Capítulo 32
Lukas
La empresa estaba muriéndose lentamente delante de nuestros ojos y lo peor era que todo el mundo podía sentirlo.
Se notaba en la tensa atmósfera de los pasillos, en las conversaciones que se cortaban abruptamente en cuanto alguien aparecía por las esquinas y en las pantallas plagadas de implacables cifras rojas.
Los empleados miraban el móvil cada cinco minutos, con el rostro desencajado, para comprobar cómo seguían cayendo las acciones de Medina Global Tech en los mercados.
Miedo. El edificio entero olía a un miedo denso y paralizante, y Arturo Linares estaba aprovechando a la perfección cada gramo de esa debilidad. Cabrón.
Me quedé observando desde la cristalera de la planta ejecutiva cómo varias cadenas de noticias económicas repetían el nombre de la compañía en titulares cada vez más agresivos: «Posible fraude corporativo» , «Filtraciones financieras» , «Crisis interna en Medina Global Tech» .
Perfecto. Justo el empujón que necesitábamos para terminar de hundirnos.
Sentí movimiento a mi espalda. Alma. No me hacía falta girarme para saber que era ella; mi cuerpo ya reconocía de forma instintiva el sonido de sus tacones, el ritmo exacto de su respiración e incluso ese silencio pesado que dejaba a su alrededor cuando estaba completamente agotada.
Se colocó a mi lado sosteniendo una taza de café entre las manos.
Llevaba el pelo recogido deprisa, unas ojeras suaves marcadas bajo los ojos y el traje azul oscuro ligeramente arrugado después de dieciséis horas seguidas de trabajo ininterrumpido.
Y, aun así, joder, seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en mi vida.
—Las acciones han vuelto a caer —murmuró, con la vista clavada en el horizonte gris de Málaga.
—Lo sé.
El silencio regresó entre nosotros, pero la tensión había cambiado por completo durante los últimos días.
Seguía existiendo deseo, muchísimo, pero ahora se le sumaba algo más profundo y peligroso: necesidad, una incipiente dependencia emocional que me aterrorizaba más que cualquier conspiración empresarial.
Alma se frotó los ojos con evidente cansancio.
—Si perdemos el acuerdo europeo, Arturo tendrá la excusa perfecta para intentar tomar el control del consejo.
—Y miles de personas perderán su trabajo —asentí lentamente.
Ella cerró los ojos un segundo. Eso era lo que más le importaba realmente; la empresa no representaba solo dinero para Alma Medina.
Era su familia, su historia, una enorme responsabilidad heredada.
Era su hogar. La observé en silencio durante unos instantes, experimentando de nuevo esa incómoda certeza de que ella era increíble, mucho más de lo que ella misma se permitía creer.
—¿Sabes qué odio de ti? —murmuré.
Alma abrió un ojo lentamente, ladeando la cabeza.
—Ilumíname.
La miré de arriba abajo de forma deliberada.
—Que incluso agotada sigues siendo preciosa.
Parpadeó, visiblemente sorprendida, y luego resopló con suavidad.
—Eso no ha sonado a insulto.
—Estoy perdiendo facultades.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa y, joder, ese leve gesto seguía teniendo el mismo efecto devastador sobre mí. Incluso en medio del desastre. Especialmente en mitad del desastre.
A las dos y media de la madrugada, toda la planta ejecutiva parecía un refugio improvisado para gente emocionalmente destruida.
Bruno llevaba tres cafés encima y una crisis existencial de dimensiones épicas; Paula revisaba contratos con una intensidad que sugería que deseaba asesinarlos personalmente; Candela había ocupado un sofá entero, rodeada de snacks y documentos estrictamente confidenciales, mientras Gael permanecía tumbado en una silla proclamando a los cuatro vientos que merecía un reconocimiento legal por su «apoyo emocional premium». Nadie le prestó la más mínima atención.
Yo me encontraba revisando las transferencias sospechosas desde el despacho de Alma cuando ella apareció por la puerta arrastrando los pies de manera literal. Levanté la vista de inmediato, dejando los papeles sobre la mesa.
—Necesitas dormir.
—Necesito que alguien me golpee con una silla y me deje inconsciente durante tres días —replicó, deteniéndose a mi lado.
Aparté una carpeta y le hice un gesto elocuente para que se acercara.
Obedeció sin discutir, lo cual ya resultaba alarmante dada su naturaleza combativa.
Se dejó caer sobre mi regazo con un suspiro de puro agotamiento y apoyó la frente en mi hombro con total naturalidad, como si llevara haciendo eso toda la vida.
Mis brazos la rodearon de forma automática.
Dios, aquello se estaba convirtiendo en una costumbre peligrosamente necesaria.
—Te estás aprovechando de mi vulnerabilidad física —murmuró contra mi cuello.
—Correcto.
Le aparté lentamente varios mechones de pelo de la nuca y fue entonces cuando descubrí la brutal tensión acumulada en sus músculos.
Horas frente al ordenador, estrés, ansiedad y miedo.
Empecé a masajearle el cuello despacio, con movimientos circulares.
Alma emitió un suave gemido de alivio que estuvo a punto de hacerme perder la poca estabilidad emocional que me quedaba.
—Madre de Dios… —susurró, relajando los hombros.
—Tienes todos los músculos completamente tensos.
—Porque mi vida parece escrita por un guionista alcohólico.
Sonreí levemente, permitiendo que mis dedos siguieran presionando con suavidad su piel.
La sentí ceder poco a poco contra mí, confiando, descansando de verdad.
Aquello me golpeó con fuerza, porque Alma Medina era una mujer que no buscaba descanso en nadie.
Nunca. Y, sin embargo, allí estaba: encima de mí, con los ojos cerrados, permitiéndome cuidar de ella.
—Podría acostumbrarme peligrosamente a esto —murmuró, con la voz ya empañada por el sueño.
Yo también. Muchísimo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
A las cuatro de la mañana, Bruno irrumpió en el despacho sosteniendo una bolsa gigante de bollos industriales y con cara de muerto viviente.
—Si sobrevivimos a esto, exijo un aumento en mi sueldo y terapia pagada.
Alma levantó apenas la cabeza desde mi hombro.
—Te apoyaremos emocionalmente desde la distancia, Bruno.
—Eso no sufraga los costes de un psiquiatra.
Candela asomó la cabeza justo detrás de él.
—Yo puedo ejercer de terapeuta si queréis.
Todos la miramos con absoluto horror al unísono.
—¿Qué? —protestó ella—. Escucho podcasts de crímenes reales a diario. Es prácticamente la misma base psicológica.
Gael levantó una mano de forma dramática desde el sofá contiguo.
—Yo ya no siento las piernas, que conste.
—Eso se debe a que llevas seis horas consecutivas sentado sobre una grapadora —sentenció Paula sin levantar la vista de sus informes.
Gael miró debajo de su muslo con parsimonia.
—Ah. Eso explica muchas cosas.
Por primera vez en todo el día me reí de verdad, y Alma me acompañó con una risilla, breve, pero completamente real. Todo aquello resultaba absurdo, una auténtica locura: una multinacional al borde del colapso, una conspiración internacional, corrupción, amenazas e intentos de agresión.
Y, a pesar de todo, allí estábamos, sobreviviendo a base de café malo, bollería industrial y sarcasmo. Quizá por eso funcionábamos tan bien juntos; porque ninguno de nosotros estaba completamente cuerdo.
Más tarde, cuando la planta quedó prácticamente vacía y el silencio comenzó a tragarse la estructura del edificio, Alma y yo seguimos trabajando a solas en su despacho.
La lluvia golpeaba con suavidad los ventanales y las luces de Málaga brillaban a lo lejos en mitad de la noche.
Ella se encontraba sentada descalza en el sofá, revisando documentos mientras llevaba una de mis chaquetas sobre los hombros.
De nuevo, me invadió esa misma sensación de hogar. Peligrosa, sumamente peligrosa.
La observé unos segundos en silencio y supe que ya no podía seguir ocultándole ciertas cosas. No después de todo lo que habíamos pasado.
—Alma.
Levantó la vista inmediatamente. Sus ojos verdes reflejaban un cansancio infinito, pero también una confianza absoluta hacia mí. Joder, eso infundía un respeto casi reverencial. Me levanté y me senté frente a ella con lentitud.
—Voy a contarte todo lo que sé sobre mi padre.
Su expresión cambió apenas, volviéndose más tensa, más receptiva. Asintió despacio, instándome a continuar. Respiré hondo, ordenando las palabras en mi mente.
—Klaus ayudó a tu madre hace años.
Se hizo un silencio espeso en la estancia.
—¿Cómo? —inquirió en un hilo de voz.
—Claudia descubrió movimientos ilegales relacionados con contratos marítimos internacionales. Sobornos, empresas pantalla y dinero que desaparecía entre diversos puertos europeos.
Ella tragó saliva, asimilando la información.
—Mi padre trabajaba como intermediario diplomático en aquella época —continué—. Tenía contactos de alto nivel y acceso a información privilegiada. Ayudó a Claudia y a Héctor a reunir las pruebas necesarias.
Alma se quedó completamente inmóvil.
—Entonces sí estaban juntos en esto desde el principio.
—Sí.
Su mirada descendió de nuevo hacia los documentos que descansaban en la mesa, pensativa y visiblemente dolida.
—¿Y qué pasó?
Sentí la mandíbula tensarse de forma automática ante el recuerdo de los informes de Klaus.
—Alguien filtró la información.
El ambiente se volvió aún más pesado y oscuro.
—Y poco después tu madre murió.
Alma cerró los ojos lentamente y vi el dolor lacerante cruzarle el rostro una vez más. Ese sufrimiento profundo que emergía de forma inevitable cada vez que salía a relucir el nombre de Claudia. Me acerqué a ella despacio, acortando la distancia física entre los dos.
—No sé quién traicionó al grupo, Alma.
Ella levantó la vista, clavando sus ojos verdes en los míos.
—¿Crees que mi padre tuvo algo que ver?
Ahí estaba la pregunta imposible. La miré fijamente y tomé la firme decisión de mantener una honestidad brutal, por mucho que pudiera escocer.
—No lo sé.
Se instaló un silencio largo y doloroso en el despacho. Y entonces Alma hizo algo que terminó de destrozarme por completo: esbozó una leve sonrisa, triste y diminuta.
—Gracias por no mentirme.
Joder. Aquello fue infinitamente peor que cualquier discusión airada, porque demostraba que ya esperaba la mentira por parte de todo el mundo. Y, aun así, seguía haciendo el esfuerzo de confiar en mí. Me aproximé todavía más y le acaricié la mejilla con el pulso pausado.
—Nunca voy a mentirte para protegerme.
Sus ojos se humedecieron ligeramente, pero no apartó la mirada ni un milímetro.
—Eso da muchísimo miedo, Lukas.
—A mí también me lo da.
Aquella fue, con toda probabilidad, la conversación más íntima que habíamos mantenido jamás. Sin sexo de por medio, sin provocaciones dialécticas ni juegos de poder; únicamente la verdad desnuda. Y eso resultaba infinitamente más peligroso.
No recuerdo con exactitud quién besó a quién primero.
Solo recuerdo mirarla durante un tiempo excesivo, sentirla demasiado cerca y, de pronto, experimentar la necesidad imperiosa de tocarla como si fuera una estricta cuestión de supervivencia.
Alma se movió con lentitud hasta terminar sentada sobre mí en el sillón del despacho.
Mis manos ascendieron de forma automática hacia su cintura mientras su respiración, cálida y ligeramente temblorosa, chocaba contra mi boca. Y entonces me besó.
Fue un beso pausado, carente de urgencia o de desesperación puramente sexual.
Aquello era algo muy distinto, algo mucho peor, porque estaba impregnado de emoción, de miedo y de una necesidad real.
Le correspondí con la misma lentitud, rodeándola con firmeza mientras ella me enlazaba el cuello con los brazos.
La lluvia continuaba azotando los cristales, el edificio estaba desierto y, por primera vez en días, dejamos de pensar. Solo existíamos nosotros.
Sus dedos se deslizaron por mi nuca con delicadeza y yo acaricié su espalda por debajo de la camisa de seda; una piel cálida, suave y perfecta. Alma apoyó la frente contra la mía y susurró una frase que me atravesó por completo.
—Contigo puedo respirar.
Cerré los ojos un segundo, asimilando el golpe.
Nadie debería albergar tanto poder sobre otra persona.
Nadie. La abracé con más fuerza y ella se acurrucó contra mi pecho de inmediato, como si ya perteneciera a ese lugar.
Y quizá el verdadero problema era precisamente ese: que yo empezaba a sentir exactamente lo mismo.
De repente, la puerta del despacho se abrió de golpe. Paula apareció en el umbral prácticamente sin aliento, pálida y con los rasgos rígidos por la tensión, destruyendo de inmediato cualquier atisbo de calma. Alma se apartó rápidamente de mí.
—¿Qué pasa?
Paula cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco. Su expresión era terrible.
—Tenemos un problema enorme.
Me puse de pie en el acto, recuperando mi postura profesional.
—Habla.
Paula tragó saliva antes de lanzar la bomba definitiva.
—Arturo acaba de convocar una votación extraordinaria para mañana por la mañana.
El aire de la estancia mudó de golpe, volviéndose frío, pesado y peligroso. Alma frunció el ceño, asimilando la gravedad del anuncio.
—¿Qué tipo de votación?
Paula nos miró fijamente a ambos.
—Quiere destituir a Héctor como presidente ejecutivo de Medina Global Tech .
Un silencio absoluto cayó sobre el despacho.
Sentí a Alma quedarse completamente petrificada a mi lado.
Su respiración se cortó y yo comprendí de inmediato las implicaciones del movimiento: Arturo Linares ya no estaba limitándose a reaccionar; estaba atacando abiertamente.
Y si conseguía el control del consejo de administración, todo habría terminado: la empresa, la investigación y nosotros.
Miré a Alma y ella me devolvió la mirada; en sus ojos vi el miedo, la rabia y esa determinación feroz que siempre emergía cuando alguien pretendía amenazar a los suyos. Supe exactamente lo mismo que ella. La guerra acababa de empezar de verdad.