Jefa, no me provoques Capítulo 29
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Capítulo 29

Alma

El problema del miedo era que nunca venía solo; desembarcaba acompañado de imágenes mentales, posibilidades nefastas y conjeturas que se instalaban bajo la piel hasta corromperlo todo desde dentro.

Desde el momento en que Lukas me mostró aquella fotografía con el mensaje «La próxima vez no fallaremos» , no había recuperado el ritmo normal de mi respiración.

El texto se repetía en mi cabeza como un eco demente y me asaltaba en mitad de la ducha, al intentar conciliar el sueño o mientras fingía prestar atención en reuniones donde nadie parecía notar que mi existencia se había transformado en un thriller financiero.

Aunque tal vez sí lo percibían, porque Medina Global Tech ardía por los cuatro costados a ojos del público y la situación empeoraba cada mañana.

La prensa nos estaba despedazando mediante filtraciones y rumores que alimentaban la especulación.

Los titulares sobre conexiones internacionales de corrupción y la investigación de movimientos irregulares en el consejo provocaron el desplome de las acciones.

Los inversores llamaban en masa y los periodistas se agolpaban a las puertas de la sede como buitres con conexión a internet.

Lo peor era ver a mi padre desmoronarse poco a poco; Héctor Medina siempre había sido un pilar indestructible, el estratega que controlaba cualquier imprevisto, pero ya no quedaba rastro de ese hombre.

Lo encontraba ausente, envejecido y sumido en una culpa asfixiante que se hacía evidente cada vez que surgía el nombre de mi madre o indagaba en los antiguos contratos.

Candela se instaló en mi casa de forma literal. Apareció una mañana arrastrando tres maletas, una caja de cápsulas de café y una botella de vino blanco de dimensiones considerables.

—He tomado una decisión.

La observé desde la isla de la cocina mientras lidiaba con el correo hostil de un fondo de inversión francés.

—Tengo miedo de preguntar.

—Voy a instalarme aquí temporalmente.

—Candela…

—Alguien debe vigilar que no cometas una locura emocional —sentenció, dejando el equipaje en mitad del salón como si fuera la dueña legítima—. Estás a dos crisis nerviosas de ocultar pruebas delictivas en la piscina infinita.

—Eso es un escenario bastante específico.

—Veo demasiados documentales sobre crímenes.

Lamentablemente, sus sospechas eran acertadas. Llevaba días manteniéndome en pie a base de café, ansiedad, rabia y una fijación obsesiva; la combinación idónea para acabar en un calabozo internacional. Ella regresó de la cocina dándole un mordisco a una tostada.

—Además, si salimos vivas de esta, vas a requerir terapia de choque y un descanso afectivo.

—Candela, por favor —le pedí cerrando los ojos.

—Yo solo propongo soluciones globales.

—Voy a tener que rescindir nuestro contrato amistoso.

—Es inviable; firmamos un acuerdo indefinido en el patio del colegio hace veinte años.

A pesar de la gravedad de la situación, logré sonreír. Fue un amago leve, pero suficiente para percatarme de una realidad incómoda: me estaba acostumbrando con demasiada presteza a depender de los demás. De Candela. De Lukas. Y esa pérdida de autosuficiencia me aterraba.

Lukas se había vuelto insoportablemente protector, sobrepasando sus propios estándares de control.

Supervisaba personalmente los accesos a la finca, me telefoneaba cada dos horas y mantenía un retén de vigilancia en los alrededores.

Lo verdaderamente preocupante no eran sus medidas, sino el hecho de que mi propio cuerpo se relajara de inmediato en cuanto él cruzaba la puerta.

Mi sistema nervioso parecía haber dictaminado que aquel alemán de complexión atlética constituía un refugio seguro. Una traición en toda regla a mis principios de independencia.

Esa misma tarde se presentó en mi despacho sin previo aviso, luciendo un traje oscuro y con la mandíbula rígida de quien ha pasado la última hora profiriendo amenazas en su idioma natal. Pese a todo, mi corazón dio un vuelco absurdo.

—Hola a ti también, psicópata del control —saludé sin apartar la vista de la pantalla.

Él entornó la puerta a sus espaldas.

—Has ignorado tres de mis llamadas.

—Estaba atendiendo mis obligaciones.

—Estabas inaccesible.

—Estoy en mi mesa de trabajo, Lukas.

Se aproximó con lentitud, mostrando esa calma tensa que siempre precedía a la tormenta.

—Alma.

—Lukas.

El despacho quedó sumido en un silencio cargado de magnetismo. Se apoyó contra el borde del escritorio, clavando sus ojos gris azulado en mí.

—No puedes ir sola por ahí bajo ninguna circunstancia.

La advertencia espoleó mi ira. El miedo solía transformarse en un mecanismo de defensa irascible en mi interior.

—No pienso vivir como si fuera una monja de clausura.

—No te he pedido eso.

—Es lo que estás dando a entender.

—Te recuerdo que hay una amenaza de muerte real sobre la mesa.

La crudeza de sus palabras congeló la estancia y me cortó la respiración. Verbalizar el peligro lo volvía demasiado real, despojándolo de cualquier pátina de irrealidad. Bajé la cabeza, maldiciendo la situación y el hecho de que tuviera toda la razón. Lukas exhaló un suspiro y dulcificó el tono.

—No pretendo coartar tu libertad, Alma —añadió, obligándome a mirarlo con la intensidad de sus ojos—. Intento no perderte.

El impacto de sus palabras me dio de lleno en el pecho. Desvía la mirada de inmediato para no claudicar ante mis propias emociones.

—Eso ha sido un golpe bajo y manipulador.

—Y tú rehúses mirarme a la cara.

—Porque resultas exasperantemente atractivo cuando te pones sentimental.

Una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios.

—Me tomaré eso como un elogio.

—No te acostumbres.

A pesar de mis reticencias, terminé por romper la distancia.

Me puse en pie, me acerqué a él y apoyé la frente contra su pecho durante unos instantes, buscando el amparo de su respiración.

Sus brazos me rodearon al segundo con una firmeza que me hizo olvidar el pánico por un momento.

Su cuerpo parecía haber memorizado el lugar exacto donde yo encajaba.

Sin embargo, el terror regresaba invariablemente con la caída de la noche, el momento idóneo para que los peores presagios cobraran fuerza. Esa velada fue especialmente dura.

Lukas se había quedado retenido en la sede gestionando una urgencia con unos fondos de inversión de Hamburgo; Candela se había retirado a la habitación de invitados tras consumir media botella de vino frente a vídeos de teorías conspirativas en internet, y yo cometí la imprudencia de examinar en solitario uno de los discos duros que recuperamos de la nave industrial.

Conecté el dispositivo al portátil en la terraza acristalada mientras el agua azotaba los cristales. Odiaba las tormentas de verano.

Me temblaban las manos debido a una mezcla de ansiedad y presentimiento. La pantalla tardó unos instantes en desplegar el árbol de carpetas antiguas hasta que di con una titulada «CLAUDIA — PERSONAL» .

El corazón me dio un vuelco. Al abrirlo, aparecieron numerosos archivos de vídeo fechados hacía más de dos décadas. Tragué saliva y reproduje el primero.

La imagen se mostró inestable, con la textura típica de una grabación doméstica de la época, y entonces su rostro llenó la pantalla. El de mi madre.

Me quedé completamente inmóvil contemplándola; era un ser real, moviéndose y esbozando una sonrisa cansada mientras encuadraba la óptica.

Las lágrimas afloraron al instante. El parecido físico era innegable: compartíamos la misma mirada, el movimiento idéntico de las manos al expresarse y esa tensión interna disimulada bajo una aparente serenidad. Su voz me caló hondo.

— Si estás viendo esto… —se me cortó la respiración mientras me cubría la boca con las manos— , significa que algo ha salido mal.

Permanecí clavada a la silla. En la pantalla, mi madre suspiró con expresión fatigada y asustada, pero con una determinación inquebrantable.

— Estamos muy cerca de demostrarlo todo.

Aquel plural me hizo fruncir el ceño, y de inmediato comenzaron a desfilar los nombres: el de mi padre, Klaus y un tercer individuo al que no logré identificar. Ella siguió hablando.

— Los contratos marítimos se han estado empleando durante años para desviar capitales ilícitos entre corporaciones europeas. Sobornos, fraude fiscal y blanqueo de fondos. Héctor sostiene que aún estamos a tiempo de frenarlo desde el aparato interno.

Mi padre. Dios santo, mi padre figuraba en el centro de la trama; tal vez no como un ejecutor directo, pero sí como un engranaje.

La secuencia cambió tras un parpadeo de estática y dio paso a la figura de un Klaus Schneider más joven, cuyos rasgos fríos denotaban una honda preocupación mientras discutía con alguien fuera de plano. La voz de mi madre se escuchó de nuevo.

— Klaus ha interceptado documentación relevante.

Si logramos hacer públicos los nombres de los implicados antes de levantar sospechas…

—la cinta sufrió un corte antes de reanudarse, mostrando un pánico evidente en su rostro—.

Alguien está filtrando nuestros movimientos desde dentro del grupo. Nos han traicionado.

La estancia se volvió fría y mi respiración comenzó a acelerarse. La cámara osciló y entonces pronunció el nombre definitivo: Arturo. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. Mi madre cerró los ojos antes de sentenciar.

— Arturo Linares maneja mucha más información de la que admite. Si algo me ocurre, no confiéis en ningún miembro del consejo de administración. Especialmente en Arturo Linares.

El pánico me atenazó las entrañas; aquello ya no constituía una simple sospecha, sino una prueba explícita de cargo.

Me dispuse a abrir el siguiente archivo de vídeo cuando, de golpe, el suministro eléctrico de la casa se interrumpió, sumiendo la estancia en una oscuridad absoluta.

El ordenador se apagó de inmediato, la música cesó y el silencio se volvió sepulcral, anulando incluso el rumor de la tormenta.

Tardé un par de segundos en reaccionar, un tiempo precioso que resultó fatal, porque acto seguido percibí un sonido nítido: unos pasos lentos y pesados moviéndose en el interior de la vivienda, aproximándose hacia mi posición.

—¿Candela? —pregunté, poniéndome en pie de un salto y derribando la silla en el proceso.

Solo obtuve silencio por respuesta. Mierda. Traté de localizar el teléfono móvil sobre la mesa a ciegas, pero mis manos no encontraron nada.

Los pasos continuaron avanzando con una parsimonia aterradora. Retrocedí por puro instinto hasta que mi espalda chocó contra el ventanal helado de la terraza, con la negrura como única perspectiva.

Fue entonces cuando una voz masculina, grave, desconocida y dotada de una tranquilidad espeluznante, surgió de la penumbra del salón.

—Deberías haber dejado el pasado enterrado.