Jefa, no me provoques Capítulo 9
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Capítulo 9

Alma

Volver a Málaga no alivió nada. De hecho, lo empeoró.

El avión había aterrizado hacía apenas unas horas y ya tenía la incómoda sensación de que algo dentro de mí había cambiado de forma irreversible.

Y el problema, para mi desgracia, tenía nombre y apellidos: Lukas Schneider.

El casi beso del hotel y el hecho absolutamente humillante de que no podía dejar de pensar en ello me estaban destrozando los nervios.

—Estás muy callada —dijo Candela mientras caminábamos por el parking del aeropuerto.

—Estoy cansada.

—Estás en modo «he estado a dos milímetros de perder el control con un alemán emocionalmente peligroso».

Me detuve en seco, fulminándola con la mirada.

—No digas eso en voz alta.

—¿El qué? ¿La verdad?

—No ha pasado nada —respondí con mi mejor tono de odio profesional.

Candela arqueó la ceja, totalmente inmune a mi fingida autoridad.

—Claro. Por eso llevas toda la mañana respirando como si hubieras corrido una maratón emocional.

—He dormido mal.

—Has besado el aire pensando en Lukas Schneider.

—¡No!

Candela sonrió con suficiencia, como si acabara de ganar un juicio internacional.

—Ajá.

Entré en el coche dando un portazo y sin molestarme en contestar. Porque contestar implicaba admitir cosas, y yo no estaba preparada para ese nivel de autodestrucción psicológica. Todavía no.

La empresa era un desastre organizado. En cuanto entré por la puerta de Medina Global Tech , supe que algo iba mal.

No era simple intuición femenina; era experiencia pura.

Los empleados no trabajaban; se amontonaban frente a las pantallas, hablando en susurros nerviosos.

Bruno corría de un lado a otro sujetando una Tablet como si estuviera intentando hackear la mismísima NASA.

—¡Alma! —gritó al verme—. Tenemos un problema gordo.

—¿Cuál de todos?

—El sistema interno ha vuelto a ser vulnerado.

Me detuve en seco en mitad del pasillo. Eso ya no era una molesta casualidad.

—¿Otra vez?

—Sí. Y esta vez hay patrones muy claros.

Paula apareció detrás de él con una expresión inusualmente seria.

—Alguien está moviendo información confidencial desde dentro, Alma.

Sergio, que venía a su lado, asintió solemnemente.

—Y no es un empleado cualquiera. Quien sea tiene credenciales de acceso a niveles muy altos.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en el estómago.

Y, como si el universo quisiera complicarlo aún más, vi a Lukas al final del pasillo.

Traje oscuro, camisa impecable, postura rígida.

Me miraba fijamente, con unas ojeras sutiles que delataban que llevaba toda la noche sin dormir.

Probablemente porque era estrictamente cierto.

Nos quedamos quietos un segundo demasiado largo. El recuerdo del avión, de la suite del hotel, de su mano rozando mi mejilla… Todo volvió de golpe. Demasiado nítido. Demasiado peligroso. Él fue el primero en apartar la mirada. Mal asunto.

Héctor convocó la reunión de emergencia en menos de una hora. La sala de juntas se convirtió en un búnker: pantallas encendidas, gráficos financieros parpadeando y una tensión tan densa que se habría podido cortar con un cuchillo.

—Quiero respuestas —dijo mi padre sin rodeos, presidiendo la mesa.

Silencio absoluto. Bruno carraspeó antes de proyectar una serie de datos en la pantalla principal.

—Hemos detectado accesos internos no autorizados a documentos del acuerdo europeo y, extrañamente, a varios archivos históricos de la empresa.

—¿Históricos? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿De qué tipo?

Paula asintió, cruzándose de brazos.

—Archivos antiguos de administración. Cosas que no deberían tener ninguna conexión lógica con el proyecto tecnológico actual.

Lukas se inclinó hacia delante, analizando las líneas de código y las IP con el ceño fruncido.

Yo hice exactamente lo mismo, dejando que mi mente se concentrara en los números para olvidar por un momento la cercanía de su cuerpo.

Y entonces, de repente, algo empezó a encajar en mi cabeza.

Patrones. Fechas. Movimientos repetidos. Accesos cruzados.

—No es un ataque aleatorio —murmuré.

Todos se giraron hacia mí. Héctor entrecerró los ojos, evaluándome.

—Explícate, Alma.

Respiré hondo. Por primera vez desde que todo aquel caos había empezado, dejé de pensar como una hija intentando demostrar su valía. Empecé a pensar como la ejecutiva agresiva que realmente era.

—Los accesos no siguen el patrón de un hackeo externo —dije, levantándome para señalar los gráficos en la pantalla—.

Siguen horarios laborales internos estrictos.

Coinciden al minuto con las reuniones del comité de dirección.

Y siempre hay un acceso secundario justo después de que tomemos decisiones clave en esta misma sala.

Bruno abrió muchísimo los ojos, asombrado.

—¿Estás diciendo que alguien del comité está filtrando información?

—Estoy diciendo que alguien de dentro no solo filtra información —añadí, mirando los datos una vez más mientras sentía un escalofrío incómodo recorrer mi espalda—. Está guiando el acceso de los atacantes de forma puramente estratégica.

Silencio total. Nadie se atrevía a respirar. Lukas me observaba fijamente. Demasiado fijamente.

—¿Cuándo pensabas decirme que eras así de buena? —preguntó finalmente, con su habitual tono grave.

Levanté la vista para sostenerle la mirada.

—¿Así cómo?

—Peligrosamente inteligente.

Sentí un vuelco extraño en el pecho. Incomodidad, orgullo y algo mucho peor: la certeza de que Lukas me estaba viendo de verdad, despojada de mis escudos, por primera vez.

—No es tan complicado —respondí, intentando recuperar el control de mis propias pulsaciones—. Solo hay que dejar de mirar la superficie.

Mi padre me observó durante unos segundos interminables. Después, asintió lentamente con la cabeza.

—Sigue, Alma.

Y seguí. Durante más de una hora desgrané flujos de datos, correlaciones, accesos simultáneos y patrones repetidos entre diferentes departamentos.

Cuanto más hablaba, más silenciosa y sepulcral se volvía la sala.

Incluso Lukas guardó un silencio absoluto.

Lo vi mirarme varias veces, pero ya no era la mirada de antes; no había desafío ni provocación.

Era algo mucho más incómodo de gestionar: respeto.

Y aquello me descolocó más que cualquier insinuación nocturna.

La reunión terminó con una conclusión tan clara como aterradora: teníamos un infiltrado en la cúpula, pero seguíamos sin saber quién era, cómo lo hacía ni desde cuándo. Cuando salimos al pasillo, Lukas alargó el paso hasta emparejarse conmigo. Demasiado cerca, otra vez.

—Has hecho un buen trabajo —dijo, con las manos en los bolsillos del pantalón.

Parpadeé, sorprendida.

—Eso suena extrañamente raro en tu boca, alemán.

—Me adapto a las circunstancias.

—No te acostumbres.

Aquello provocó una leve sonrisa en sus labios. Pequeña, sutil, pero real. Y otra vez sentí ese tirón absurdo y cálido en el estómago. Maldita sea mi estampa.

En ese preciso momento, las puertas del ascensor se abrieron y apareció un hombre que, literalmente, irrumpió como un huracán humano en mitad de la sobriedad de la empresa.

—¡Málaga me ama! —exclamó a los cuatro vientos.

Llevaba gafas de sol oscuras dentro del edificio, claro, porque aquí el sol era cegador. Un traje de lino claro, la camisa abierta tres botones de más y una sonrisa que gritaba «desastre inminente».

—¿Quién es este personaje? —le pregunté a Lukas de reojo.

—Un problema constante —respondió él con un suspiro de resignación.

El hombre se acercó a nosotros abriendo los brazos de par en par.

—Tú debes de ser la famosa Alma.

—Depende de quién lo pregunte —respondí, arqueando una ceja.

—Me caes bien. Definitivamente, me caes bien.

—Eso empieza a ser preocupante.

El hombre se quitó las gafas de sol y miró a su alrededor con una mueca de aburrimiento.

—Este sitio es demasiado serio para mi salud mental. Soy Gael, por cierto.

Y antes de que Lukas o yo pudiéramos mover un dedo para detenerlo, ya se había plantado en el mostrador para flirtear con la recepcionista.

Luego saltó a Paula. Luego interceptó a Candela.

En menos de cinco minutos, había conseguido que media plantilla le odiara a muerte y la otra media se estuviera riendo a carcajadas.

—Tu amigo es un peligro público —le dije a Lukas mientras contemplábamos el espectáculo desde la distancia.

—Lo sé.

—Creo que acaba de pedirle matrimonio a una administrativa de contabilidad.

—Eso entra dentro de lo normal en él.

—No lo normalices, Lukas.

—Hace exactamente lo mismo en todos los países que pisa.

Suspiré, frotándome las sienes.

—Ese hombre debería estar bajo orden de prisión.

Lukas soltó una risa baja. Y otra vez… el maldito y delicioso problema de su risa.

Gael no tardó ni diez minutos en encontrar nuestro punto débil más evidente: la absoluta y eléctrica tensión que existía entre Lukas y yo. Se nos acercó en la cafetería con una curiosidad descarada brillando en los ojos.

—Así que tú eres Alma —repitió, cruzándose de brazos—. La mujer que tiene a este iceberg al borde del deshielo.

—Y tú eres el amigo escandaloso que no sabe lo que es la discreción.

—Encantado, de verdad.

—No puedo decir lo mismo.

Él se rio de buena gana y después se giró hacia Lukas, dándole un codazo amistoso.

—No me habías dicho que tu jefa fuera tan jodidamente interesante, Schneider.

—Gael —respondió Lukas, con una voz cortante y seca que habría congelado el infierno.

Gael levantó las cejas, divertido.

—Ah, entiendo.

Y sentí que en ese momento nos rodeaba un silencio demasiado incómodo. Y entonces, como si disfrutara genuinamente desatando el caos absoluto, añadió, mirándome:

—Lukas habla muchísimo de ti.

Me giré hacia Lukas inmediatamente, con los ojos entrecerrados.

—Eso es una mentira piadosa, seguro.

Gael sonrió con malicia.

—Claro que sí. Porque esa cara de celos que acaba de poner es pura casualidad, ¿verdad?

Lukas se tensó al instante, su mandíbula marcándose con fuerza. Yo también me quedé rígida.

—No tengo celos —escupió él.

—Yo no he dicho que los tengas, amigo —remató Gael con una agudeza letal.

Mierda. Silencio absoluto. Noté cómo el ambiente de la cafetería se volvía de repente denso y pesado. Por primera vez desde que lo conocía, Lukas Schneider parecía genuinamente incómodo y acorralado. Lo cual, para ser sincera, era extremadamente raro de ver. Y ligeramente satisfactorio.

Esa noche no pude dormir. Otra vez. Pero esta vez no fue solo por culpa de Lukas; o no únicamente por él. El problema real eran los datos, los patrones numéricos y esa sensación incómoda en la boca del estómago que se negaba a desaparecer.

Encendí el portátil en mitad del salón de mi casa mientras la ciudad se quedaba en un silencio sepulcral. Candela me había estado mandando un sinfín de mensajes absurdos sobre lo guapo que era Gael, pero los ignoré todos. Necesitaba concentrarme.

Introduje mis credenciales de administradora y accedí a las carpetas encriptadas de los archivos antiguos de la empresa. Empecé a revisar los registros de personal de hacía décadas. Y entonces, de golpe, lo vi.

Un nombre. Repetido una y otra vez en las auditorías internas. Vinculado a registros administrativos antiguos, muy antiguos, de una época anterior incluso a mi propia adolescencia.

Me quedé completamente inmóvil en la silla. Leí el nombre en voz alta, rompiendo el silencio del salón, sin poder dar crédito a mis ojos. No podía ser. Era estadísticamente imposible.

Era el nombre de mi madre.

Pero mi madre nunca había trabajado en Medina Global Tech . Jamás. O, al menos, eso era lo que mi padre me había repetido durante toda mi vida. Tragué saliva con dificultad, sintiendo el pulso acelerado. Moví el cursor y abrí otro archivo adjunto. Después, otro más.

Y entonces, de repente, la pantalla se volvió completamente negra.

El sistema de seguridad de mi ordenador se bloqueó por completo. Un segundo después, las líneas de código desaparecieron para dar paso a un único mensaje tan frío como directo.

«DEJA DE BUSCAR.»

Sentí un escalofrío, de esos que te erizaban el vello de la nuca y carecían de cualquier explicación lógica.

Me quedé mirando fijamente las letras parpadeantes en la pantalla oscura sin atreverme a mover un solo dedo.

Porque aquello ya no parecía un error de red.

Ni un sabotaje industrial. Ni un simple juego de espionaje empresarial.

Aquello era algo completamente distinto.

Algo dirigido, quirúrgico y profundamente personal.

Y por primera vez desde que regresé a Málaga, entendí una verdad aterradora: no estaba investigando un simple caso de corrupción corporativa.

Estaba desenterrando un secreto que alguien se había encargado de sepultar mucho antes de que yo supiera lo que era el mundo.