Jefa, no me provoques Capítulo 28
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Capítulo 28

Lukas

La llamada de Alma me llegó mientras salía del aparcamiento subterráneo de Medina Global Tech . No saludó, ni siquiera respiró antes de soltar las cuatro palabras que detuvieron mi mundo por completo: «Han entrado en mi casa». El volante crujió bajo la presión de mis manos.

—¿Estás bien?

Se produjo un silencio espeso, demasiado prolongado. Al otro lado de la línea solo escuchaba su respiración entrecortada y temblorosa, hasta que finalmente pronunció mi nombre en un susurro: «Lukas…».

La forma en que lo dijo, asustada, pero intentando mantenerse entera, me destrozó el pecho. Comprendí de inmediato que aquello ya no era un simple juego corporativo; se habían acabado las filtraciones, los chantajes y las disputas de dinero. Alguien había cruzado una línea maldita.

—¿Dónde estás exactamente?

—En casa.

—No te muevas.

—No necesito…

—Alma —la interrumpí, con una voz tan severa que la hizo callar.

Metí el coche en dirección prohibida nada más salir del parking.

Me importaron un demonio los semáforos, las normas de tráfico y las multas; todo desapareció de mi mente.

Solo tenía una imagen fija grabada en la cabeza: Alma sola, indefensa, y un extraño invadiendo el lugar donde ella dormía cada noche.

El trayecto hasta Málaga Este se convirtió en un borrón difuminado por la lluvia, la rabia y la adrenalina.

No recuerdo un solo cruce, solo el momento de llegar y verla.

Estaba en mitad de un salón destrozado, descalza, envuelta en una sudadera gris enorme y con el pelo revuelto.

Tenía los ojos verdes completamente abiertos por el pánico, y verla así me hizo perder la cabeza.

Alma siempre parecía invencible, demasiado ruidosa, brillante y llena de vida, pero esa noche mostraba una vulnerabilidad que me encendió una furia fría y peligrosa en el pecho.

Era la clase de rabia controlada que destruye cosas lentamente.

Cerré la puerta a mis espaldas y crucé la estancia en tres zancadas. Ella amagó con hablar, pero no la dejé; la atraje hacia mí en un abrazo firme, tal vez demasiado brusco, pero me dio igual. Al notar cómo temblaba su cuerpo contra el mío, mi autocontrol terminó de saltar por los aires.

—¿Te han hecho daño?

—No estaba aquí cuando pasó —negó con la cabeza, hundiendo el rostro en mi pecho.

Gracias a Dios. Cerré los ojos un segundo y aspiré el aroma de su cabello, comprobando físicamente que seguía entera, que estaba viva. Cuando intentó tomar un poco de distancia, la sujete con firmeza por la nuca para obligarla a mirarme.

—¿Estás segura de que no había nadie cuando llegaste?

—Sí.

—¿Has tocado algo?

—Solo intenté comprobar qué faltaba.

Eché un vistazo alrededor. El salón parecía una escena de guerra: cajones arrancados de cuajo, papeles esparcidos, cristales rotos, la estantería abierta y los cuadros movidos.

No era un robo común; no se habían molestado en llevarse los televisores, las joyas o el dinero en efectivo.

Aquello era una búsqueda metódica, desesperada y profesional que me revolvió el estómago.

Significaba que alguien conocía nuestro hallazgo en el almacén. Nos estaban vigilando.

La solté despacio y comencé a inspeccionar la vivienda mientras mi cerebro regresaba de forma automática al modo analítico de evaluación de amenazas.

El despacho de Alma estaba completamente patas arriba, los archivadores vacíos y el portátil tirado en el suelo.

Me agaché para revisar las conexiones, los discos externos y los cables, pero no encontré nada.

Buscaban información muy específica, datos y documentos físicos.

—¿Qué había aquí? —pregunté, señalando un cajón.

Alma apareció a mi espalda, aún más pálida y rota bajo la luz directa.

—Documentos antiguos de mi madre.

Un escalofrío desagradable me recorrió la espina dorsal.

—¿Y?

—Ya no están.

Mierda. Me pasé una mano por la mandíbula intentando procesarlo todo a contrarreloj. La llave, el almacén, la grabación, los nombres, Arturo Linares, Schneider… Las piezas encajaban demasiado deprisa y alguien intentaba borrar el rastro antes de que avanzáramos más. Me giré hacia ella.

—Desde este momento no vas a quedarte sola.

Alma alzó la barbilla de inmediato, orgullosa a pesar de su fragilidad.

—No necesito que me rescaten.

—Pues mala suerte, porque pienso quedarme igualmente —me acerqué hasta acortar cualquier distancia.

Sus ojos vacilaron solo un instante, revelando el miedo y esa dolorosa necesidad de apoyarse en alguien que tanto detestaba. Me dolió verla así. Ella desvió la mirada primero.

—Eres insoportable.

—Y tú una temeraria.

—No voy a esconderme.

—No te he pedido que lo hagas —la obligué a mirarme de nuevo—. Te he dicho que no pienso dejar que te pase nada.

El repiqueteo de la lluvia contra los ventanales llenó el salón destrozado, pero durante un segundo el entorno se desvaneció y solo existimos nosotros dos: ella respirando de forma agitada y yo conteniendo los impulsos violentos que me provocaba saber que habían violado su intimidad.

—Tengo miedo, Lukas —admitió por fin en un hilo de voz. Aquella confesión terminó por desarmarme, porque Alma jamás reconocía sus temores. Le aparté un mechón de pelo de la cara con suavidad.

—Lo sé.

Por primera vez desde que la conocía, no discutió.

Una hora más tarde, un equipo de seguridad privada ya patrullaba el perímetro de la villa.

Cambié las cerraduras, instalé sistemas de vigilancia temporal y me puse en contacto con un especialista en ciberseguridad corporativa en Hamburgo.

Si alguien pretendía acercarse de nuevo a Alma, se toparía con un muro infranqueable.

Ella protestó exactamente doce veces mientras realizaba las gestiones.

—No necesito un ejército privado.

—Perfecto, porque técnicamente son solo cuatro hombres armados.

—¡Lukas!

—Alma.

Candela, que permanecía sentada en el sofá con una copa de vino que había rescatado intacta, levantó la mano para intervenir.

—Yo voto a favor del alemán psicópata protector.

Alma la fulminó con la mirada.

—No estás ayudando.

—Claro que sí, estoy viva gracias a mi cobardía natural —replicó Candela antes de dirigirse a mí—. Aunque debo admitir que esto empieza a parecerse demasiado a un documental de Netflix sobre millonarios asesinados.

No tenía maldita la gracia, y por la rigidez en la mandíbula de Alma, supe que ella tampoco le veía el humor a la situación.

A la mañana siguiente entré en la empresa antes de las siete en busca de respuestas inmediatas. La planta ejecutiva permanecía medio vacía, lo que significaba menos ojos y menos ruido. Me dirigí directo al despacho de Paula Ferrer, quien levantó la vista de su portátil y frunció el ceño al verme.

—Tienes cara de querer cometer delitos financieros.

Cerré la puerta a mis espaldas, asegurando la privacidad.

—Han entrado en casa de Alma.

La ironía se borró al instante del rostro de Paula, que se quedó petrificada.

—¿Qué?

Le expuse los hechos: el registro de la casa, los documentos robados y los nombres que habíamos descubierto en el almacén portuario. Al pronunciar el nombre de Arturo Linares, percibí un sutil cambio en su expresión. Lo detecté al vuelo.

—Sabes algo.

Paula cruzó los brazos, manteniendo una elegancia innata a pesar de la tensión.

—Llevo semanas revisando movimientos financieros internos. Hay transferencias trianguladas mediante empresas fantasma vinculadas directamente al consejo de administración.

Mi pulso se ralentizó, volviéndose frío y calculador.

—¿Arturo?

—No puedo demostrarlo todavía —asintió ella despacio.

—Necesito pruebas sólidas.

Paula me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos antes de verbalizar lo que ambos dábamos por sentado:

—¿De corrupción o de intento de homicidio?

Un eco oscuro se asentó en mi interior. Por primera vez, aquella palabra dejaba de ser una exageración abstracta para convertirse en una amenaza real.

—Empiezo a pensar que de ambas cosas —respondí con voz gélida.

Arturo Linares llevaba veinte años en el consejo directivo de Medina Global Tech .

A sus sesenta y dos años, poseía una sonrisa impecable, trajes de corte italiano, un historial de donaciones benéficas y un encanto magnético ante las cámaras; sin embargo, por dentro estaba completamente podrido.

Cuanto más profundizaba en su historial, peor olía todo.

Paula me facilitó acceso discreto a los registros internos antiguos: contratos portuarios, transferencias internacionales y empresas pantalla que se volatilizaban meses después de recibir sumas millonarias.

Los mismos nombres se repetían en un bucle cerrado, y Arturo figuraba demasiado cerca de todos ellos como para considerarlo una simple coincidencia.

Me encerré en el despacho a examinar los archivos durante horas, hasta que un apunte contable me heló la sangre. Era un pago efectuado hacía más de dos décadas a través de una firma intermediaria alemana que incluía una rúbrica parcial: K. Schneider .

Me quedé petrificado contemplando la pantalla. Mi padre aparecía de nuevo en la ecuación. La rabia regresó con fuerza porque seguía sin conocer el alcance real de su implicación y, lo que era peor, ya no sabía cómo proteger a Alma de esa verdad.

Mientras tanto, Alma y Candela continuaban examinando el contenido de la caja que rescatamos del almacén.

Las encontré horas después en la sala privada del archivo jurídico, rodeadas de papeles, tazas de café frío y con unas ojeras que delataban el cansancio acumulado.

Candela se había recogido el pelo con un bolígrafo y parecía al borde del colapso, mientras que Alma volvía a estar descalza en el suelo, con una carpeta abierta sobre las piernas.

Su expresión distante y gélida me puso en alerta de inmediato; el silencio en ella nunca vaticinaba nada bueno.

—¿Qué habéis encontrado?

Candela levantó una hoja de papel con dedos temblorosos.

—Pagos ilegales.

Mi estómago se contrajo. El mutismo de Alma hizo que la situación resultara aún más tensa. Me acerqué para tomar el documento y examinar el desglose de transferencias, sobornos, empresas de transporte y nombres de consejeros.

Arturo Linares figuraba en varias casillas, pero justo debajo aparecía Schneider Holdings .

Sentí que la sangre se me congelaba en las venas y el ambiente se volvió insoportable.

Candela nos observaba alternativamente, consciente de que manejábamos una bomba de relojería.

Alma levantó por fin la vista y la desconfianza que brillaba en sus ojos me atravesó el pecho.

No era total, pero sí suficiente para abrir una brecha entre los dos.

—¿Qué ocurre? —pregunté con cautela.

—Nada.

—Alma —insistí, sabiendo que mentía.

Cerró la carpeta despacio, mostrando una rigidez artificial y excesivamente controlada.

—¿Tu padre estaba implicado o no?

Ahí estaba la pregunta imposible que llevaba esquivando desde mi viaje a Madrid, y el hecho de no tener una respuesta clara constituía el verdadero problema. Guardé silencio un segundo de más, y vi el dolor reflejarse de inmediato en sus facciones. Un dolor sutil pero demoledor.

—Eso pensaba.

—No lo sé —admití finalmente, con la voz más quebrada de lo que pretendía—. Y odio no saberlo.

Ella desvió la mirada, lo que me causó una herida profunda. Me arrodillé a su altura despacio, buscando recuperar el contacto visual.

—Escúchame, Alma.

No hubo respuesta.

—Alma.

Por fin me miró, con los ojos empañados por el agotamiento emocional.

—Quiero confiar en ti.

Esas palabras me calaron hondo, porque no implicaban una pérdida de confianza, sino el pánico ciego que le producía la idea de entregarse a ella. Comprendía sus motivos a la perfección. Le tomé la mano con suavidad.

—Mi padre me ocultó muchas cosas, pero yo no voy a mentirte jamás.

—¿Aunque la verdad te destruya también a ti?

La interrogante quedó flotando en el aire de la sala, cruda, dolorosa y real, porque la respuesta era afirmativa: aquello nos iba a arrastrar a todos. Le apreté los dedos con suavidad.

—Aunque me destruya.

Candela se puso en pie con movimientos lentos, rompiendo la rigidez del momento.

—Voy a por café antes de que esta tensión provoque un incendio forestal.

Nadie replicó. La puerta se cerró a sus espaldas y volvimos a quedar a solas en mitad del caos, como siempre. Alma inspiró aire con dificultad.

—Tengo miedo de descubrir que todo está conectado.

—Lo está.

—No me ayudas, Lukas.

Le acaricié la mejilla y ella cerró los ojos un instante, apoyándose en la calidez de mi mano. Ese mínimo gesto me dio la vida, porque demostraba que seguía permitiendo mi cercanía a pesar de las dudas que la asaltaban.

Aquella noche la llevé a mi casa sin darle opción a réplica, y para mi sorpresa, no opuso resistencia. Su docilidad me preocupó aún más; Alma solo se resignaba al silencio cuando sus fuerzas estaban al límite.

Mientras la lluvia continuaba azotando Málaga, me instalé en el despacho a revisar los legajos una vez más.

Ella se había acomodado en el sofá de la terraza acristalada, tapada con una manta y contemplando el mar oscuro, absorta en sus propios pensamientos.

Me resultaba imposible concentrarme; levantaba la vista cada pocos minutos solo para asegurarme de que seguía allí.

Era una actitud obsesiva y descontrolada, pero real.

De pronto, mi teléfono vibró sobre el escritorio con una llamada de número oculto.

Respondí de inmediato, pero solo obtuve una línea muerta seguida de un chasquido.

Segundos después, entró un mensaje con un archivo adjunto.

Al abrirlo, el mundo se detuvo: era una fotografía de Alma entrando en su vivienda esa misma noche, tomada desde la distancia con un teleobjetivo.

Nos habían estado vigilando. Justo debajo de la imagen, aparecía una advertencia: «La próxima vez no fallaremos» .

Sentí un estallido frío, oscuro y violento dentro de la cabeza.

Alcé la vista despacio hacia la terraza.

Alma continuaba ajena a todo, observando caer el agua sin saber que acababan de amenazar su vida de forma directa.

En ese preciso instante comprendí algo alarmante sobre mí mismo: ya no existían límites para lo que sería capaz de hacer con tal de mantenerla a salvo.