Jefa, no me provoques Capítulo 38
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Capítulo 38

Lukas

El sistema se bloqueó como si alguien hubiera apagado el edificio entero desde dentro. No fue una caída técnica; fue una decisión.

Golpeé la puerta del acceso técnico una vez. Nada. Otra. El metal respondió con el mismo silencio que una tumba.

—¡Alma! —grité.

No hubo respuesta inmediata. Solo el zumbido lejano de servidores vivos… y algo peor: orden dentro del caos. Me acerqué al intercomunicador.

—Alma, escúchame.

Su voz llegó entrecortada a través del altavoz:

—Estoy aquí.

Cerré los ojos y solté el aire al escuchar su voz.

—No toques nada más.

Silencio. Demasiado largo.

—Ya es tarde.

Ese “ya es tarde” no fue un lamento de desesperación. Fue pura comprensión, y eso fue lo que me heló la sangre. Porque Alma no sonaba atrapada; sonaba como si acabara de entender que estaba en el centro mismo del problema.

La pantalla principal del sistema seguía activa y el rostro continuaba allí.

El hombre que no debería existir en ese nivel del tablero.

Candela gritaba desde el pasillo lateral, intentando forzar una consola auxiliar, mientras Gael corría entre los paneles como si estuviera negociando con el propio edificio.

Yo no podía moverme, porque lo estaba viendo y, finalmente, lo estaba entendiendo.

La voz volvió, tranquila. Demasiado tranquila.

—La madre de Alma entendió demasiado tarde que esto no era una red de corrupción… sino una reestructuración del poder.

Apreté la mandíbula.

—¿Quién eres? —escupí hacia la cámara.

La respuesta vino sin pausa.

—Alguien que sí supo terminar lo que empezó la madre de la señorita Medina.

Al otro lado del cristal, Alma respiró de forma distinta. Un cambio mínimo, pero suficiente para saber que lo reconocía. El silencio que siguió no fue vacío; fue una caída libre.

La pantalla mostró el nombre: Elías Montenegro.

Exasesor externo. Invisible en todos los organigramas oficiales, pero presente en fotos antiguas donde nadie miraba dos veces.

El tipo que siempre estaba detrás de las decisiones importantes sin aparecer en ninguna de ellas.

El tipo que, en cualquier sistema sano, no debería tener ese nivel de acceso. Y, aun así, lo tenía.

Candela dejó de teclear y Gael se detuvo. Incluso el edificio parecía haber cambiado de ritmo.

—No es un hackeo —murmuró Candela—. Es un protocolo interno.

—Nos han dejado entrar —añadió Gael.

—Nos han esperado —corregí yo.

Y eso era mucho peor. Porque una trampa así no es producto de la improvisación; es pura paciencia. Elías volvió a hablar.

—El sistema siempre necesitó a alguien que no creyera que estaba participando.

Miré fijamente a la pantalla.

—¿Qué has hecho con las pruebas?

—Las he reorganizado.

La palabra reorganizado me sonó a amenaza limpia. De pronto, las puertas de emergencia del nivel inferior se abrieron con un pitido agudo.

—¡He encontrado una grieta! —anunció Candela.

—¡No lo hagas! —grité.

Pero ya era tarde. Las alarmas empezaron a sonar, aunque no todas; solo las necesarias. Gael se reía mientras corría hacia un panel auxiliar.

—¡Esto es ilegal incluso para mí!

—¡Concéntrate, arquitecto dramático! —le espetó Candela.

Ella simuló un incendio en el sistema auxiliar y los sensores comenzaron a disparar alertas falsas.

El edificio entró en un pánico automático: seguridad moviéndose, protocolos activándose y nosotros avanzando a contracorriente dentro del caos.

El sistema estaba diseñado para obedecer al miedo, y Gael lo estaba fabricando a gran escala.

La puerta se desbloqueó por unos segundos. Entré, corrí y la vi. Alma estaba de pie frente a la pantalla central. No estaba herida ni rota, pero estaba distinta. Fría. Demasiado fría.

—Nos usaron a todos —dijo sin apartar la vista.

—Lo sé.

Negó lentamente con la cabeza.

—No. No lo sabes todo.

Se hizo a un lado y me mostró un archivo abierto. Lo vi antes de empezar a leerlo: era el expediente de la madre de Alma. No solo había estado investigando la corrupción; al principio, había colaborado estrechamente con Elías Montenegro.

Respiré hondo.

—¿Esto es real?

—Lo fue —sentenció Alma—, hasta que dejó de serlo.

El archivo mostraba el punto de inflexión. Su madre había terminado por entender que Elías no era un aliado dentro del sistema: él era el sistema. Y cuando intentó destruirlo desde dentro, ya era demasiado tarde.

Alma tembló, pero no cayó. Me acerqué a ella.

—Mi madre confió en la persona equivocada —susurró.

—No tienes que cargar con eso tú sola.

—Ya lo estoy haciendo.

La abracé fuerte, sin ninguna intención más allá de mantenerla anclada en el presente. Porque en ese preciso momento, el presente era lo único que no nos habían robado todavía.

El sistema cambió otra vez. Elías activó el protocolo de cierre global: todo el consejo y todos los servidores quedaron bloqueados de forma definitiva. Y entonces, apareció un último mensaje en texto blanco sobre fondo negro.

«Mañana, la verdad será presentada… pero no por vosotros.»

Silencio absoluto. Lo entendí al instante.

—Quiere adelantarse a la votación.

Alma me miró, con los ojos entornados.

—Quiere el control total del relato.

Asentí.

—Y lo va a hacer mañana por la mañana.

El tiempo dejó de ser un aliado y se convirtió en una cuenta atrás implacable. Gael apareció corriendo por el pasillo, con el rostro desencajado.

—Tenemos un problema nuevo.

Candela, sin levantar la vista del portátil, preguntó:

—¿Más grande que un villano secreto?

Gael tragó saliva antes de soltarlo:

—Ha comprado la mayoría de las acciones de emergencia del grupo.

Nos quedamos mudos. El tipo no quería solo destruirnos o reescribir la historia; quería quedarse con la empresa. Con todo. Y en ese instante lo comprendí: Elías Montenegro no estaba jugando a ganar, estaba jugando a reemplazarlo todo.

Alma me miró y yo sostuve su mirada. Por primera vez desde que empezó esta locura, no quedaba ningún escenario donde simplemente saliéramos ilesos. Solo quedaba una opción: entrar allí al día siguiente y destruir su relato antes de que él lo terminara.

Y esta vez, no habría el más mínimo margen para el error.