Capítulo 25
Alma
El problema de enamorarte de alguien no era el amor. Era el miedo. Nadie hablaba nunca de eso. De la parte horrible. De la vulnerabilidad absurda que aparecía de repente cuando alguien se convertía en importante. Porque entonces ya no solo existías tú. Existía la posibilidad de perderlo.
Y yo estaba empezando a perder completamente la cabeza con Lukas Schneider. Lo supe aquella mañana cuando me desperté sola en su cama y mi primer impulso no fue huir emocionalmente. Fue a buscarlo.
Su lado del colchón seguía caliente. Escuché ruido en la cocina. El sonido de una taza. El murmullo lejano de jazz suave. Y algo dentro de mí se calmó automáticamente. Eso me asustó muchísimo.
Me incorporé lentamente entre las sábanas negras, todavía desnuda, con marcas de sus manos repartidas por mi piel como recuerdos demasiado recientes.
Mi cuerpo entero seguía sensible. Mi cuello todavía ardía donde me había besado.
Y mi cabeza era un desastre aún peor. Porque Lukas me había dicho que me quería.
Y yo no había salido corriendo. Peor: yo también quería quedarme.
Me tapé la cara con ambas manos.
— Perfecto, Alma —murmuré—. Absolutamente perfecto. Ya estás enamorada del alemán traumático.
—Te he oído.
La voz grave llegó desde la puerta. Levanté la vista. Y ahí estaba. Descalzo. Camisa negra remangada. Café en la mano. Cara de hombre peligrosamente atractivo a las ocho de la mañana.
Odiaba mi vida.
—Necesitas aprender el concepto de privacidad —dije.
—Necesitas asumir que hablas sola constantemente.
Entró en la habitación con esa calma suya que me alteraba los órganos internos. Se sentó en el borde de la cama. Me apartó el pelo de la cara. Y el gesto fue tan suave... tan íntimo... que tuve ganas de echarme a llorar por razones completamente ridículas.
Lukas lo notó inmediatamente. Claro que lo notó. Ese hombre veía demasiado.
—¿Qué pasa?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Mentira.
Suspiré, mirándolo. Y ahí estaba otra vez el problema. La sensación horrible de necesitarlo cerca. Como si mi cuerpo ya lo hubiera elegido antes que mi cabeza.
—Esto da miedo —admití en voz baja.
Sus ojos cambiaron ligeramente. Más suaves. Más atentos.
—¿Yo?
Solté una risilla.
—No. Lo que siento cuando estoy contigo.
Silencio. El tipo de silencio lleno de cosas importantes. Lukas dejó la taza sobre la mesita y me agarró la mano lentamente, como si quisiera asegurarse de no romperme.
—A mí también me da miedo.
Eso fue peor. Mucho peor. Porque Lukas Schneider no decía cosas así. Y de pronto todo aquello se volvió demasiado real.
La empresa parecía una bomba a punto de explotar. Otra vez. Los periodistas seguían fuera. Las acciones seguían cayendo. Las filtraciones seguían apareciendo. Y el consejo directivo estaba empezando a oler sangre.
Entré en la planta ejecutiva con café en mano y gafas de sol gigantes, intentando fingir que mi vida emocional no era un incendio. Fracaso inmediato. Porque Bruno me vio. Y luego vio a Lukas detrás de mí. Y literalmente se santiguó.
—Madre de Dios. Seguís follando.
—¡Bruno! —gruñí.
—No hace falta confirmarlo, vuestra cara lo hace sola.
Candela apareció justo entonces. Me miró. Miró a Lukas. Miró mi cuello. Y cerró los ojos lentamente.
—No quiero saber nada. —Hizo una pausa—. Mentira. Quiero saberlo todo.
Lukas soltó una risa baja detrás de mí. Ese hombre iba a acabar conmigo. Porque encima parecía feliz, lo cual era todavía más peligroso.
La diversión desapareció rápido. Demasiado rápido. Porque en cuanto entramos en la sala de juntas, sentí el cambio de ambiente. Consejeros tensos. Abogados. Teléfonos sonando. Pantallas llenas de noticias financieras. Y mi padre... mi padre parecía diez años más mayor.
Eso me golpeó más fuerte de lo esperado. Héctor siempre había sido indestructible para mí. El hombre que solucionaba todo. El que nunca dudaba. El que siempre tenía control. Pero aquella mañana parecía agotado. Y nervioso. Demasiado nervioso.
—¿Qué ha pasado ahora? —pregunté.
Paula dejó una carpeta sobre la mesa.
—La prensa alemana ha publicado conexiones entre empresas portuarias antiguas y movimientos financieros vinculados a Medina Global Tech .
Mi pulso se frenó.
—¿Qué conexiones?
Nadie respondió inmediatamente. Miré a mi padre. Él evitó mirarme. Y ahí empezó el miedo real. Otra vez. Porque estaba escondiéndome algo. Lo sabía. Lo sentía. Y cada vez era más evidente.
—Papá.
Silencio.
—¿Qué está pasando?
Mi padre respiró lentamente antes de responder.
—No es el momento.
Ahí exploté.
—Llevo semanas escuchando eso.
Toda la sala se quedó inmóvil. Mi voz salió más rota de lo que pretendía.
—Todo el mundo sabe algo menos yo. Mamá. Schneider. Las filtraciones. Las amenazas. ¿Qué demonios está pasando?
Mi padre me miró. Y por primera vez vi culpa real en sus ojos. Eso me destrozó un poco. Porque significaba que sí. Que había estado mintiéndome.
Salí de la empresa dos horas después con la cabeza completamente destruida. Necesitaba respuestas. Necesitaba aire. Necesitaba dejar de sentir que mi vida entera estaba construida sobre secretos. Y solo pensé en una cosa: mis abuelos.
La fotografía seguía guardada en mi bolso.
Esa vieja imagen donde aparecían mi madre, mi padre, Klaus Schneider y aquel hombre desconocido con expresión aterrorizada.
Conduje hasta su casa prácticamente en automático.
Cuando mi abuela abrió la puerta y me vio la cara, su sonrisa desapareció inmediatamente.
—Alma...
Entré sin responder. La casa olía a café y canela, como siempre. Pero esta vez no me calmó. Mi abuelo apareció desde el salón con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre?
Saqué la fotografía. Y el mundo se rompió. Literalmente. Porque mi abuela la vio... y soltó la taza que tenía en las manos. El café explotó contra el suelo. Mi abuelo palideció. Nunca había visto a mi abuelo ponerse blanco. Nunca.
—¿Dónde has encontrado eso? —preguntó con voz temblorosa.
—Quiero la verdad.
Mi abuela empezó a respirar demasiado rápido, demasiado fuerte.
—Mercedes... —dijo Antonio alarmado.
Ella dio un paso atrás. Luego otro, llevándose la mano al pecho.
—Abuela.
La taza rota seguía en el suelo, el café extendiéndose lentamente entre los azulejos. Y de pronto Mercedes se desplomó. Todo pasó demasiado rápido. Mi grito. Mi abuelo sujetándola antes de que golpeara el suelo. Mi corazón explotando dentro del pecho.
—¡Abuela!
Caos. Pánico absoluto. Mi abuelo estaba temblando. Yo también. Busqué el móvil con manos inútiles mientras mi abuela apenas reaccionaba.
—Llama a emergencias —dijo mi abuelo con voz rota.
No podía respirar. No podía pensar. La operadora hablaba demasiado lento. Yo hablaba demasiado rápido. Y mientras intentaba explicar la dirección, sentía que el mundo entero se estaba deshaciendo delante de mí.
El hospital olía a desinfectante y miedo.
Siempre. O quizá solo cuando estabas aterrorizada.
Mercedes estaba estable, eso fue lo primero que dijeron.
Y aun así yo seguía temblando sentada en aquella silla horrible de urgencias.
Antonio caminaba de un lado a otro. Deshecho.
Completamente deshecho. Nunca lo había visto así. Jamás.
—¿Qué demonios está pasando? —pregunté finalmente.
Mi voz salió rota, cansada, pequeña. Antonio se detuvo. Y envejeció veinte años delante de mí.
—Tu madre...
Sentí un vacío horrible en el pecho.
—¿Qué pasa con mi madre?
Silencio. Un silencio largo y terrible.
—Hay cosas que nunca debimos ocultarte.
Las lágrimas me llegaron antes de que pudiera impedirlo. Porque ya no podía más. No podía seguir viviendo entre medias verdades. No podía seguir sintiendo que todos protegían algo menos a mí.
—¡Pues decid algo de una vez! —grité.
Varias personas se giraron. Me dio igual.
—¡Estoy cansada! ¡Estoy cansada de que todo el mundo me mienta!
Y entonces me derrumbé. Simplemente... me rompí. Las manos me empezaron a temblar. La respiración dejó de funcionar bien. Y tuve una sensación horrible: la de volver a sentirme una niña perdida buscando a su madre.
—Alma.
La voz grave llegó detrás de mí. Y supe inmediatamente que era él. Lukas. Me giré. Y en cuanto lo vi... todo lo que estaba sosteniendo dentro se vino abajo. Caminó hacia mí rápidamente. Preocupado. Tenso. Y yo me lancé contra él sin pensar. Literalmente.
Me abrazó fuerte al instante. Sus brazos alrededor de mi cuerpo. Su mano en mi nuca. Su respiración junto a mi pelo. Y entonces lloré de verdad. No elegante. No silenciosamente. Lloré rota, agarrada a él como si fuera lo único sólido que quedaba.
—No entiendo nada... —dije entre lágrimas.
Lukas me abrazó más fuerte.
—Lo sé.
—Todo el mundo me miente.
Noté cómo tensaba la mandíbula. Luego apartó apenas mi cara para mirarme directamente, serio, honesto.
—Yo no voy a hacerlo.
Y algo cambió ahí. Profundamente. Porque por primera vez en semanas... le creí completamente.
Horas después, cuando mi abuela ya estaba estable y dormida, mi abuelo finalmente habló.
Nos sentamos en una sala pequeña del hospital, demasiado blanca, demasiado silenciosa. Yo seguía abrazada al café horrible de máquina. Lukas sentado a mi lado, tan cerca que su rodilla tocaba la mía, como si no quisiera dejarme sola ni un segundo.
Antonio parecía destruido. Miró la fotografía mucho rato antes de hablar.
—Tu madre no murió por casualidad.
El aire desapareció de la habitación.
—¿Qué? —Mi voz apenas salió.
Mi abuelo cerró los ojos un segundo.
—Claudia estaba investigando cosas antes de morir.
Lukas se tensó a mi lado.
—¿Qué cosas? —preguntó él.
Mi abuelo lo miró, como si dudara si debía seguir hablando delante de él. Finalmente lo hizo.
—Corrupción. Empresas internacionales. Movimiento ilegal de dinero en puertos europeos. Sobornos.
Mi cabeza empezó a girar.
—¿Qué tiene que ver eso con mi madre?
Antonio me miró directamente. Y vi miedo real.
—Ella descubrió algo muy grave.
—¿Qué?
—Gente poderosa involucrada.
Tragué saliva.
—¿Quién?
Otra pausa. Y entonces dijo el nombre.
—Klaus Schneider estaba relacionado indirectamente con todo ello.
Sentí a Lukas quedarse completamente inmóvil a mi lado. El mundo entero pareció congelarse. Lo miré lentamente. Él ya me estaba mirando a mí. Y lo peor fue ver el dolor en sus ojos. Porque él tampoco sabía todo aquello.
Mi abuelo continuó hablando. Fragmentos. Historias incompletas. Mi madre reuniéndose con periodistas. Documentos desaparecidos. Amenazas. Miedo. Mucho miedo. Y luego… El accidente. O lo que todos habían llamado accidente.
Me tapé la boca con la mano. Porque estaba empezando a entender algo horrible. Mi madre llevaba años aterrorizada antes de morir. Y nadie me lo había contado. Nadie.
Cuando pensamos que ya no podía haber nada peor… Antonio sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta. Una llave. Pequeña. Antigua. De metal oscuro. La dejó sobre la mesa lentamente.
—Tu madre dejó esto escondido antes de morir.
La miré sin entender. El corazón latiendo demasiado fuerte.
—¿Qué abre?
Mi abuelo negó despacio. Con los ojos llenos de algo parecido a culpa.
—Eso es exactamente lo que nunca descubrimos.
El silencio que siguió fue tan denso que casi dolía. Mis ojos estaban fijos en la pequeña pieza de metal oscuro sobre la mesa, que parecía pesar una tonelada. La llave de mi madre. Un secreto físico, real, que había sobrevivido a su muerte y al silencio de todos los demás.
Alargué la mano con los dedos temblorosos. Cuando el metal frío tocó mi piel, un escalofrío me recorrió la espalda. Era como tocar un pedazo del pasado.
—Ella la dejó en nuestra casa la última vez que la vimos —añadió mi abuelo, con la voz casi en un susurro—. Nos dijo que si alguna vez las cosas se complicaban demasiado, buscáramos lo que guardaba. Pero nunca nos dijo dónde. Y luego... pasó lo del coche.
El dolor en sus rostros era evidente, y el mío, al saber que mi madre guardó un secreto antes de morir, era inmenso. Porque si ese secreto tenía algo que ver con ese accidente, sería devastador para toda mi familia