Jefa, no me provoques Capítulo 5
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Capítulo 5

Alma

Yo no estaba obsesionada con Lukas Schneider. Solo pensaba en él constantemente, que era completamente distinto. Muy distinto. Absolutamente distinto y psicológicamente preocupante.

—Llevas cinco minutos mirando el mismo correo.

Levanté la vista lentamente del portátil. Candela estaba apoyada en la puerta de mi despacho con un café en una mano y expresión de documental criminal en la cara.

—Estoy trabajando.

—Claro.

—Estoy revisando información importante.

—Alma.

Suspiré.

—¿Qué?

Candela entró despacio y dejó el café sobre mi mesa antes de inclinarse hacia la pantalla. Leyó el correo en voz alta:

—“Adjunto modificaciones del informe logístico. Revisar antes de las doce.” Qué erótico todo.

—Cállate.

Ella me observó con una sonrisa lenta, peligrosa.

—¿Estás leyendo el correo o fantaseando con estrangularlo?

—Ambas cosas.

—Eso sexualmente significa algo.

—Candela.

—¿Qué? Freud estaría haciendo volteretas.

Me dejé caer hacia atrás en la silla giratoria. El despacho olía a café, estrés y a mi perfume favorito porque claramente había decidido afrontar mi crisis emocional con elegancia estética.

—No estoy obsesionada con Lukas.

—Perfecto. Ya hemos entrado en fase de negación.

—No estoy en ninguna fase.

—Cariño, ayer dijiste “enterrador emocional” tres veces durante la cena.

Abrí mucho los ojos.

—Porque ES un enterrador emocional.

—Y aun así quieres lamerle la mandíbula.

Casi me atraganté. Candela sonrió satisfecha.

—Adoro tener razón.

La odiaba muchísimo porque, desgraciadamente, me conocía demasiado bien, y porque mi cerebro llevaba desde la noche anterior reproduciendo el momento exacto en que Lukas se había acercado en aquella terraza.

Su voz grave. Su mirada oscura. “Deja de provocarme” .

Dios mío, necesitaba medicación, o vacaciones, o sexo; preferiblemente las tres cosas.

—Voy a trabajar —murmuré.

Candela me señaló con el dedo.

—Estás entrando en fase peligrosa.

—¿Qué demonios significa eso?

—Significa que todavía no estás enamorada, pero ya no piensas con oxígeno suficiente.

La puerta del despacho se abrió justo entonces. Bruno apareció sujetando una carpeta.

—¿Interrumpo una crisis erótica corporativa?

—Sí —dijimos Candela y yo a la vez.

Él sonrió.

—Perfecto. Solo quería informar de que la apuesta “Lukas y Alma se lían antes de un mes” acaba de subir muchísimo en bolsa.

Le lancé un bolígrafo. No acerté, desgraciadamente.

Intenté concentrarme durante aproximadamente cuarenta minutos. Después escuché a Lukas hablar alemán y mi cerebro decidió suicidarse. La voz llegaba desde el pasillo principal: grave, calmada, elegante. Madre de Dios.

Levanté la vista del ordenador lentamente mientras intentaba ignorar el efecto absurdo que aquel idioma estaba provocando en mí. No funcionó, porque Lukas apareció caminando frente a mi despacho hablando por teléfono con esa tranquilidad insoportable que parecía traer instalada de fábrica.

Traje oscuro, mangas remangadas, mandíbula tensa y aquella voz… No, fatal, absolutamente fatal. El alemán sonaba peligrosamente sexy en su boca. Demasiado serio, demasiado masculino, demasiado todo.

Lo observé sin querer hacerlo mientras caminaba por el pasillo. Entonces alguien de logística lo detuvo.

—Oye, Lukas, ¿necesitas los informes de Valencia hoy?

Y el maldito hombre respondió con un andaluz perfecto:

—Sí, picha , antes de las cuatro, si puede ser.

Me quedé congelada. Perdón, ¿qué? Lukas giró ligeramente la cabeza hacia mí y supo inmediatamente que acababa de descolocarme. Claro que sí, porque el universo entero disfrutaba humillándome.

Entró en mi despacho despacio mientras guardaba el móvil en el bolsillo.

—¿Problemas, jefa?

Parpadeé varias veces.

—Eso ha sido ilegal.

—¿El qué?

—El “picha”.

Vi la sutil sonrisa aparecer lentamente en su boca. Mierda, mierda enorme.

—Mi madre era andaluza. Ya te lo dije.

—Sí, pero una cosa es que hables español y otra que parezcas un empresario alemán salido de Málaga centro.

—¿Eso es un insulto o un análisis sociológico?

—Todavía no lo sé.

Se acercó a mi mesa dejando unos documentos frente a mí. Demasiado cerca, otra vez; siempre demasiado cerca.

—¿Cuántos idiomas hablas exactamente? —pregunté.

—Cinco.

Lo miré indignada.

—Qué necesidad.

Él apoyó una mano sobre mi escritorio, inclinándose un poco hacia mí.

—¿Y tú cuántos dramas provocas al día?

—Depende del tráfico.

Su boca se movió apenas. No era una sonrisa completa, pero ya empezaba a reconocer esas pequeñas grietas en su autocontrol perfecto, y me gustaban demasiado. Eso era gravísimo.

—Necesitamos terminar la propuesta de Singapur hoy —dijo.

—Qué romántico.

—Intenta comportarte como una adulta funcional durante al menos una hora.

—No hagas peticiones imposibles antes del café.

Trabajar con Lukas era una experiencia psicológica extrañísima porque, por un lado, quería discutir con él constantemente y, por otro…

bueno, por otro lado, quería cosas que definitivamente no podían hacerse sobre una mesa de juntas.

Lo peor era que él empezaba a mirarme de una forma peligrosa, más lenta, más intensa, como si estuviera perdiendo el cuidado, y eso no ayudaba absolutamente nada.

Tres horas después seguíamos encerrados revisando informes internacionales y yo estaba empezando a perder facultades mentales básicas.

—Tus cifras para Dubái siguen siendo demasiado optimistas —dijo Lukas revisando una pantalla.

—Tus cifras siguen pareciendo escritas por un contable sin esperanza emocional.

—Eso no significa nada.

—En mi cabeza sí.

Estábamos sentados demasiado cerca. Error estratégico. Nuestras piernas se rozaban accidentalmente cada pocos minutos y cada vez mi sistema nervioso reaccionaba como si hubiese tocado un enchufe humano. Patético, absolutamente patético.

—Concéntrate, Alma.

—Estoy concentrada.

—Acabas de escribir “mierda” en una casilla de presupuestos.

Miré la pantalla. Efectivamente.

—Bueno… define perfectamente mis emociones actuales.

Escuché su risa baja. Muy baja, pero real. Y por alguna razón aquello me afectó muchísimo más de lo que debería porque Lukas casi nunca se reía, y cuando lo hacía parecía más humano, más cercano, más peligroso.

Intenté coger una carpeta al mismo tiempo que él; nuestras manos chocaron. Silencio. Mierda, otra vez. Su mano era enorme, cálida. Mis dedos quedaron atrapados contra los suyos apenas un segundo más de lo normal, pero fue suficiente.

Levanté la vista lentamente. Error. Porque Lukas ya me estaba mirando y esa expresión… Dios, era demasiado intensa, demasiado masculina, demasiado consciente.

El aire cambió inmediatamente y mi respiración también. Nadie habló, nadie se movió, y entonces Bruno irrumpió en el despacho como una bomba humana.

—¡He descubierto algo gravísimo!

Nos apartamos tan rápido que parecía que acabábamos de cometer un delito financiero. Bruno frunció el ceño.

—¿Interrumpo tensión sexual premium?

—Sí —dije demasiado rápido.

Lukas se pasó una mano por la mandíbula mirando documentos con una calma completamente falsa. Bruno sonrió lentamente.

—Interesante.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Hay alguien filtrando movimientos internos del acuerdo europeo.

Silencio. Toda la tensión cambió de golpe. Lukas se incorporó inmediatamente, frío otra vez, profesional, controlado.

—¿Qué has encontrado?

Bruno dejó varios documentos sobre la mesa.

—Movimientos raros en accesos internos. Alguien está entrando en archivos restringidos.

El ambiente se volvió serio al instante.

Miré a Lukas y ahí estaba otra vez esa parte de él que me desconcertaba, porque debajo del sarcasmo seco y la tensión constante había alguien extremadamente brillante, extremadamente atento, peligrosamente inteligente.

Y por primera vez pensé algo incómodo: tal vez Lukas no solo me atraía; tal vez empezaba a importarme lo que pensaba de mí. Aquello sí era un problema.

Llegué a casa agotada mentalmente, emocional y sexualmente frustrada.

Un martes normal, básicamente. Me quité los tacones nada más entrar y crucé la casa hasta la terraza acristalada con una copa de vino en la mano.

El mar estaba oscuro y tranquilo; yo no.

El móvil sonó justo entonces. Era una videollamada de mis abuelos. Sonreí automáticamente.

—¡Mis personas favoritas!

La cara de mi abuelo Antonio apareció primero.

—Esa sonrisa es sospechosa.

—Hola a ti también.

Mi abuela Mercedes apareció detrás, acomodándose las gafas, elegantísima incluso por videollamada.

—Cariño, tienes ojeras.

—Gracias, abuela. Muy motivador.

Mi abuelo entrecerró los ojos observándome. Excapitán de barco, experto mundial en detectar dramas.

—Tienes cara de problema sentimental.

Me atraganté con el vino.

—Tengo cara de estrés empresarial.

—No —dijo él inmediatamente—. Esa es cara de hombre alto.

Mi abuela soltó una carcajada preciosa mientras yo protestaba indignada.

—¿Por qué todo el mundo asume cosas?

—Porque heredaste la incapacidad de disimular emociones de tu madre —dijo mi abuela suavemente.

Eso me hizo callar un segundo. Siempre ocurría; cada vez que mencionaban a mi madre, aparecía un pequeño vacío extraño dentro de mí. Mercedes lo notó enseguida, como siempre.

—¿Es bueno contigo? —preguntó con suavidad, y parpadeé.

—¿Quién?

Mi abuelo resopló.

—El armario alemán que claramente te tiene alterada.

—No me tiene alterada.

—Claro —dijo él—, y yo fui astronauta.

Acabé riéndome porque discutir con mis abuelos era imposible. Después de colgar, me quedé sola en silencio mirando el mar y entonces el móvil vibró otra vez. Era un mensaje de Lukas y mi corazón reaccionó inmediatamente como una traidora sin dignidad.

Lukas: Necesito los informes antes de mañana.

Lo miré indignada. Qué hombre tan romántico. Escribí rápidamente:

Alma: Necesitas aprender modales.

La respuesta llegó casi al instante.

Lukas: Necesito paciencia contigo.

Me quedé mirando la pantalla y entonces ocurrió algo peligrosísimo: sonreí sola, como una idiota. Eso me asustó más que cualquier otra cosa porque yo no sonreía así por hombres. Nunca.

El timbre sonó media hora después. Abrí la puerta y encontré a Candela sosteniendo dos botellas de vino y una expresión de intervención emocional.

—He venido a salvarte.

—¿De mí misma o del alemán?

—De tus hormonas, principalmente.

Entró directamente hacia la terraza mientras yo cerraba la puerta. Candela se dejó caer en el sofá observándome con atención criminalística.

—Voy a decirte algo importante.

—Me da miedo esta frase.

Abrió la botella con absoluta tranquilidad.

—Ese hombre te va a arruinar la vida sexual.

Me dejé caer frente a ella suspirando.

—Ya lo está haciendo y todavía no me ha tocado.

Candela levantó lentamente la copa de vino.

—Madre de Dios.

—Lo sé.

—Estás jodidísima.

Y lo peor era que probablemente tenía razón.