Capítulo 21
Alma
Fue Candela quien rompió el círculo. Se inclinó hacia delante, hacia Gael, y lo besó.
No fue un beso tímido. Fue firme, seguro, con la lengua entrando en juego inmediatamente.
Vi cómo Gael respondía, cómo su mano liberó la mía para subir por la espalda de Candela, cómo se perdían en ese primer intercambio.
Me quedé observando, con el corazón martilleando en el pecho, una mezcla de nerviosismo y excitación que me hacía sentir viva de una forma que no experimentaba desde... desde el primer beso con Lukas en el parking.
Cuando se separaron, Candela giró la cabeza hacia mí. Sus labios estaban hinchados, sus ojos brillaban.
—Ven —dijo, esperando mi reacción.
Me moví. Lentamente, como en un sueño. Me inclinó hacia ella y la besé. Era diferente. Suave al principio, exploratorio. El sabor a champán y a algo dulce que era solo ella. Sentí la mano de Gael en mi hombro, pesada, cálida, anclándome a la realidad.
Cuando nos separamos, los tres estábamos jadeando ligeramente. La tensión sexual era palpable, una presencia física en la terraza.
—La azotea —dijo Gael—. Hay una cama exterior. Privada. Vista al mar.
Nos levantamos. Caminamos hacia la escalera que subía al nivel superior del ático. Nadie hablaba. Solo el sonido de nuestra respiración y los tacones de Candela y míos contra el mármol.
La azotea era un espacio abierto, pero protegido por muros de cristal translúcido.
En el centro, efectivamente, había una cama enorme con dosel, cubierta de cojines blancos y sábanas de seda.
Las luces de la ciudad parpadeaban abajo, y el mar se extendía infinito, oscuro, testigo mudo de lo que estábamos a punto de hacer.
Gael se detuvo junto a la cama. Nos miró a las dos.
—Sois preciosas —dijo, y había reverencia en su voz—. Las dos. Juntas sois... sois demasiado.
—Ven aquí —dije, y mi voz sonó más ronca de lo normal, más segura.
Se acercó. Lo besé. Fue diferente a los besos anteriores. Más urgente. Más necesitado. Sentí sus manos bajar por mi espalda, encontrar la cremallera de mi vestido, bajarla lentamente. El aire nocturno rozó mi piel desnuda mientras el vestido caía al suelo.
Candela se acercó por detrás de mí. Sentí sus manos en mis hombros, su aliento en mi cuello.
Besó mi hombro desnudo, luego mi clavícula, ese punto donde Lukas solía perder la cabeza.
Pensé en él por un segundo, pero luego la boca de Candela encontró la mía por encima del hombro, un beso incómodo pero excitante por la posición, y Lukas se desvaneció.
Gael se apartó para observarnos. Candela y yo nos giramos hacia él, una unidad temporal. Juntas le quitamos la camisa. Juntas exploramos su torso con las manos, con las bocas. Él gemía, sus manos enterrándose en nuestros cabellos, guiándonos, pero también dejándose llevar.
Lo empujamos hacia la cama. Cayó sentado. Candela se arrodilló frente a él. Yo me arrodillé a su lado. Nos miramos por un segundo, cómplices en el caos, y luego ambas nos acercamos a él, besando su cuello, sus hombros, bajando por su pecho.
—Dios —gimió Gael, echando la cabeza hacia atrás—. Sois un sueño. Un maldito sueño húmedo.
—Cállate y siente —dije, y mordí suavemente su cadera.
Candela se rio, esa risa grave y sensual que solo ella tenía. Se incorporó, se quitó el vestido de un tirón, quedando en ropa interior de encaje negro. Yo hice lo mismo, deshaciéndome de la ropa interior, dejando que el aire nocturno acariciara mi piel completamente desnuda.
Gael nos observó, con los ojos oscuros de deseo.
—Venid aquí —ordenó, y por primera vez había autoridad en su voz, esa autoridad que solo aparece cuando el control se ha perdido por completo.
Subimos a la cama. Nos arrodillamos a ambos lados de él. Él nos tocó, una mano en cada una, explorando, acariciando, provocando gemidos de ambas. Luego nos atrajo hacia él, haciendo que nos inclináramos la una hacia la otra.
Nos besamos. Candela y yo. Frente a él. Para él. Para nosotras. Fue un beso que creció, que se convirtió en algo más profundo, más urgente. Nuestras manos se movían por los cuerpos de la otra, descubriendo, comparando, disfrutando.
Gael se movió detrás de mí. Sentí su cuerpo contra mi espalda, su respiración en mi oído. Sus manos subieron por mis costados, encontraron mis pechos, mientras Candela seguía besándome, mientras sus manos bajaban por mi vientre.
—¿Te gusta? —susurró Gael en mi oído.
—Sí —gemí contra la boca de Candela.
—¿Y esto?
Sus manos bajaron más. Encontraron el centro de mi placer. Arqueé la espalda, rompiendo el beso con Candela, jadeando hacia el cielo estrellado.
Candela aprovechó para acercarse a Gael. Lo besó por encima de mi hombro, un beso torcido y salvaje. Vi sus lenguas encontrarse, vi cómo ella gemía y sentí una oleada de excitación tan fuerte que casi me desmayé.
Lo que siguió fue un baile de cuerpos. Movimientos sincronizados y desordenados. Gael dentro de mí mientras besaba a Candela. Candela debajo de mí mientras yo exploraba su cuerpo con la boca. Intercambios constantes. Ninguno excluido. Todos conectados.
El sonido del mar se mezclaba con nuestras respiraciones, con nuestros gemidos. El aire olía a sal, a sexo, a champán derramado. La cama crujía bajo nosotros, un ritmo constante que acompasaba nuestra respiración.
Candela se corrió primero, con mi boca en ella, con los dedos de Gael dentro de ella, arqueándose hacia el cielo con un grito que debió de oírse en toda la costa. Luego fui yo, con Gael moviéndose dentro de mí y Candela besando mi pecho; la sensación doble, demasiado intensa, demasiado perfecta.
Gael llegó al límite cuando ambas lo tocamos juntas, cuando nuestros cuerpos se apretaron contra el suyo, cuando nuestras bocas encontraron la suya en un beso triple imposible y delicioso.
Colapsamos juntos sobre las sábanas de seda, un enredo de piernas y brazos, de piel sudorosa y respiraciones agitadas. El silencio volvió, pero ahora era diferente. Era un silencio de saciedad, de paz temporal.
Miraba las estrellas con la cabeza apoyada en el pecho de Gael y Candela acurrucada a mi otro lado cuando lo vi.
Una figura oscura junto a la puerta de la azotea. Una sombra que no debería estar allí.
Mi corazón se detuvo. Luego se aceleró hasta el punto de romperme.
—Lukas —susurré.
El nombre salió de mis labios sin permiso, como una oración, como una maldición. Gael se incorporó bruscamente. Candela giró la cabeza.
—¿Qué? —dijo Gael, siguiendo mi mirada.
Allí estaba él. Inmóvil. Vestido con el mismo traje oscuro de antes, aunque ahora despeinado, deshecho, con la corbata torcida y los ojos... Dios, sus ojos. Dos pozos oscuros de emoción contenida.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí, hermano? —preguntó Gael, y su voz sonó extrañamente calmada, casi resignada.
Lukas no se movió. Sus ojos no se apartaban de mí. Me sentí expuesta, desnuda no solo físicamente, sino en el alma. Vi su mandíbula tensa, sus manos cerradas en puños a los costados, la forma en que su pecho subía y bajaba demasiado rápido.
—Desde el primer beso —dijo, y su voz fue un gruñido bajo, salvaje, desgarrado.
Me sentí derrotada. Completamente derrotada.
La furia en sus ojos era tangible, pero había algo más.
Celos. Unos celos tan profundos, tan viscerales, que parecían ir más allá de la posesión.
Era dolor. Era traición. Era la confirmación de que, aunque había venido buscándome, había encontrado exactamente lo que temía encontrar.
Me senté lentamente. Candela me cubrió parcialmente con una sábana, pero Lukas ya lo había visto todo. Todo.
—Lukas, yo... —Empecé, pero no tenía palabras. ¿Qué podía decir? ¿Que lo sentía? ¿Que no había pensado en él mientras tocaba a otros? Sería mentir.
Él no dijo nada. Solo me observaba fijamente, con esa intensidad que me volvía loca, que me desarmaba, que me hacía sentir pequeña y expuesta.
Me levanté. La sábana cayó. Caminé hacia él, con las piernas temblando, con el cuerpo todavía vibrando con el recuerdo del placer, pero con el corazón destrozado por la culpa y algo más... algo que no quería nombrar.
No se alejó, y tampoco se apartó. Se quedó inmóvil, como un animal herido que decide no huir del cazador.
Cuando estuve frente a él, vi sus ojos de cerca. No estaban fríos. Estaban ardiendo. Ardían de furia, de deseo, de algo tan intenso que me cortó la respiración.
—Lukas... —susurré.
Entonces lo hice. No pensé. Solo actué. Le cogí por la nuca con fuerza, con desesperación, con la necesidad de borrar lo que acababa de pasar, o quizás de confirmar que todavía existíamos, él y yo, más allá del caos. Lo besé.
Fue un beso violento. Desesperado. Un beso de dientes y lengua y rabia y perdón pedido sin palabras. Por un segundo, él se quedó rígido, inmóvil, resistiéndose. Y luego explotó.
Sus brazos me rodearon con fuerza brutal, levantándome del suelo. Sus labios respondieron con la misma furia, con la misma desesperación. Me apretó contra su cuerpo como si quisiera fusionarnos, como si intentara borrar con su piel el tacto de Gael y Candela.
—Eres mía —gruñó contra mi boca, y no sonaba a posesión barata, sonaba a verdad absoluta, a destino, a inevitabilidad.
—Sí —gemí mientras me aferraba a su chaqueta—. Lo siento. Soy tuya. Solo tuya.
No dijo más. No necesitaba decir más. Me cogió en brazos, como si pesara nada, como si fuera de papel, y caminó con pasos firmes hacia la puerta de la azotea.
—Nos vamos —dijo, y no era una pregunta.
—Lukas, espera... —Empecé mirando hacia atrás, hacia Candela y Gael, que observaban en silencio, con expresiones complejas.
—No —cortó él, y su voz era de acero—. Ahora no hay espera. Ahora no hay nadie más. Solo tú y yo.
Entramos en la casa. La puerta se cerró detrás de nosotros, dejando fuera la noche, el mar y todo lo que habíamos destruido y construido esa noche.
Lukas no me soltó. No dejó de besarme mientras caminaba por el pasillo, mientras bajaba las escaleras, mientras atravesaba el vestíbulo hacia la puerta principal.
—¿A dónde vamos? —logré preguntar entre besos.
—A mi casa —respondió, y su voz vibraba contra mi cuello—. Y esta vez, Alma Medina, no vas a escapar hasta que hablemos de verdad. Hasta que esto se resuelva. Aunque tenga que atarte a mi cama para conseguirlo.
Apreté las piernas alrededor de su cintura, sintiendo su fuerza, su desesperación, su amor disfrazado de posesión.
—Prometido —susurré.
Salimos a la noche de Málaga, envueltos en una tormenta de emociones que ni el mar más oscuro podía contener.