Capítulo 14
Lukas
No estaba funcionando nada. Ni el trabajo, ni las llamadas, ni los informes, ni siquiera el café fuerte de la mañana.
Desde la gala, mi cabeza había dejado de obedecer las órdenes más básicas, y el problema detrás de todo ese descontrol tenía un nombre propio: Alma.
Cada vez que intentaba concentrarme en la pantalla, su imagen aparecía de forma inevitable; recordaba su manera de mirarme en la terraza, su respiración agitada cuando me acerqué demasiado y el instante exacto en el que todo dejó de ser controlable.
Y lo peor de todo no era el deseo en sí, sino la fijación.
No resultaba lógico ni profesional y, aun así, se negaba a desaparecer.
Gael lo supo antes que yo, como de costumbre. Entró en mi despacho sin llamar, actuando como si el concepto de propiedad privada fuera opcional en su universo. Me observó en silencio durante tres largos segundos y luego esbozó una sonrisa ladeada.
—Vale —declaró—. Ya está.
No levanté la vista del portátil, intentando ignorarlo.
—¿Qué?
—Tienes cara de hombre que necesita urgentemente que le arranquen la ropa.
Cerré el ordenador lentamente, clavando mi mirada en él.
—Sal de aquí antes de que te tire por el balcón.
—No puedes vivir sin mí.
—Estoy a punto de intentarlo.
Gael dio un paso al frente y se apoyó en el borde de mi mesa, perdiendo parte de la burla.
—Es ella, ¿no?
No respondí. No hacía ninguna falta. Él soltó un hondo suspiro.
—Esto va a ser divertido… o un desastre nuclear.
—Vete.
—Voy, voy. Pero te aviso: estás perdido.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio regresó al despacho, y con él, el peso del problema.
Para mi sorpresa, Alma apareció en mi chalet esa misma noche y sin avisar.
En otra situación, una intrusión así me habría molestado profundamente, pero no fue el caso.
En cuanto la vi cruzar el umbral de la puerta, todo lo demás dejó de importar.
Llevaba el pelo ligeramente desordenado y los ojos brillantes; se notaba que estaba demasiado consciente de sí misma y, sobre todo, demasiado consciente de mí.
—Necesitamos revisar unos documentos —dijo a modo de justificación.
—¿A estas horas?
—Es urgente.
Era mentira, y ambos lo sabíamos perfectamente.
La dejé pasar sin rechistar. La casa se encontraba en absoluta calma, envuelta en una luz cálida, con un jazz suave sonando de fondo en el salón y los grandes cristales abiertos hacia el mar.
Resultaba un escenario demasiado íntimo para dos personas que fingían no estar perdiendo el control de sus vidas.
Alma miró a su alrededor con curiosidad.
—Bonita cárcel —murmuró.
—Funciona bien para trabajar.
—¿Trabajar o esconderte?
Decidí no responder, principalmente porque la respuesta correcta no me gustaba en absoluto.
Nos instalamos en la cocina, con la gran isla central interponiéndose entre nosotros como una barrera que resultaba demasiado grande o demasiado pequeña según el segundo que corriera.
Desparramamos los papeles sobre la superficie y encendimos la pantalla, pero ninguno de los dos estaba prestando verdadera atención al trabajo.
Yo la miraba a ella, y ella era plenamente consciente de mi escrutinio.
—Deja de mirarme así —pidió finalmente, rompiendo el silencio.
—Tú has venido aquí.
—Por trabajo.
—Claro.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios; una mueca provocadora, insoportable y hermosa. Se acercó a la isla dando un paso y luego otro, moviéndose con una lentitud deliberada, como si supiera el efecto exacto que causaba en mí. Y lo sabía; siempre lo sabía.
Me moví antes de que la razón pudiera frenarme. Rodeé la isla, la atraje hacia mi cuerpo y la besé. Esta vez no hubo interrupciones, ni puertas que se abrieran, ni alarmas que sonaran; solo estábamos nosotros dos.
El beso fue inmediato, intenso, cargado con todo el deseo que habíamos contenido durante demasiado tiempo.
Su mano subió con rapidez a mi nuca mientras la mía bajaba a su cintura para pegarla más a mí.
Siempre más. Alma soltó un suspiro ahogado contra mi boca que me desarmó por completo y, en ese preciso instante, perdí el control de verdad.
La subí a la encimera con cuidado, pero con firmeza, y sus piernas rodearon mi cintura casi de inmediato, como si su cuerpo hubiera decidido el encaje perfecto mucho antes de que nuestras cabezas lo procesaran.
Mis labios bajaron por su cuello y la escuché respirar más fuerte, más rápido, con el aire roto.
—Eres insufrible —murmuré contra su piel caliente.
—Y aun así no puedes dejar de tocarme —respondió, y se le escapó una risa suave, peligrosa y provocadora.
Levanté la cabeza para mirarla. Sus ojos estaban demasiado cerca, abiertos y conscientes de la situación.
—Ese es exactamente el problema —dije con la voz ronca.
Alma me tiró ligeramente de la camisa, obligándome a acortar la distancia otra vez.
Siempre otra vez, como si nunca existiera el espacio suficiente entre nosotros.
Mis manos recorrieron su cintura y subieron por su espalda con una lentitud que contrastaba con la urgencia de lo que estaba sintiendo.
Ella arqueó ligeramente el cuerpo hacia mí, y ese simple gesto se sintió como una condena definitiva.
La besé de nuevo, de un modo más profundo, urgente y desesperado. Su respiración se rompía entre palabras que no llegaba a pronunciar y sentí que la compostura se me escapaba, no de forma gradual, sino de golpe.
Finalmente, Alma apoyó la frente contra la mía, intentando recuperar el aire.
—Esto se está complicando demasiado —susurró.
Me quedé quieto un segundo, asimilando sus palabras, porque sabía que tenía razón, pero a la vez ya era tarde para lamentarlo.
—Ya estaba complicado desde el momento en que apareciste —respondí.
El silencio que se instaló a continuación no calmó los ánimos; al contrario, pareció amplificarlo todo.
Me aparté un poco, no porque quisiera, sino porque debía hacerlo.
Alma respiraba de forma agitada, con los labios ligeramente hinchados y la mirada brillante, demasiado humana y real.
De repente, se giró hacia un lado, clavando su vista en el despacho contiguo y quedándose completamente inmóvil.
—¿Qué es eso? —preguntó con el ceño fruncido.
Señalaba un cuadro viejo y mal colocado que estaba apoyado contra la pared, como si hubiera sido olvidado allí hacía mucho tiempo. Me acerqué y ella hizo lo mismo. Alma lo giró ligeramente para observar el reverso y se quedó paralizada. Su expresión cambió por completo en un instante.
—No… —susurró, palideciendo.
Detrás del marco se alcanzaba a leer una inscripción grabada. Era un nombre y un apellido: el de su madre. El aire en la habitación volvió a cambiar de golpe, pero esta vez la tensión no tenía nada que ver con el deseo.
Alma me miró con una mezcla de impacto y sospecha en el rostro, desprovista de cualquier atisbo de provocación.
—¿Qué significa esto?
No respondí, principalmente porque yo tampoco tenía la menor idea de qué hacía eso allí. Y eso, sin duda, era lo peor de todo.
Cuando se marchó minutos después, sin llegar a despedirse realmente, la casa recuperó su silencio sepulcral. El jazz seguía sonando bajo y la luz cálida iluminaba el salón, mostrando un orden que ahora se sentía falso.
Me apoyé en la encimera, justo en el lugar donde ella había estado sentada, y descubrí que todavía podía sentir su presencia demasiado reciente.
Fue entonces cuando entendí algo con absoluta claridad: yo ya no estaba eligiendo esto, sino que esta situación me estaba eligiendo a mí. Y por primera vez en mi vida, no estaba seguro de querer resistirme; ya no sabía si mi papel era protegerla o perderme por completo en ella.