Jefa, no me provoques Capítulo 17
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Capítulo 17

Alma

Negación. Ese había sido mi plan brillante de supervivencia durante los últimos tres días.

Decidí negar absolutamente todo: la tensión, los besos, la forma en que Lukas me miraba como si estuviera decidiendo entre besarme o cometer un crimen y, sobre todo, el pequeño detalle de que empezaba a afectarme muchísimo más de lo que quería admitir.

Era un plan excelente, sólido, inteligente y profesional. Sin embargo, duró exactamente siete minutos aquella mañana.

Todo se desmoronó en cuanto entré en la planta ejecutiva y vi a Noelia tocándole el brazo. Estaba riéndose, demasiado cerca, demasiado cómoda; se veía demasiado rubia alrededor de mi alemán emocionalmente problemático.

Me quedé completamente congelada en mitad del pasillo. Candela, que caminaba a mi lado con un café helado en la mano, siguió mi mirada y sonrió lentamente. La traidora.

—Oh, mírate —soltó, disfrutando del momento.

—¿Qué? —pregunté, intentando disimular.

—Estás celosa.

Aparté la vista inmediatamente, ofendida.

—No estoy celosa.

—Claro.

Candela bebió un sorbo de su café con total parsimonia, disfrutando demasiado del momento.

—Y yo soy monja —añadió con ironía.

—No sé de qué hablas.

—Alma, estás apretando tanto la carpeta que vas a desintegrarla.

Miré mis manos. Mierda. Solté el agarre de inmediato.

—Solo estoy observando una situación laboral —argumenté.

—Sí, claro. Como una francotiradora.

Volví a mirar hacia ellos. Fue un error. Noelia seguía sonriendo, Lukas dijo algo que no alcancé a escuchar y ella volvió a tocarle el brazo. En ese preciso instante sentí una necesidad irracional de incendiar el departamento de Recursos Humanos.

Candela soltó una carcajada.

—Madre mía. Estás fatal.

—No estoy fatal.

—Tu ojo izquierdo acaba de temblar.

—Eso es estrés —justifiqué.

—Eso es deseo homicida.

La odié. Muchísimo.

Intenté actuar de forma normal; de verdad que lo intenté durante aproximadamente doce minutos. Después de eso, mi dignidad decidió abandonarme por completo.

Primero interrumpí una conversación totalmente innecesaria, irrumpiendo en el despacho de Lukas con una carpeta que perfectamente podría haberle enviado por correo electrónico.

—Necesito tu firma —anuncié sin preámbulos.

Lukas levantó la vista despacio, demasiado lentamente, como si ya supiera exactamente lo que estaba haciendo. Noelia se encontraba sentada frente a él tomando notas en su tableta. Perfecto, maravilloso, fantástico.

—Podías haber enviado esto por email —señaló él.

—Prefería asegurarme personalmente.

—Qué eficiente.

Su tono de voz llevaba una sonrisa escondida, y eso me irritó aún más.

Dejé la carpeta sobre la mesa, quizá con demasiada fuerza, provocando que Noelia diera un pequeño salto en su asiento.

Bien. Lukas firmó el documento sin apartar los ojos de mí.

Aquello fue un error gravísimo, porque ese hombre tenía una capacidad ofensiva para mirar que me desarmaba.

—¿Algo más? —preguntó con calma.

—No.

—¿Segura?

—Completamente.

Se instaló un silencio denso entre nosotros. Noelia nos miraba descaradamente a ambos como quien presencia un accidente en directo. Salí del despacho intentando salvar toda la dignidad que me quedaba, aunque siendo sincera, ya no era mucha.

Volví veinte minutos después. Sí, veinte minutos exactos. Candela me vio cruzar la planta otra vez y casi se atraganta de la risa.

—No puede ser —dijo entre dientes.

—Tengo trabajo —me defendí.

—Tienes un brote psicótico romántico.

—No dramatices.

—Has cambiado tres veces de pintalabios desde esta mañana.

Miré mi reflejo en el cristal de un ventanal. Mierda. Otra vez me había delatado.

—Necesitaba retoques.

—Necesitabas supervisar a la secretaria.

—No estoy supervisando a nadie.

Candela levantó ambas cejas, divertida.

—Alma.

—¿Qué?

—Estás dando vergüenza ajena.

La ignoré por completo y seguí caminando hacia el despacho de Lukas, porque claramente había perdido la cabeza. Otra vez.

Cuando entré, él estaba solo. Eso debería haber mermado mi agitación, pero no lo hizo, sobre todo porque el imbécil sonrió lentamente. Exhibía esa calma insufrible suya que me daba ganas de besarlo y estrangularlo al mismo tiempo.

—¿Necesitas algo más, Alma?

—No.

—Entonces puedes dejar de vigilar a mi secretaria.

Me quedé completamente inmóvil.

—No estoy vigilando a nadie.

—Perfecto —repuso, levantándose de la silla.

Se veía demasiado alto, demasiado elegante, demasiado guapo para mi estabilidad emocional.

—Porque empiezas a dar miedo.

Lo fulminé con la mirada, pero él se limitó a sonreír más, lo cual era mucho peor.

—Eres insoportable —le espeté.

—Y tú muy poco sutil.

—No sé de qué hablas.

—Has venido aquí cuatro veces hoy.

—Trabajo en esta planta —alegué.

—Claro.

Se acercó despacio, apoyándose ligeramente en el borde de la mesa y observándome como si estuviera disfrutando muchísimo de la situación. El desgraciado realmente se estaba divirtiendo a mi costa.

—¿Te molesta Noelia?

—No.

—Mientes fatal.

—Y tú eres un narcisista.

—Puede ser —admitió con arrogancia.

Maldito alemán. Intenté mantener una expresión de absoluta indiferencia, pero fue un fracaso total, porque él inclinó apenas la cabeza y asestó el golpe final.

—Estás celosa.

—No estoy celosa.

—Alma.

—¿Qué?

—Tu mandíbula lleva tensa desde las nueve de la mañana.

Odiaba que me conociera tan bien en tan poco tiempo, y lo peor de todo era que parecía encantado con ello.

—Tengo trabajo —solté abruptamente para dar por terminada la escena.

—Y yo una secretaria traumatizada.

Eso me hizo reír muy a mi pesar; fue un gesto apenas perceptible, pero suficiente para que él lo notara. Dios, la forma en que sus ojos cambiaban cuando conseguía hacerme reír era peligrosísima. Salí de allí a toda prisa antes de cometer alguna estupidez, como besarlo encima de la mesa. Otra vez.

El resto de la jornada se convirtió en un espectáculo lamentable protagonizado por mí misma.

Mandé correos absurdos, pregunté cosas totalmente innecesarias y aparecí «casualmente» en reuniones donde Lukas estaba hablando con Noelia.

Incluso Bruno empezó a sospechar, y teniendo en cuenta que él vivía en una paranoia permanente, aquello no ayudaba en absoluto.

—¿Estás marcando territorio? —me preguntó mientras robaba patatas de mi mesa sin permiso.

—Bruno, vete.

—Eso es un sí —concluyó con regocijo.

—Voy a despedirte.

—Pero con amor.

—Sin indemnización.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Uy. Eso ha sonado muy señora Schneider.

Le lancé una carpeta a la cabeza, pero no se molestó en esquivar el golpe porque seguía riéndose como un psicópata.

A las ocho de la tarde continuaba lloviendo.

Málaga parecía empeñada en convertir mi vida en una película romántica y peligrosa. El aparcamiento subterráneo estaba casi vacío cuando por fin salí de la empresa. Mis tacones resonaban con fuerza en el hormigón, sostenía las llaves en la mano y arrastraba una cabeza completamente agotada.

Fue entonces cuando lo vi apoyado en su coche. Lukas vestía una chaqueta oscura, llevaba las mangas de la camisa remangadas y el sonido de la lluvia repicaba con fuerza en el exterior del edificio. Perfecto, porque claramente el universo quería acabar conmigo.

—¿Me estás siguiendo? —pregunté, deteniéndome.

—Tú eres la que aparece en todos lados últimamente —replicó él.

Odiaba que tuviera razón. Me crucé de brazos, buscando protección.

—Noelia está enamorada de ti.

Lukas parpadeó una sola vez y luego soltó una risa baja, grave, completamente peligrosa para mi sistema nervioso.

—Noelia me tiene miedo.

—Entonces, peor todavía.

Eso hizo que sonriera, y aquella sonrisa debería haber sido declarada ilegal.

—¿Y tú qué me tienes?

Se produjo un denso silencio. Mierda, no sabía qué responder; no exactamente. Lukas empezó a acortar la distancia de manera lenta, sin prisas, como si ya supiera que yo no iba a moverme de mi sitio. Y quizá lo sabía.

—Porque a veces creo que quieres besarme… —añadió.

Mi respiración volvió a volverse irregular.

—Y otras veces quiero empujarte por un puente.

Él se rio bajito, situándose ya demasiado cerca.

—Eso sigue sonando bastante emocional.

—No te pongas chulo —le advertí.

—Imposible. Me estás observando como una psicópata celosa desde esta mañana.

—No estaba celosa.

—Claro.

Ya lo tenía justo delante. El coche quedaba a mi espalda, su cuerpo se sentía demasiado cerca y el aire se volvió insoportablemente caliente, volviendo mi pulso completamente inútil.

—Eres insufrible —susurré.

—Y tú preciosa cuando pierdes la paciencia.

Muerte inmediata. Antes de que pudiera procesar sus palabras o articular una respuesta, me agarró suavemente de la cintura y me pegó contra la carrocería del coche. Mi respiración falló de forma literal.

—Lukas…

—Dime que pare.

Aquel fue un error gravísimo, porque yo no quería que parara; ni un poco. Sus ojos bajaron de golpe hacia mi boca y ahí se acabó cualquier atisbo de autocontrol. Lo besé primero, o tal vez fue él a mí, ya no lo sabía con certeza.

Solo sabía que de pronto nos estábamos besando como si lleváramos semanas conteniéndonos, porque probablemente era exactamente lo que nos ocurría.

Su mano subió por mi espalda con lentitud mientras la otra se mantenía firme en mi cintura, y yo terminé aferrada a su chaqueta como una absoluta irresponsable emocional.

Su boca representaba un problema muy serio, porque cada beso empeoraba las cosas, complicándolo todo a niveles insospechados.

Lukas soltó una respiración grave contra mis labios y luego descendió hacia mi cuello.

En cuanto me mordió suavemente la piel, cerré los ojos de forma automática.

Sus manos, la respiración acelerada, la lluvia resonando fuera y el calor de su cuerpo pegado al mío comenzaron a mezclarse de un modo muy peligroso.

—Eres un peligro para mi autocontrol —murmuró contra mi piel.

Intenté respirar con normalidad, pero fue un fracaso histórico.

—Eso suena peligrosamente romántico.

Él levantó apenas la cabeza, mostrando unos ojos azul grisáceo que ahora se veían completamente oscuros.

—No te emocione —advirtió.

—Demasiado tarde.

Su mano continuó ascendiendo por mi espalda y mi cerebro dejó de colaborar con las funciones biológicas más básicas.

—Lukas…

—¿Mmm?

—Creo que estás intentando matarme.

—No exactamente.

Me besó otra vez, de un modo más lento y profundo. Sinceramente, yo estaba a solo dos segundos de perder por completo la dignidad en ese aparcamiento. De repente, unas luces irrumpieron en el lugar; un coche acababa de entrar al parking.

Nos separamos de inmediato, de forma demasiado rápida y evidente.

Respirábamos con fuerza, mi pintalabios estaba completamente arruinado y su corbata torcida.

Perfecto, fantástico; una auténtica obra maestra del desastre.

Lukas se pasó una mano por el pelo, intentando en vano recuperar una compostura imposible, pues seguía exhibiendo una cara evidente de querer arrancarme la ropa. Yo probablemente también.

—Esto empieza a ser un problema —dije, tratando de romper la tensión.

—Hace tiempo que lo es.

Regresó esa mirada suya, demasiado intensa y peligrosa, y tuve que apartarme físicamente antes de caer en la tentación de volver a besarlo, porque claramente no sabía cómo parar.

Cuando llegué a casa, seguía completamente alterada.

Entré y me dirigí en línea recta hacia la terraza buscando aire; necesitaba respirar, agua fría y dejar de pensar en la boca de Lukas sobre mi cuello.

Abrí la puerta acristalada y me encontré a Candela y a Gael sentados en el sofá exterior mientras compartían una botella de vino blanco.

Ambos levantaron la vista al mismo tiempo y sonrieron exactamente igual. Oh, no. Mala combinación, muy mala.

Gael me señaló con su copa de forma acusadora.

—Uy.

Candela entrecerró los ojos, analizándome.

—Esa cara es carísima de analizar.

Intenté mantener la dignidad una vez más, cosechando otra derrota.

—¿Qué hacéis aquí?

—Intervención emocional —declaró Gael con ligereza.

—Y cotilleo —añadió Candela.

Me dejé caer en el sofá frente a ellos, exhausta, alterada y sintiendo todavía el fantasma de las manos de Lukas en mi cintura. Gael me observó detenidamente durante dos segundos y luego sonrió con calma, dando un sorbo a su vino.

—Bueno —dijo con absoluta tranquilidad—. ¿Quién besó a quién primero?