Jefa, no me provoques Capítulo 11
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Capítulo 11

Alma

Candela entró en mi piso como si estuviera liderando una operación de comando militar de las fuerzas especiales.

—Hora de la transformación —anunció, tirando su bolso sobre el sofá.

Yo estaba en ropa interior en mitad del dormitorio, mirando el vestido negro colgado de la percha como si se tratara de una decisión geopolítica crucial para mi salud mental.

—Candela, esto es demasiado —dije, señalando la prenda.

Ella se giró muy despacio, mirándome de arriba abajo con severidad.

—¿Demasiado para qué exactamente, Alma? ¿Para la gala benéfica de tu propia empresa o para sobrevivir emocionalmente a los dos metros de alemán que te esperan allí?

—No mezcles conceptos profesionales con delirios personales, por favor.

—Es exactamente el mismo concepto y lo sabes perfectamente.

Suspiré y me di por vencida. El vestido era una auténtica locura de la alta costura.

Negro, elegante, confeccionado en un tejido que se ceñía a mis curvas como una segunda piel.

La espalda quedaba completamente descubierta hasta la base de la columna y la abertura lateral de la falda bordeaba peligrosamente el límite de lo legal en un evento corporativo de alto copete.

Candela lo descolgó de la percha con una reverencia casi mística.

—Esta noche vas a destruir vidas enteras, jefa.

—Solo una concretamente —murmuré entre dientes.

—Perfecto entonces. Procedamos con el maquillaje de guerra.

La miré reflejada en el espejo con un cansancio infinito.

—¿Desde cuándo vestirse para una gala se ha convertido en una misión de infiltración?

—Desde el momento exacto en que empiezas a respirar de forma errática cada vez que Lukas Schneider entra en una habitación.

—Yo no respiro raro.

—Respiras exactamente como alguien que acaba de descubrir el deseo puro y se ha dado cuenta de que viene sin manual de instrucciones de fábrica.

No respondí. Principalmente porque su diagnóstico era peligrosamente preciso.

Cuando el coche me dejó en las puertas de la gala, Málaga parecía una ciudad completamente distinta.

El palacete elegido para el evento estaba iluminado como si intentara convencer al mundo entero de que la perfección estética existía.

Coches de gran cilindrada aparcados en fila, el destello constante de los flashes de los fotógrafos, bandejas de plata cargadas con copas de champán y cientos de sonrisas corporativas falsas tapando negocios millonarios disfrazados de caridad cristiana.

Entré en el gran salón principal. Y en ese mismo instante, el mundo entero se redujo a un solo punto focal. Porque lo vi.

Lukas Schneider estaba allí. Llevaba un esmoquin oscuro cortado a medida, una postura impecable de manual diplomático y la mandíbula rígidamente tensa mientras escuchaba a un grupo de inversores británicos. Sostenía una copa de champán en la mano, pero no bebía. Y entonces, giró la cabeza y me vio.

Fue una reacción inmediata. Literal. Como si alguien en la sala hubiera pulsado el botón de silenciar el ruido del entorno.

Lukas dejó de respirar; lo vi con una claridad meridiana desde la distancia.

Su mano se detuvo a mitad de un gesto, congelada en el aire.

Su mirada grisácea se clavó en mi cuerpo, recorriendo la seda negra, la abertura de la falda, mi cuello descubierto…

Y todo su maldito y legendario control se rompió en mil pedazos durante un único segundo.

Solo uno. Pero fue más que suficiente. Suficiente para hacerme sentir un vuelco en las entrañas que intenté negar con todas mis fuerzas.

Gael, que estaba a su lado devorando un canapé, se percató instantáneamente de la escena. Miró la dirección de sus ojos, me miró a mí, volvió a mirar a Lukas y esbozó una sonrisa de absoluto deleite, como si estuviera presenciando el mejor estreno cinematográfico del año.

—Oh, amigo mío —le escuché decir a Gael gracias a la acústica del salón—, estás absoluta y gloriosamente jodido.

—Cállate la boca —respondió Lukas sin apartar los ojos de mí ni un milímetro.

—No puedo. Esto es jodidamente digno de ver.

Me acerqué al grupo balanceando las caderas con una parsimonia ensayada, fingiendo una normalidad profesional que no sentía. Pero noté perfectamente cómo el peso de los ojos de Lukas me seguía a cada paso, quemándome la piel descubierta de la espalda. Demasiado. Aquello era demasiado.

La gala avanzó convirtiéndose en un caos de lo más elegante.

Empresarios dándose palmaditas en la espalda, inversores calculando riesgos en mitad de conversaciones superficiales y yo, en mitad de todo aquel teatro, sonriendo cuando tocaba, analizando los movimientos de la competencia y jugando mis cartas corporativas.

Pero sin lograr desprenderme de la quemadura de su mirada cada vez que cambiaba de sector en el salón.

En un momento de la noche, un inversor de los fondos de inversión madrileños se acercó a mí con una copa de más y una seguridad en sí mismo que rozaba la impertinencia.

—Señorita Medina —dijo, recorriendo mi escote con ojos lascivos—, es un auténtico placer conocerla en persona, por fin.

—El placer es exclusivamente suyo, caballero —respondí con mi habitual sonrisa afilada.

Hubo risas forzadas entre los presentes y el tintineo de las copas al brindar. El hombre, sin embargo, no se dio por aludido y dio un paso más hacia mi espacio personal. Y entonces, de forma sutil, su mano se posó en mitad de mi espalda descubierta.

Fue un gesto mínimo, aparentemente profesional para guiarme hacia la barra, pero demasiado lento. Demasiado intencionado. La piel se me erizó de pura incomodidad.

Antes de que pudiera activar mi arsenal de respuestas cortantes para retirarle la mano de un bofetón verbal, Lukas apareció de la nada a mi lado. Silencioso, frío, imponente. Una presencia que congeló la sonrisa del madrileño al instante.

—Creo que la señorita Medina ya ha sido suficientemente entretenida por esta noche, caballero —dijo Lukas, con una voz tan gélida y cargada de una amenaza latente que ponía los pelos de punta.

El inversor parpadeó, intimidado por la estatura y la mirada de asesino en serie de Lukas.

—Solo estábamos conversando, Schneider…

—Lo sé —sentenció Lukas, dando un paso imperceptible que me colocó físicamente detrás de su hombro—. Por eso he dicho que la conversación ha terminado.

Silencio tenso. El hombre retiró la mano de mi espalda como si se hubiera quemado con un cable de alta tensión, murmuró una disculpa incomprensible y se marchó perdiéndose entre la multitud sin rechistar.

Me crucé de brazos, mirándolo de reojo mientras el calor de mi cuerpo regresaba a su sitio.

—Sé defenderme perfectamente sola, alemán. No necesito caballeros andantes.

Él se giró hacia mí despacio. Su mirada bajó un segundo hacia mis labios y su voz descendió varios octavos, volviéndose peligrosamente íntima.

—Lo sé perfectamente, jefa. Y ese es, precisamente, el centro de mi problema.

Silencio. Un silencio cargado, espeso, casi obsceno por todo lo que callábamos en mitad de un salón lleno de gente. Demasiada electricidad acumulada para dos personas que fingían ser meros socios comerciales.

La subasta benéfica dio comienzo poco después en el escenario principal.

Luces cálidas atenuadas, música de cámara sonando de fondo y el dinero cambiando de manos entre la élite como si fuera papel mojado.

Yo pujaba mecánicamente cuando tocaba por orden de mi padre, pero mi mente no estaba allí en absoluto.

Porque Lukas se había colocado en la otra punta de la gran sala, apoyado contra una columna de mármol, observándome sin el menor disimulo.

Como si le fuera físicamente imposible mirar hacia otro lado.

Y yo, para mi propia desesperación, hacía exactamente lo mismo.

Cada vez que un empresario me dirigía la palabra, mi atención se desviaba involuntariamente hacia su silueta oscura.

Cada vez. Sin una sola excepción. Era una conducta ridícula, obsesiva y flagrante ante los ojos de cualquiera que prestara un mínimo de atención.

Gael se me acercó de nuevo, sosteniendo una copa de champán limpia.

—Esto empieza a ser la cosa más divertida que he presenciado en todo el año —comentó, mirando al escenario.

—No tiene maldita la gracia, Gael.

—Oh, vamos, claro que sí. Mira a Lukas. Está a un segundo de iniciar una guerra diplomática solo por el vestido que llevas.

Miré hacia la columna. Error crítico. Porque Lukas me estaba clavando los ojos con una expresión que distaba mucho de ser neutral.

Era una máscara de control absoluto, pero de un control defectuoso, agrietado.

El tipo de control que se quiebra con estrépito justo un segundo antes de cometer un acto completamente irreversible.

Necesitaba oxígeno con urgencia. Dejé la copa sobre una mesa alta y salí desapercibida por las puertas acristaladas hacia la gran terraza exterior.

La noche de Málaga era un espectáculo aparte.

Las luces de la ciudad se reflejaban sobre las aguas oscuras del puerto, el aire de junio traía un calor suave de playa y la música de la gala se escuchaba lejana, casi amortiguada.

Respiré hondo, llenando mis pulmones, intentando calmar el ritmo desbocado de mi corazón.

Y entonces, antes incluso de escuchar sus pasos o de ver su silueta, sentí su presencia a mi espalda. La estática del aire me lo advirtió.

—Sabía perfectamente que estarías aquí fuera —dijo la voz de Lukas desde la penumbra.

No me giré de inmediato. Me apoyé en la barandilla de piedra, mirando al mar.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo estabas tan seguro, Schneider?

—Porque tienes la costumbre de huir cada vez que sientes que estás a punto de perder el control de la situación.

Me giré despacio para hacerle frente. Allí estaba. A menos de un metro de distancia. La luz mortecina de los faroles de la terraza recortaba sus hombros anchos y las líneas perfectas de su esmoquin. Impecable, frío, letal.

—¿Por qué me miras con esa cara desde hace horas? —pregunté, cruzándome de brazos en un vago intento de protección.