Capítulo 16 #2
La contemplé unos segundos en silencio, intentando expulsar de mi mente el recuerdo de ella sentada sobre la encimera de mi cocina la noche anterior. Un grave error de concentración.
—Intentaba no estrangular a ese idiota.
Vi el instante exacto en el que Alma intentó reprimir una sonrisa y fracasó en el intento. Dios, esa mujer iba a acabar conmigo.
—Control de impulsos excelente —murmuró con ironía.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme, créeme.
—¿Sí?
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia lo suficiente como para volver a alterar el aire entre los dos. Siempre el mismo patrón.
—No lo parece —añadió en un susurro.
—Tú tampoco pones de tu parte para ayudar.
Su sonrisa se ensanchó levemente; una mueca provocadora, cansada y hermosa de una forma que empezaba a irritarme profundamente por el enorme poder que ejercía sobre mí.
—No sabía que fueras un hombre tan caballeroso.
—No lo soy.
—Pues hoy casi parecías mi guardaespaldas.
—No te acostumbres —le advertí.
—Qué pena.
El silencio volvió a caer entre nosotros, volviéndose denso y peligroso. Fue entonces cuando percibí un leve y casi imperceptible temblor en sus dedos; una muestra evidente del miedo, el estrés y el agotamiento acumulados. Algo en mi interior se tensó de forma violenta.
—¿Has dormido algo? —pregunté, suavizando el tono.
Alma parpadeó, sorprendida por el cambio de rumbo de la conversación.
—Lo suficiente.
—Alma, no me mientas.
—No empieces, Lukas.
—Estás agotada —insistí—. Estás al límite de tus fuerzas.
Sus ojos se clavaron en los míos con una honestidad desarmante y, por un instante, la fachada desafiante de Alma desapareció por completo.
En su lugar, solo quedó una mujer sobrepasada por las circunstancias que intentaba sostener el peso del mundo con sus manos desnudas.
Y esa vulnerabilidad resultó mucho más peligrosa que cualquier beso, porque despertó en mí el deseo de acercarme, tocarla y calmar su dolor.
Ya no lograba distinguir dónde terminaba la mera atracción física y dónde comenzaba algo mucho más real y profundo.
Ella rompió el encanto del momento dando un paso atrás, empleando su habitual mecanismo de defensa cada vez que la situación se volvía demasiado intensa.
—Tengo trabajo que hacer.
—Claro.
Caminó hacia la salida, pero justo antes de abrir la puerta, se giró ligeramente sobre sus talones.
—Gracias… por lo de antes.
Y sin más, desapareció por el pasillo. Me quedé inmóvil durante varios minutos, con la mirada fija en la madera de la puerta y la incómoda certeza de que Alma se estaba metiendo bajo mi piel de forma lenta e irreversible.
Esa noche regresé al chalet mucho más tarde de lo habitual.
Me recibió una casa sumida en la oscuridad y en un silencio excesivo. Dejé la chaqueta del traje sobre el sofá y me serví un vaso de whisky puro, sin molestarme siquiera en aflojar el nudo de la corbata.
Mi mente continuaba atrapada en un bucle que alternaba la desastrosa reunión del consejo, la vulnerabilidad de Alma, las advertencias de mi padre y unas conexiones que empezaban a encajar con una precisión alarmante.
Entré en mi despacho y me dirigí en línea recta hacia el armario metálico de seguridad, un mueble cuyos archivos llevaba años evitando revisar.
Allí se custodiaban los documentos antiguos de Klaus: papeles diplomáticos, informes privados y secretos financieros que mi padre protegía como si fuesen Secretos de Estado.
Y quizá lo eran. Comencé a desenterrar carpetas escritas en alemán que contenían fechas, nombres de empresas marítimas y registros de inversiones internacionales, hasta que un nombre escrito en una pestaña hizo que mi pulso se ralentizara por completo: «Medina».
Abrí el archivo con manos firmes. En su interior hallé informes antiguos fechados en Málaga que detallaban operaciones portuarias y cuantiosas inversiones extranjeras.
Pero lo que me propinó un golpe seco en el pecho fue el siguiente documento: un informe policial de un accidente automovilístico ocurrido hacía más de veinte años.
El nombre de la víctima figuraba en letras claras: Claudia Vega, la madre de Alma.
Comencé a leer las páginas a gran velocidad, pero la confusión no tardó en asaltarme al descubrir que al informe le habían arrancado hojas enteras; el papel mostraba los bordes rasgados, evidenciando que alguien se había tomado la molestia de eliminar información crucial de forma deliberada.
Mi respiración se volvió más lenta y fría.
Continué buscando en el fondo de la carpeta hasta que mis dedos tropezaron con una fotografía doblada.
La desdoblé con cuidado y el mundo pareció detenerse.
Reconocí a Héctor Medina de inmediato; se le veía mucho más joven. A su lado se encontraba mi padre, Klaus, con un semblante notablemente más duro y severo. Junto a ellos posaba una mujer joven, hermosa y sonriente, poseedora de unos ojos idénticos a los de Alma: su madre.
Sin embargo, lo que infundía verdadero temor era la presencia de un cuarto hombre, un desconocido, y la expresión compartida que cruzaba los rostros de los cuatro integrantes de la foto.
No lucían como un grupo de amigos disfrutando de una velada; sus facciones reflejaban el pánico de quienes acababan de sobrevivir a una catástrofe o estaban a punto de perderlo todo.
Me quedé contemplando la imagen durante unos minutos, uniendo los cabos sueltos en mi cabeza. Había demasiadas coincidencias, demasiados silencios impuestos y demasiadas mentiras heredadas.
Por primera vez desde que había puesto un pie en Málaga, comprendí con absoluta claridad que esto nunca había sido una simple filtración de secretos corporativos. Esto era algo mucho más antiguo, oscuro y peligroso; y Alma se encontraba justo en el centro del objetivo.