Jefa, no me provoques Capítulo 16
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Capítulo 16

Lukas

No me gustaban las llamadas de mi padre a las seis de la mañana; nunca presagiaban nada bueno. La pantalla del móvil comenzó a brillar sobre la encimera de la cocina mientras los primeros rayos del amanecer teñían el mar de un azul grisáceo tras las cristaleras del chalet.

En el identificador de llamadas se leía «Klaus Schneider». Ni siquiera ponía «Vater», papá; era un reflejo fiel de nuestro vínculo: frío, directo y puramente funcional.

Me quedé contemplando el nombre unos segundos antes de deslizar el dedo por la pantalla, pues una parte de mí ya intuía que aquella conversación iba a cambiar el rumbo de las cosas una vez más.

—Dime —respondí al descolgar.

Se produjo un breve silencio al otro lado de la línea, roto finalmente por la voz grave y controlada de mi padre; demasiado controlada, diría yo.

—Te dije que no aceptaras ese trabajo.

Ni un saludo, ni una pregunta por mi bienestar. Fue directo al núcleo del problema. Apreté la mandíbula mientras me servía una taza de café.

—Buenos días para ti también.

—No bromees conmigo, Lukas.

Ahí estaba otra vez esa familiar hostilidad. La reconocía a la perfección porque llevaba toda mi vida escuchándola, agazapada detrás de cada orden de Klaus Schneider. Me apoyé contra la isla de la cocina, intentando mantener la voz calmada.

—Necesito saber qué está pasando realmente aquí.

Le siguió un silencio largo, pesado y peligroso; el tipo de silencio que no nace de la indecisión, sino de la firme resolución de ocultar un secreto.

—No remuevas el pasado —sentenció finalmente.

Giré la cabeza para mirar el mar, sosteniendo la taza caliente entre mis dedos, y por primera vez en muchos años experimenté una rabia visceral y real hacia él.

—Es demasiado tarde para eso.

Escuché su respiración al otro lado de la línea, notablemente más tensa tras mis palabras.

—¿Qué es lo que has encontrado?

No le contesté de inmediato, principalmente porque todavía no lograba comprender la magnitud de lo que tenía entre manos.

Solo tenía dos certezas: que Alma Medina se encontraba en el epicentro de todo y que cada vez que pronunciaba su apellido, mi padre reaccionaba como si le pusieran una bomba sobre la mesa.

—¿Conoces a los Medina? —pregunté.

Fue un error. Lo supe en cuanto el silencio regresó, volviéndose más evidente.

—Lukas.

—Eso no responde a mi pregunta, padre.

—No tienes por qué involucrarte en asuntos que no te corresponden.

Mi paciencia, desgastada por las horas de insomnio, comenzó a agotarse.

—Trabajo para esa empresa.

—Precisamente por eso deberías mantener las distancias.

Solté una risa seca, sin rastro de humor.

—Eso ya no es posible.

Mi padre captó el trasfondo de mi afirmación al instante; lo noté en el sutil pero perceptible cambio de su tono de voz.

—¿La hija de Héctor Medina? —preguntó, con una rapidez y especificidad que lo delataron por completo.

En ese momento obtuve mi confirmación: todos los hilos estaban conectados, todos guardaban un secreto y yo acababa de irrumpir en mitad de una historia que había comenzado a escribirse mucho antes de que Alma y yo nos cruzáramos en Málaga.

—¿Qué es lo que sabes de ella? —insistí.

—No hagas preguntas cuyas respuestas no estás preparado para escuchar.

—Estoy cansado de tus malditas frases enigmáticas.

—Entonces deja el caso de inmediato.

—Esto no es un caso.

Apreté el agarre alrededor de la taza. Sí que lo era, y ambos lo sabíamos perfectamente.

—Escúchame bien, Lukas —dijo, con una lentitud deliberada—. Hay errores del pasado que destruyeron demasiadas vidas. Si insistes en seguir investigando, solo vas a empeorar las cosas.

—¿Empeorarlas para quién?

No hubo respuesta. Klaus Schneider colgó la llamada segundos después sin despedirse.

Me quedé estático en mitad de la cocina, rodeado por el suave jazz que salía del salón y el constante movimiento del mar tras los cristales.

Todo parecía normal a simple vista, pero ya nada lo era, porque mi padre se había mostrado asustado, y yo sabía perfectamente que Klaus Schneider no le temía a casi nada en este mundo.

La sede de Medina Global Tech se había transformado en un auténtico infierno para cuando llegué.

Decenas de periodistas se agolpaban en las inmediaciones entre cámaras y micrófonos, mientras los accionistas desfilaban con rostros dignos de un funeral corporativo y el equipo de seguridad intentaba, sin mucho éxito, contener el caos.

La filtración de datos había estallado durante la noche y alguien, en alguna parte, estaba disfrutando con nuestro desastre.

Atravesé el vestíbulo a paso firme, ignorando las preguntas que me lanzaban a gritos en alemán, inglés y español.

—¡Señor Schneider! ¿Es cierto que el acuerdo europeo peligra?

—¡Señor Schneider! ¿Hay problemas internos en la dirección?

—¿Puede confirmar la filtración de datos confidenciales?

Seguí caminando con la vista al frente, sin responder ni mirar atrás, aunque la sensación de amenaza ya se había instalado firmemente en mi cabeza.

Subí en el ascensor hasta la planta ejecutiva, donde imperaba un silencio artificial, de esos que solo se producen cuando todo el mundo está demasiado asustado para articular palabra.

Noelia apareció en el pasillo, prácticamente corriendo hacia mí con una tableta entre las manos.

—Buenos días —dijo.

—No lo son.

Ella tragó saliva con dificultad antes de continuar.

—El consejo exige una reunión de urgencia inmediata.

—Perfecto.

—Y… la señorita Medina ya está dentro de la sala.

Mi pulso reaccionó antes que mi cerebro con un latido violento, inoportuno y automático. Asentí una sola vez y caminé hacia allí.

Al entrar en la sala de juntas, lo primero que detectaron mis ojos fue a Alma, y tuve que realizar un esfuerzo consciente para seguir caminando con normalidad.

Estaba visiblemente agotada; unas sutiles ojeras se marcaban bajo sus ojos, mantenía la mandíbula rígida, llevaba el pelo recogido deprisa y sus dedos se movían con inquietud sobre la mesa, delatando una ansiedad que intentaba ocultar a los demás. Pero yo la notaba; siempre la notaba.

Héctor se encontraba al fondo de la estancia, conversando con dos miembros del consejo; Paula revisaba frenéticamente unos documentos, Bruno parecía al borde de una crisis nerviosa tecnológica, Sergio acumulaba ya tres tazas de café e Iván, sorprendentemente, no estaba grabando nada con su teléfono.

Esto último ya era un indicador de la gravedad de la situación.

Alma levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo, desatando de nuevo esa maldita descarga eléctrica entre los dos.

Incluso en mitad de este desastre, era ridículo.

Ella apartó la mirada de inmediato, como si todavía guardara el enfado por nuestra última discusión, lo cual era bastante probable.

La reunión comenzó peor de lo que había augurado.

Se expusieron las pérdidas potenciales, la estrepitosa caída temporal de las acciones, la asfixiante presión de los inversores y el riesgo real de cancelación del contrato europeo; demasiadas voces hablando al mismo tiempo y sin aportar soluciones.

De repente, uno de los directivos golpeó la mesa con irritación, interrumpiendo el murmullo general.

—Esto es exactamente lo que pasa cuando la empresa se convierte en un circo emocional.

Noté cómo Alma se tensaba al instante, pero, para mi sorpresa, optó por guardar silencio. Aquello era sumamente extraño en ella.

—Debemos replantearnos seriamente quién liderará la transición de la empresa cuando Héctor deje el cargo —prosiguió el hombre—. La imagen pública de Medina Global Tech está sufriendo daños irreparables.

El silencio de la sala se volvió más afilado y el directivo cometió el grave error de mirar fijamente a Alma.

—Tal vez lo que necesitamos es una dirección mucho más… estable.

Al ver que ella no respondía y se limitaba a sostenerle la mirada con una mezcla de cansancio y dolor, algo dentro de mí reaccionó antes de que pudiera sopesar las consecuencias profesionales.

—La señorita Medina es, con total probabilidad, la persona más competente de esta sala —declaré con voz firme.

Un silencio absoluto cayó sobre la junta y todas las miradas se giraron hacia mi posición, incluida la de Alma. Continué hablando con un tono frío, pausado, pero peligrosamente serio.

—Y si alguien quiere cuestionar eso, será mejor que presente mejores resultados que los de ella.

El directivo abrió la boca para replicar, pero la cerró al segundo al comprender que no tenía argumentos válidos.

Los números de Alma eran, en efecto, impecables: expansiones internacionales exitosas, crecimiento sostenido, negociaciones complejas cerradas y amplios beneficios.

Era brillante, y todos los presentes lo sabían.

El hombre desvió la mirada, acobardado. Perfecto.

La tensión flotó en el ambiente durante unos instantes hasta que Héctor intervino para reconducir el orden del día.

Sin embargo, para mí el resto de la sesión pasó a un segundo plano, porque Alma no dejaba de mirarme, y la expresión que descubrí en sus ojos era completamente nueva: no reflejaba ironía ni provocación, sino una profunda sorpresa.

Y descubrir eso me afectó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

La junta concluyó dos infernales horas después.

En cuanto salí al pasillo, escuché el rápido repiqueteo de sus tacones a mis espaldas.

Me giré justo en el momento en que Alma me tomaba del brazo y me empujaba hacia el interior de un despacho vacío, cerrando la puerta tras de sí.

Nos quedamos a solas, con la respiración agitada y una proximidad que volvía a alterar el ambiente.

—No necesitaba que me salvaras —soltó con voz firme, aunque denotaba cansancio.

Me apoyé contra el borde de la mesa, cruzándome de brazos.

—No estaba salvándote.

—¿Entonces qué se supone que hacías ahí dentro?