Jefa, no me provoques Capítulo 26
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Capítulo 26

Lukas

El AVE a Madrid salió a las seis y cuarto de la mañana, pero yo llevaba despierto desde las tres. No había conseguido pegar ojo. Otra vez.

La imagen de Alma derrumbándose en mis brazos en el hospital seguía clavada en mi cabeza como una maldita herida abierta; su voz rota, sus manos temblando y la forma en que se aferró a mí, como si el suelo estuviera hundiéndose debajo de sus pies.

Lo peor era que, probablemente, estaba pasando exactamente eso.

Miré por la ventana del tren mientras el paisaje oscuro avanzaba borroso. El reflejo del cristal me devolvió una versión de mí mismo que apenas reconocía: tenso, furioso, cansado y demasiado expuesto para mi propio gusto.

Mi padre tenía respuestas, lo sabía. Si había algo que Klaus Schneider había perfeccionado durante toda su vida era la capacidad de ocultar la verdad detrás de una fachada impecable, pero esta vez no iba a permitirlo.

Esto ya no era una cuestión de negocios, ni de política, ni de secretos diplomáticos.

Ahora Alma estaba en medio, y eso lo cambiaba todo.

El club privado olía a madera cara, whisky antiguo y hombres poderosos acostumbrados a destruir vidas con una sola llamada telefónica. Era, de forma exacta, el tipo de lugar que mi padre adoraba.

Las paredes oscuras absorbían el sonido, los camareros caminaban como sombras y todo resultaba demasiado elegante, limpio e hipócrita.

Klaus ya estaba sentado cuando llegué. Lucía un traje gris impecable, gemelos plateados y una postura perfecta, como si no llevara semanas Dynamic destrozando mi paciencia.

Levantó la vista apenas entré; ni siquiera pareció sorprendido de verme allí, lo que me encendió la sangre de inmediato.

—Lukas.

Ni un abrazo, ni un gesto afectuoso. Nada nuevo. Tomé asiento frente a él, sosteniéndole la mirada.

—¿Qué relación tenías con la madre de Alma? —disparé directo, sin rodeos.

Los ojos de mi padre apenas cambiaron, pero ese mínimo destello fue suficiente para confirmarme que había dado en el blanco.

—Ninguna que deba preocuparte.

Apreté la mandíbula, conteniendo las ganas de golpearlo.

—Deja de tratarme como a un niño.

Klaus depositó la taza de café sobre el plato con una precisión irritante.

—Entonces deja de actuar por impulso por culpa de una mujer.

La furia me atravesó con tanta fuerza que tuve que aferrarme a la mesa para no levantarme.

—No la metas en esto —advertí, con una voz más peligrosa de lo que pretendía.

Mi padre me sostuvo la mirada, frío y calculador, antes de soltar la frase que terminó por romperlo todo.

—Ya está metida. Desde hace años.

El aire se volvió denso a nuestro alrededor y sentí que el corazón me latía más lento, más pesado.

—Explícate.

Klaus se recostó ligeramente en la silla, sopesando cuánto revelar. Lo odié por ese maldito control que ejercía sobre las cosas.

—La madre de Alma descubrió algo que jamás debería haber sabido. Había una red de corrupción empresarial operando entre puertos europeos hace más de veinte años. Empresas tecnológicas, transporte marítimo, contratos estatales y sobornos.

Mi estómago se tensó.

—¿Quiénes estaban implicados?

Él guardó silencio. Siempre recurría al silencio antes de soltar las peores respuestas.

—Empresarios importantes, políticos y directivos internacionales.

—¿Y tú?

Sus ojos se clavaron en mí de inmediato.

—Indirectamente.

Aquello no significaba inocencia, sino diplomacia, y yo me había criado con suficientes diplomáticos como para entender el código.

—¿Qué demonios significa «indirectamente»?

—Yo trabajaba mediando acuerdos internacionales en aquella época —explicó, respirando lentamente—. Escuché rumores y vi movimientos sospechosos. Claudia empezó a investigar por su cuenta.

El nombre de la madre de Alma en su boca sonó extraño, demasiado personal y cercano.

—¿La conocías bien?

Klaus dudó apenas un segundo, y esa vacilación fue peor que cualquier respuesta confirmada.

—Lo suficiente.

—¿Y nunca pensaste en contarme nada de esto? —la rabia regresó con más fuerza.

—No quería que te involucraras.

Solté una risa seca, sin rastro de humor.

—Excelente trabajo, padre. Porque ahora estoy enamorado de su hija y metido hasta el cuello en una conspiración internacional.

Mi padre se quedó inmóvil, completamente petrificado. En ese instante comprendí algo horrible: no se lo esperaba. No había calculado que Alma pudiera importarme de verdad.

—Eso complica mucho las cosas —admitió finalmente.

Me incliné hacia delante, acortando la distancia entre los dos.

—¿Murió por eso?

Klaus tardó demasiado en responder. El silencio se estiró tanto que sentí el pulso golpeándome en las sienes.

—No fue tan simple.

Ahí supe que nunca iba a perdonarlo del todo. Cuando alguien inocente moría, las personas limpias respondían rápido; las culpables medían las palabras.

—¿La mataron?

—No tengo pruebas.

—Pero lo sospechas.

—Sí —confesó tras otra pausa.

El club entero pareció volverse gélido. Me pasé una mano por la cara, intentando ordenar unos pensamientos que ya no tenían lógica alguna.

—¿Y ahora qué?

Mi padre me observó fijamente. Por primera vez en años, su rostro no reflejaba severidad ni arrogancia, sino un cansancio profundo.

—Ahora alguien cree que Alma puede encontrar lo que su madre dejó atrás.

Mi sangre se congeló.

—La llave.

Klaus levantó apenas una ceja. Había cometido un error; lo acababa de confirmar sin querer.

—Sabes algo sobre ella —acusé.

—Sé que Claudia escondió información antes de morir.

—¿Dónde?

—Nunca lo descubrimos.

—¿Quiénes? —mi paciencia estaba a punto de estallar—. ¡Joder, padre! —varias personas se giraron hacia nuestra mesa, pero me importó un demonio—. ¿Quiénes?

Klaus bajó la voz, severo.

—Héctor Medina y yo.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. Aquello ya no era una teoría lejana, sino una historia compartida, un secreto enorme sobre el que todos llevaban décadas mintiendo.

Mientras yo seguía atrapado en Madrid, intentando decidir si mi padre era culpable, cómplice o simplemente un cobarde, Alma estaba convirtiendo los archivos de Medina Global Tech en una escena del crimen.

Lo descubrí más tarde, cuando Candela me mandó una foto que casi me arranca la primera sonrisa de todo el día.

La imagen mostraba a Alma sentada en el suelo de un archivo antiguo, rodeada de cajas abiertas, papeles y envoltorios de comida.

Candela aparecía al fondo, sosteniendo una carpeta polvorienta con una expresión de sufrimiento dramático.

Debajo, había escrito un mensaje: «Tu novia quiere desenterrar cadáveres».

Me quedé mirando la palabra «novia» durante demasiado tiempo. Contesté antes de pensarlo.

Lukas: Que no abra nada sola.

Candela respondió unos segundos después.

Candela: Uy. El alemán protector ha salido oficialmente del armario.

Maldita mujer. Guardé el móvil en el bolsillo, pero no pude evitar imaginar a Alma allí metida, con sus tacones imposibles abandonados en alguna esquina, el pelo recogido de prisa y la nariz arrugada mientras protestaba por el polvo.

De pronto, sentí una necesidad física e inmediata de tenerla cerca, como si después de hablar con mi padre necesitara comprobar con mis propios ojos que ella seguía bien. Que seguía ahí.

Volví a Málaga destrozado por dentro. La conversación con mi padre se repetía en bucle en mi cabeza. «No fue tan simple». Odiaba esa frase porque escondía demasiada basura, y cada vez estaba más convencido de que Klaus sabía perfectamente quién había querido silenciar a Claudia Vega.

Conduje directo a casa de Alma, sin pararme a pensar.

Solo necesitaba verla. La lluvia caía con suavidad cuando aparqué frente a la villa; parecía que nuestra historia requería tormentas constantes.

Llamé al timbre y, tras unos segundos de espera, la puerta se abrió.

Allí estaba ella, con un pijama corto gris, el pelo mal recogido, cara de cansancio y unos ojos verdes completamente agotados.

Se me rompió algo en el pecho al verla tan triste.

Abrió la boca para decir algo, pero no la dejé; la besé de inmediato.

Necesitaba tocarla, comprobar que estaba viva y a salvo.

Sus manos subieron de forma automática a mi cuello mientras yo la empujaba suavemente hacia el interior, cerrando la puerta con el pie.

El beso fue distinto a los anteriores; no era desesperación sexual, sino un vuelco emocional, como si ambos intentáramos sostenernos mutuamente sin saber muy bien cómo.

Alma se separó apenas unos centímetros para tomar aire.

—Lukas…

La rodeé con los brazos, tal vez con demasiada fuerza, pero me dio igual. Escondí el rostro en su cuello, respirando su olor despacio, y ella comprendió al instante que algo iba mal porque empezó a acariciarme el cabello con suavidad para calmarme. Ese gesto terminó por desarmarme.

—Me estás asustando —susurró.

Cerré los ojos, sintiendo el peso de mis propios temores.

—A mí también me asusta esto.

Ella levantó la cabeza lentamente.

—¿El peligro?

La miré, dejando que la verdad saliera antes de que pudiera detenerla.

—Lo mucho que me importas.

Se hizo un silencio absoluto. Alma contuvo la respiración y abrió los ojos, sorprendida, porque sabía que yo nunca hablaba así. Y, sin embargo, allí estaba, completamente perdido por ella. Le acaricié la mejilla con el pulgar.

—No sé hacer esto bien.

—Yo tampoco —respondió, con una voz pequeñita y casi rota.

Dios, aquella mujer. La besé otra vez, ahora con más lentitud e intimidad. Ella se pegó a mi cuerpo buscando lo mismo que yo: calma, seguridad y algo real a lo que aferrarse. Por primera vez en muchísimo tiempo, sentí que ya no estaba solo.

Horas después, seguíamos en el salón con las luces bajas mientras la lluvia golpeaba los ventanales. Alma descansaba acurrucada contra mi pecho en el sofá y yo repasaba mentalmente todo lo que mi padre había dicho, y, sobre todo, lo que había callado. Ella levantó la vista.

—¿Qué ha pasado en Madrid?

No quería mentirle más, así que respiré hondo y le solté todo: Klaus, la corrupción, las sospechas, la investigación de su madre, el miedo y el silencio que lo envolvió todo. Al terminar, Alma se había quedado aún más pálida.

—Entonces mi madre realmente descubrió algo enorme.

—Sí.

—Y alguien quiso silenciarla.

No respondí; ambos conocíamos la respuesta implícita. Ella cerró los ojos un instante.

—Tengo miedo, Lukas.

Le apreté la mano con firmeza.

—No voy a dejar que te pase nada.

Me miró largamente, intentando calibrar el peso de mi promesa.

Fue entonces cuando recordé el papel. Saqué de la chaqueta la nota doblada con la dirección que le había sacado indirectamente a Klaus antes de marcharme y se la entregué.

Alma la desdobló despacio y frunció el ceño al leerla. Era una ubicación antigua de Málaga.

—¿Qué es esto?

La miré fijamente, sintiendo de nuevo esa opresión en el pecho.

—Creo que la llave abre algo allí.