Jefa, no me provoques Capítulo 7
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Capítulo 7

Alma

Odiaba los aeropuertos, madrugar y, sobre todo, levantarme de madrugada para ir a un aeropuerto mientras mi vida se desintegraba logísticamente delante de mí.

—¿Dónde está mi móvil?

Mi voz resonó por toda la entrada de casa mientras revolvía el bolso como una delincuente desesperada. Candela, sentada tranquilamente en la isla de la cocina con una tostada en la mano, ni siquiera levantó la vista.

—Encima de la cafetera.

Miré. Ahí estaba. La señalé, indignada.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque verte entrar en pánico a las seis de la mañana alimenta mi espíritu.

—Eres una mala persona.

—Pero entretenida.

Cogí el móvil, el portátil y la maleta al mismo tiempo. Error. Mi tacón derecho se enganchó en la alfombra y escuché el sonido más terrorífico del universo femenino: crack .

En ese momento el silencio reinó en mi casa. Miré hacia abajo lentamente y comprobé con horror que sí, el tacón acababa de romperse. Cerré los ojos, respiré y después grité:

—¡¿Por qué el universo me odia?!

Candela mordió la tostada sin alterarse.

—Porque eres una dramática y Dios quiere contenido.

La miré asesinamente mientras me quitaba los zapatos.

—Tengo un vuelo en una hora.

—Pues ve descalza. Sería muy revolucionario empresarialmente.

Corrí hacia el vestidor buscando otros tacones mientras Candela seguía hablando desde la cocina.

—Por cierto, te he metido algo en el bolso.

—Como encuentre droga, voy a denunciarte.

—No seas exagerada.

Diez minutos después, ya dentro del coche y parada en un semáforo, abrí el bolso buscando el cargador y encontré una caja de preservativos. Me atraganté con mi propio café. Marqué y no tardé en ver la cara de Candela por videollamada.

—¡¿Por qué demonios hay condones en mi bolso?!

Candela respondió completamente tranquila.

—Porque vas a dormir con el alemán.

—¡No voy a dormir con el alemán!

—Todavía.

—Candela.

—A eso se le llama ser precavida, cariño.

Colgué antes de sufrir un colapso neuronal, aunque el problema real era otro: mi cerebro había reaccionado demasiado rápido a la frase «dormir con el alemán».

Llegué a la puerta de embarque exactamente igual que una persona perseguida por la Interpol: despeinada, con gafas de sol enormes, un café derramado sobre la camisa blanca y respirando como si hubiese cruzado España corriendo. La perfecta imagen de la heredera de un imperio empresarial.

Lukas ya estaba allí, claro, impecable como siempre.

Traje gris oscuro, maleta perfectamente alineada a su lado, postura elegante y cara de hombre que jamás había corrido detrás de un taxi en su vida.

Levantó la vista de la Tablet al verme llegar, y juro que vi cómo analizaba el desastre humano que acababa de aparecer frente a él.

—Llegas tarde.

Me quité las gafas lentamente.

—Buenos días para ti también, don exagerado.

Sus ojos grisáceos bajaron un segundo hacia la mancha de café de mi camisa.

—¿Siempre sobrevives al caos de forma tan poco elegante?

—La elegancia está sobrevalorada.

—Tu puntualidad también, al parecer.

—Mira, alemán, llevo una mañana tan mala que ahora mismo podría morderte.

Eso provocó algo peligrosísimo: una sonrisa leve. Muy pequeña, pero real. Y por alguna razón mi cuerpo decidió reaccionar como una idiota hormonal. Mal, todo mal. Lukas se levantó cogiendo su maleta.

—Ven. Están embarcando.

Lo seguí intentando ignorar dos cosas: lo guapo que estaba y el hecho de que olía absurdamente bien incluso a las siete de la mañana. Necesitaba terapia.

El vuelo a Madrid duró una hora y veinte minutos. Exactamente una hora y veinte minutos demasiado cerca de Lukas Schneider. Al principio intenté comportarme como una adulta profesional. Duré siete minutos.

—Odio volar.

Lukas ni levantó la vista del portátil.

—Ya me lo habías dicho.

—Y lo diré las veces que haga falta, porque cada vuelo puede ser el último.

—Estadísticamente es improbable.

—Qué tranquilizador. Pareces un documental de asesinatos.

—Tú pareces una persona vetada en varios aeropuertos.

Lo miré indignada.

—Eso fue una vez y técnicamente no fue mi culpa.

Ahora sí levantó la vista.

—¿Me lo estás diciendo en serio ¿Qué hiciste?

—Pregunté si el piloto parecía estar realmente capacitado para un vuelo de tantas horas.

—Alma…

—¿Qué? Era una duda legítima.

Negó lentamente con la cabeza, volviendo al portátil, pero vi claramente cómo intentaba no sonreír. Y eso era peligrosísimo porque empezaba a gustarme demasiado provocarlo.

La azafata pasó ofreciendo café. Acepté dos. Lukas me observó.

—Eso explica muchas cosas sobre tu personalidad.

—El café sostiene mi sistema nervioso y mi estabilidad empresarial.

—Tu estabilidad empresarial es discutible.

—Y aun así la empresa me pertenece y tu puesto pende de un hilo.

Eso hizo que me mirara directamente. Silencio.

Mierda, otra vez esa tensión. La maldita tensión constante.

Me removí en el asiento intentando ignorar el efecto que provocaba cuando me observaba demasiado tiempo.

Fatal decisión, porque estaba cansada, muy cansada, y el sonido del avión unido al calor y al café terminó destruyendo mis defensas mentales.

Recuerdo intentar mantener los ojos abiertos, recuerdo a Lukas escribiendo algo en el portátil y, después… nada.

Desperté lentamente, sintiendo algo cálido bajo mi mejilla. Parpadeé confundida y tardé tres segundos en entender el horror: estaba dormida sobre el hombro de Lukas. Mierda, mierda histórica. Intenté incorporarme rápidamente.

—Yo… perdón… no quería…

—Ya me había dado cuenta de que no era un ataque planeado.

Su voz sonó tranquila, demasiado tranquila. Lo miré horrorizada.

—¿Cuánto tiempo he estado así?

—Veinte minutos.

Quise desaparecer físicamente del planeta.

—¿Y no me despertaste?

Lukas cerró el portátil despacio.

—Parecías cansada.

Mi corazón hizo una cosa rara, incómoda, muy incómoda, porque aquello había sido… amable. Y Lukas Schneider no encajaba bien dentro de la categoría «amable».

—Ah.

Brillante respuesta, Alma. Premio Nobel de la Comunicación.

Noté entonces que todavía olía ligeramente su colonia y, peor aún, que él olía mi pelo porque seguía demasiado cerca. Me aparté intentando parecer normal. Y sí, fue un fracaso absoluto.

—Tienes una obsesión preocupante con meterte en mi espacio personal —murmuró. —Fue accidental.

—Claro.

—No te emociones, alemán.

Él giró apenas la cabeza hacia mí.

—Difícil cuando babeas sobre mi hombro.

Abrí muchísimo los ojos.

—¡No he babeado!

Su expresión seguía completamente seria, pero los ojos… los ojos estaban riéndose de mí, y eso fue aún peor.

Madrid nos recibió con lluvia. Fantástico. Mi pelo empezó a encresparse aproximadamente siete segundos después de salir del aeropuerto.

—Parezco un caniche con traje.

—Eso explicaría muchas reuniones.

Le lancé una mirada asesina mientras subíamos al coche enviado por el hotel. La reunión con los inversores era al día siguiente, así que aquella noche solo necesitábamos descansar. Ja. Ingenua de mí, porque el universo todavía no había terminado de humillarme.

La recepcionista del hotel parecía a punto de sufrir una crisis nerviosa cuando llegamos al mostrador.

—Ha habido… un pequeño problema con las reservas.

Nunca en la historia de la humanidad había ocurrido algo bueno después de esa frase. Nunca. Lukas dejó el pasaporte sobre el mostrador.

—¿Qué tipo de problema?

La mujer sonrió tensamente.

—Debido a un error del sistema… solo queda disponible una suite presidencial. Con una cama.

Giré la cabeza muy despacio hacia Lukas. Él ya me estaba mirando, igual de horrorizado.

—Ni de broma —dije inmediatamente.

—Puedo dormir en el sofá —respondió él al mismo tiempo.

—No pienso compartir habitación contigo.

—Créeme, jefa. Yo también valoro mi estabilidad mental.

La recepcionista parecía querer desaparecer debajo del mostrador.

—Podríamos ofrecerles otra habitación mañana…

—Mañana estaremos trabajando todo el día —murmuré.

Lukas cerró los ojos un segundo, claramente replanteándose todas sus decisiones vitales.

—Perfecto —dijo finalmente—. Nos quedamos con la suite.

—Esto viola varios derechos humanos.

—Probablemente.

Subimos en silencio. Tenso, muy tenso. Y cuando la puerta de la suite se abrió, entendí que el universo definitivamente quería matarme. Era enorme, lujosa, elegante y peligrosamente íntima. Con una sola cama gigantesca en el centro. Mierda.

La convivencia empezó mal. Muy mal.

—No pongas eso ahí.

Giré la cabeza, indignada.

—¿Perdón?

Lukas señaló mi maleta abierta sobre el sofá.

—Bloquea el paso.

—Oh, disculpe, señor catálogo de Ikea.

Él suspiró quitándose la chaqueta. Error visual gravísimo, porque ahora llevaba solo la camisa negra ajustada y yo necesitaba urgentemente dejar de mirarle los brazos.

—¿Siempre eres así de desordenada?

—¿Siempre eres así de insoportable?

—Sí.

—Entonces sobreviviremos.

Me miró apenas un segundo más de lo debido, y otra vez ocurrió eso. El aire, la electricidad, la tensión; el problema constante. Decidí refugiarme en el baño antes de cometer una estupidez.

Treinta minutos después salí duchada y ligeramente más tranquila.

Llevaba una camiseta enorme gris y pantalones cortos.

Nada especial, nada provocativo, nada que estuviera diseñado para matar alemanes emocionalmente.

O eso pensaba, porque al salir encontré a Lukas sentado en el sofá revisando documentos, y dejó de moverse un segundo al verme.

Solo uno, pero suficiente. Lo noté inmediatamente; claro que lo dejas notar. El aire cambió otra vez. Maldición.

—¿Qué? —pregunté, cruzándome de brazos.

Él tardó demasiado en responder.

—Nada.

Entrecerré los ojos.

—Me estabas mirando.

Lukas apoyó lentamente los documentos sobre la mesa.

—Eres difícil de ignorar.

Mi respiración tropezó ligeramente. Aquella frase no debería haberme afectado tanto, pero lo hizo; muchísimo.

Él se levantó despacio, demasiado despacio, y empezó a acercarse.

Mi corazón reaccionó inmediatamente como un animal en peligro o excitado; probablemente ambas cosas.

Cada paso suyo parecía empeorar el oxígeno de la habitación.

—Lukas…

Mi voz salió más baja de lo normal. Error. Sus ojos se oscurecieron ligeramente y siguió acercándose. Yo no retrocedí; tampoco ayudaba. Ya estaba demasiado cerca cuando alguien llamó a la puerta.

Los dos nos quedamos congelados, rodeados de un silencio mortal.

—Servicio de habitaciones.

Casi grité del susto. Lukas cerró los ojos un segundo, claramente frustrado. Yo quería asesinar a alguien, preferiblemente al camarero o al universo entero. Él se apartó primero, pasándose una mano por la mandíbula.

—Voy a abrir.

Asentí demasiado rápido, intentando recordar cómo respirar normalmente.

Aquella noche me metí en la cama incapaz de dormir, escuchando el sonido de Lukas moviéndose en el sofá del salón.

Demasiado cerca, todo demasiado cerca. Y mientras miraba el techo de la habitación oscura, entendí algo peligrosísimo: dormir en la misma habitación con ese hombre debería ser ilegal.