Capítulo 18
Lukas
Recibí el mensaje de Gael a las nueve de la noche, justo cuando estaba a punto de apagar el portátil y buscar en el whisky la distracción que mi cabeza se negaba a procesar.
Gael: Ático. Diez y media. Trae buen vino y peores intenciones. Y, por favor, tráete a esa morena insufrible que no te deja pensar.
Apreté el teléfono con más fuerza de la necesaria.
Gael poseía un don especial para la provocación, pero esta vez había tocado una fibra que yo no estaba dispuesto a admitir.
No respondí; dejé el móvil sobre la encimera de mármol y serví otro dedo de whisky en el vaso, contemplando cómo el hielo giraba lentamente en el líquido ámbar.
Llevaba tres días evitando a Alma. Tres largos días desde lo ocurrido en el aparcamiento subterráneo, desde su boca contra la mía y su cuerpo pegado al coche mientras la lluvia caía fuera y el mundo se reducía a su respiración agitada.
Habían sido tres días de reuniones en las que apenas intercambiamos miradas, de pasillos donde sentía su presencia mucho antes de verla y de noches en las que mi chalet me parecía demasiado grande y silencioso. Aquello no resultaba sostenible.
Miré el reloj, eran las diez menos cuarto. Maldije entre dientes, me terminé el whisky de un trago y cogí las llaves del coche.
El edificio de Gael se alzaba en el ensanche este de Málaga; una torre de cristal y acero que reflejaba las luces de la ciudad como si fuera un diamante negro.
Subí en el ascensor privado sosteniendo una botella de Rioja reserva en la mano y con la mandíbula tensa por la anticipación de lo que pudiera encontrarme.
La puerta se abrió antes incluso de que pudiera tocar el timbre.
Gael apareció con una sonrisa peligrosa, vistiendo una camisa negra abierta hasta el pecho y unos pantalones que parecían costar más que mi primer coche. Llevaba una copa de champán en la mano y esa expresión tan suya de quien está a punto de causar problemas.
—Pensé que no vendrías —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar.
—Pensaste mal.
—O quizá esperaba que no vinieras. Sería más divertido.
El ático era espectacular: techos de doble altura, ventanales que daban al mar oscuro y una piscina infinita interior iluminada con luces azules que proyectaban sombras danzantes en el techo.
Sonaba un jazz electrónico, suave pero insidioso.
Había unas veinte personas en el lugar, todas con el aire característico de quienes han nacido en la cúspide y jamás han tenido la necesidad de mirar hacia abajo.
Sin embargo, yo solo buscaba a una persona.
—Están en la terraza —anunció Gael, leyendo mi mente con esa facilidad que siempre me había irritado.
—¿Quiénes?
—Tu obsesión y su pelirroja guardiana. Llegaron hace veinte minutos. Alma lleva un vestido que debería ser ilegal en al menos doce países.
Apreté los dientes y me dirigí directo hacia las puertas corredizas de cristal.
La terraza acristalada se encontraba iluminada por velas y luces tenues. El mar rugía abajo, presentándose como una oscuridad infinita que se perdía en el horizonte. Y allí, en el centro de todo, estaba ella. Alma.
Gael no había exagerado en absoluto. El vestido era blanco, corto, imposiblemente simple y letalmente efectivo; un trozo de tela que se adhería a sus curvas como si fuera una segunda piel, dejando al descubierto unas piernas interminables, un escote que jugaba con el límite de lo decente y esa piel morena que brillaba bajo la luz tenue.
Llevaba el pelo suelto, dejando que unas ondas oscuras cayeran sobre sus hombros desnudos.
A su lado, Candela ejercía un contrapeso de fuego.
Vestía un traje rojo burdeos, ajustado, de estilo vintage, con escote corazón y una falda que se abría ligeramente al caminar.
Llevaba el cabello pelirrojo recogido en un moño deshecho, permitiendo que escaparan varios mechones que enmarcaban su rostro pecoso.
Estaban juntas, riéndose de algo que Gael debía de haber dicho antes de bajar a recibirme.
Alma sostenía una copa de vino blanco en la mano y llevaba los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba de forma violenta con el blanco de su vestimenta.
Cuando se rio, echando la cabeza hacia atrás, alcancé a ver el pulso de su cuello y la línea de su mandíbula, sintiendo un golpe bajo en el estómago que me obligó a detenerme un segundo para recuperar la compostura.
—Lukas —dijo Candela, siendo la primera en percatarse de mi presencia.
Alma giró la cabeza y nuestros ojos se encontraron a través del espacio.
Durante un segundo eterno, descifré algo en su mirada: no era indiferencia, sino un desafío, una provocación pura.
Era la misma guerra que estábamos librando desde que nos conocimos, pero esta vez con armas mucho más peligrosas.
Se giró hacia Gael, le dijo algo al oído que provocó que él sonriera ampliamente y, acto seguido, los tres levantaron las copas en un brindis que excluía de forma deliberada al resto del mundo.
Yo estaba perdido mucho antes de haber pronunciado una sola palabra.
—¡El alemán emocional! —me recibió Gael con un abrazo que rechacé de inmediato con una mirada—. Justo a tiempo. Estábamos a punto de empezar los juegos de adultos.
—No juegues, Gael —advertí, sentándome en el sofá de exterior frente a ellas.
—Nunca juego, cariño. Solo propongo.
Alma cruzó las piernas, provocando que el vestido se deslizara unos centímetros más hacia arriba. Mantuve la vista fija en su rostro por pura fuerza de voluntad, aunque cada célula de mi cuerpo me suplicaba que mirara.
—¿Qué juego propones? —preguntó Candela, acomodándose en el otro extremo del sofá modular, dejando a Alma en el medio, justo entre ella y el espacio donde Gael se sentó, demasiado cerca de ambas.
—Confesiones —anunció Gael, sirviéndose más champán—. Pero las verdaderas. Las que nos avergüenzan; las que no contamos ni a nuestros terapeutas.
—No tengo terapeuta —murmuró Alma, bebiendo de su copa sin apartar sus ojos de los míos.
—Entonces empiezas tú —dictaminó Gael.
El aire cambió de golpe, volviéndose denso y cargado de posibilidades.
Había algo perturbador en la forma en que Candela observaba la escena, como si fuera la espectadora privilegiada de un accidente a cámara lenta, y también en la manera en que Alma se inclinaba ligeramente hacia Gael, juguetona, peligrosa y plenamente consciente de cada efecto que causaba.
—Confieso —dijo Alma lentamente, dejando la copa sobre la mesa— que últimamente tengo pensamientos muy inapropiados sobre personas inapropiadas.
—Define inapropiado —le pedí, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió con esa mueca descarada que me volvía loco.
—Personas que deberían estar lejos. Personas que me irritan. Personas que… —hizo una pausa deliberada, estirando el suspense—. Personas que no saben lo que quieren.
—Oh, esto se pone interesante —comentó Candela, acomodándose mejor. Su mano descansaba de forma casual en el respaldo del sofá, justo detrás de Alma, casi rozando sus hombros desnudos.
Mi mandíbula se tensó al límite. Alma notó mi reacción y su sonrisa se amplió.
—Tu turno, Schneider —me instó Gael.
—No juego.
—Cobarde.
—Prudente.
—Aburrido —intervino Alma, inclinándose hacia delante, lo que tensó el escote de su vestido—. El gran Lukas Schneider, que lo controla todo y que nunca pierde la compostura… ¿le teme a un juego de beber?
—Temo las consecuencias de tus decisiones impulsivas —respondí, mirándola directamente a los ojos—. No el juego.
—Entonces juega.
Gael se levantó, se dirigió a la barra y regresó con una botella de tequila y cuatro vasos pequeños.
—Reglas sencillas —explicó—. Confesión verdadera o trago. Y las confesiones deben ser de carácter físico.
—¿Físicas? —Candela arqueó una ceja.
—Cosas que has hecho, cosas que quieres hacer, cuerpos que has tocado o cuerpos que quieres tocar.
El silencio cayó sobre nosotros como una manta pesada. Alma me miró y yo la miré a ella; en ese intercambio de miradas se amontonaron mil recuerdos: la memoria del aparcamiento, la cocina de mi casa, su sabor y su calor.
—Empiezo yo —dijo Candela de repente, rompiendo el hechizo—. Confieso que una vez me besé con dos personas distintas en la misma noche… y me gustó.
—¿Quién no? —saltó Gael, bebiendo un trago de tequila sin esperar—. Yo confieso que el límite entre la amistad y el deseo es una línea muy, muy borrosa.
Miró a Alma, luego a Candela y finalmente a ambas a la vez.
—Tu turno, Lukas —desafió Alma.
Cogí el vaso de tequila, girándolo entre los dedos mientras el líquido claro reflejaba las luces de la terraza.
—Confieso —dije lentamente, fijando mis ojos en ella— que odio cuando otros te tocan.
Que cada vez que alguien se acerca demasiado, tengo que contener las ganas de apartarlos a empujones.
Que hay una sola persona en esta habitación en la que no dejo de pensar en tocar… y estoy a punto de perder el control.
El silencio que siguió fue absoluto. Alma dejó de respirar por un instante y Candela se quedó completamente inmóvil. Gael sonrió, pero esta vez fue una mueca diferente, mucho más suave.
—Eso no es una confesión —murmuró Alma con voz trémula—. Eso es una declaración de guerra.
—La guerra empezó hace semanas —respondí—. Y estoy perdiendo.
Gael rompió el momento, tal vez de forma intencionada o por puro instinto de supervivencia.
—Otra ronda. Pregunta seria: si pudierais hacer una locura una sola vez, sin consecuencias y sin arrepentimientos… ¿qué haríais?
Candela se recostó, pensativa. Su mano ahora tocaba el hombro de Alma de forma casual, como si fuera el gesto más natural del mundo.
—Desaparecer una semana —respondió—. Con un camarero italiano que no hable ni una palabra de español ni de inglés; solo comunicación física.
—Un clásico —apuntó Gael—. Alma, tu turno.
Alma terminó lo que quedaba de su vino y se levantó para caminar hacia la barra con esa gracia innata que la caracterizaba, haciendo que el vestido se moviera sobre sus caderas como un insulto directo a mi autocontrol. Se sirvió más cantidad, se giró y se apoyó en la barra para mirarnos a los tres.
—Depende —sentenció.
—¿De qué? —le pregunté.
—De con quién.