Capítulo 6
Lukas
El día empezó como empiezan todas las catástrofes empresariales: con demasiados correos y muy poca paciencia.
A las siete y cuarto de la mañana ya había recibido dos llamadas desde Singapur, tres incidencias del sistema portuario, un mensaje de Héctor marcado como urgente y un audio de Gael diciendo: «Si no te has acostado todavía con tu jefa, me decepcionas». Lo ignoré por salud mental.
Cuando llegué a Medina Global Tech , el edificio entero parecía al borde de un colapso nervioso colectivo. Las pantallas parpadeaban, los teléfonos sonaban, los empleados corrían y Bruno atravesaba la recepción con dos cafés y expresión de científico loco.
—¡Tenemos un problema gravísimo!
—Eso no reduce absolutamente nada las posibilidades —respondí.
—El sistema de Rotterdam se ha caído.
Perfecto. Fantástico. Excelente forma de empezar la mañana.
Subí directamente a la planta ejecutiva mientras varias personas intentaban hablarme al mismo tiempo, y entonces escuché su voz.
—Pues reiniciad el servidor antes de que yo reinicie vuestra existencia laboral.
Alma salía de una sala de reuniones sujetando el móvil entre el hombro y la oreja mientras caminaba a velocidad suicida sobre unos tacones negros imposibles.
Llevaba una falda ajustada, blusa crema, el pelo recogido a medias y cara de querer matar a alguien.
Seguía siendo absurdamente atractiva incluso enfadada.
Eso empezaba a ser ofensivo. Levantó la vista, me vio y frunció el ceño inmediatamente.
—No tengo tiempo para discutir contigo ahora mismo —dijo, tapando el micrófono del móvil.
—Buenos días para ti también.
—No lo son.
—Eso ya lo había deducido.
Colgó bruscamente y empezó a caminar junto a mí por el pasillo. Demasiado cerca, otra vez; siempre demasiado cerca.
—Los franceses están presionando con los plazos —dijo—. Rotterdam tiene problemas técnicos y Dubái sigue esperando confirmación logística.
—Ya lo sé.
—Entonces dime algo útil.
La miré de reojo.
—Respira.
Ella giró la cabeza lentamente.
—¿Perdón?
—Estás acelerada.
—Estoy trabajando.
—Estás a punto de provocarte un aneurisma.
Alma me dedicó una sonrisa peligrosísima.
—Y tú estás a punto de descubrir lo rápido que puedo asesinar con un tacón.
Dios. Aquella mujer convertía amenazas en coqueteo sin darse cuenta. O peor: tal vez sí se daba cuenta.
La mañana siguió exactamente igual. Caótica, tensa, eléctrica. Discutimos en tres reuniones, nos contradijimos delante de medio consejo ejecutivo y, en una ocasión, Alma me lanzó un bolígrafo. No fuerte, pero con intención emocional.
A las doce, toda la empresa ya había notado claramente lo que estaba pasando entre nosotros. Especialmente Bruno, porque escuché perfectamente cuando le susurró a Paula cerca de la cafetería:
—Es cuestión de tiempo que terminen besándose o asesinándose.
Paula bebió café tranquilamente.
—Yo sigo apostando por ambas cosas.
No estaban completamente equivocados.
A las seis de la tarde ya tenía dolor de cabeza y deseos cuestionables relacionados con mi jefa. Mala combinación. Salí de una reunión interminable revisando documentos en la Tablet mientras esperaba el ascensor privado de dirección. Necesitaba cinco minutos de silencio. Cinco.
Las puertas se abrieron y, por supuesto, Alma estaba dentro. Claro, porque el universo tenía un sentido del humor enfermizo.
Ella levantó la vista del móvil al verme entrar, y todo se quedó en silencio. Uno tenso, incómodo y peligroso. Entré despacio, intentando ignorar inmediatamente varios problemas: el perfume de Alma, su falda ajustada negra, sus piernas y mis ganas repentinas de perder la dignidad profesional.
Las puertas se cerraron y entonces ocurrió algo terrible.
Ella se recolocó ligeramente el pelo detrás de la oreja.
Mi mirada bajó involuntariamente hacia sus labios.
Mierda. Fracaso absoluto de autocontrol.
Alma lo notó, claro que lo notó, porque inmediatamente apareció esa leve sonrisa suya, la de «acabo de pillarte».
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Alma.
—Solo estaba pensando que hoy pareces más cerca del homicidio que de costumbre.
—Tú tampoco ayudas.
—Qué romántico.
El ascensor se sacudió violentamente. Las luces parpadearon y todo se detuvo de golpe. Hubo una oscuridad breve, un sonido metálico y, después, silencio.
Alma soltó un leve grito ahogado cuando perdió el equilibrio.
Instintivamente, la sujeté antes de que cayera.
Error crítico. Porque ahora estaba prácticamente entre mis brazos, con su espalda contra la pared del ascensor, mi mano en su cintura y su respiración chocando contra mi cuello.
Demasiado cerca; muchísimo, demasiado cerca.
El aire cambió inmediatamente. Noté cómo se tensaba apenas un segundo antes de levantar la vista hacia mí. Sus ojos verdes parecían enormes desde aquella distancia.
—Perfecto —murmuró—. Voy a morir atrapada con un alemán psicópata.
No aparté la mano de su cintura. No debería haberlo hecho.
—Podría ser peor.
Ella tragó saliva.
—¿Cómo?
La miré fijamente.
—Podrías estar callada.
Soltó una risa nerviosa y ahí empezó el verdadero problema, porque aquella no era la Alma escandalosa y provocadora de siempre.
Ahora parecía… vulnerable. Solo un poco, pero suficiente para alterarme más de la cuenta.
El ascensor seguía detenido. Nadie hablaba desde fuera todavía; solo nosotros, demasiado juntos, demasiado conscientes.
—Odio los espacios cerrados —admitió de repente, más bajito.
Parpadeé. No esperaba esa honestidad por su parte.
—¿Claustrofobia?
—No exactamente. Pero mi imaginación trabaja demasiado.
Eso me hizo sonreír levemente.
—Ya lo he notado.
Ella puso los ojos en blanco, aunque seguía demasiado cerca de mí.
—No te acostumbres a verme tan humana.
—Llegas tarde para eso.
Y otra vez ese silencio rodeándonos. Su respiración seguía acelerada; la mía empezaba a no ser mucho mejor.
El ascensor seguía parado diez minutos después, y aquello empezaba a parecer una prueba psicológica diseñada específicamente para destruirme. Alma terminó apoyándose contra la pared mientras yo intentaba contactar con mantenimiento desde el panel de emergencia. Sin éxito. Perfecto.
—Bueno —dijo ella, cruzándose de brazos—, si morimos aquí, quiero que quede claro que la culpa es del departamento técnico.
—Anotado.
La observé de reojo. Seguía intentando parecer tranquila, pero se mordía ligeramente el labio, nerviosa. Y, por alguna razón, eso me hizo hablar más de la cuenta, algo que normalmente nunca ocurría.
—Cuando era niño odiaba los ascensores.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿Tú? ¿El robot emocional tenía miedos?
Ignoré lo de robot.
—Vivíamos cambiando de país. Embajadas, hoteles, residencias diplomáticas… demasiados sitios donde nunca terminaba de encajar.
Su expresión cambió ligeramente, más suave.
—¿Cuántas veces te mudaste?
Pensé unos segundos.
—Doce antes de los dieciocho.
Silencio.
—Joder.
—Mi padre creía que adaptarse rápido era una virtud.
—¿Y tu madre?
La pregunta me golpeó de forma inesperada porque casi nunca hablaba de ella.
—Ella intentaba que todo pareciera un hogar, aunque solo estuviéramos allí seis meses.
Alma me observaba muy quieta, atenta, sin bromas por primera vez, y eso me desarmó un poco más.
—¿Por eso hablas andaluz? —preguntó suavemente.
Sonreí levemente.
—Mi madre decía que un buen acento podía salvar discusiones familiares.
Eso la hizo reír bajito, y otra vez tuve esa sensación peligrosa: me gustaba demasiado escucharla reír.
—¿Y tú? —pregunté, mirándola directamente—. ¿Siempre has sido así?
Ella arqueó una ceja.
—¿Así cómo?
Busqué las palabras correctas, pero no fue fácil.
—Como si el mundo te perteneciera.
La sonrisa de Alma desapareció apenas un segundo, y aquello me sorprendió muchísimo más que cualquier provocación, porque debajo de toda su energía había cansancio, presión, miedo. Lo vi claramente.
—Eso es porque si dudas cinco minutos en esta empresa, te comen viva —dijo finalmente.
Y el silencio que siguió a sus palabras fue honesto, incómodo y real. Por primera vez no parecía la heredera brillante de Medina Global Tech ; parecía una mujer agotada intentando demostrar constantemente que merecía estar allí. Y algo dentro de mí se tensó de forma extraña. Protectora. Peligrosa.
El ascensor volvió a sacudirse de repente.
Alma soltó un leve sonido asustado y me agarró la camisa instintivamente.
Mierda. Mi mano reaccionó sola; fue automático.
Subió lentamente por su cintura para sujetarla mejor, y ahí cambió todo.
La respiración, las miradas, el silencio.
Todo. Porque ahora ella estaba completamente pegada a mí y yo podía sentir el calor de su cuerpo, sus dedos agarrando mi camisa y su respiración acelerada contra mi garganta. Demasiado. Simplemente demasiado.
Alma levantó despacio la cabeza hacia mí. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos. Error visual gravísimo. Le aparté un mechón de pelo de la cara sin pensar, muy lento, muy suave, y el mundo entero desapareció un segundo.
—Alma…
Su respiración tembló apenas.
—¿Qué?
Dios. La forma en que lo dijo casi acaba conmigo. La miré fijamente. Sin escapatoria, sin distancia, sin control.
—Eres un problema serio.
Sus ojos bajaron hacia mi boca; los míos hicieron exactamente lo mismo.
Y entonces entendí algo aterrador: iba a besarla.
De verdad, allí mismo, en un ascensor averiado, como un adolescente sin autocontrol.
Mi mano seguía en su cintura; la suya seguía agarrando mi camisa.
Ella no se apartaba, yo tampoco. Nos acercamos apenas unos centímetros más y, justo entonces, las puertas del ascensor se abrieron de golpe.
Luz, voces, mantenimiento y aproximadamente cuatro empleados observándonos demasiado juntos. Silencio absoluto. Bruno abrió muchísimo los ojos, Paula sonrió lentamente y Sergio parecía haber visto un milagro religioso.
Alma reaccionó primero. Claro, porque cuando se ponía nerviosa, hablaba muchísimo.
—Bueno, perfecto, genial, ya funciona. Fantástico trabajo técnico, adoro la electricidad moderna. Voy a… trabajar.
Salió del ascensor a velocidad absurda sin mirarme.
Yo me quedé quieto unos segundos más, intentando respirar normalmente, intentando recuperar el control, intentando ignorar el hecho de que todavía podía sentir sus dedos sobre mi camisa.
Mala suerte, porque por primera vez en años, el autocontrol empezaba a no ser suficiente.