Capítulo 30
Lukas
El tráfico de la autovía del Mediterráneo era un infierno de luces rojas y asfalto brillante por la lluvia.
Había salido de la sede de Medina Global Tech con una opresión insoportable en el pecho, una de esas corazonadas que mi herencia alemana siempre intentaba racionalizar, pero que mi instinto no podía ignorar.
El teléfono móvil, encajado en el salpicadero, vibró de repente. Era una alerta del sistema de seguridad perimetral que había instalado en la villa de Alma: “Pérdida de señal de red y fallo de alimentación general”.
— Mierda, mierda, mierda —murmuré, golpeando el volante con el puño.
Traté de llamar a Alma, pero saltó el buzón de voz.
Intenté ponerme en contacto con Candela, con el mismo resultado.
La red de la casa estaba completamente caída.
Llamé de inmediato a la central del equipo de seguridad privada que custodiaba los exteriores.
El operador tardó tres angustiosos tonos en responder.
—Aquí Schneider. ¿Qué demonios pasa en la finca? Tengo un aviso de apagón total.
—Señor Schneider, estamos intentando contactar con las unidades de patrulla en la zona, pero la tormenta ha debido de tumbar un repetidor local. No hay señal de radio ni de telefonía en ese sector de la costa. Enviamos un vehículo de apoyo ahora mismo.
—No esperen a ningún vehículo. Entren ya —ordené, con una frialdad que me congeló las cuerdas vocales—. Entren en la casa. Ahora.
Colgué, pisé el acelerador a fondo y metí el coche por el arcén, esquivando el embotellamiento mientras los neumáticos derrapaban sobre los charcos de agua acumulada.
El motor rugió en mitad de la noche. Estaba a quince minutos de distancia. Quince malditos minutos que, en el peor de los escenarios, podían suponer una vida entera.
La imagen de la fotografía que nos habían enviado el día anterior volvió a cruzarme la mente: la silueta de Alma atrapada en el centro de una diana.
La furia y el miedo se mezclaron en mi garganta, transformándose en una adrenalina salvaje.
Si alguien osaba tocarla, no habría un rincón seguro en todo el continente donde esconderse de mí.
Cuando el coche derrapó sobre la grava de la entrada de la finca, la estampa era desoladora.
La villa permanecía sumida en una oscuridad total, recortada contra el mar embravecido como un coloso de hormigón muerto.
No había luces de emergencia, ni guardias en la verja principal, ni rastro de vida.
Salté del coche antes de que terminara de frenar por completo, con la lluvia calándome el traje en pocos segundos.
Saqué la linterna y avancé hacia el porche con el pulso acelerado.
La puerta principal estaba entornada. No presentaba signos de haber sido forzada con palancas; la cerradura electrónica inteligente simplemente había quedado inoperativa al sabotearse el suministro central.
Un trabajo limpio, silencioso y profesional.
Crucé el umbral conteniendo la respiración, con la linterna apagada para no revelar mi posición. El silencio en el interior del inmueble resultaba opresivo, quebrado únicamente por el repiqueteo incesante del agua contra los ventanales y el eco lejano de las olas.
—¿Alma? —susurré en la penumbra.
Un gemido sordo proveniente de la planta baja me puso en alerta. Me deslicé por el pasillo principal con los músculos en tensión, listos para golpear.
Al entrar en la cocina, el haz de luz de mi linterna iluminó una escena que me encendió la sangre: uno de los vigilantes de seguridad yacía en el suelo, inconsciente y con una brecha sangrante en la cabeza. Había sido neutralizado desde atrás de forma fulminante.
Un estrépito metálico resonó entonces en la parte superior, en la terraza acristalada. El sonido de un cristal rompiéndose y el eco de una voz. Subí las escaleras de dos en dos, a oscuras, guiado únicamente por el instinto y una rabia ciega que amenazaba con nublarme el juicio.
Al llegar al rellano del piso superior, los vi a través del marco de la puerta.
Alma estaba acorralada contra el gran ventanal de la terraza, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en una silueta alta y corpulenta que vestía ropa oscura y un pasamontañas.
El intruso sostenía un arma con silenciador, apuntando directamente a su pecho con una calma escalofriante.
—Deberías haber dejado el pasado enterrado —pronunció el hombre, con una parsimonia aterradora.
El tiempo pareció ralentizarse. Vi el dedo del agresor comenzar a presionar el gatillo y, en ese instante, mi cerebro desconectó cualquier rastro de prudencia.
Me arrojé hacia el interior de la estancia como un resorte, embistiendo al individuo por el costado antes de que pudiera efectuar el disparo.
El impacto nos hizo rodar a ambos por el suelo, destrozando una mesa auxiliar y esparciendo papeles y tazas por el suelo. El arma salió despedida hacia la oscuridad de la terraza.
El tipo era fuerte, un profesional entrenado que reaccionó de inmediato clavándome un codo en las costillas y propinándome un puñetazo en la mandíbula que me hizo saborear la sangre.
Me tambaleé un segundo, pero la visión de Alma, a salvo a pocos metros de distancia, actuó como un analgésico definitivo.
Me abalancé de nuevo sobre él, atrapándole el cuello con el brazo y estampando su cuerpo contra el armazón de la estructura metálica del ventanal.
—¿Quién te envía? —le rugí al oído, apretando con más fuerza—. ¡¿Quién coño te envía?!
El intruso, lejos de entrar en pánico, logró zafarse utilizando mi propio peso a su favor.
Me empujó con violencia, haciéndome caer sobre los restos de cristal roto.
Escuché un grito ahogado de Alma llamándome por mi nombre.
Intenté ponerme en pie de inmediato, pero el hombre evaluó la situación en una fracción de segundo: había perdido el factor sorpresa, el arma ya no estaba en su poder y el tiempo corría en su contra.
Se giró con rapidez, saltó por la barandilla de la terraza hacia el jardín inferior y desapareció en mitad de la cortina de agua de la tormenta.
Me asomé a la barandilla, jadeando, dispuesto a saltar detrás de él, pero una mano temblorosa me sujetó el brazo con una fuerza desmedida. Me giré y vi que era Alma. Estaba pálida, con los labios casi amoratados y los ojos empañados por el pánico, pero viva.
Olvidé al agresor, la tormenta y la investigación.
La tomé por los hombros y la atraje hacia mí con una brusquedad desesperada, sepultándola en un abrazo que pretendía recomponer los pedazos rotos de esa noche.
Sentí cómo escondía el rostro en mi cuello, sollozando sin control mientras sus manos se aferraban a mi chaqueta empapada como si fuera lo único real a lo que asirse en mitad del naufragio.
—Ya está. Estoy aquí —le susurré contra el pelo, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con fuerza el pecho—. No va a volver a pasar. Te lo prometo.