Jefa, no me provoques Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Con qué cara exactamente, Alma?

—Como si quisieras iniciar una discusión conmigo… o como si quisieras desnudarme directamente sobre esta barandilla.

Silencio sepulcral. La mandíbula de Lukas se tensó de forma visible, marcando el músculo. Dio un paso hacia mí, saliendo de las sombras.

—Ambas opciones son peligrosamente tentadoras ahora mismo —respondió con una voz que era puro fuego líquido.

Mi respiración falló por completo un segundo. Solo uno, pero fue el golpe de gracia. Di un paso hacia él, abandonando cualquier estrategia de defensa, cualquier atisbo de cordura empresarial. Me moví por puro impulso primario.

—Te estás volviendo peligrosamente posesivo, alemán —dije, alzando la barbilla.

—Y tú sigues provocándome de forma sistemática, jefa.

—Quizá es que me gusta ver cómo se rompe tu preciosa fachada de robot.

Aquello terminó de quebrar la última línea de contención que le quedaba. Lo vi en sus ojos grisáceos; no fue una ruptura total, pero sí lo suficiente para que la fiera saliera a la superficie.

—Eso no ayuda en absoluto —murmuró, con la voz rota.

—¿A qué no ayuda?

Lukas no se molestó en responder con palabras.

En lugar de eso, dio un paso fulminante hacia mí y luego otro, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos a la nada más absoluta.

El aire desapareció. Su mano derecha se posó con firmeza en la base de mi cintura descubierta, su piel cálida entrando en contacto directo con la seda de mi vestido.

Sentí un temblor violento recorrer mi espina dorsal, un escalofrío que me fue físicamente imposible controlar. Y él lo notó al instante. Lo supe porque su propia respiración cambió de golpe, volviéndose pesada, errática, sumamente humana.

Nos quedamos en esa postura durante unos segundos eternos.

Sin hablar, sin movernos, simplemente devorándonos con la mirada en mitad de la noche malagueña.

Y en mitad de aquel silencio espeso, entendí con una claridad meridiana que aquello ya no era un juego de oficina.

Ya no era una simple provocación para ver quién cedía primero.

Era algo infinitamente más grande, oscuro e irreversible.

Lukas inclinó la cabeza milimétricamente hacia mis labios. Y yo, lejos de apartarme o de recordar los estatutos de la empresa, cerré los ojos y me incliné hacia él.

Y entonces, la realidad nos pasó por encima con la sutileza de un tren de mercancías.

—¡Alma!

La voz de mi padre resonó desde el umbral de las puertas de la terraza. Su tono era urgente, cortante, desprovisto de cualquier etiqueta social.

La burbuja se rompió con un estrépito ensordecedor.

Me aparté de Lukas con un movimiento torpe y demasiado rápido, el corazón golpeándome las costillas con violencia mientras intentaba regular mi respiración.

Lukas tardó un segundo completo en recomponerse, un segundo dolorosamente humano en el que se pasó la mano por la corbata de lazo, recuperando su máscara de piedra a marchas forzadas.

—Tenemos una incidencia grave con los documentos de la auditoría francesa —dijo la voz de mi padre desde la entrada, impasible—. Ven a la sala reservada. Ahora mismo.

Cerré los ojos con fuerza un instante, maldiciendo al universo entero, a la logística portuaria y a mi propio apellido.

Cuando los abrí, Lukas seguía clavándome la mirada en mitad de la terraza.

Como si el mundo a nuestro alrededor no se hubiera quebrado; como si la electricidad de nuestro casi beso siguiera suspendida en el aire como una neblina densa.

Di un paso hacia atrás, sin apartar los ojos de los suyos. Luego otro. Me di la vuelta y regresé al interior del salón climatizado sin mirar atrás.

Horas después, la gala seguía su curso monótono. Mi cuerpo seguía funcionando en modo automático: sonriendo a los alcaldes, respondiendo a las dudas de los analistas de mercado y apareciendo exactamente en los corrillos donde la heredera de Medina debía hacer acto de presencia.

Pero por dentro… por dentro yo no estaba allí en absoluto. Cada vez que parpadeaba durante más de un segundo, volvía a sentir la presión exacta de su mano firme sobre mi cintura desnuda. Volvía a escuchar el tono de su voz, demasiado bajo, demasiado cerca, demasiado letal para mi cordura.

Al final de la noche, justo antes de abandonar el recinto, busqué su silueta desde el otro lado del gran salón. Lukas me observaba en silencio absoluto, inmóvil junto a la salida, sin apartar los ojos de mí ni una sola vez.

Y ahí, con una copa vacía en la mano y el ruido de fondo de las últimas despedidas de la élite, comprendí una verdad profundamente incómoda: ese hombre no iba a desaparecer de mi vida.

Ni aunque yo se lo exigiera, ni aunque él mismo lo intentara, ni aunque los cimientos de la empresa saltaran por los aires.

Sostuve la copa con fuerza, sintiendo el corazón completamente desordenado, y una única certeza se instaló en mi cabeza con la fuerza de un axioma: Lukas Schneider iba a acabar conmigo. Y lo peor de todo era que no me importaba en absoluto.