Jefa, no me provoques Capítulo 15
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Capítulo 15

Alma

No podía dejar de pensar en el cuadro, en el apellido y en toda la información que me habían ocultado durante años. Lo peor de todo era la creciente y perturbadora sensación de que las piezas encajaban demasiado bien como para tratarse de una simple casualidad.

Pasé la noche entera en vela, revisando cada archivo que encontraba sobre los Schneider.

El nombre aparecía de forma recurrente en documentos antiguos, registros empresariales e incluso en artículos de prensa internacional, pero siempre como una sombra: nunca completo, siempre fragmentado, como si alguien se hubiera encargado de borrar partes del puzle a propósito.

Aquello me estaba volviendo loca.

—Estás obsesionada —me soltó Candela al día siguiente, mientras dejaba caer un café humeante sobre mi mesa de trabajo.

—Estoy informándome.

—Estás investigando como una hacker emocional con insomnio.

No le respondí porque, en el fondo, sabía que tenía toda la razón. Candela se sentó frente a mí y me observó durante unos segundos que se me hicieron eternamente largos.

—Necesitas descansar —sentenció con seriedad.

—Necesito respuestas.

—Necesitas orgasmos y terapia.

Levanté la vista del ordenador, fulminándola con la mirada.

—Candela, por favor.

Ella se limitó a sonreír, restándole hierro al asunto.

—No digo que el alemán sea terapia… pero ayuda.

La miré seria, sin un ápice de humor.

—No es gracioso.

—Un poco sí.

Me pasé una mano por la cara con frustración. El verdadero problema radicaba en que ya no podía sacar a Lukas de la ecuación; no podía ignorarlo a él, ni lo que ocurría cuando estábamos juntos, ni las verdades que se me escapaban entre los dedos.

Buscando un respiro de todo ese torbellino, decidí ir a visitar a mis abuelos esa misma tarde. Necesitaba desesperadamente un baño de realidad, algo que no estuviera contaminado por sospechas, filtraciones de datos o silencios incómodos.

La casa de Antonio y Mercedes siempre había sido mi refugio seguro; un hogar real, cálido y desbordante de vida.

En cuanto crucé el umbral, el familiar aroma a paella y a pan recién hecho me reconfortó, haciéndome olvidar mis problemas por un instante.

Antonio me abrió la puerta con una sonrisa enorme de oreja a oreja.

—¡Mi niña!

Me abracé a él y me permití desconectar del mundo.

Al sentarnos a la mesa, la superficie se llenó de fotografías antiguas, recuerdos y esas viejas historias familiares que, aunque me sabía de memoria, siempre disfrutaba escuchar como si fueran nuevas. Mi abuela se acercó y me acarició la mejilla con ternura.

—Estás demasiado delgada —comentó con tono de reproche cariñoso.

—Estoy ocupada, abuela.

—Estás preocupada, que es diferente —corrigió ella, leyéndome el pensamiento.

Mi abuelo sirvió vino en las copas, demasiado temprano como de costumbre, y la comida transcurrió con aparente normalidad hasta que decidí soltar el nombre que me reconcomía por dentro.

—Schneider —dije en voz alta.

El efecto fue inmediato. No fue una transición gradual, sino como si alguien hubiera apagado por completo el sonido de la casa de un plumazo. Antonio dejó de sonreír al instante, la mano de Mercedes se quedó inmóvil en el aire y la cuchara que sostenía dejó de moverse.

—¿De dónde has sacado ese nombre? —preguntó mi abuelo, con un semblante más serio y rígido de lo que le había visto en toda mi vida.

Miré a ambos, alarmada por su reacción.

—¿Lo conocéis?

El silencio regresó, volviéndose aún más pesado e incómodo. Mercedes bajó la mirada hacia el plato, incapaz de sostenerme la vista, y Antonio soltó un hondo suspiro.

—Alma… hay cosas del pasado que es mejor no remover.

En ese preciso instante lo comprendí todo. No se trataba de ignorancia; era una evitación deliberada.

—No me digáis eso —les pedí, haciendo un esfuerzo monumental por mantener la calma—. No ahora que estoy empezando a ver conexiones por todas partes.

Mi abuela estiró el brazo y me tomó de la mano. Su tacto era suave, pero transmitía una tensión inusual.

—No todo lo que se conecta debe seguir unido —sentenció.

—Eso no es una respuesta.

—Es una advertencia —zanjó.

El ambiente en la estancia se volvió gélido de repente. La casa que siempre había considerado mi protectorado ahora parecía cerrarse sobre mí, asfixiándome.

—Necesito saber qué está pasando —insistí, buscando una grieta en su resolución.

Ninguno de los dos respondió, y ese silencio dolió mucho más que cualquier explicación que pudieran haberme dado.

Regresé a la empresa con la cabeza a punto de estallar.

Ya no se trataba únicamente de Lukas, del beso o de la constante tensión que nos rodeaba; ahora todo salpicaba directamente el recuerdo de mi madre.

En cuanto entré en las oficinas, percibí que la atmósfera era totalmente distinta: más densa, más caótica.

Bruno corría de un lado a otro con el teléfono móvil pegado a la oreja, Paula hablaba con visible urgencia con un miembro del departamento legal, Sergio lucía un rostro completamente pálido e Iván permanecía callado, sin hacer una sola broma.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, deteniéndome en mitad del pasillo.

Nadie me contestó en un primer momento, hasta que Paula se giró hacia mí con gravedad.

—Se ha filtrado información.

—¿Qué tipo de información?

Bruno me miró fijamente.

—Toda.

Un vacío repentino se instaló en mi estómago.

Avancé hacia los despachos y lo vi antes de que él notara mi presencia.

Lukas se encontraba de pie en su oficina, completamente inmóvil, con la mirada clavada en la pantalla de su ordenador.

Su rostro no mostraba el control absoluto al que me tenía acostumbrada; lo que vi en sus facciones fue una rabia contenida muy peligrosa.

Al escuchar mis pasos, levantó la vista y, en cuanto me reconoció, su expresión cambió, cargándose de una tensión aún mayor.

—Esto se está saliendo de control —declaró en cuanto crucé la puerta.

—Ya estaba fuera de control —le corregí, cerrando detrás de mí.

Las palabras se sintieron rápidas y afiladas como cuchillos.

—¿Hay algo que quieras contarme? —inquirí, dando un paso al frente.

Su mandíbula se tensó.

—¿A qué te refieres exactamente?

—A tu padre.

El aire pareció congelarse en el acto.

—No metas a mi familia en esto —advirtió con voz baja y peligrosa.

—Quizá tu familia ya está metida hasta el cuello.

Y entonces, toda la contención saltó por los aires.

—No tienes ni la más mínima idea de lo que estás diciendo —siseó, acortando la distancia.

—¡Entonces explícamelo! —respondí, elevando la voz más de lo que pretendía—. ¡Porque nada de esto encaja!

—No voy a permitir que conviertas una crisis empresarial en una teoría paranoica.

—¿Paranoica? ¡Hay nombres borrados en los archivos, documentos antiguos escondidos y conexiones directas con mi madre!

—¡Basta!

El grito de Lukas resonó en las paredes y el silencio que le siguió fue brutal.

Nos quedamos estáticos, mirándonos fijamente, respirando de forma agitada.

Estábamos demasiado cerca y, a la vez, demasiado lejos.

Por primera vez desde que nos conocíamos, la electricidad que nos unía no tenía nada que ver con la atracción sexual; era tensión pura, real y dolorosa.

Antes de que alguno pudiera añadir algo, el sistema informático de la oficina volvió a caerse. Las alarmas comenzaron a sonar y las pantallas se tiñeron de alertas rojas en un bucle frenético. Paula entró corriendo sin llamar, con la respiración entrecortada.

—Se ha filtrado a la prensa —anunció con pánico.

Bruno soltó una maldición entre dientes y Sergio comenzó a marcar números de teléfono para calmar a los inversores, mientras Iván guardaba su equipo de grabación. Entendí de golpe que esto ya no era una disputa interna; esto era una guerra abierta.

Regresé a mi propio despacho buscando un segundo de aire y silencio para aclarar mis ideas. Sin embargo, en cuanto me acerqué a mi mesa de trabajo, noté que algo descansaba sobre la superficie: un sobre blanco, pulcro y sin remitente.

Me quedé completamente quieta, contemplándolo con desconfianza.

Lo cogí y lo abrí con cuidado. En su interior encontré un documento oficial: el certificado de defunción de mi madre.

Pero no fue el papeleo lo que me hizo temblar de arriba abajo, sino la frase manuscrita con tinta negra que alguien había estampado justo debajo, una línea simple y definitiva: «No fue un accidente» .

La sangre se me heló en las venas y el sonido del mundo exterior desapareció por completo. Por primera vez en mucho tiempo, descubrí que mi mayor temor no era Lukas ni lo que me hacía sentir; mi verdadero terror era la verdad que estaba a punto de salir a la luz.