Capítulo 31
Alma
Dicen que el cuerpo humano tarda horas en procesar una descarga masiva de adrenalina, y doy fe de que es cierto.
La luz regresó a la casa cuarenta minutos después, escoltada por los destellos azules de tres patrullas de la Policía Nacional y la llegada del relevo de seguridad privada.
El salón de la planta superior se había transformado en una oficina improvisada de la policía científica; buscaban huellas, restos biológicos y el arma con silenciador que Lukas había logrado desviar con su impacto.
Yo permanecía sentada en el sofá, envuelta en una manta térmica que una sanitaria me había colocado sobre los hombros, observando el trasiego de uniformes sin llegar a procesarlo del todo.
Candela estaba a mi lado, inusualmente silenciosa, sosteniendo mi mano izquierda con una fuerza que empezaba a cortarme la circulación, pero no le pedí que me soltara. Tenía la vista fija en Lukas.
Él se encontraba junto al inspector jefe, cerca del ventanal.
Se había quitado la corbata, tenía la camisa abierta en el cuello y lucía un corte sangrante en el pómulo izquierdo junto a una mancha oscura en la mandíbula que empezaba a tornarse morada.
Su aspecto era imponente y peligroso, pero lo que me sobrecogía era su lenguaje corporal: no se había sentado ni un solo segundo, mantenía los brazos cruzados y sus ojos gris azulados no dejaban de escanear la estancia, regresando a mí cada tres o cuatro segundos.
Era como un depredador confinado en un espacio demasiado estrecho, controlando cada variable para asegurarse de que el peligro no regresaba.
—Señorita Medina —el inspector jefe se aproximó a mí, interrumpiendo mis pensamientos—.
Sus servicios de seguridad han confirmado que el sabotaje se realizó desde el transformador externo de la urbanización.
Alguien conocía los planos de la red y los tiempos de respuesta. No ha sido un delincuente común.
Miré de reojo a Lukas, que se acercó y se colocó justo detrás de mi sofá, posando una mano firme sobre mi hombro. Ese simple contacto me ancló al suelo.
—Buscaban algo específico —añadió Lukas, con una voz ronca que delataba el esfuerzo físico de la pelea—. Sabían lo que la señorita Medina guardaba en el ordenador.
—¿Falta algo? —preguntó el agente.
Eché un vistazo a la mesa. El portátil seguía allí, cerrado y a salvo, gracias a que el apagón y la intervención de Lukas habían impedido que el intruso se lo llevara o borrara los archivos.
El disco duro con la grabación de mi madre permanecía a buen recaudo en el bolsillo interior de la chaqueta de Lukas; él mismo lo había guardado antes de que entrara la policía.
—No —respondí con firmeza, sosteniendo la mirada del inspector—. No les dio tiempo a llevarse nada.
Una vez que la policía se retiró y la casa quedó sumida en un silencio tenso, roto únicamente por el zumbido de los generadores temporales de corriente, Candela se puso en pie con un suspiro de agotamiento.
—Voy a intentar dormir algo, si es que mi sistema nervioso me lo permite —dijo, mirándonos a ambos con una mezcla de preocupación y afecto—. Lukas, vigila que no se le ocurra ponerse a revisar balances contables a las cuatro de la mañana.
—Descuida. No la voy a dejar sola —respondió él sin apartar los ojos de mí.
Cuando Candela cerró la puerta del pasillo, la estancia pareció encogerse.
Me quité la manta térmica de encima y me puse en pie, sintiendo el dolor del cansancio acumulado en cada articulación.
Me acerqué a Lukas, que permanecía estático junto al ventanal, observando el jardín iluminado por los focos de seguridad. Al verme llegar, se giró hacia mí.
—Deberías descansar.
—Tú también —señalé el corte de su pómulo—. Estás sangrando de nuevo.
Él restó importancia al asunto con un leve ademán de la cabeza.
—Es solo un rasguño.
Sin pedirle permiso, di un paso más y acorté la distancia que nos separaba.
Levanté la mano despacio y posé las yemas de los dedos sobre su mejilla, justo al lado de la herida.
Lukas contuvo el aliento ante el contacto, cerrando los ojos un instante mientras su mandíbula se relajaba bajo mi tacto.
Era la primera vez que lo veía bajar la guardia por completo.
—Me has salvado la vida, Lukas —susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Si no llegas a entrar por esa puerta…
—No pienses en eso —me interrumpió, abriendo los ojos para clavarlos en los míos con una intensidad arrolladora. Me tomó de las muñecas con firmeza, pero sin hacerme daño—. Te dije que no te pasaría nada mientras yo estuviera cerca. No era una forma de hablar, Alma. Lo decía en serio.
—Lo sé —admití, y por primera vez, no experimenté el impulso de discutir o de protegerme tras mi habitual muro de ironía—. Ya no sé en quién confiar en esta maldita empresa. Mi padre estaba metido en el ajo, Arturo nos quiere muertos… Todo lo que creía saber sobre mi familia se está desmoronando.
Lukas soltó mis muñecas para deslizar sus manos por mis brazos hasta rodearme la cintura, atrayéndome suavemente hacia su cuerpo. El calor que desprendía disipó el frío residual que la manta térmica no había logrado quitarme.
—Confía en mí —me pidió con voz baja, casi un ruego—. Aunque todo lo demás se hunda, Alma. Confía en mí.
Contemplé sus facciones, el corte en su rostro, la determinación inquebrantable de su mirada y la promesa implícita en cada uno de sus gestos. El miedo que me había atenazado durante días no desapareció, pero se transformó en algo distinto, en un motor que me impulsaba hacia él.
—Está bien —respondí en un hilo de voz.
No hicieron falta más palabras. Lukas se inclinó despacio y buscó mis labios en un beso que comenzó con una suavidad contenida, como si temiera romperme tras los acontecimientos de la noche, pero que enseguida se transformó en algo urgente, hambriento y cargado de una necesidad absoluta de confirmación mutua.
Mis manos subieron por su pecho hasta enredarse en su pelo empapado, atrayéndolo más hacia mí, borrando el espacio, el peligro y la conspiración que amenazaba con destruirnos.
En ese instante, en mitad de la madrugada y con la casa rodeada de guardias, comprendí que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Estábamos juntos en esto, hasta las últimas consecuencias.