Capítulo 24
Alma
Desperté con el corazón acelerado, pero no por una pesadilla. Por el contrario.
La luz de la mañana entraba por los ventanales de cristal, difusa y dorada, pintando rayas de sol sobre las sábanas de lino gris. Sentía un peso cálido sobre mi pecho, un ritmo de respiración ajeno que se sincronizaba con el mío de forma alarmante. Y cuando bajé la vista, la vi. Alma.
Dormida sobre mí, con la mejilla aplastada contra mi esternón, con la boca ligeramente abierta, con un hilo de baba que casi me hizo sonreír.
Su pelo, esa melena oscura y salvaje, se extendía por mi torso como tentáculos de seda, despeinada, enredada en mis dedos que habían quedado allí durante la noche.
Sus piernas, largas y morenas, estaban enredadas con las mías, su muslo izquierdo colocado íntimamente sobre mi cadera, su piel pegada a la mía sin barreras.
Y yo sentía... paz. Una calma extraña, profunda, que me aterrorizó más que cualquier tormenta. Joder.
Entré en pánico. No el pánico físico, no.
El interno. Ese que te hacía mirar el techo y preguntarte cuándo se había desmoronado tu vida.
Porque esto, esta mujer en mi cama, en mi casa, en mi piel, era exactamente lo que siempre había evitado.
Lo que mi padre me había advertido. Lo que mi disciplina de años intentaba erradicar.
Y, sin embargo, era feliz. Puta madre. Estaba feliz. Con una felicidad simple, estúpida, doméstica. Quería quedarme así para siempre, sintiendo su peso sobre mí, oliendo su champú en mi almohada, viendo cómo la luz del sol creaba destellos dorados en su pelo despeinado.
Era un desastre. Un desastre perfecto.
Alma se movió. Un gemido bajo escapó de su garganta, y luego sus ojos verdes se abrieron lentamente, parpadeando, enfocándose en la realidad. En mí.
—¿Por qué me miras como si hubiera matado a alguien? —murmuró, con la voz ronca de sueño.
Estaba preciosa. Imperfecta. Con los ojos hinchados, sin maquillaje, con una marca de la almohada en la mejilla. Y era la cosa más hermosa que había visto nunca.
—Estoy intentando entender cómo has invadido mi casa tan rápido —respondí, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.
Sonrió. Esa sonrisa perezosa, descarada, que me volvía loco.
—Tengo talento natural para molestar —dijo, estirándose como un gato, arqueando la espalda, presionando sus pechos contra mí.
Fue entonces cuando noté que llevaba una de mis camisas. La blanca de vestir, abrochada solo por dos botones, dejando ver el valle entre sus pechos, sus muslos desnudos asomando por debajo del borde de la tela. Mis manos subieron instintivamente, encontrando sus costillas, la curva de su cintura.
—Esa es mi camisa favorita —mentí.
—Ya no es tuya —respondió ella, inclinándose para morderme el pecho suavemente—. Ahora es mi pijama.
Mi pulso se aceleró. La tenía encima, desnuda bajo mi ropa, en mi cama, y sentí que estaba peligrosamente cerca de perder el control otra vez. De quererla otra vez. De necesitarla con una urgencia que me avergonzaba.
—¿Café? —pregunté, intentando recuperar alguna cordura.
—¿Tienes algo de comer? —respondió ella, sentándose en la cama, dejando que la camisa se abriera ligeramente, dejando ver un pezón rosado—. Tengo hambre. De todo.
La miré fijamente. Ella lo notó. Y en lugar de cubrirse, sonrió más.
—Deja de mirarme así, alemán. O acabaremos follando otra vez sin desayunar.
—¿Y eso sería malo?
—Para mi estómago, sí. Para otras partes... —Se encogió de hombros—. Depende de tu rendimiento.
Me levanté de la cama, desnudo, sin importarme que me viera. De todos modos, ya me había visto todo. Ella observó mi cuerpo con apreciación abierta, con la lengua jugueteando con el labio inferior.
—Ven —dije, extendiendo la mano.
La cogió, la saqué de la cama y caminamos juntos hacia la cocina, desnudos, sin prisa, como si fuera lo más natural del mundo. Como si lleváramos años haciendo esto.
En la cocina, ella se sentó en la isla central, con las piernas cruzadas, observándome mientras yo preparaba café.
La luz de la mañana la bañaba, haciendo que su piel brillara.
Tenía marcas en el cuello. Chupetones que yo había dejado.
Moratones suaves en sus muslos donde mis dedos se habían aferrado.
Me sentí posesivo. Salvajemente orgulloso.
—Tienes pinta de hombre que desayuna huevos —dijo ella.
—Tengo huevos —respondí—. Y bacon. Y pan.
—Y mantequilla.
—Y mantequilla.
—Entonces eres perfecto.
Me acerqué a ella. Me coloqué entre sus piernas abiertas, apoyando las manos a cada lado de sus muslos en la encimera. Estaba a la altura de sus ojos. Ella me miró, y vi que el humor se había evaporado, reemplazado por algo más intenso.
—Anoche fue... —Empecé.
—¿Sí?
—Diferente. No solo sexo. Fue... —Buscó las palabras, y vi vulnerabilidad en sus ojos—. Fue como si me reclamaras de verdad. No solo mi cuerpo. Todo.
No respondí con palabras. La besé.
Fue un beso lento, profundo, diferente a los de antes. No había urgencia. Había... reconocimiento. Como si estuviéramos aprendiendo el mapa del otro, descubriendo territorios nuevos. Mis manos subieron por sus muslos, encontrando su cintura, la tela de mi camisa que ella llevaba puesta.
—Esto no puede distraernos de la empresa —murmuró contra sus labios, aunque mi cuerpo contradecía cada palabra.
—Claro —respondió ella, con una risa suave—. Porque tú y yo somos superprofesionales.
—Alma...
Ella me interrumpió con otro beso, más profundo, con la lengua entrando en juego, provocando, tentando.
—Vale, sí —suspiró contra mi boca—. Quiero besarte otra vez. Muchísimo. Quiero que me folles aquí, encima de esta encimera, con el sol de la mañana entrando y el café olvidándose en la cafetera.
Me reí. Fue una risa genuina, que vino desde el pecho, que me sorprendió a mí mismo.
—Eres imposible.
—Y tú me deseas —dijo, con la voz bajando a un susurro provocador—. Me deseas tanto que estás temblando, Lukas. Y ni siquiera me has tocado todavía.
Tenía razón. Estaba temblando. No de frío. De necesidad. De miedo a lo que sentía. De amor que no quería nombrar. La besé de nuevo. Esta vez sin contención.
La levanté de la isla y la senté en la encimera, entre los fogones fríos. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, atrayéndome contra ella. Podía sentir su calor a través de la tela de la camisa y lo húmeda que estaba, lista para mí.
—Dime que me quieres —susurró, con la voz entrecortada mientras besaba mi cuello, mientras sus uñas se clavaban en mis hombros.
—Te deseo —corregí, aunque la mentira me sabía amarga.
—Mentiroso —dijo ella, mordiéndome la clavícula—. Dime la verdad.
La penetré con los dedos, sin aviso, encontrándola empapada. Ella gritó, arqueándose contra mí.
—La verdad —gruñí contra su oído, moviendo los dedos en círculos lentos, tortuosos—. La verdad es que no puedo respirar sin ti. Que me aterroriza lo que siento. Que me despierto pensando que te has ido y me entra el pánico.
—Lukas...
—La verdad es que te quiero —admití, y las palabras me quemaron la garganta—. Joder, Alma. Te quiero tanto que me duele.
Ella jadeó. No solo por mis dedos dentro de ella. Por las palabras. Se aferró a mí, con los ojos brillantes de lágrimas que no caían.
—Entonces demuéstralo —desafió—. Fóllame como si me quisieras. No como si me desearas. Como si me amaras.
Retiré mis dedos. La miré a los ojos. Y luego la penetré.
Fue diferente a la noche anterior. Más lento al principio, más profundo, sintiendo cada centímetro de su interior, observando su rostro mientras entraba en ella, viendo cómo sus ojos se cerraban, cómo su boca se abría en una o perfecta de placer.
—Mírame —ordené—. No cierres los ojos. Quiero verte.
Ella obedeció, aunque le costaba. Sus ojos verdes se encontraron con los míos, y en esa conexión visual pasó algo. Algo que trascendía el sexo. Algo que era pura emoción, pura entrega.
Empecé a moverme. Lentamente al principio, casi saliendo hasta el final y volviendo a entrar con una fuerza que hacía que sus pechos se movieran y su cuerpo se tensara. Luego más rápido, pero manteniendo el ritmo profundo, visceral, conectando no solo nuestros cuerpos, sino algo más.
—Más fuerte —suplicó ella, con las manos en mi pelo, tirando—. Lukas, por favor...
La obedeció. La penetré con fuerza, con pasión, con todo el amor que no sabía expresar de otra forma. La encimera crujía bajo nosotros. El café se olvidó. El mundo se redujo a ella, a mí, a este movimiento constante, este fuego que nos consumía.
—Te quiero —repetí, una y otra vez, como un mantra, como una confesión—. Te quiero, te quiero, eres mía...
—Sí —gimió ella—. Tuya. Solo tuya. Siempre.
La cambié de posición. La giré, apoyándola contra la nevera, con las manos extendidas sobre el acero inoxidable, con su espalda arqueada hacia mí. Entré desde atrás, profundamente, y ella gritó mi nombre con una voz que seguramente oyeron en el vecindario.
—Joder, Alma... —gimió, agarrando sus caderas con fuerza, marcándola, reclamándola—. Eres perfecta.
—No pares —suplicó—. Nunca pares. Te necesito. Te necesito tanto...
El ritmo se volvió frenético. Nuestros cuerpos chocaban con fuerza, el sonido de la carne golpeando carne llenando la cocina, mezclado con nuestros gemidos, nuestras respiraciones agitadas, las palabras rotas de amor que intercambiábamos como si fueran munición.
Cuando ella se corrió, fue con un grito largo, desgarrado, con su cuerpo temblando, con sus paredes apretándome con fuerza. Yo la seguí segundos después, enterrándome hasta el fondo, dejándome ir completamente, llenándola con todo lo que era, todo lo que sentía.
Colapsamos juntos en el suelo de la cocina, entre los armarios, con las piernas todavía entrelazadas, con el corazón martilleando en sincronía.
—Eso ha sido... —Empecé ella, sin aliento.
—¿Sí?
—Increíble. Diferente. Más...
—Más nosotros —terminé por ella.
Asintió contra mi pecho, y sentí que sonreía.
Llegamos juntos a la empresa. Fue un error. Lo supe en cuanto entramos por la puerta principal, con solo diez minutos de diferencia, pero juntos, con el pelo todavía húmedo de la ducha compartida, con la misma sonrisa estúpida, con la misma marca de chupetón visible en mi cuello.
Todo el mundo lo notó.
Bruno nos vio primero. Estaba junto a la máquina de café, con su habitual expresión de quien sabe demasiado. Sus ojos se movieron de mí a Alma, luego de vuelta a mí, luego a su cuello.
—Oh, Dios mío —dijo, con una voz que llevaba demasiada diversión.
—¿Qué? —preguntó Alma, intentando parecer inocente y fracasando estrepitosamente.
—Tenéis cara de haber tomado malas decisiones horizontales —respondió Bruno, y luego, para mi horror, empezó a aplaudir. Lentamente. Con una reverencia incluida—. Bravo. Enhorabuena. Por fin.
—Bruno, te voy a despedir —dije, sin convicción.
—Pero con amor —añadió Alma, tomando mi mano descaradamente.
Fue entonces cuando Candela apareció. Nos miró. Nos miró a los dos. Y sus ojos se abrieron como platos.
—Oh, Dios mío —repitió, como un eco de Bruno—. Ha pasado. Ha realmente pasado. Estáis... —Hizo un gesto circular con el dedo—. ¿Oficial? ¿Casual? ¿Provocación?
—Provocación —respondió Alma al unísono conmigo, y luego nos miramos, sorprendidos.
Candela sonrió. Era una sonrisa genuina, feliz por su amiga, aunque con un deje de preocupación que no pasó desapercibida.
—Estoy feliz por vosotros —dijo, abrazando a Alma—. Pero cuidado. Esta empresa es un hervidero de tiburones.
—Siempre lo es —respondí.
Fue entonces cuando Paula apareció corriendo por el pasillo. Su cara habitualmente serena estaba pálida, tensa, con los ojos brillantes de pánico contenido.
—Necesito veros a los dos —dijo, sin aliento—. Y a Héctor. Ahora. Es grave.
La sala de juntas parecía una sala de guerra.
Héctor estaba de pie junto a la ventana, con la espalda rígida, con el teléfono pegado a la oreja, hablando en voz baja pero furiosa. Paula tenía papeles extendidos sobre la mesa, con gráficos, con números en rojo que parecían sangrar.
—Alguien del consejo está desviando dinero —dijo Paula directamente, sin preámbulos—. Millones. No miles. Millones. Y lo está haciendo desde hace meses, quizás años.
Sentí que el estómago se me caía al suelo. Alma se quedó inmóvil a mi lado.
—¿Quién? —preguntó ella, con la voz firme, aunque vi que temblaba.
—No lo sabemos todavía —respondió Paula—. Pero es alguien con acceso a las cuentas principales. Alguien de confianza. Alguien...
—¿En la empresa? —interrumpí.
—En la cúspide —confirmó Paula.
Héctor colgó el teléfono. Se giró. Su rostro era una máscara de furia contenida, pero también de miedo. Miedo que yo nunca había visto en él.
—El consejo se reúne en una hora —dijo, con la voz grave—. Y quiero que ambos estéis allí. Esto... esto es un golpe directo a la empresa. A mi familia.
Alma se acercó a su padre. Le tomó la mano. Vi el gesto, la forma en que Héctor la miraba con protección y preocupación mezcladas.
Mi teléfono vibró en el bolsillo. Lo saqué y vi un mensaje de un número desconocido con prefijo alemán.
Número desconocido: Si quieres protegerla, deja de investigar.
El mundo se detuvo. Leí el mensaje tres veces. Las letras bailaban, pero el significado era claro. Demasiado claro. Esto no era espionaje corporativo. No era competencia desleal. Era una amenaza directa. Personal.
Miré a Alma. Estaba hablando con Candela al otro lado de la oficina, con una sonrisa forzada en los labios, intentando mantener la compostura para el equipo que observaba.
Vi su pelo, todavía húmedo de nuestra ducha compartida.
Vi sus ojos, esos ojos verdes que habían mirado con amor hacía solo horas.
Y algo dentro de mí se rompió. No de miedo, sino de determinación.
Si alguien intentaba hacerle daño... Iba a destruirlo. Fuera quien fuera. Costara lo que costara.
La miré una última vez, guardando el teléfono en el bolsillo, ocultando la amenaza bajo una sonrisa que no sentía.
Y por primera vez en mi vida, supe que estaba dispuesto a matar por alguien.