Capítulo 10
Lukas
Eran las dos y diecisiete de la madrugada cuando entendí, con absoluta frialdad, que Medina Global Tech estaba empezando a devorarme la vida por completo.
La planta ejecutiva estaba sumida en un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el zumbido constante y artificial de los servidores informáticos. Las luces frías de los fluorescentes de emergencia iluminaban los pasillos vacíos.
Y yo estaba allí, solo, una vez más, repasando las malditas filtraciones por cuarta vez en la noche.
Archivos de acceso, permisos antiguos de usuarios dados de baja, movimientos internos entre servidores…
Los patrones eran demasiado limpios para ser una simple casualidad técnica; eran demasiado inteligentes para tratarse de un error humano.
Me pasé una mano por la nuca, soltando un bufido de cansancio.
Aquello no era un sabotaje ordinario. Quienquiera que estuviese detrás conocía la arquitectura profunda de la empresa como si la hubiera diseñado él mismo.
Y eso era lo peor de todo. A los enemigos externos se los combate con cortafuegos; a los internos… a esos solo se los sobrevive.
De repente, el eco metálico del ascensor rompió el silencio de la planta. Después, el sonido de unos pasos. Unos pasos lentos, extraños. Descalzos.
Fruncí el ceño, dejando los informes sobre la mesa.
Cuando levanté la vista, la vi aparecer por el umbral de mi despacho.
Era Alma Medina. Llevaba el pelo completamente despeinado, una sudadera tres tallas más grande que ella y una taza de café tan descomunal que parecía rozar la ilegalidad sanitaria.
Caminaba descalza sobre la moqueta, con una parsimonia que daba a entender que las leyes de la gravedad y de la realidad corporativa no se aplicaban a su persona.
Me quedé mirándola fijamente durante un segundo demasiado largo. Y mi cerebro, en un acto de puro instinto de supervivencia, procesó una sola palabra: peligro.
—¿Tú no duermes nunca? —pregunté, rompiendo el silencio con mi voz rota por el cansancio.
Ella se acercó despacio, sin prisas, y dejó la enorme taza sobre mi mesa de escritorio con una familiaridad pasmosa, como si el despacho entero le perteneciera.
—¿Y tú qué? —contragolpeó ella—. ¿Tienes un idilio romántico con los balances nocturnos?
—Estoy intentando salvar la empresa, Alma.
Ella esbozó una leve sonrisa, cansada pero cargada de esa ironía tan suya.
—Y yo estoy intentando salvarte a ti de tus propias decisiones empresariales.
Levanté la ceja, recostándome en mi silla.
—No necesito que nadie me salve.
—Eso es exactamente lo que dicen todos los hombres que necesitan desesperadamente ser salvados —sentenció ella.
Silencio. Un silencio extrañamente cómodo, casi impropio para la hora y el lugar en el que nos encontrábamos. Y, aun así, para mi propia sorpresa, descubrí que no me molestaba en absoluto su presencia.
Se sentó en la silla de confidente a mi lado sin molestarse en pedir permiso. Se inclinó sobre la mesa, analizando la pantalla de mi ordenador, luego los informes impresos y, finalmente, clavó sus ojos verdes en mí.
—¿Qué demonios has encontrado, Lukas?
—Demasiadas cosas que no me gustan.
—Eso no es una respuesta válida para una Medina.
Tenía razón. Suspiré profundamente y giré el monitor hacia ella, dándole acceso completo a los datos. No lo hice porque confiara ciegamente en ella; yo nunca confiaba en nadie, sino porque necesitaba la agudeza de su mente. Y admitir eso ya era algo peligrosamente nuevo para mí.
Empezamos a revisar los permisos de seguridad uno a uno.
Alma tecleaba a una velocidad endiablada, demasiado rápido para alguien que supuestamente arrastraba el mismo cansancio que yo.
Yo me encargaba de señalar los patrones sospechosos y ella los conectaba en el mapa de red con una intuición asombrosa.
Trabajábamos en una tregua tácita, sin hablar más de la cuenta. Lo cual ya de por sí era un hito histórico, porque Alma Medina no sabía lo que significaba estar en silencio más de dos minutos seguidos.
Pero aquella noche estaba distinta. Centrada, analítica, fría. Casi peligrosa.
En un movimiento para alcanzar el teclado numérico, nuestros brazos se rozaron.
Una vez. Luego otra. Eran contactos mínimos, sutiles, de esos que no deberían tener la más mínima importancia en un entorno laboral, pero que en mitad de la noche importaban demasiado.
La miré de reojo; ella no apartó la vista de las líneas de código, pero noté perfectamente cómo su respiración se volvía un poco más lenta y pesada.
Bien. Al menos me consolaba saber que no era el único afectado por la estática del ambiente.
Seguimos cruzando datos durante otra hora, hasta que una línea de comandos específica encajó a la perfección. Detuve su mano sobre el ratón.
—Aquí —dije, señalando la pantalla—. Mira esto.
Alma se inclinó aún más hacia mí para ver el código. Demasiado cerca. Su pelo desordenado rozó mi brazo expuesto y su perfume inundó por completo el espacio que nos separaba. Intenté con todas mis fuerzas no reaccionar físicamente al olor de su piel. Fracaso absoluto.
—Estos accesos de administración… —murmuré, forzando a mi voz a mantener la profesionalidad— provienen de un paquete de permisos muy antiguo.
—¿Antiguos de cuánto tiempo exactamente?
—De la estructura fundacional del consejo directivo original. De la época de la fusión.
Alma dejó de teclear de golpe. El silencio regresó a la estancia, pero esta vez la atmósfera se volvió plomiza, casi irrespirable. Esas tres palabras lo cambiaban todo. Consejo. Directivo. Original. Viejas sombras del pasado familiar regresando para cobrarse sus deudas.
—Eso significa —dijo ella muy despacio, procesando la información— que el traidor lleva años sentado en las reuniones de mi padre.
—O que alguien actual tiene acceso directo a las credenciales de quien lleva años dentro —maticé.
Alma se echó hacia atrás en la silla, soltando un resoplido de pura frustración. Lo vi todo en su rostro: la tensión de su mandíbula, el brillo de rabia en sus ojos y cómo apretaba los puños contra el borde de la mesa de madera.
—No entiendo por qué todo esto me da tan mala espina —murmuró, mirando al vacío.
La miré fijamente, viendo por fin la grieta en su armadura de heredera perfecta.
—Porque sabes perfectamente que esto no son simples filtraciones de espionaje industrial, Alma.
—¿Qué crees que es entonces?
No respondí de inmediato. La respuesta que rondaba mi cabeza no era agradable, ni segura, ni corporativa.
—Creo que alguien está intentando destruir algo mucho más grande e importante que Medina Global Tech —dije finalmente.
Alma me miró a los ojos, buscando una mentira que no existía. Y por primera vez desde que la conocía en aquel restaurante de Málaga, no tuvo ninguna réplica ingeniosa que soltar.
Héctor convocó una reunión general a primera hora de la mañana. Demasiado temprano para las escasas dos horas que habíamos logrado dormir; demasiada tensión acumulada para la poca normalidad que le quedaba a la empresa.
El mensaje del patriarca fue directo y puramente de relaciones públicas: la gala benéfica anual se celebraba esa misma noche.
Inversores internacionales, empresarios del sector, figuras de la política local…
En resumen: control de daños e imagen pública.
Teníamos que demostrarle al mercado que el barco seguía a flote y sin vías de agua.
Alma escuchó las directrices de su padre en un silencio sepulcral, con los brazos cruzados.
Yo mantuve mi habitual máscara de piedra.
Pero ninguno de los dos estaba prestando atención real a los discursos logísticos sobre el champán y los fotógrafos; ambos seguíamos atrapados en las líneas de código de la madrugada.
En el mensaje. En el pasado. En el misterio que aún no lográbamos descifrar.
Cuando la reunión se disolvió y salimos al pasillo, Candela apareció de la nada como un torbellino emocional, armada con un fajo de revistas de moda de alta costura.
—Necesito a Alma ahora mismo —anunció, plantándose frente a mí con una mirada desafiante.
—¿Ahora eres su secuestradora oficial, Candela? —respondí, arqueando una ceja.
—Depende exclusivamente del corte del vestido, alemán.
Alma soltó un largo suspiro de cansancio.
—Chicas, por favor, estoy trabajando en los servidores.
—No estás trabajando —sentenció Candela, agarrándola del brazo—. Estás sobreviviendo por los pelos, que es muy distinto. Al vestidor. Ahora.
Me aparté unos pasos, dirigiéndome hacia mi despacho.
No porque quisiera perderlas de vista, sino porque mi mente me decía que era lo más prudente.
Sin embargo, cuando entré en mi oficina, la puerta no llegó a cerrarse del todo.
Escuché la conversación que mantenían en el pasillo adyacente.
Sé perfectamente que no debería haber escuchado, pero lo hice.
Escuché el siseo de las páginas de las revistas al pasar.
—Este vestido de seda dice claramente: «Soy una ejecutiva seria que puede comprar vuestras vidas» —comentó Candela.
—No quiero parecer seria esta noche, Candela —respondió la voz de Alma, teñida de un cansancio inusual.
—Bien. Este otro modelo dice: «Soy completamente intocable».
—Tampoco me convence.
—De acuerdo… —Hubo una pausa dramática por parte de Candela—. Este modelo de espalda descubierta dice: «Voy a arruinarle la estabilidad emocional a cierto hombre centroeuropeo para el resto de sus días».
Silencio. Un par de segundos de absoluta nada. Y entonces, escuché la voz de Alma, firme y decidida:
—Ese. Ponme ese.
Casi me atraganto con el sorbo de café que acababa de dar. Literalmente. Tuve que forzar una tos silenciosa detrás de la puerta para no delatarme, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Escuché la risa satisfecha y maliciosa de Candela.
—Lo sabía, jefa. Lo sabía.
Y Alma, sin tener la más mínima idea de que yo estaba al otro lado del tabique escuchando cada una de sus palabras, había vuelto a convertirse en un problema de dimensiones catastróficas. Mi problema.
Por la noche, Gael apareció en mi oficina. Como siempre, sin pedir permiso, sin llamar a la puerta y sin el más mínimo respeto por la estabilidad mental de nadie.
—Te estás volviendo un auténtico aburrimiento, Schneider —dijo, agarrándome del hombro para arrastrarme casi a la fuerza fuera del despacho.
—Estoy trabajando en la auditoría, Gael. Déjame en paz.
—No, amigo mío. No estás trabajando. Estás obsesionado hasta las trancas.
Le clavé una mirada que habría fulminado a cualquiera.
—No es verdad.
Gael sonrió como un auténtico idiota feliz, completamente inmune a mi hostilidad.
—Te gusta muchísimo esa mujer, Lukas. Es evidente.
—No.
—Lukas, por favor, que nos conocemos desde la universidad…
—No empieces, Gael. Te lo advierto.
—Tienes una cara constante de querer empotrarla contra la primera pared sólida que encontréis en este edificio —soltó sin el menor pudor.
Me detuve en seco en mitad del pasillo, mi cuerpo entero tensándose como un resorte.
—Gael.
—¿Lo ves? —rio él, levantando las manos en señal de victoria—. Ni siquiera tienes la decencia de negarlo ya.
Y el silencio incómodo, denso y jodidamente real se instaló entre nosotros.
Seguimos caminando hacia el aparcamiento, pero su comentario se quedó flotando en mi mente como un eco molesto del que no podía deshacerme. Porque lo peor de las impertinencias de Gael no era lo que decía en sí; lo verdaderamente terrorífico era que no eran completamente falsas.
Volví a la oficina mucho más tarde de lo estrictamente necesario, cuando la gala benéfica ya estaba a punto de comenzar y los empleados de las plantas inferiores se habían marchado a cambiar de ropa.
El edificio estaba prácticamente vacío, sumido en una penumbra de luces bajas y un silencio absoluto, roto únicamente por el siseo del aire acondicionado.
Y entonces, al pasar por la cristalera de su zona, la vi. Alma estaba en su despacho, completamente dormida sobre el escritorio. Tenía la cabeza apoyada sobre sus propios brazos cruzados, el pelo cayéndole de forma desordenada sobre la madera y una taza de café ya fría a un lado de los papeles.
Me quedé completamente inmóvil bajo el umbral de la puerta.
Un segundo. Dos segundos. No sé cuánto tiempo exacto pasé allí quieto, simplemente mirándola.
Y sentí cómo algo cambiaba de forma definitiva dentro de mi pecho.
No era simple deseo físico; no era la urgencia de la que hablaba Gael.
Era algo mucho más silencioso, más profundo y, por ende, infinitamente más peligroso.
Me acerqué a ella despacio, minimizando el sonido de mis zapatos sobre el suelo.
Me planté al lado de su silla y la observé desde arriba.
Su respiración era suave, acompasada, real.
Se veía tan humana, tan ridículamente vulnerable para ser la mujer de armas tomar que aterrorizaba a los proveedores en las reuniones…
Extendí la mano y, sin pensar en las consecuencias, le aparté un mechón de pelo de la cara. Muy lento. Sin su permiso.
Alma se movió apenas al sentir el contacto de mis dedos en su piel.
Abrió los ojos despacio. Y durante un instante eterno, el mundo entero dejó de existir por completo.
No había Medina Global Tech , no había filtraciones informáticas, no estaba Gael esperándome abajo, no había pasado diplomático que me persiguiera.
Solo estábamos ella y yo, mirándonos desde una distancia tan mínima que el oxígeno pareció desaparecer de la habitación.
Sus ojos verdes tardaron un segundo completo en enfocarme en mitad de la penumbra. Y en cuanto lo hicieron… me quedé completamente atrapado en ellos.
Silencio total. Inexplicable. Alma no dijo nada; no desató ninguna de sus réplicas habituales. Yo tampoco abrí la boca. Porque ambos sabíamos perfectamente que cualquier palabra, por pequeña que fuera, rompería el delicado y brutal cristal que acababa de forjarse entre nosotros.
Y por primera vez en muchos años de trabajar en mi control emocional, no supe si de verdad quería que ese segundo terminara.