Capítulo 4
Lukas
Golpeé el saco de boxeo con demasiada fuerza. El impacto resonó en el gimnasio privado de mi chalet mientras una gota de sudor descendía por mi cuello.
Otra vez. Derecha, izquierda, gancho. Respira. Control, siempre control. El problema era que llevaba dos días en Málaga y mi autocontrol empezaba a comportarse como un becario incompetente. Y la culpa tenía nombre y apellidos: Alma Medina.
Golpeé otra vez el saco imaginando su sonrisa descarada. Error. Porque inmediatamente recordé también sus ojos verdes, sus labios rojos, la manera en que hablaba sin frenos cuando se ponía nerviosa y cómo me miraba justo antes de discutir conmigo. Mierda.
Me aparté del saco respirando hondo. El gimnasio estaba en silencio, salvo por el sonido del jazz suave que salía del sistema de audio y mi respiración ligeramente agitada. Aquello no estaba bien; yo no reaccionaba así ante nadie. Nunca.
Las mujeres no alteraban mis rutinas, no desordenaban mi cabeza, no conseguían que entrenara a las seis de la mañana intentando expulsarlas mentalmente a golpes.
Pero Alma no era exactamente una mujer normal.
Era un desastre perfectamente vestido, un huracán con tacones. Caótica, impulsiva, demasiado viva.
Era exactamente el tipo de persona que siempre evitaba porque la gente así no entraba en tu vida; arrasaban con ella.
Mi padre llevaba razón en algo: las emociones mal gestionadas convertían a la gente inteligente en idiota. Y yo empezaba a sentirme sospechosamente idiota.
El móvil vibró sobre el banco del gimnasio y, al mirar, vi que era Gael, por supuesto. Respondí mientras agarraba una toalla.
—Espero que te estés muriendo.
—Buenos días para ti también —contestó divertido—. ¿Ya has admitido que estás obsesionado con tu jefa?
—No estoy obsesionado.
—¿Estás entrenando?
Miré el saco.
—Sí.
—Ah. Eso significa que ya estás jodido emocionalmente.
—Gael.
—Lukas, tú solo entrenas tan temprano cuando quieres matar a alguien, cuando quieres acostarte con alguien o cuando quieres ambas cosas.
Silencio. Gael soltó una carcajada al otro lado.
—Madre de Dios. Son ambas.
Colgué. Nuestra amistad sobrevivía precisamente gracias a que a veces dejaba de escucharlo antes de cometer un homicidio.
Llegué a Medina Global Tech todavía irritado conmigo mismo. Error táctico, porque Alma apareció cinco minutos después y mi cerebro decidió empeorar aún más la situación. Entró en la sala de reuniones hablando con Paula mientras revisaba documentos en una Tablet.
Llevaba un pantalón blanco elegante, camisa verde esmeralda, tacones imposibles y unos labios rojos. Muy rojos. El aire abandonó mis pulmones un segundo. Solo uno, pero suficiente.
Ella lo notó inmediatamente. Claro que lo notó, porque Alma Medina detectaba cualquier mínima grieta emocional como un tiburón detectaba la sangre. Sus ojos verdes brillaron apenas mientras se acercaba a la mesa.
—Buenos días, alemán.
—Alma.
Su sonrisa se amplió ligeramente, provocadora, como si acabara de ganar algo. Héctor apareció detrás de ella revisando varios informes.
—Perfecto, estáis los dos. Esta noche tenemos comida con los empresarios franceses de la alianza portuaria europea —ya sabía eso, lo que no sabía era la siguiente frase de Héctor—: Y quiero que asistáis juntos.
Miré a Héctor. Él me devolvió una expresión completamente inocente. Mentiroso. Alma dejó escapar una risa corta.
—¿Juntos? ¿Sin supervisión adulta?
—Intentad no provocar un incidente diplomático —dijo su padre—. Francia ya tiene suficientes problemas.
Ella sonrió. Yo no, porque de repente imaginé demasiadas horas sentado junto a Alma, oliendo su perfume y escuchando su voz. Aquello era objetivamente una amenaza para mi estabilidad mental.
El restaurante estaba frente al mar. Elegante, excesivamente caro y lleno de empresarios con relojes absurdos y conversaciones sobre millones de euros. Normalmente, aquel ambiente me resultaba cómodo, pero aquella noche no, porque Alma acababa de aparecer.
Y honestamente, debería existir alguna ley contra mujeres capaces de provocar infartos colectivos con un sencillo conjunto blanco y verde. La camisa esmeralda dejaba parte de su clavícula al descubierto, y ahí estaba el lunar. El maldito lunar. Mi cerebro decidió fijarse demasiado.
—Deja de mirarme así.
Parpadeé. Ella sonreía mientras tomaba asiento a mi lado.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras calculando cuánto valgo en bolsa.
—No sería una inversión estable.
—Qué romántico eres.
Los empresarios franceses empezaron a llegar poco después y entonces descubrí algo peligrosísimo: Alma era brillante en eventos sociales. No era organizada, ni estaba tranquila, y tampoco era diplomática, pero sí magnética.
Interrumpía conversaciones, hacía bromas improcedentes, se reía demasiado alto y provocaba pequeñas explosiones de caos constantemente. Y, aun así, todo el mundo terminaba mirándola, escuchándola y disfrutándola. Era imposible no hacerlo.
— Mademoiselle Medina, Málaga debería prohibir mujeres como usted —dijo uno de los franceses, Philippe Laurent, demasiado sonriente.
Alma levantó una ceja.
—¿Porque somos peligrosas o porque os distraéis fácilmente?
Philippe, río encantado. Yo apreté ligeramente la mandíbula.
Problema. Alma se dio cuenta inmediatamente y entonces empezó a jugar.
Mantenía contacto visual con el francés demasiado tiempo, sonreía más y le tocaba el brazo al hablar.
Todo completamente calculado; todo dirigido hacia mí. La muy diabla.
—¿Siempre sonríes así a los clientes? —pregunté en voz baja cerca de su oído mientras Philippe hablaba con Héctor.
Ella giró ligeramente la cabeza hacia mí. Olía deliciosamente bien.
—Solo a los que no parecen enterradores emocionales.
—Te estás divirtiendo.
Sus labios rojos se curvaron lentamente.
—Muchísimo.
Mala idea. Muy mala idea. Porque en ese momento Philippe cogió su mano y le besó los nudillos teatralmente, y algo incómodo se tensó dentro de mi pecho. Celos.
Fantástico, la emoción más inútil del planeta.
—Encantadora, Alma —dijo Philippe.
Ella sonrió demasiado. Yo bebí whisky intentando recordar que era un adulto funcional y no un cavernícola territorial.
—Oh, mierda.
Reconocerías aquella voz en cualquier parte. Gael apareció junto a nuestra mesa con expresión divertidísima. Perfecto, justo lo que necesitaba: un testigo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Cena con clientes. Pero eso no importa —me observó, después miró a Alma, después al francés que le besaba la mano otra vez y finalmente volvió a mirarme a mí—. Ah, mierda.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué?
Gael sonrió lentamente.
—Esa cara tuya.
—¿Qué cara?
—La de “voy a cometer un crimen”.
Alma escuchó eso y la condenada tuvo el descaro de morderse el labio para no reírse.
Necesité salir al exterior antes de estrangular a un francés diplomáticamente.
Ridículo, completamente ridículo. Me apoyé en la terraza del restaurante observando el mar oscuro, intentando recuperar algo parecido a la cordura.
La brisa nocturna ayudaba un poco, hasta que escuché sus tacones acercándose.
Claro, porque el universo ya había decidido humillarme del todo.
Alma apareció unos segundos después con una copa de vino en la mano. El viento movía ligeramente su pelo oscuro y otra vez tuve esa sensación absurda: demasiada belleza para una sola persona.
—¿Te escondes de Philippe? —preguntó divertida.
—Me escondo de acabar deportado por asesinato.
Ella soltó una carcajada. Dios, aquella risa.
—Estás celoso.
La miré lentamente.
—No digas tonterías.
—Claro. Y yo soy monja.
Se apoyó en la barandilla junto a mí, mirando el mar. Demasiado cerca, otra vez; siempre demasiado cerca.
—Coquetear con idiotas para molestarme es bastante infantil —dije.
Ella giró la cabeza inmediatamente.
—¿Y tú mirarme las piernas toda la cena cómo se llama?
Mierda. Era buena leyéndome, muy, muy buena.
—Tortura.
Sus labios se separaron apenas un segundo, pero lo vi.
—Problema tuyo, alemán.
Di un paso hacia ella, instintivo, peligroso, necesario.
Y entonces el aire cambió otra vez. Alma dejó de respirar un segundo; lo noté porque sus ojos verdes se oscurecieron ligeramente mientras me miraba.
Ya no estaba sonriendo tanto; ahora parecía…
nerviosa. Eso era nuevo y peligrosamente adictivo.
—Deja de provocarme —dije con voz más grave de lo normal.
Ella tragó saliva; lo vi claramente.
—No sabía que fuera tan fácil.
No debería haber acercado más la mano a la barandilla hasta casi rozar la suya. No debería haber bajado la mirada hacia sus labios y, definitivamente, no debería haber imaginado cómo sonaría su respiración si la besaba allí mismo. Error. Error enorme.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo sentí que perdía ligeramente el control. Y Alma lo notó, claro que lo notó, por eso sonrió despacio en una victoria peligrosa antes de apartarse de mí de la misma manera, con calma, como si supiera perfectamente el efecto que acababa de provocar.
—Buenas noches, enterrador emocional.
Entró otra vez al restaurante, dejándome solo en la terraza. Completamente quieto, completamente alterado. Y mientras el eco de su perfume seguía flotando alrededor de mí, entendí algo bastante preocupante: si seguía oliéndolo tan cerca, iba a acabar haciendo algo estúpido.