Capítulo 19
Lukas
Gael se rio por lo bajo, se levantó y se dirigió hacia ella para situarse demasiado cerca, provocando que la sangre empezara a hervirme en las venas.
—¿Y si te dijera… —murmuró Gael, lo suficientemente alto para que lo oyéramos— que aquí hay dos personas que podrían hacerte olvidar ese con quién… y simplemente disfrutar el ahora?
Alma no se apartó; miró a Gael, luego dirigió la vista hacia Candela, que observaba la escena con ojos brillantes y expectantes, y finalmente me miró a mí.
—Creo —dijo con lentitud— que estamos peligrosamente cerca de una propuesta indecente.
—Creo —respondió Candela, levantándose para unirse a ellos— que Gael vive haciendo propuestas indecentes.
—Y sorprendentemente funcionan —añadió él con suficiencia.
Las tres figuras comenzaron a moverse en una danza lenta: Gael se situó en medio de las dos mujeres, con Candela a un lado y Alma al otro. La luz de las velas proyectaba sombras largas y temblorosas en las paredes mientras el jazz continuaba sonando, volviéndose cada vez más lento y sensual.
Gael extendió una mano hacia Alma y ella la tomó de inmediato.
Con la otra mano, Gael sujetó la de Candela y las hizo girar lentamente, una hacia cada lado, hasta que las tres figuras conformaron un triángulo imposible en mitad de la terraza.
Alma se reía, pero no exhibía su risa clara y fuerte de siempre, sino una carcajada baja, rasposa y peligrosa.
Candela mostraba las mejillas notablemente sonrojadas y el pelo se le empezaba a soltar del moño, mientras Gael las guiaba sosteniendo una mano en la cintura de cada una.
—Esto es absurdo —comentó Alma, aunque no hizo el menor amago de apartarse.
—Lo mejor suele serlo —respondió Gael.
Se detuvieron de golpe. Alma quedó frente a Gael, a escasos centímetros, con Candela a su lado y ligeramente detrás. La mano de Gael ascendió por la espalda de Alma hasta detenerse en la curva de su cintura, mientras que su otra mano acunó el rostro de Candela para girarla hacia él.
—¿Jugamos? —preguntó Gael.
—¿A qué? —susurró Alma.
—A ver quién se atreve primero.
Fue Candela quien rompió el hielo: se acercó a Gael, se puso de puntillas y lo besó.
Aquello no fue un beso amistoso; fue lento, exploratorio, con lengua visible y unas manos que se movían con libertad por el pecho de él.
Alma observaba la escena con la copa totalmente olvidada en la mano y los labios ligeramente entreabiertos.
Cuando se separaron, Candela sonrió, despeinada y hermosa.
—Eso era para calentar —declaró.
Gael se giró de inmediato hacia Alma, lanzándole la pregunta con la mirada. Ella me miró a mí y, por primera vez en toda la noche, capté duda en sus ojos; no era miedo, sino la indecisión de quien sopesa si seguir el juego o detenerse.
—Bésala —le ordené a Gael, y mi voz sonó extraña, ronca y posesiva—. Si vas a hacerlo, hazlo de verdad. No juegues.
Alma entrecerró los ojos, ofendida.
—¿Me estás retando, Lukas?
—Te estoy dando permiso para que descubras si esto es realmente lo que quieres… o si solo se trata de una distracción.
Gael tomó la iniciativa sin dudarlo; acunó el rostro de Alma entre sus manos, se inclinó y la besó.
Aquel beso resultó muy diferente al que le había dado a Candela: fue más lento y teatral.
Alma respondió tras un segundo de evidente tensión, subiendo las manos hasta los hombros de Gael y curvando los dedos en la tela de su camisa.
Vi perfectamente cómo su cuerpo se relajaba, cómo se entregaba por completo al momento y cómo la lengua de Gael encontraba la suya en un vaivén visible que me obligó a aferrarme con fuerza a los brazos del sofá.
Sin embargo, en mitad del beso, Alma abrió los ojos y me miró fijamente.
No apartó la vista en ningún momento; mantuvo el contacto visual directo conmigo mientras Gael continuaba besándola, mientras sus manos recorrían su espalda y mientras Candela se acercaba por detrás para posar la barbilla en su hombro, contemplando el cuadro con una sonrisa de absoluta satisfacción.
Aquello era una provocación, un desafío directo, su manera de decirme: «Mira lo que puedo hacer sin ti».
Pero en sus ojos alcancé a leer la verdad: no estaba disfrutando del beso, sino que esperaba ansiosa mi reacción.
Me levanté del sofá.
—¿Interrumpo algo? —pregunté, y mi voz cortó el aire de la terraza como si fuera un cuchillo.
Gael se separó de forma lenta, sin ninguna prisa, exhibiendo una mueca de triunfo que me dio ganas de estrangularlo y de agradecerle al mismo tiempo.
—Muchísimo —respondió él—. Pero, por favor, continúa. El espectáculo siempre mejora con público.
Candela retrocedió un paso de forma inteligente, percibiendo que la temperatura del ambiente se había transformado por completo.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le pregunté a Alma, cruzando la terraza en tres zancadas largas.
Ella levantó la barbilla, encarándome.
—¿Perdón? ¿Ahora resulta que eres mi dueño?
—No juegues conmigo, Alma.
—Entonces deja de actuar como si te molestara que alguien más me toque.
Un silencio de plomo cayó sobre nosotros.
Gael y Candela se miraron, comunicándose en mudos códigos, y retrocedieron hacia la barra para dejarnos el centro de la escena por completo.
Me acerqué más, situándome a una distancia mínima donde podía percibir su perfume mezclado con el champán de Gael, el vino y la noche.
—¿Crees que esto es un juego? —le pregunté en voz baja.
—Creo que tú no sabes lo que quieres —respondió ella, revelando un temblor en la voz que contradecía por completo su actitud desafiante—.
Un día me besas como si fuera el aire que necesitas para respirar, y al siguiente actúas como si yo no existiera.
Vienes a las reuniones, me defiendes delante de los directores, me miras como si me fueras a devorar…
y luego te vas, desapareces y vuelves a ser de hielo.
—Estoy intentando protegerte.
—No necesito tu protección. Necesito… —se detuvo, tragando saliva con dificultad.
—¿Qué necesitas? —le exigí, rozando prácticamente su cuerpo con el mío—. Dime, porque estoy perdiendo la cabeza intentando adivinarlo.
—Necesito que seas real —susurró, mostrando por primera vez una vulnerabilidad desgarradora en sus ojos—. Necesito que dejes de ser ese ejecutivo perfecto y admitas que esto… que esto nos está matando a los dos.
Gael se acercó un paso, intentando apaciguar los ánimos.
—Chicos, quizás deberíamos…
—Fuera —le gruñí, sin apartar la vista de Alma un solo segundo.
—Lukas…
—¡He dicho que te largues!
El grito resonó con fuerza en toda la terraza y la música pareció bajar de volumen de golpe, atrayendo las miradas de los pocos invitados que quedaban. Alma no se inmutó ni retrocedió; permaneció allí firme, hermosa, rota y furiosa a la vez.
—¿Ves? —dijo con una sonrisa cargada de amargura—. Así es como me tratas: como una posesión, como un problema que se debe resolver, pero nunca como… —su voz se quebró por completo—. Nunca como lo que realmente somos.
—¿Y qué somos, Alma? Dime, porque yo estoy intentando mantener la distancia para no destruirte, para no arrastrarte a mi caos y para no convertirte en… —me detuve en seco, respirando con dificultad.
—¿En qué?
—En mi debilidad.
El silencio que siguió fue devastador. Alma parpadeó y alcancé a ver cómo sus ojos se humedecían; era demasiado orgullosa para llorar, pero el brillo de las lágrimas contenidas resultaba evidente.
—Demasiado tarde —sentenció ella—. Ya lo soy.
Nos miramos fijamente durante un segundo que se sintió como una eternidad, mientras todo el ruido de la fiesta se desvanecía por completo y solo quedábamos nosotros dos con la verdad expuesta en el espacio que separaba nuestros cuerpos.
Sin embargo, era una verdad que no podíamos sostener; no todavía, no de esa manera.
—Tienes razón —dije, dando un paso hacia atrás y luego otro—. Esto es un error.
—Lukas…
—Necesito aire.
Me giré, cogí mi chaqueta del respaldo del sofá sin mirar atrás y caminé hacia la salida con pasos firmes, a pesar de que sentía que el suelo se hundía bajo mis pies.
—¡Lukas, no te atrevas a irte así! —me gritó a la espalda.
Me detuve justo en la puerta de cristal y me giré para mirarla una última vez: estaba en mitad de la terraza, vistiendo aquel vestido blanco hecho jirones emocionales, con Gael y Candela a los lados ejerciendo de testigos mudos de nuestra destrucción.
—¿Qué quieres que haga, Alma? —preguntó mi voz cansada y derrotada—.
¿Que te arrastre a mi cama ahora mismo? ¿Que te prometa que todo estará bien cuando ambos sabemos que es mentira?
Hay demasiadas sombras a nuestro alrededor, demasiados secretos; tu madre, mi padre y esta empresa que se desmorona.
No puedo darte lo que te mereces… y no soporto darte menos.
—Entonces vete —respondió ella con una frialdad que me caló más profundo que cualquier grito—. Pero no vuelvas a buscarme cuando estés solo, no vuelvas a tocarme en parkings oscuros y no vuelvas a mirarme como si fuera tuya… porque no lo soy.
—Alma…
—Vete.
Salí de allí y el ascensor me tragó de inmediato.
Bajé los diez pisos en un silencio absoluto, contemplando mi propio reflejo en los espejos de la cabina; parecía un auténtico extraño con ojeras profundas, la corbata torcida y unas manos que temblaban ligeramente.
Al salir a la calle, el aire de la noche malagueña me golpeó el rostro como si fuera una bofetada.
Me apoyé contra la fachada del edificio, respirando hondo e intentando recomponer los pedazos rotos de mi compostura.
Arriba, en algún punto de esa torre de cristal, se quedaba ella; probablemente llorando, enfadada y buscando consuelo en los brazos de Gael o en la comprensión de Candela.
Y yo me encontraba aquí abajo, completamente solo, habiendo renunciado a la única cosa que me había hecho sentir algo real en muchos años.
Saqué el teléfono del bolsillo y miré la pantalla durante varios segundos; quería llamarla, quería volver a subir, quería tomarla en brazos y llevármela lejos de todo: de los secretos, de la empresa y del pasado que nos perseguía.
Pero no lo hice. Guardé el dispositivo, caminé hasta mi coche y me senté al volante para mirar hacia arriba, hacia la terraza iluminada donde ella continuaba y donde probablemente ya intentaba olvidarme con otra copa de vino y una risa forzada.
Hacía poco tiempo que me repetía que ya no sabía si quería protegerla o perderme completamente en ella.
Finalmente había elegido protegerla, pero me había perdido de todos modos.
Puse el coche en marcha y me alejé a toda prisa de allí, permitiendo que la noche se tragara tanto mi orgullo como las últimas cenizas de mi autocontrol.