Capítulo 27
Alma
La lluvia convirtió el puerto de Málaga en un escenario fantasmal, oscuro, mojado y hostil. Las luces lejanas de las grúas semejaban ojos gigantes que nos vigilaban desde la niebla mientras el coche de Lukas avanzaba despacio por una carretera industrial sembrada de charcos y naves abandonadas.
Yo llevaba quince minutos muda porque temía pronunciar en voz alta lo que ambos dábamos por sentado: que mi madre manejaba información tan grave que alguien decidió deshacerse de ella, y que toda mi vida se había edificado sobre un entramado de mentiras.
Volví a mirar el papel con la dirección del viejo almacén portuario, una zona prácticamente abandonada.
El lugar idóneo para esconder secretos incómodos y traumas familiares.
—No me gusta esto —murmuré.
Lukas tampoco parecía cómodo; conducía con la mandíbula apretada y las manos rígidas sobre el volante.
—A mí tampoco.
Eso no ayudó; nada lo hacía últimamente.
El coche se detuvo frente a un edificio enorme de ladrillo oscuro que parecía muerto.
Tenía las ventanas rotas, las puertas oxidadas y un silencio sepulcral que solo rompía el rumor lejano del mar y el golpeteo del agua contra el metal.
Tragué saliva, intentando aligerar la tensión.
—Dime que esto no es el inicio de una película donde morimos en los primeros veinte minutos.
Lukas me miró de reojo.
—Tú sobrevivirías solo por hablar tan rápido que el asesino no tendría tiempo de reaccionar.
—Eso ha sido ofensivo.
—Pero exacto.
Odiaba que, incluso en mitad de aquel desastre, consiguiera hacerme sonreír.
Bajamos del coche y el aire nos recibió cargado de humedad, salitre y óxido.
Lukas rodeó el capó de inmediato para colocarse a mi lado, protector, y mi cuerpo ya empezaba a asimilar esa cercanía como algo peligrosamente necesario.
La puerta principal cedió con un empujón y entramos a la oscuridad.
El frío y el eco de nuestros pasos sobre el cemento viejo nos envolvieron.
El almacén parecía abandonado desde hacía décadas, pero al iluminar el suelo notamos marcas recientes, cajas movidas y polvo removido. Lukas se tensó al instante.
—Alguien ha estado aquí.
El corazón me dio un vuelco desagradable.
—No me gusta cómo suena eso.
Él encendió la linterna del móvil, barriendo el fondo de la nave hasta dar con una pequeña oficina cerrada por una puerta metálica antigua.
Se me atascó la respiración en la garganta.
Incluso desde la distancia, experimenté una sensación extraña, como si aquel rincón hubiera estado esperando mi regreso.
Nos aproximamos despacio mientras la llave me pesaba en el bolsillo como si cobrara vida propia. Lukas examinó la cerradura y me miró.
—¿Lista?
No lo estaba, pero asentí. Saqué la llave con las manos temblorosas y erré el primer intento de meterla en el ojo de la cerradura. Mierda.
Respiré hondo, probé por segunda vez y encajó a la perfección. El chasquido metálico al girar me atravesó el pecho. La puerta cedió con un gemido y el pasado estalló ante nosotros.
La oficina olía a papel viejo y a secretos confinados.
Había archivadores metálicos, cajas amontonadas, fotografías y un ordenador antiquísimo cubierto por una lona gris.
Todo permanecía congelado en el tiempo, como si alguien se hubiera huido a toda prisa para no regresar jamás.
El pulso se me disparó cuando Lukas cerró la puerta a nuestras espaldas.
—Alma…
No lo escuché. Mis ojos se habían clavado en una pequeña caja de madera oscura con una etiqueta manuscrita: «Claudia Vega».
Mi madre. Sentí que el aire no me llegaba a los pulmones y me acerqué despacio, con las piernas inestables, como si mi propio cuerpo comprendiera antes que mi cabeza que lo que había allí dentro iba a cambiarlo todo.
Me arrodillé y abrí la tapa con dedos torpes. Había cartas, cuadernos, fotos dobladas, documentos oficiales y varias cintas de casete. Me quedé paralizada. Mi madre dejaba de ser una ausencia abstracta; aquello era real, ella había tocado esos objetos y escrito esas palabras antes de esconderlos.
Lukas se agachó a mi lado en silencio, y se lo agradecí en el alma, porque si alguien me hubiera dicho que me tranquilizara en ese momento, habría estallado.
Tomé uno de los cuadernos y su caligrafía me golpeó: elegante, inclinada, familiar de un modo extrañísimo porque apenas la recordaba, pero mi interior la reconoció al instante.
Abrí una página al azar y leí: «Hay nombres que empiezan a repetirse demasiado».
Se me heló la sangre. Pasé las hojas entre fechas, puertos, transferencias y empresas pantalla.
Había nombres subrayados, y uno destacaba sobre el resto: Schneider.
Miré a Lukas de inmediato y él también lo leyó, pero antes de que cruzáramos una palabra, descubrí una grabadora antigua con una cinta introducida.
—¿Funciona? —mi voz sonó rota.3
Lukas la revisó; por suerte o por desgracia, el aparato aún conservaba algo de batería. El clic del reproductor resonó en el habitáculo seguido de un rastro de estática. Entonces, surgió una voz suave, temblorosa y femenina. Mi madre. Me quedé inmóvil, escuchándola por primera vez en toda mi vida.
— Si alguien encuentra esto… —me tapé la boca mientras las lágrimas afloraban sin control—, significa que probablemente he cometido un error terrible.
La respiración comenzó a fallarme y Lukas me sujetó por la cintura porque sintió que me venía abajo. La grabación continuó entre interferencias.
— Hay personas peligrosas implicadas… empresarios… acuerdos internacionales… corrupción… —tras otro tramo de ruido, llegó la frase que me destrozó—: Si algo me ocurre… no fue un accidente.
El mundo desapareció. La oficina, la lluvia, el aire... todo se borró salvo esa certeza brutal: mi madre tuvo miedo antes de morir.
Me doblé hacia delante, rota por un dolor animal y profundo, y Lukas me cobijó contra él con fuerza, con una mano en mi nuca y la otra firme en mi cintura.
—Shh… Alma…
No podía parar. Llevaba toda la vida extrañando a una persona que, ahora lo sabía, pasó sus últimos días aterrorizada, y nadie se había atrevido a decirme la verdad. Nadie.
No sabía cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé cierta lucidez, pero seguía aferrada al pecho de Lukas cuando reanudé la revisión de los legajos.
Fue entonces cuando todo empeoró al tropezar con el nombre de mi padre una, dos y tres veces: «Héctor Medina».
Informes, minutas de reuniones y anotaciones al margen escritas por mi madre.
—No —solté, mientras Lukas se tensaba a mi lado—. No, mi padre no pudo hacerle daño.
—No sabemos qué significa todavía, Alma.
—¡Tú no conoces a mi padre! —mi voz rebotó contra las paredes metálicas, descontrolada e histérica.
Lukas intentó dar un paso hacia mí—. ¡No!
—retrocedí, con la rabia y la confusión mezclándose en el llanto—.
Todo el mundo está metido en esto. Tu padre, mi madre y ahora el mío. ¿Qué se supone que debo pensar?
Él estiró la mano para tocarme el brazo, pero la esquivé.
—Alma, por favor…
—No puedo respirar aquí dentro.
Y salí de la oficina prácticamente corriendo.
Conduje hasta la casa de mi padre como una loca, con el agua golpeando el parabrisas y las manos rígidas sobre el volante.
Lukas me llamó cuatro veces, pero no atendí el teléfono; escuchar su voz me habría quebrado del todo y necesitaba llegar entera, o al menos lo suficientemente entera como para exigir cuentas.
La residencia de mi padre estaba iluminada. Entré sin llamar y Héctor apareció de inmediato en el salón.
—¿Alma? —se detuvo al ver mi rostro, perdiendo el color al instante—. ¿Qué ha pasado?
Saqué uno de los documentos arrugados del bolso y se lo lancé a los pies.
—Eso mismo quiero saber yo.
Mi padre bajó la vista hacia el papel y su silencio posterior lo confirmó todo. Sentí un crujido definitivo en mi interior.
—¿Qué me ocultaste?
—Alma…
—¡No! No intentes calmarme. ¡Estoy harta de que todo el mundo me mienta!
—Intentaba protegerte —admitió él, con la voz tan temblorosa como la mía.
Solté una carcajada rota y amarga.
—¡He vivido una mentira toda mi vida!
Mi padre se pasó una mano por el rostro, y de pronto parecía un anciano derrotado y cansado.
—No entiendes lo peligroso que era todo aquello.
—¡Pues explícamelo de una vez!
Solo el repiqueteo de la lluvia en los cristales llenó el vacío entre nuestras respiraciones agitadas. Mi padre cerró los ojos y, al abrirlos, se le vio devastado.
—Tu madre descubrió una red de corrupción enorme relacionada con contratos internacionales marítimos.
El ambiente se volvió mucho más frío.
—¿Y tú lo sabías?
—Sí.
—¿Estabas implicado?
—¡No! —lo dijo tan rápido que quise creerle, pero ya no sabía en qué aferrarme.
—Entonces, ¿qué hiciste?
Mi padre tragó saliva, con la mirada perdida.
—Intenté convencerla de que parara. Claudia no escuchaba a nadie cuando creía que algo era injusto; quería sacarlo todo a la luz, pensaba que podía arreglarlo ella sola —la descripción se parecía tanto a mí que me dolió la garganta—. Yo sabía que era peligroso, que había gente muy poderosa detrás.
—¿Y aun así la dejaste seguir?
El dolor que cruzó sus facciones fue real y descarnado.
—Jamás pensé que llegarían a matarla.
El silencio regresó, espeso y acusador. Las lágrimas volvieron a brotar, esta vez cargadas de decepción.
—¿Y qué hiciste después? —inquirí en un hilo de voz.
Mi padre me miró como si viera cómo me alejaba para siempre.
—Te protegí.
—No —negué con la cabeza, dando un paso atrás—. Me mentiste.
Mi padre intentó acercarse.
—Alma…
—No me toques ahora mismo.
Esa última frase pareció desmoronarlo del todo. Mi padre nunca había temido perder sus empresas, su dinero o su estatus, pero la perspectiva de perderme a mí lo aterrorizaba. Por primera vez en mi vida, no me importó su miedo, porque yo estaba rota de arriba abajo.
No recordaba del trayecto de vuelta. Solo recordaba el llanto y una tremenda sensación de desamparo.
Mi madre había muerto protegiendo un secreto, mi padre me había ocultado la verdad durante décadas, mis abuelos estaban al tanto y Lukas formaba parte de ese mismo entramado por culpa de su apellido. Ya no sabía dónde acababa la realidad y dónde empezaba la manipulación.
Cuando alcancé la villa, percibí algo extraño: la puerta principal estaba entornada. El corazón me dio un vuelco. No, no, no.
Empujé la madera despacio y el suelo volvió a desaparecer bajo mis pies. El salón estaba destrozado: los cojines por el suelo, los cajones volcados, cristales rotos y papeles esparcidos por todas partes. Habían entrado en mi casa, y sabía perfectamente qué era lo único que buscaban. Los documentos.