Jefa, no me provoques Capítulo 3
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Capítulo 3

Alma

El problema de trabajar en una multinacional era que los rumores viajaban más rápido que los correos internos. El problema de trabajar en Medina Global Tech era que además viajaban con efectos especiales.

Cuando entré en la cafetería aquella mañana, todo el mundo se calló durante aproximadamente dos segundos. Después fingieron normalidad fatalmente. Bruno levantó el móvil demasiado rápido, Sergio casi se atragantó con el café, Iván escondió una sonrisa y Candela ni siquiera intentó disimular.

—Buenos días, destructora de alemanes.

Dejé el bolso sobre la mesa.

—Buenos días, alcohólica funcional.

—Eso ha sonado feísimo.

—Porque es verdad.

Me senté junto a Paula mientras agarraba un café tamaño supervivencia emocional. Necesitaba cafeína, mucha, porque llevaba toda la noche pensando en Lukas Schneider, y eso me parecía una tragedia personal. Paula levantó una ceja perfectamente depilada.

—Tienes cara de haber dormido mal.

—He dormido perfectamente.

Candela resopló.

—Mentira. Tiene la mirada de “he recordado accidentalmente unos hombros masculinos”.

—No he recordado hombros.

—Espalda, entonces.

—Candela.

—Culo.

Bruno levantó la mano.

—Yo voto culo.

—Nadie está votando nada —protesté.

Iván sonrió como un demonio con WiFi.

—Literalmente, hay una porra interna.

Casi escupí el café.

—¿Perdón?

Sergio sacó el móvil.

—Tenemos categorías.

—No quiero saber esto.

—Demasiado tarde —dijo Paula mientras bebía café con absoluta calma—. Bruno ha creado un Excel.

Miré a Bruno horrorizada.

—¿Has hecho una hoja de cálculo sobre mi vida sexual?

—Tiene gráficos.

—Voy a despedirte.

—Eso suma diez puntos para mí.

Candela empezó a leer desde el móvil.

—Categoría uno: ¿Cuánto tardaréis en acostaros?

—¡¿QUÉ?!

—Categoría dos: ¿Cuánto tardarás en gritarle delante de toda la empresa?

—Eso es más razonable.

—Categoría tres —continuó Sergio—: ¿Quién matará antes a quién?

—Yo aposté por envenenamiento —dijo Iván.

Paula suspiró.

—Yo aposté por tensión sexual reprimida seguida de homicidio involuntario.

Los odiaba a todos, especialmente porque una parte traidora de mi cerebro seguía recordando la sonrisa de Lukas después del desastre del café. Maldita sonrisa.

—No entiendo la obsesión colectiva —murmuré.

Candela me miró lentamente.

—Alma.

—¿Qué?

—Le tiraste café encima al ejecutivo más intimidante de Europa y él reaccionó mirándote como si quisiera desnudarte psicológicamente.

Abrí mucho los ojos.

—Eso no pasó.

—Sí que pasó —dijo Paula.

Bruno asintió con solemnidad.

—Fue el momento más romántico que ha vivido esta empresa desde el becario que lloró en Recursos Humanos.

—Eso no era romántico. Era una denuncia laboral esperando ocurrir.

Candela apoyó la barbilla en la mano.

—Además, tiene ojos de asesino elegante.

—Tiene ojos de contable deprimido —respondí inmediatamente.

—Le has mirado el culo.

—Le he analizado la postura corporal.

Sergio soltó una carcajada.

—Claro. Científicamente.

—Exacto.

—¿Y qué concluyó la ciencia? —preguntó Paula.

Bebí café intentando parecer digna.

—Que probablemente necesita terapia y una siesta.

—Igual que tú —dijo Candela.

Traidora. En ese momento, la cafetería entera cambió de energía. Literalmente. Porque Lukas acababa de entrar y, madre de Dios, el hombre parecía diseñado por una junta directiva de fantasías peligrosas.

Traje gris oscuro, camisa negra, expresión tranquila, movimiento elegante. Todo el mundo dejó de hablar un segundo, incluyéndome. Odié eso inmediatamente.

Lukas saludó con un leve gesto a varios empleados y avanzó hacia la barra del café, calmado, seguro, como si no supiera el efecto que provocaba. Mentira; claro que lo sabía. Los hombres así siempre lo sabían.

—Míralo —susurró Iván—, parece el villano sexy de una película donde explotan cosas caras.

—Parece alguien que recicla correctamente y aun así da miedo —añadió Bruno.

Candela me observó.

—Te has quedado mirando.

—Estoy evaluando amenazas corporativas.

—Estás evaluando abdominales bajo tela italiana.

—Candela, por favor, compórtate.

—No puedo. Esto es entretenimiento premium.

Como si sintiera nuestras miradas, Lukas giró ligeramente la cabeza y me encontró inmediatamente. Mal asunto, porque sus ojos grises se clavaron en mí con una intensidad ridícula y, peor aún, sonrió apenas. Mi corazón hizo una cosa rara. Muy rara. Asquerosamente rara.

—Oh, Dios mío —susurró Candela—, el robot alemán está coqueteando.

—No está coqueteando.

—Alma.

—No lo está.

—Te acaba de mirar como si quisiera arrancarte la ropa y discutir contigo al mismo tiempo.

—Vale —admitió Sergio—, eso sí ha pasado.

Cogí mi café y me levanté.

—Voy a trabajar.

Candela sonrió lentamente.

—Huye, pequeña gacela.

—Voy a matarte.

—Eso son veinte euros para Paula.

Intenté evitar a Lukas durante exactamente una hora y cuarenta minutos. Después el universo decidió humillarme otra vez.

—¿Dónde están los informes de Hamburgo? —preguntó mi padre entrando en mi despacho.

Levanté la vista del portátil.

—En el archivo antiguo.

—Necesito las copias físicas para la reunión de las doce.

Suspiré.

—Voy.

—Y deja de intentar asesinar visualmente a Lukas en las reuniones.

Me quedé congelada.

—¿Perdón?

Mi padre sonrió con total tranquilidad.

—Soy tu padre. Sé cuándo estás irritada… y cuándo estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Claro.

Lo odiaba muchísimo, porque me conocía demasiado bien.

Diez minutos después estaba entrando en el archivo central de la empresa entre cajas, carpetas y un aire acondicionado polar. Las luces se encendieron automáticamente. Empecé a buscar los informes, maldiciendo mentalmente a todo el departamento administrativo.

—Fila siete —dijo una voz masculina detrás de mí.

Me giré demasiado rápido. Lukas. Por supuesto, porque Dios me odiaba claramente. Llevaba las mangas remangadas hasta los antebrazos. Error biológico, muy grave.

—¿Me estás siguiendo? —pregunté.

—Sí. He desarrollado una obsesión peligrosa por las mujeres que lanzan café.

Maldito sentido del humor seco. Me giré rápidamente hacia las estanterías, intentando ignorar el calor absurdo que me subía por el cuello.

—Busco los informes de Hamburgo.

—Fila siete —repitió acercándose—, están mal archivados.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Busco errores internos; llevo dos días corrigiéndolos.

Eso sonó sospechosamente arrogante.

—Qué emocionante debe de ser vivir contigo.

Escuché su breve risa detrás de mí. Muy breve, pero real.

—A veces me desconcentro y organizo hojas de cálculo por colores.

—Dios mío. Un rebelde.

Lo encontré demasiado cerca cuando me giré otra vez. Mucho, demasiado. El archivo era estrecho, él era enorme y, de repente, mi cerebro decidió dejar de funcionar correctamente. Otra vez. Lukas apoyó una mano en la estantería sobre mi cabeza mientras me observaba con esa calma insufrible.

—¿Siempre hablas tanto cuando estás nerviosa?

Abrí la boca, la cerré y la volví a abrir. Mierda.

—Yo no estoy nerviosa.

—Claro.

Odiaba cuando hacía eso. Ese tono tranquilo, esa mirada lenta y esa manera de parecer peligrosamente divertido mientras yo perdía facultades mentales. Necesitaba recuperar el control inmediatamente.

—¿Tú eres alemán o una estafa muy cara?

Algo brilló en sus ojos.

—Mi madre es española.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Nació en Granada.

Eso me descolocó muchísimo más de lo que debería.

—Entonces… ¿Todo esto? —señalé vagamente su persona entera—. ¿Es una trampa genética?

—Depende de a quién preguntes.

Lo miré unos segundos más y entonces entendí algo. El acento. Había algo raro en él desde el principio, muy ligero, casi invisible, pero ahora lo escuchaba claramente: andaluz, suave, escondido debajo del alemán perfecto. Madre mía.

—Pues devuélveme el trauma porque esperaba odiarte más fácilmente.

Esta vez sí sonrió de verdad, y aquello debería ser ilegal porque transformaba completamente su cara; lo volvía peligrosamente atractivo. No intimidante, no frío. Peor: cercano. Mi corazón hizo otra cosa estúpida y sentí la necesidad de evacuar mi cuerpo inmediatamente.

—Bueno, tampoco es para tanto —empecé a decir demasiado rápido—.

Quiero decir, sigues siendo insoportable.

Solo que ahora eres insoportable bilingüe, que es peor, sinceramente, porque el misterio extranjero ayudaba un poco a la fantasía corporativa de villano europeo, pero ahora resulta que probablemente sabes pedir espetos y eso elimina dramatismo psicológico…

Lukas me observaba claramente divertido. Mierda, ahí estaba otra vez: mi problema de hablar sin frenos cuando me ponía nerviosa.

—¿Has terminado? —preguntó suavemente.

—No lo sé. Mi cerebro improvisa.

—Ya lo he notado.

Debería haberme molestado; en lugar de eso, tuve ganas de reírme. Y eso… Eso era peligrosísimo.

Él dio un paso más hacia mí, muy lento, muy tranquilo, pero suficiente para que el aire cambiara. Yo podía oler su perfume, sentir el calor de su cuerpo y ver diminutas motas grises en sus ojos. Estaba demasiado cerca, y era demasiado hombre para mí, lo sabía.

Mi pulso empezó a acelerarse de forma completamente traidora y él lo notó, claro que lo notó, porque de repente esa mirada tranquila se volvió más oscura, más intensa, más masculina.

—Tienes una costumbre peligrosa, Alma.

Tragué saliva.

—¿Cuál?

Bajó ligeramente la voz.

—Provocarme.

El corazón me golpeó tan fuerte que casi me enfadé con él. Con mi corazón, no con Lukas. Bueno, con ambos. Intenté responder algo ingenioso, pero no salió; mi cerebro estaba ocupado sobreviviendo. Lukas inclinó apenas la cabeza hacia mí y entonces susurró:

—Ten cuidado conmigo, jefa.

Silencio. El aire desapareció y mi autocontrol también, porque mientras él se alejaba lentamente con los informes en la mano, yo solo pude pensar una cosa: demasiado tarde.