Jefa, no me provoques Capítulo 13
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Capítulo 13

Alma

Me desperté como si me hubiera pasado por encima un camión.

No había dormido bien; en realidad, no había dormido nada.

Había pasado la noche entera atrapada en un bucle mental bastante peligroso que incluía el beso, las manos de Lukas en mi cintura, su respiración contenida contra la mía y la forma en que había pronunciado mi nombre justo antes de rendirse.

Y lo peor de todo no era eso. Lo peor era que me gustaba recordarlo.

Me incorporé en la cama y me quedé mirando fijamente al techo.

— Perfecto —murmuré para mis adentros—. Genial. Maravilloso. Estoy oficialmente estropeada.

Al poco tiempo, Candela entró en mi casa sin avisar, demostrando una vez más que poseía una especie de llave emocional universal. Traía café en las manos y lucía esa expresión suya tan característica de «sé exactamente lo que has hecho y voy a disfrutarlo».

—Tienes cara de haber besado al alemán —dijo directamente, sin anestesia.

—No sé de qué hablas —respondí, intentando mantener la compostura.

Se sentó en mi sofá con calma.

—Alma, llevas veinte minutos sonriendo a una tostada.

Miré el plato, luego la tostada y finalmente me giré hacia ella.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es.

—Es un efecto del gluten —argumenté en un vano intento de recomponerme.

Candela le dio un sorbo a su café, sin apartar sus ojos de los míos.

—Claro. El gluten ahora besa mal a ejecutivos alemanes.

La odié un poco. Con mucho cariño, pero en ese momento la odié.

Al llegar a la empresa, el ambiente se sentía extraño. No era incómodo, sino algo mucho peor: cuidadosamente incómodo, como si alguien hubiera cambiado el aire acondicionado por una densa capa de tensión emocional.

En cuanto entré en mi planta, noté inmediatamente las miradas de los demás.

No eran directas, sino disimuladas, lo que las volvía aún más molestas.

Bruno estaba apoyado en la máquina de café, con una postura que sugería que esperaba el momento exacto de mi destrucción social, mientras Paula fingía trabajar demasiado concentrada y Sergio evitaba incluso respirar fuerte.

Iván me saludó con una energía que me resultó excesiva para esas horas de la mañana.

—Buenos días, jefa.

—No me llames así hoy.

—Eso suena a resaca emocional —replicó él, arqueando una ceja.

—No es tu problema.

—Todo en esta empresa es mi problema.

Genial. Simplemente genial.

Lo vi antes de que él se percatara de mi presencia.

Lukas caminaba por el pasillo vistiendo un traje oscuro y una camisa impecable cuyas mangas llevaba ligeramente remangadas, como si hubiera decidido que la perfección podía ser flexible, pero solo en los brazos.

Su rostro lucía serio, demasiado serio, como si entre nosotros no hubiera pasado absolutamente nada la noche anterior.

Pero era mentira. Me miró apenas un segundo, solo uno, pero fue suficiente para que yo dejara de respirar otra vez.

— Mierda —susurré.

Bruno, que estaba al lado mío, sonrió de oreja a oreja.

—Esto es oro puro.

—Cállate.

—No puedo —confesó—. Esto alimenta mi espíritu.

Me senté con Candela y el resto del circo habitual. Bruno seguía exhibiendo su insoportable nivel de energía, Paula lo analizaba todo como si preparase un caso judicial, Sergio bebía café como si le faltara el oxígeno e Iván grababa contenidos para TikTok que yo prefería no entender.

—Os juro que parecéis divorciados ricos —comentó Bruno entre risas.

—Bruno, cállate —le pedí sin mirarlo.

—No puedo. Esto es una maravilla.

Candela me observó de reojo.

—Está disfrutando demasiado.

—Porque es un imbécil.

—No —corrigió ella—. Es porque tú estás evitando mirar hacia la puerta.

No lo estaba haciendo. O bueno, tal vez sí, un poco. En ese instante la puerta se abrió y se produjo un silencio inmediato en la sala. Lukas entró y me pareció que la temperatura del lugar bajaba medio grado de golpe. Del susto, me atraganté con el café. Literalmente.

Candela me dio un golpe seco en la espalda para ayudarme.

—Respira, alma en pena.

—Estoy respirando —dije con dificultad.

—Estás sufriendo.

—No.

Pero sí, en el fondo sí lo estaba haciendo.

Lukas se acercó a mí de forma directa, sin rodeos, como si no existiera nadie más en el mundo.

—Necesito hablar contigo —me dijo con voz firme.

Bruno soltó un sonido extraño a mis espaldas.

—Qué amenaza más romántica —murmuré.

Lukas me ignoró por completo y yo me levanté de la silla. Candela me miró fijamente como si estuviera presenciando el capítulo final de una serie en directo.

—Esto va a acabar mal —susurró.

—No es tu problema —le respondí.

—Todo en tu vida es mi problema.

Genial otra vez.

Su despacho me recibió con un ambiente demasiado silencioso, demasiado ordenado, demasiado él. En cuanto la puerta se cerró, el mundo exterior pareció desaparecer, reduciéndose a dos personas que cargaban con un historial reciente demasiado pesado.

—Lo de anoche fue un error —declaró Lukas de golpe.

—Perfecto —respondí, cruzándome de brazos—. Me encantan los errores.

Su mandíbula se tensó al instante.

—Alma.

—¿Qué? ¿Ahora vamos a fingir que no pasó nada?

—Trabajamos juntos —argumentó, intentando apelar a la lógica.

—Y aun así me besaste contra un escritorio.

El silencio que siguió a mis palabras no fue un vacío, sino un terreno peligroso. Lukas se pasó una mano por la cara, visiblemente frustrado.

—No vuelvas a recordarme eso si quieres que conserve la cordura.

Sonreí. Fue un error por mi parte; una respuesta provocadora, automática e irreversible.

—¿Cordura? —repetí con ironía—. Llegas tarde a eso.

Se acercó a mí. Demasiado. Otra vez. Y el aire entre los dos cambió por completo.

—No me pongas a prueba —advirtió, bajando el tono de voz.

Mi pulso falló, pero me obligué a no dar un paso atrás.

El momento estaba a punto de romperse una vez más.

Sus ojos bajaron de golpe hacia mi boca y yo hice exactamente lo mismo.

Un error doble. Lukas levantó una mano hacia mí y, justo cuando la distancia estaba a punto de desaparecer, la puerta se abrió de par en par.

—Perdón, señor Schneider, pero…

Era Noelia. La pausa fue inmediata y la separación instantánea, demasiado rápida y evidente como para disimularla. Noelia nos miró a los dos y un silencio incómodo, insoportablemente incómodo, se instaló en el despacho.

—He… he traído los informes —tartamudeó lentamente.

—Déjalos ahí —respondió Lukas, recuperando su tono serio y profesional.

Noelia obedeció de inmediato, pero su mirada antes de salir decía con total claridad que sabía que allí estaba pasando algo. En cuanto nos quedamos solos, la atmósfera se volvió aún peor. Lukas evitaba mirarme y yo a él. Bueno, eso último era mentira; yo no podía apartar los ojos de él.

El caos estalló poco después, pero no solo en ese despacho, sino en toda la empresa.

Bruno corría por los pasillos esparciendo teorías conspiranoicas, Paula analizaba los registros del sistema, Sergio hablaba apresuradamente con seguridad informática e Iván continuaba grabando un contenido que bien podía arruinar su carrera o hacerlo millonario.

Candela me interceptó y me arrastró hacia un lado.

—Hay rumores —me soltó a bocajarro.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti y el alemán.

—No hay nada.

—Claro.

—No hay nada serio —maticé.

Se hizo un breve silencio y me miró con fijeza.

—Eso no lo has dicho muy convencida.

Más tarde, mientras revisaba una vieja documentación en el despacho de mi padre, noté que algo no encajaba.

Todo estaba demasiado bien, demasiado limpio, demasiado antiguo.

Al examinar los archivadores con detenimiento, me percaté de que alguien había entrado a buscar archivos; no recientes, sino viejos, de una época muy anterior.

Me quedé completamente quieta. El aire volvió a cambiar a mi alrededor, pero esta vez no tenía nada que ver con Lukas.

Era una sensación distinta, algo mucho más oscuro.

Abrí una carpeta desgastada por los años y la vi: una fotografía antigua de mi madre, joven y sonriente.

Sin embargo, lo que me heló el pecho fue notar que el hombre que estaba a su lado tenía la mitad de la cara arrancada de la imagen. Literalmente.

—No… —susurré, quedándome sin aire.

Y por primera vez desde que había comenzado todo esto, sentí un miedo real y profundo.

Sostuve la foto entre mis manos temblorosas, sin saber qué hacer. La situación ya no se limitaba a Lukas, ni a la empresa, ni al beso, ni al caos que estaba destruyendo mi lógica por completo. Esto era algo más antiguo, más profundo y totalmente intencionado.

Y mientras contemplaba el rostro borrado de aquel hombre junto a mi madre, solo una certeza cruzó mi mente: alguien no quería que supiera la verdad.