Jefa, no me provoques Capítulo 20
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Capítulo 20

Alma

Hacía diez minutos que todo el mundo se había ido.

La música se había apagado, llevándose consigo las risas estridentes y las conversaciones superficiales que llenaban el ático de Gael.

Las luces se habían atenuado, dejando solo el resplandor azulado de la piscina infinita y algunas velas que parpadeaban en la barra, lanzando sombras danzantes sobre el suelo de mármol blanco.

Me quedé inmóvil en el centro de la terraza acristalada, con el vestido blanco todavía puesto, aunque ya arrugado por la noche, el vino blanco zumbando suavemente en mis venas.

No era borracha, pero tampoco estaba completamente sobria.

Estaba en ese limbo peligroso donde la razón se silencia y el cuerpo habla más alto.

A mi lado, Candela se recostó contra el sofá de exterior, con las piernas recogidas sobre el cojín, el vestido rojo subido ligeramente por el desgaste de la noche. Tenía el moño completamente deshecho, el pelo pelirrojo cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros.

—Estoy demasiado vieja para estas fiestas —murmuró, cerrando los ojos.

—Tienes treinta años —respondí, sentándome a su lado—. No eres una anciana.

—Me siento como si hubiera vivido tres vidas esta noche.

Gael apareció desde el interior de la casa, descalzo, con la camisa negra ahora completamente abierta, dejando ver un torso definido que brillaba ligeramente bajo la luz tenue. Traía tres copas de champán y una sonrisa cansada pero peligrosa.

—Quedan las últimas botellas —dijo, ofreciéndonos una copa a cada una—. Y nosotros tres. El universo conspirando.

Cogí la copa sin pensarlo. Candela hizo lo mismo. Gael se sentó en el suelo, frente a nosotras, con las piernas cruzadas, observándonos con esa mezcla de diversión y algo más oscuro que siempre llevaba en la mirada.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

El silencio se extendió, cómodo pero cargado. Afuera, el mar de Málaga rugía contra los acantilados, un sonido constante y primitivo que entraba por los cristales abiertos.

—Estoy enfadada —dije de repente, sorprendiéndome a mí misma.

—Con Lukas —dedujo Candela, sin abrir los ojos.

—Con todo. Con él. Conmigo. Con esta situación absurda en la que me he convertido en una mujer que llora por un alemán emocionalmente disfuncional.

Gael soltó una risa baja y grave.

—El amor nos convierte a todos en clichés andantes, cariño.

—Esto no es amor —mentí, bebiendo champán—. Esto es... Un error hormonal.

—Es amor —corrigió Candela, abriendo los ojos y mirándome fijamente—. Y eso te da más miedo que cualquier otra cosa.

La miré. Ella me devolvió la mirada sin pestañear. Esa era Candela. Directa hasta el hueso. La única persona en el mundo que podía decirme verdades sin que yo le lanzara algo a la cabeza.

Gael observaba el intercambio con interés genuino, su mirada saltando entre nosotras como si estuviera viendo una película íntima que no se había esperado.

—¿Sabéis qué es lo peor? —dije, dejando la copa sobre la mesa de cristal—. Que esta noche, cuando lo vi marcharse... sentí que me arrancaban algo. Como si hubiera elegido mal. Como si hubiera destruido algo que apenas había empezado a construir.

—Porque lo destruiste —dijo Candela suavemente—. Y él también. Los dos sois unos cobardes perfectos.

Gael se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Puedo deciros algo sin que me tiréis al mar?

—Dilo —respondimos Candela y yo al unísono.

—Estáis las dos absolutamente deslumbrantes esta noche. Y no es el champán hablando. Es... —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Es que sois el tipo de mujeres que hacen que un hombre quiera ser mejor versión de sí mismo. O peor. Dependiendo de la noche.

Candela soltó una carcajada.

—Eso es lo más cursi que has dicho nunca, Márquez.

—Es la verdad.

—Y, además —continuó Candela, inclinándose hacia mí con una sonrisa pícara—. Tienes que admitir que Gael está buenísimo. O sea, objetivamente. Mira ese torso. Esas manos. Esa boca.

Sentí el calor subir a mis mejillas, pero no pude evitar reírme.

—Candela...

—¡No! Hablo en serio. Si no fuera porque es tu amigo y porque estoy demasiado rota emocionalmente como para involucrarme con nadie... —Se detuvo, mirando a Gael de arriba abajo—. Pero vamos, que estás para comerte.

Gael sonrió, esa sonrisa lenta y segura que caracterizaba a los hombres que saben exactamente el efecto que causan.

—Vosotras dos —dijo, con la voz bajando un tono, volviéndose más grave—. Sois el problema y la solución. El peligro y la curiosidad. Me gustáis. Las dos. Juntas y separadas. Y esta noche... esta noche siento que algo podría pasar. Si nos atrevemos.

El aire cambió. Se volvió denso, eléctrico. La brisa del mar entró más fuerte, apagando una de las velas, dejándonos en una penumbra azulada donde las sombras se confundían con la realidad.

—¿Estás proponiendo...? —empecé, pero la voz se me quebró.

—Estoy proponiendo que dejemos de pensar —dijo Gael—. Solo por esta noche. Que dejemos fuera a los alemanes emocionalmente disfuncionales, a los padres sobreprotectores, a los secretos corporativos. Que seamos solo nosotros tres. Con lo que sentimos. Con lo que queremos.

Candela y yo nos miramos. En sus ojos vi el mismo fuego que sentía en el pecho. Miedo. Excitación. Curiosidad. La necesidad de sentirse viva después de tanto dolor.

—Es una locura —susurré.

—Las mejores cosas lo son —respondió Gael.

—Nunca he... —Candela se detuvo, jugueteando con el borde de su copa—. Quiero decir, he tenido experiencias, obviamente. Pero nunca con... dos personas a la vez. Y mucho menos con...

—¿Con una amiga? —terminé por ella.

—Contigo —dijo Candela, mirándome directamente—. Alma, eres mi familia. No quiero estropear eso.

—No lo estropearías —dije, y mientras hablaba, me daba cuenta de que lo decía en serio—. Estamos en ese punto, ¿no? Donde todo está tan roto que nada puede romperse más. Donde solo queda la verdad.

Gael se levantó lentamente. Se acercó a nosotras. Se arrodilló frente al sofá, a nuestra altura, equidistante.

—Podemos parar en cualquier momento —dijo—. Una palabra. Una mirada. Y paramos. Pero si seguimos... si seguimos, quiero que sepáis que para mí esto no es solo sexo. Es conexión. Es veros. Realmente, veros.

Extendió la mano hacia Candela. Ella la tomó. Luego extendió la otra hacia mí. La tomé. Nuestros dedos se entrelazaron sobre el espacio vacío del sofá, formando un triángulo imperfecto.

—¿Nos atrevemos? —preguntó Gael.

Candela respiró hondo.

—Me atrevo —dijo.

—Yo también —susurré.