándome en el marco de la cocina.

—Si implica huir del país de forma clandestina, la respuesta es no.

—Es algo peor.

Entrecerré los ojos, con tono de advertencia.

—Candela…

De repente, extrajo un fajo de pegatinas de colores fluorescentes y las plantó sobre la mesa. Leí una de ellas en silencio: «ARTURO ES EL PROBLEMA» . Parpadeé un par de veces, sin dar crédito a lo que veía.

—No has hecho eso de verdad.

—Oh, claro que sí. Y tengo doscientas más guardadas en el coche.

No pude evitar que una mínima sonrisa, débil pero real, asomara a mis labios. Candela me apuntó con el dedo de inmediato, triunfante.

—¡Ahí está! Sabía perfectamente que seguías viva en el plano emocional.

Me dejé caer en el sofá, sepultando el rostro entre los cojines.

—No puedo con esto hoy, de verdad.

Su expresión lúdica se desvaneció poco a poco, dando paso a un semblante notablemente más suave y cargado de una sincera preocupación. Se sentó a mi lado, acortando las distancias.

—¿Qué necesitas, Alma?

La pregunta me desarmó por completo, calando más hondo de lo debido, principalmente porque no tenía la menor idea de cuál era la respuesta.

Llevaba años limitándome a sobrevivir, blindándome para no permitirme necesitar nada de nadie.

Y últimamente… últimamente Lukas estaba demoliendo cada una de mis defensas sin el menor esfuerzo.

Apoyé los codos en las rodillas, entrelazando los dedos.

—Tengo miedo.

Candela guardó silencio durante unos instantes, asimilando mis palabras.

—Es normal.

—No quiero perder la empresa —continué—. Y no quiero perder a mi padre.

Ella exhaló un suspiro, con tono comprensivo.

—Alma…

Tragué saliva con dificultad y finalmente verbalicé la verdad que más me aterraba de todo este asunto.

—No quiero perder a Lukas.

Un mutismo absoluto se instaló entre las dos en el salón. Candela me observó fijamente durante varios segundos en silencio y, de pronto, una sutil sonrisa se dibujó en sus labios.

—Oh, cariño. Estás jodidamente enamorada de él.

Cerré los ojos, asumiendo la realidad de sus palabras. Sí. Ese era, con total certeza, el verdadero problema.

Conducir de vuelta hacia el chalet de Lukas me produjo una sensación extrañamente similar a la de regresar a mi propio hogar, un pensamiento que me asustó sobremanera.

Yo jamás había dispuesto de un lugar seguro, ni siquiera durante mi infancia, ni antes de que mi madre falleciera.

Pero con él, todo el ruido del exterior parecía volverse más silencioso, mucho más soportable.

Cuando alcancé la propiedad, el cielo de la tarde comenzaba a oscurecer de nuevo.

La verja de entrada se encontraba abierta, de modo que accedí al interior de la vivienda sin molestarme en llamar.

Encontré a Lukas en el despacho, despeinado, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y la mandíbula firmemente apretada.

Estaba rodeado de pantallas encendidas, informes financieros y multitud de tazas de café vacías. Ofrecía una imagen de absoluto y peligroso agotamiento. Levanto la vista al percibir mis pasos y, durante unos segundos eternos, ninguno de los dos dijo nada. Solo nos miramos.

Dios, había demasiadas cosas contenidas en esa simple mirada: preocupación, rabia contenida, cansancio extremo y algo mucho más profundo; algo que ya ninguno de los dos pretendía seguir fingiendo que no existía. Cerró el portátil con un movimiento pausado.

—¿Has dormido algo?

—No.

—Yo tampoco.

—Perfecto —esbocé una mueca—. Estamos construyendo los cimientos de una relación sumamente saludable.

La comisura de su boca experimentó un leve amago de movimiento, aunque no llegó a consolidar la sonrisa. Me aproximé a su escritorio despacio.

—No podemos permitirnos perder esto, Lukas.

Su mirada permaneció firmemente clavada en la mía.

—No lo vamos a perder.

—¿Y si sucede? ¿Y si lo perdemos todo?

Se levantó de la silla con lentitud, imponiéndose con su estatura, situándose a escasa distancia de mí.

—Entonces nos encargaremos de recuperarlo.

El silencio subsiguiente no resultó incómodo en absoluto; fue íntimo, dolorosamente íntimo, porque existían demasiadas realidades entre nosotros que ya no encontraban cabida dentro de los límites de las palabras. Me crucé de brazos en un intento por contener el leve temblor que recorría mi cuerpo.

—Estoy verdaderamente cansada de tener que ser fuerte todo el tiempo.

Su expresión mudó por completo al escucharme, suavizándose de un modo que resultó infinitamente peor para mi maltrecho autocontrol.

Lukas infundía respeto y temor cuando se mostraba colérico, pero cuando se volvía tierno era capaz de desmantelar cada uno de mis muros.

Dio un paso más, eliminando cualquier espacio restante.

—No tienes ninguna necesidad de ser fuerte conmigo, Alma.

Dejé escapar una risa pequeña y rota.

—Eso es precisamente lo que me asusta.

Sus ojos descendieron lentamente hacia mis labios antes de regresar a mi mirada.

—Tú no eres un problema para mí —pronunció en voz baja—. Eres la única variable que no sé cómo resolver… y, aun así, no abrigo el menor deseo de dejar de intentar comprenderte.

Y fue en ese preciso instante cuando algo terminó de romperse de forma definitiva en mi interior.

Nadie me había mirado jamás de esa manera: sin exigencias implícitas, sin expectativas corporativas, sin el deseo subyacente de moldearme o cambiarme.

Únicamente viéndome a mí, a la verdadera Alma Medina.

No sabría determinar quién dio el primer paso hacia el otro.

Tal vez fui yo, tal vez fue él; solo conservo la nitidez del momento exacto en que su mano entró en contacto con mi cintura y mi cuerpo entero cesó cualquier amago de resistencia.

Lo besé con lentitud, desprovista de rabia, de desesperación o de la necesidad habitual de huir.

Simplemente lo besé porque lo necesitaba.

Lukas respondió con una intensidad contenida que me hizo estremecer por completo, mientras sus manos ascendían sin prisa por mi espalda, como si pretendiera memorizar cada relieve de mi piel, como si albergara el temor de romperme.

Ese cuidado me afectó muchísimo más que cualquier ademán brusco.

Lo miré fijamente durante unos breves segundos y, acto seguido, guié mis manos hacia los botones de su camisa.

Uno, dos, tres, desabrochándolos de forma pausada.

Él no apartó la vista de mí ni un solo instante.

La tensión ambiental resultaba insoportable, pero era un magnetismo distinto, mucho más vulnerable.

Cuando terminé la tarea, mis dedos rozaron la piel desnuda de su pecho y noté cómo contenía el aliento de forma inmediata.

—Alma…

Escuchar mi propio nombre pronunciado por su voz grave casi me hizo perder el equilibrio.

Volví a besarlo, esta vez con mayor consciencia y parsimonia, mientras sus manos se deslizaban por mis muslos para elevarme sutilmente contra él.

Mi respiración se volvió errática y todo lo demás pareció desvanecerse de la estancia: la empresa, Arturo, el consejo de administración y el miedo al mañana.

Solo existíamos nosotros. Sus labios recorrieron mi cuello con una lentitud deliberada que estuvo a punto de volverme loca; no existían las prisas ni la urgencia, únicamente una inmensa necesidad de sentirnos cerca de verdad.

Apoyé la frente contra la suya, intentando recuperar el aire.

—Si seguimos adelante con esto… ya no habrá ninguna posibilidad de vuelta atrás.

Sus dedos acariciaron con suavidad mi mejilla.

—No tengo el menor interés en volver atrás.

Y eso fue todo lo que necesité escuchar.

Esas palabras terminaron de derrumbar mis últimas barreras.

Yo había pasado media vida huyendo, retrocediendo ante el menor peligro y levantando muros infranqueables ante los demás, pero con Lukas, por primera vez en mi existencia, experimentaba el deseo irrefrenable de quedarme.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con urgencia, con deseo y un cuidado que me hizo sentir peligrosamente expuesta, pero al mismo tiempo hermosa, comprendida y querida.

Y aquello daba muchísimo más miedo que el sexo en sí mismo. Me besaba como si pretendiera convencerme de una gran verdad sin hacer uso de la palabra; como si deseara enseñarme que podía confiar plenamente, que podía permitirme caer y que él estaría allí para sostenerme.

Cuando me trasladó hasta su dormitorio apenas era capaz de respirar con normalidad.

La tensión entre nosotros era casi palpable, pero guardaba un matiz extrañamente dulce.

Nos desnudamos despacio, sin apartar los ojos el uno del otro, sin ocultar nada de lo que éramos.

Y cuando finalmente estuvimos juntos de verdad, experimenté una sensación muchísimo más aterradora que el mero deseo físico: sentí paz.

Una paz inmensa y profunda, como si mi propio cuerpo hubiera reconocido el suyo mucho antes de que mi cabeza fuera capaz de procesarlo.

Aquello casi me hace entrar en pánico, porque comprender que me estaba enamorando de Lukas no era solo peligroso; era un proceso absolutamente irreversible.

Hubo un instante en que me quedé completamente inmóvil, tensando los músculos bajo las sábanas. Él lo percibió al vuelo, porque ese hombre siempre lo notaba todo. Apoyó la frente contra la mía, deteniéndose.

—Eh.

Cerré los ojos, incapaz de mirarlo.

—Tengo miedo, Lukas.

Su mano comenzó a dibujar caricias pausadas a lo largo de mi espalda.

—Lo sé.

—No sé cómo hacer esto.

—Yo tampoco sé cómo hacerlo.

Abrí los ojos y me topé con una sinceridad absoluta y descarnada en su mirada. No había nada calculado en sus facciones, nada perfecto; únicamente estaba él. En ese preciso instante tomé la determinación de dejar de huir de una vez por todas. Y me quedé.

Después, el entorno se volvió silencioso, cálido y lento.

Permanecimos tumbados entre las sábanas desordenadas, con mi cabeza acomodada sobre su pecho y su brazo rodeando firmemente mi cintura.

Podía escuchar el latido constante y acompasado de su corazón justo bajo mi mejilla, y el sonido me resultó extrañamente tranquilizador.

Jamás había alcanzado a comprender cómo alguien podía llegar a sentirse plenamente asegurado al lado de otra persona, pero ahora empezaba a entenderlo.

Lukas jugaba de forma distraída con los mechones de mi pelo.

Ninguno de los dos hablaba; no hacía falta en absoluto.

Levanté un poco la cabeza para observarlo y descubrí en su rostro la expresión más vulnerable que le había visto jamás, como si aún albergara ciertas dificultades para creerse que yo continuaba allí, a su lado.

La idea me produjo una dulce opresión en el pecho.

—¿Qué somos ahora? —susurré en mitad de la penumbra.

Sus labios se curvaron apenas en un amago de sonrisa, pero sus ojos denotaban cansancio y una profunda honestidad.

—No lo sé.

Dejé escapar una pequeña risa.

—Eso resulta muy poco tranquilizador para mi salud mental.

Me observó fijamente durante unos segundos antes de replicar.

—Es la primera afirmación completamente honesta que formulo en días, Alma.

Sonreí débilmente y, por increíble que pudiera parecer, su respuesta me transmitió mayor tranquilidad que cualquier promesa idílica o juramento de fidelidad.

Lukas no pretendía venderme un final feliz de cuento de hadas; simplemente estaba eligiendo quedarse conmigo de verdad en mitad de la tormenta.

Y quizá con eso era más que suficiente. Por ahora.

Me acurruqué de nuevo contra su cuerpo, sintiendo el leve roce de sus labios sobre mi cabello, y por primera vez en muchísimo tiempo me permití el lujo de descansar. Aunque solo fuera durante unas horas. Aunque nuestro mundo estuviera a punto de saltar por los aires con el próximo amanecer.