Jefa, no me provoques Capítulo 8
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Capítulo 8

Lukas

Dormir se había convertido en una actividad imposible desde que Alma Medina apareció en mi vida. Llevaba más de una hora tumbado en el sofá de aquella maldita suite mirando el techo mientras intentaba convencerme de que todavía conservaba el control de la situación. Mentira.

El control era no imaginar cómo estaría ahora mismo al otro lado de la habitación; el control era no escuchar cada leve sonido detrás de aquella puerta; el control era no recordar constantemente cómo me había mirado hacía apenas unas horas. Fracasaba en todo.

Abrí el portátil otra vez intentando centrarme en los informes europeos.

Cifras, gráficos, proyecciones. Perfecto, frío, seguro.

Exactamente el tipo de cosas que normalmente calmaban mi cabeza.

Pero aquella noche las columnas de números se mezclaban peligrosamente con unos ojos verdes, unos labios rojos y una mujer que hablaba demasiado cuando se ponía nerviosa. Maldición.

Me pasé una mano por la cara, soltando aire lentamente. Desde la habitación llegó un ruido extraño, después un golpe seco y un insulto ahogado. Cerré el portátil inmediatamente.

—¿Alma?

Silencio. Luego su voz sonó desde la oscuridad:

—Solo me he caído como una señora de ochenta años. Todo controlado.

Me levanté antes de pensar demasiado y crucé el salón.

La encontré agachada junto a la mesilla de noche, despeinada y claramente avergonzada.

La botella de agua estaba rodando por el suelo y ella seguía medio atrapada entre las sábanas.

Tuve que apretar la mandíbula para no reírme.

Fracaso absoluto, porque terminé soltando una carcajada real.

De verdad; no una sonrisa mínima, no humor seco, sino una risa auténtica.

Alma levantó lentamente la cabeza, mirándome sorprendida. Y entonces entendí algo inquietante: probablemente era la primera vez que me veía reír así.

—¿Te has matado? —pregunté, todavía riéndome un poco.

Ella se llevó una mano al pecho dramáticamente.

—Solo mi dignidad.

Eso empeoró todo. Volví a reírme y Alma se quedó completamente quieta observándome, demasiado quieta. La habitación cambió otra vez porque su expresión también cambió: más suave, más vulnerable, más peligrosa.

—¿Qué? —pregunté.

Ella tardó un segundo en responder.

—Tienes una sonrisa bonita.

Silencio. No esperaba eso, en absoluto. Mi respiración tropezó ligeramente.

—No suelo usarla.

Alma se incorporó lentamente, apartándose el pelo de la cara.

—Deberías. Das menos miedo.

La miré unos segundos más de la cuenta, y otra vez sentí aquella sensación extraña en el pecho. Calidez. Real, inoportuna.

Alma terminó sentándose a mi lado en el sofá con la botella de agua entre las manos; descalza, con aquella camiseta enorme gris y el pelo cayéndole desordenado por los hombros.

Demasiado humana, demasiado distinta de la mujer afilada y explosiva que dirigía reuniones como si estuviera preparada para iniciar una guerra.

La televisión seguía apagada. Madrid brillaba detrás de los ventanales y, por primera vez desde que la conocía… no discutíamos. Ni provocaciones, ni sarcasmo defensivo. Solo un silencio extrañamente cómodo. Ella bebió un poco de agua antes de hablar.

—No me acuerdo casi de mi madre.

La miré inmediatamente. Su tono había cambiado, más bajo, más íntimo.

—Tenía cinco años cuando murió —continuó, mirando la botella—. Todo el mundo habla de ella como si hubiera sido increíble, y seguro que lo era. Pero mis recuerdos son raros… pequeños… confusos.

No dije nada porque algunas heridas se respetaban en silencio. Alma soltó una risilla sin humor.

—A veces me siento culpable por eso. —No deberías.

Ella levantó la vista hacia mí.

—¿Tú nunca te sientes culpable de nada?

Casi sonreí.

—Constantemente.

Eso pareció sorprenderla.

—No tienes pinta de persona emocionalmente funcional.

—Porque no lo soy.

Aquello la hizo reír un poco. Y, Dios, me gustaba demasiado escucharla reír sin estar intentando provocarme.

—Toda mi vida ha sido trabajo —murmuró ella después de unos segundos—. Mi padre construyó un imperio. Todo el mundo espera que yo lo mantenga perfecto. Y si dudas… aunque sea cinco minutos… la gente lo nota.

La observé en silencio. Ahí estaba otra vez la presión, la necesidad constante de demostrar fuerza, la soledad escondida debajo del carácter explosivo. La entendía más de lo que debería, y eso era un problema serio.

—Las expectativas son una cárcel elegante —dije finalmente.

Alma giró la cabeza hacia mí lentamente.

—Eso ha sonado demasiado profundo para alguien que parece un asesino corporativo.

Solté una risa baja.

—Mi madre decía cosas así.

Ella apoyó la espalda en el sofá, mirándome con más atención.

—Háblame de ella.

Aquello me desarmó ligeramente, porque hacía mucho tiempo que nadie preguntaba de verdad.

—Era traductora de embajadas —respondí despacio—. La única persona capaz de discutir con mi padre y sobrevivir.

Eso hizo sonreír a Alma.

—Ya me cae bien.

Yo también sonreí levemente y después continué hablando sin entender muy bien por qué lo hacía.

—Vivíamos cambiando de país. Berlín, Bruselas, Viena, Lisboa… Nunca daba tiempo a encajar en ningún sitio.

Ella me observaba sin interrumpirme, atenta, demasiado atenta.

—Mi padre creía que las emociones eran distracciones —seguí—. Disciplina, perfección, control. Esa era su religión.

—¿Y funcionó?

La miré directamente.

—Mírame y dime tú.

Alma bajó la vista apenas un segundo y entendí inmediatamente que algo estaba cambiando entre nosotros. Porque ya no era solo deseo; eso habría sido mucho más fácil.

La tensión empezó a transformarse lentamente, volviéndose más íntima, más peligrosa. Alma se giró ligeramente hacia mí en el sofá, tan cerca que podía notar el calor de su pierna rozando la mía.

—¿Sabes qué es lo peor de ti? —preguntó bajito.

—Ilumíname.

Sus ojos verdes recorrieron mi cara despacio, demasiado despacio.

—Que cuando dejas de actuar como un robot… eres peligroso.

Mi respiración se volvió más lenta, más pesada, porque la forma en que me estaba mirando ya no tenía nada de inocente. Y ella tampoco parecía darse cuenta de cuánto me afectaba. O quizá sí, peor todavía.

La observé en silencio. El aire de la habitación parecía haberse vuelto más denso; Madrid desapareció, el hotel desapareció, todo desapareció excepto ella.

Mi mano se movió antes de pensarlo demasiado y le acaricié la mejilla lentamente.

Sentí un calor inmediato. Alma dejó de respirar; literalmente, lo noté.

Sus labios se separaron apenas y yo perdí otra parte importante de mi autocontrol.

—Lukas…

Mi nombre en su boca era una condena. Acaricié su piel despacio con el pulgar.

Su mirada bajó hacia mis labios; la mía hizo exactamente lo mismo.

Ya no había vuelta atrás, lo sabía, y ella también.

Me incliné un poco más hacia ella, muy despacio, dándole tiempo, una salida, la oportunidad de detenerme.

—Dime que pare —murmuré.

Alma no dijo nada, ni una palabra, pero tampoco se apartó. Al contrario, se acercó apenas un centímetro más y eso fue suficiente para destruirme completamente. Nuestros labios llegaron a rozarse, suaves, apenas un contacto, pero sentí el impacto hasta en la respiración. Maldición.

Y entonces sonó mi teléfono. El sonido atravesó la habitación como un disparo. Los dos nos quedamos congelados. Quise matar a alguien, preferiblemente al móvil. Alma cerró los ojos lentamente, apoyando la frente contra mi mandíbula unos segundos. Aquello casi terminó de rematarme.

—Voy a lanzar ese teléfono por la ventana —susurró.

Yo también lo estaba considerando. Pero la pantalla seguía iluminándose, y el nombre que apareció hizo que toda mi cabeza cambiara automáticamente de sitio: Noelia. Empresa. Urgente. Mierda.

Me aparté despacio, intentando respirar normalmente.

—Tengo que contestar.

Alma asintió en silencio, pero vi claramente la decepción en sus ojos y, probablemente, ella vio la misma frustración en los míos. Cogí la llamada inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

La voz de Noelia sonó nerviosa, demasiado nerviosa.

—Han accedido a archivos confidenciales de Medina Global Tech .

Todo mi cuerpo se tensó al instante y pasó al modo trabajo. Al modo peligro, más bien.

—¿Qué archivos?

—Información del acuerdo europeo. Y… Lukas… también hay movimientos extraños en documentos antiguos de la familia Medina.

Miré automáticamente a Alma. Ella seguía sentada en el sofá observándome, y supo inmediatamente que algo iba mal. Mi voz bajó varios grados.

—¿Quién ha entrado en el sistema?

—Todavía no lo sabemos. Bruno está revisándolo, pero alguien ha utilizado accesos internos.

Y el silencio que siguió fue frío y peligroso, porque aquello ya no parecía un simple error. Aquello olía a sabotaje. Colgué y Alma se incorporó enseguida.

—¿Qué ha pasado?

La miré unos segundos y, por primera vez desde que había llegado a Málaga, sentí algo peor que deseo: miedo. Porque acababa de entender una cosa: ella estaba metida en algo mucho más peligroso de lo que imaginaba, y yo empezaba a implicarme demasiado.

—Tenemos un problema serio —dije finalmente.

La habitación quedó en silencio. La tensión seguía ahí, el casi beso seguía entre nosotros, pero ahora había algo más.

Algo oscuro, algo que acababa de empezar.

Y mientras Alma me observaba esperando respuestas, entendí la verdad más peligrosa de todas: por primera vez, el peligro no era besarla; era empezar a necesitarla.