Jefa, no me provoques Capítulo 12
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Capítulo 12

Lukas

No dormí absolutamente nada después de la gala benéfica. Y esta vez no era una forma de hablar.

El cuerpo arrastraba un cansancio físico notable y el cerebro acusaba las horas de análisis de código, sí.

Pero había algo mucho más potente bullendo bajo mi piel que me impedía conciliar el sueño en la cama de mi apartamento: Alma Medina.

Su mirada desafiante bajo la luz de los faroles de la terraza, la suavidad de su espalda desnuda bajo la palma de mi mano y la forma deliciosamente desesperada en que no se apartó cuando rompí la distancia.

Y lo peor de todo, lo que verdaderamente me destrozaba los nervios, era la certeza matemática de que si Héctor no hubiera aparecido en ese preciso segundo…

yo habría cruzado una línea profesional de la que jamás se regresa.

Me pasé toda la mañana en mi despacho revisando informes de logística europea sin llegar a procesar una sola de las cifras.

Intentaba con todas mis fuerzas recuperar el control férreo de siempre; intentaba convencerme de que seguía siendo el mismo hombre analítico e imperturbable que desembarcó en Málaga semanas atrás.

Fracaso absoluto. Porque el problema ya no era puramente físico o un asunto de mera tensión química; era algo mucho peor, algo que se filtraba en el plano emocional. Y eso, sencillamente, era un escenario que yo jamás preveía en mis planes de contingencia.

La reunión de seguimiento con los inversores europeos dio comienzo con quince minutos de retraso por cuestiones técnicas.

Todo salía de la peor manera posible, como si el universo entero se estuviera mofando directamente de mi planificación germánica.

Pantallas de videoconferencia parpadeando, traductores jurados ajustándose los auriculares, gráficos financieros proyectados en las paredes y una tensión ambiental asfixiante.

Porque ella, fiel a su estilo, llegó tarde. Otra vez.

La puerta de madera de la sala de juntas se abrió con un golpe seco pero elegante.

Y por ella entró Alma Medina. Llevaba el pelo ligeramente desordenado, una taza de café humeante en la mano y una sonrisa que parecía gritarle al mundo que nadie en este planeta tenía el derecho legítimo de exigirle puntualidad horaria.

Y en ese preciso instante, mientras la veía sentarse frente a mí, procesé un pensamiento con absoluta e inapelable claridad: “Voy a perder la cabeza por culpa de esta mujer”.

Se sentó en su silla ejecutiva, clavó sus ojos verdes en los míos a través de la mesa y la temperatura de la sala cambió de golpe. Siempre de la misma manera; siempre con la misma intensidad destructiva.

La reunión se convirtió desde el primer minuto en un desastre controlado.

O al menos, eso intentamos aparentar ante los socios extranjeros.

Alma intervenía con su habitual agresividad comercial; yo respondía aplicando la fría lógica de costes.

Ella soltaba una provocación velada entre líneas; yo contraatacaba con un argumento técnico irrebatible.

Ella esbozaba esa maldita sonrisa suya; y yo sentía cómo perdía la paciencia y el control por segundos.

Nadie en aquella mesa, por muy concentrado que estuviera en los flujos de caja, parecía capaz de ignorar lo que estaba sucediendo a la vista de todos.

La tensión que llenaba el espacio no tenía absolutamente nada de profesional; era una energía completamente distinta, mucho más peligrosa y primitiva.

—Las proyecciones de riesgo que ha presentado el señor Schneider son excesivamente conservadoras para el mercado actual —disparó Alma, mirándome fijamente por encima de su Tablet.

—Y las tuyas son un absoluto suicidio financiero a medio plazo, Alma —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

—Funcionan perfectamente en el modelo francés, Lukas.

—A corto plazo, tal vez. A largo plazo es una estrategia insostenible.

—Eso es sumamente discutible, alemán.

Ella sonrió. Esa sonrisa de suficiencia. Otra vez. La misma idéntica expresión que lograba desarmar toda mi estructura mental con una facilidad pasmosa.

Al otro lado de la mesa de juntas, Paula se inclinó disimuladamente hacia el oído de Candela, pensando que el ruido de los traductores taparía su voz.

—O estos dos se acuestan de una santa vez antes del viernes —susurró Paula— o vamos a presenciar una explosión nuclear en mitad de la oficina.

Candela ni siquiera apartó la vista de sus anotaciones, manteniendo una sonrisa de oreja a oreja.

—Yo ya he comprado palomitas en el supermercado, Paula. Esto es mejor que el cine.

Me tensé notablemente en mi asiento, apretando el bolígrafo entre los dedos. No eran imaginaciones mías fruto del cansancio. Todo el comité de dirección lo veía; era un secreto a voces en toda la planta ejecutiva.

Horas más tarde, el eje de la jornada cambió por completo. Y no por cuestiones relativas a la facturación de la empresa, sino por ella.

Bruno entró en mi despacho sin llamar, con una alerta de seguridad parpadeando en rojo vivo en su Tablet.

Uno de los archivos históricos encriptados de la administración fundacional había vuelto a ser modificado de forma remota.

El mismo patrón de acceso. El mismo origen IP oculto.

Y esta vez, debido a que estábamos compartiendo el monitor de red, Alma lo vio al mismo tiempo que yo.

Su expresión facial cambió por completo en el microsegundo exacto en que procesó los datos de la pantalla.

No fue una reacción de rabia corporativa; no fue la habitual frustración de una ejecutiva ante un fallo de seguridad.

Era algo infinitamente más alarmante: miedo.

Miedo real, puro y descarnado, reflejado en sus pupilas por primera vez desde que la conocía.

Se quedó en un silencio absoluto, un silencio espeso que inundó el despacho. La vi cerrar la tapa del portátil con una lentitud casi agónica, tomar una bocanada de aire temblorosa e intentar, de forma infructuosa, recomponer su postura de jefa implacable. Fracaso absoluto.

—Odio con todas mis fuerzas no entender qué demonios está pasando a mi alrededor —admitió con la voz apagada, mirando hacia el ventanal.

Me levanté de mi silla y me acerqué a ella, acortando la distancia física hasta situarme al lado de su hombro.

—Lo descubriremos juntos, Alma. Te lo aseguro.

—¿Y si lo que descubro al final de todo esto es algo horrible, Lukas? ¿Algo que lo cambie todo?

Silencio. La miré directamente a los ojos, despojándome por un momento de todas mis defensas diplomáticas, de mis filtros de seguridad y de mis barreras de contención.

—Si eso ocurre —dije con total solemnidad—, ten por seguro que no tendrás que enfrentarte a ello tú sola.

Aquella frase pareció romper la última línea de su resistencia interior. Lo vi con total claridad en el sutil temblor de sus labios durante un breve segundo. Porque en ese instante exacto, Alma Medina dejó de fingir que era una mujer de hierro.

La oficina se quedó completamente vacía al caer la noche.

Solo quedábamos nosotros dos en la planta ejecutiva, rodeados por el sonido rítmico de la lluvia de tormenta golpeando con fuerza contra los enormes ventanales de cristal, como si el agua quisiera abrirse paso hacia el interior del edificio.

Las luces generales estaban apagadas; solo la iluminación tenue de las mesas de escritorio permanecía encendida, otorgándole a la estancia un aire íntimo, silencioso y sumamente peligroso.

Alma estaba de pie junto al gran ventanal, contemplando la tormenta sobre Málaga con los brazos cruzados sobre el pecho. Se veía inquieta, hermosa de una forma dolorosa y destructiva, insoportablemente presente en cada rincón de mi mente.

Me acerqué a ella por la espalda, minimizando el ruido de mis pasos. Ella no se giró ni se sobresaltó; la estática de la habitación ya le había advertido de mi cercanía. Sabía perfectamente que estaba allí, a escasos centímetros de su espalda.

—Tienes que dejar de mirarme de esa manera, Lukas —dijo, con la voz apenas superior a un susurro que competía con el trueno lejano.

—¿De qué manera exactamente?

—Como si estuvieras calculando los riesgos de cometer una auténtica locura conmigo.

Me detuve justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor emanando de su cuerpo.

La lluvia intermitente iluminaba su reflejo perfecto en el cristal templado del ventanal.

Y en ese mismo reflejo, vi algo que ya no podía seguir negándome a mí mismo: deseo puro, el control completamente roto y una necesidad que rozaba la locura.

Levanté la mano derecha con una lentitud casi litúrgica y posé la palma sobre su cintura. Su cuerpo entero reaccionó al instante con un sutil espasmo eléctrico ante el contacto, pero, lejos de apartarse o de imponer distancias, se recostó sutilmente contra mi pecho.

Ese fue, de forma matemática e inapelable, el punto de no retorno para los dos.

Llevé la otra mano hacia su rostro, deslizando los dedos por la línea perfecta de su mandíbula con una suavidad extrema. Muy despacio. Alma inspiró hondo, un aire tembloroso que delató la velocidad de sus pulsaciones.

—Esta es tu última oportunidad real para detenerme, Alma —murmuré, con mi boca a milímetros de su oreja.

Ella giró la cabeza despacio en el hueco de mis manos, haciendo que sus ojos verdes se clavaran directamente en los míos con una determinación feroz.

—Cállate la boca de una vez y bésame, Schneider —sentenció.

Y en esa décima de segundo se acabó todo. Absolutamente todo. La lógica, el control de daños, la distancia profesional, el decoro corporativo y el mundo entero exterior. Y la besé.

Fue un impacto inmediato, desesperado, cargado con toda la energía que habíamos estado conteniendo a la fuerza desde el primer maldito día que cruzamos las miradas. Como si toda la tensión acumulada en las salas de juntas, en los pasillos y en los hoteles explotara de golpe en mitad de la oficina.

El contacto de su boca contra la mía transformó algo irreversible en mi interior.

Mi mano derecha se aferró a su cintura con mucha más fuerza, atrayéndola contra mi cuerpo sin dejar un solo milímetro de separación; la suya subió directa a mi cuello, agarrando la tela de mi camisa con desesperación, como si fuera el único punto de estabilidad en mitad de un terremoto.

Y perdí el control por completo. De verdad. Por primera vez en mi vida adulta, la estructura se derrumbó.

La empujé con suavidad, pero con una firmeza incontestable contra el borde del escritorio de madera que quedaba justo detrás de ella.

Sin un ápice de violencia, pero desprovisto de cualquier atisbo de contención.

Alma soltó un leve jadeo ahogado contra mis labios al sentir el impacto de la madera, y ese sonido funcionó como pura gasolina sobre el fuego de mis entrañas.

Mis manos recorrieron las curvas de su cuerpo con una urgencia que no reconocía en mí mismo; su respiración se rompía en pequeños suspiros entre beso y beso, y los suyos eran igual de intensos, igual de hambrientos, igual de desesperados que los míos.

La tormenta exterior parecía haber retrocedido a mil kilómetros de distancia; todo lo demás dejó de tener la más mínima existencia real.

Solo existía ella. Solo existíamos nosotros dos en mitad de la penumbra.

Solo ese preciso momento que la lógica dictaba que jamás debería haber ocurrido…

pero que ya no tenía ninguna vía de vuelta atrás.

Alma tiró con fuerza de las solapas de mi chaqueta, atrayéndome aún más hacia abajo, como si todavía fuera físicamente posible acortar la distancia.

Y entonces, el universo decidió recordarnos de la forma más brutal que seguíamos dentro de Medina Global Tech .

Una alarma electrónica. Aguda, ensordecedora, cortante.

El sistema de seguridad de la planta ejecutiva se activó de golpe, inundando el despacho con un pitido estridente que atravesó el silencio como una cuchilla afilada.

Nos separamos de inmediato, rompiendo el contacto como si nos hubiera alcanzado un rayo.

Estábamos jadeando, con la respiración completamente desbocada, mirándonos fijamente a los ojos con las pupilas dilatadas, como si no lográramos procesar el lugar exacto en el que nos encontrábamos.

La realidad corporativa regresó con una violencia atroz.

Las pantallas de los monitores de mi mesa se encendieron de forma automática, proyectando líneas de código de seguridad; las luces de emergencia parpadeaban en los pasillos y el sistema de audio integrado emitió la señal de conexión remota de Bruno desde su domicilio.

Voces en los canales de seguridad. Alguien había vuelto a reventar el cortafuegos de la base de datos central. Otro hackeo masivo. Otra vez.

Alma seguía a escasos centímetros de mi cuerpo, apoyada contra el borde de la mesa, con la respiración desordenada y los labios notablemente hinchados por la intensidad de nuestros besos.

Y yo… yo intentaba con todas mis fuerzas recordar cómo demonios se articulaban las palabras en castellano sin que se me notara el temblor de la adrenalina.

Me pasé una mano por la cara, resoplando con fuerza para intentar enfriar la cabeza. Miré el monitor parpadeante y luego la miré a ella.

—Esto contigo… empieza a ser un problema verdaderamente serio, jefa —murmuré con la voz rota.

Alma me clavó sus ojos verdes, todavía brillantes por la excitación del momento, y optó por no decir nada. Pero en la profundidad de su mirada lo vi con una claridad meridiana: ya era demasiado tarde para los dos.

Mientras el entramado informático de la empresa colapsaba en mitad de un caos de alarmas y llamadas de emergencia a nuestro alrededor, Alma no apartó los ojos de los míos ni un solo instante. Y yo tampoco fui capaz de romper el contacto visual con ella.

Y por primera vez desde que puse un pie en España, entendí con absoluta certeza que el verdadero peligro geopolítico de esta misión no era el hackeo industrial. Ni la quiebra de la empresa. Ni los secretos oscuros del pasado de la familia Medina.

El verdadero peligro residía en el hecho indiscutible de que cada vez que me acercaba a esa mujer… perdía una parte fundamental de mi estructura mental, una parte de mí que, para colmo de males, no tenía la más mínima intención de volver a recuperar.

Y, aun así, con las alarmas sonando de fondo, descubrí que lo único que deseaba en este mundo era volver a estrecharla contra mí.