Capítulo 2
Lukas
Málaga al amanecer tenía algo peligrosamente bonito. Demasiado cálido. Demasiado luminoso. Demasiado vivo para alguien como yo.
Conducía por la costa con una mano sobre el volante mientras el sol empezaba a teñir el mar de naranja y oro.
La ciudad despertaba lentamente: cafeterías abriendo, corredores junto al paseo marítimo, camareros colocando terrazas.
España siempre había sabido cómo hacer que la vida pareciera sencilla.
Tal vez por eso nunca conseguí quedarme.
La pantalla del coche mostró las seis y doce. Llevaba despierto desde las cuatro. Otra vez.
Dormir bien era un lujo que mi cabeza había decidido dejar de permitirse hacía años.
Suspiré mientras reducía velocidad en una curva.
Aceptar el puesto en Medina Global Tech había sido un error.
Lo supe en cuanto el avión aterrizó en Málaga.
Lo confirmé en cuanto vi a Héctor Medina observándome como si pudiera leer mis pensamientos.
Y terminé de entenderlo cuando su hija me tiró café encima sin apartar la mirada.
Sonreí apenas. Mal asunto. Muy mal asunto, porque no debería haberme hecho gracia. Mi padre habría odiado aquella reacción.
“Control, Lukas. Un hombre inteligente nunca pierde el control” .
La voz de Klaus Schneider seguía instalada en mi cabeza incluso después de años viviendo lejos de él.
Disciplina. Precisión. Perfección. Errores mínimos.
Emociones mínimas. Mi padre no levantaba la voz; nunca hacía falta.
Bastaba una mirada suya para convertir una habitación entera en territorio diplomático hostil.
Yo había crecido entre embajadas, cenas oficiales y conversaciones donde una palabra equivocada podía destruir acuerdos internacionales.
Aprendí muy pronto tres cosas: observar antes de hablar, controlar lo que sentía y no depender emocionalmente de nadie.
Funcionaba. Hasta ahora. Porque Alma Medina era exactamente el tipo de persona que destrozaba sistemas cuidadosamente construidos.
Impulsiva, ruidosa, provocadora, caótica y completamente imposible de ignorar.
Apreté ligeramente la mandíbula. No me gustaba pensar en ella, mucho menos después de pasar apenas cuarenta y ocho horas en la empresa.
Entré en la urbanización privada y el portón automático se abrió lentamente.
Mi chalet aparecía al fondo, minimalista y silencioso, rodeado de líneas rectas, cristal y un jardín tan perfectamente ordenado que parecía renderizado por ordenador.
Gael decía que mi casa tenía “energía de millonario emocionalmente inaccesible”. No era incorrecto.
Aparqué frente a la entrada y el móvil vibró sobre el asiento.
Era una videollamada entrante de Gael. Por supuesto.
Acepté mientras salía del coche. La cara de mi mejor amigo apareció inmediatamente en pantalla usando gafas de sol dentro de casa, porque Gael Márquez llevaba el dramatismo incorporado de fábrica.
—Buenos días, empresario traumado. —Son las seis de la mañana. —Y ya estás guapo y deprimido. Admirable.
Entré en casa ignorándolo. Gael sonrió.
—Bueno… lo importante. ¿Ya has conocido a la heredera?
Cogí las llaves y las dejé sobre la encimera de la cocina.
—Sí.
—¿Y?
Pensé en unos ojos verdes enormes, en una sonrisa descarada, en tacones imposibles, en café cayendo sobre mi camisa, en su voz desafiante y en cómo toda la sala desaparecía cuando hablaba. Mierda.
—Es agotadora.
Gael soltó una carcajada tan fuerte que tuve que separar el móvil del oído.
—Eso significa que te gusta.
Abrí la nevera.
—Eso significa que necesito whisky.
—A las seis de la mañana. Excelente. Ya estás enamorado.
—No digas estupideces.
—Lukas, te conozco desde hace quince años. La última vez que describiste a una mujer como “agotadora”, casi acabas mudándote con ella a Lisboa.
—Y aquella relación terminó fatal.
—Precisamente porque tenías sentimientos y entraste en pánico emocional como un ciervo atropellado.
Cerré la nevera con más fuerza de la necesaria.
—No tengo ningún interés en Alma Medina.
Gael me observó unos segundos con una sonrisa lenta.
—Claro.
—Gael.
—¿Te tiró café encima de forma accidental o sexual?
Lo miré fijamente.
—Voy a colgar. —Eso ha sido un “sexual”.
La llamada terminó entre sus carcajadas. Respiré hondo. Silencio. Sonaba jazz suave desde el sistema domótico y la luz del amanecer entraba por las cristaleras. Normalmente, aquello bastaba para tranquilizarme; aquella mañana no funcionó porque seguía pensando en ella. Y eso era un problema.
La oficina ya estaba despierta cuando llegué.
Demasiado despierta. Había movimiento constante entre departamentos, llamadas internacionales, pantallas encendidas y empleados intentando aparentar normalidad mientras claramente me observaban de reojo.
La noticia de mi llegada había corrido rápido; la noticia de Alma lanzándome café, probablemente más.
Noelia apareció tan pronto como crucé la recepción. Perfectamente peinada, perfectamente organizada, perfectamente tensa.
—Buenos días, señor Schneider.
—Lukas, por favor.
Ella asintió rápidamente.
—He reorganizado sus reuniones y preparado informes financieros de Singapur y Dubái.
—Gracias.
Caminamos hacia mi despacho.
—También… eh… Recursos Humanos recomienda evitar enfrentamientos públicos con la señorita Medina durante la primera semana.
La miré y Noelia tragó saliva.
—Es una recomendación informal.
—Entiendo.
—Bruno ha abierto una apuesta colectiva.
Cerré los ojos un segundo.
—¿Sobre qué exactamente?
—Sobre cuánto tardarán ustedes en discutir otra vez.
—Extraordinario ambiente laboral.
—Ahora mismo va ganando “menos de doce horas”.
Entré en mi despacho antes de responder nada.
Amplio, minimalista, con cristaleras enormes y vistas al puerto.
Todo impecable, todo bajo control, o al menos de eso intentaba convencerme.
Dejé la chaqueta sobre la silla y revisé varios informes mientras el edificio seguía llenándose de ruido.
Entonces escuché una carcajada. Su carcajada.
Miré involuntariamente hacia el exterior del despacho. Alma atravesaba el pasillo acompañada por varios empleados mientras se reía de algo que Bruno decía, haciendo gestos absurdos con las manos.
Y ahí estaba otra vez esa sensación extraña, porque ella no caminaba como los demás ejecutivos. No parecía una directiva multimillonaria; parecía… viva. Exageradamente viva.
Llevaba un traje azul eléctrico imposible de ignorar y el pelo ondulado cayéndole por la espalda. Hablaba rápido, movía mucho las manos y sonreía sin contenerse. Todo en ella era lo contrario a mí. Tal vez por eso no podía apartar la mirada.
Entonces ocurrió algo surrealista. Se detuvo en mitad del pasillo, se quitó un zapato y siguió caminando descalza. Parpadeé. Bruno empezó a reírse tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared mientras Alma levantaba el tacón roto como si fuera un cadáver de guerra.
—¡Doscientos euros y han muerto en combate! ¡Exijo justicia!
Iván estaba grabándolo para TikTok, Paula parecía acostumbrada y Sergio le ofreció café como si aquello fuese completamente normal.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Bruno entre risas.
—Sí. Necesito un funeral para mis zapatos.
Seguí observándola sin entender por qué aquella escena me resultaba tan fascinante.
Cualquier otra ejecutiva habría intentado mantener la compostura, pero Alma convertía el desastre en espectáculo, y la gente la adoraba por ello.
Ella levantó la vista entonces y nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Silencio. Ni siquiera sé por qué el aire cambió de golpe, pero cambió.
Su sonrisa desapareció apenas un segundo y luego levantó lentamente el zapato roto hacia mí como si fuese una amenaza.
No pude evitarlo: sonreí, muy poco, pero lo hice.
Error. Porque algo brilló en sus ojos verdes inmediatamente; algo peligrosamente divertido.
Alma Medina disfrutaba provocándome, y lo peor era que empezaba a sospechar que yo también disfrutaba respondiendo.
A las once de la mañana ya habíamos discutido tres veces. A las doce, cuatro. A las doce y media, Alma estaba gritando a un proveedor francés mientras comía patatas fritas.
—Pues entonces cancelamos el envío y os quedáis sin contrato marítimo en Marsella, Philippe. Me da igual que pongas voz sexy de francés dramático. No voy a ceder. —Silencio. Crujido de patata—. No, escucha tú, croissant con ansiedad…
Me detuve frente a su despacho abierto. Ella seguía de espaldas a mí, sentada sobre la mesa en lugar de en la silla, completamente descalza y con papeles desordenados por todas partes. Aquello parecía un huracán ejecutivo.
—No me importa si amenazáis con abogados. Nosotros tenemos mejores abogados y, además, Paula da miedo. —Otra pausa—. Sí, eso también va por escrito.
Colgó bruscamente y después se metió otra patata en la boca.
—¿Problemas internacionales? —pregunté desde la puerta.
Alma se giró sobresaltada.
—Joder.
—Bonita bienvenida.
—No te oigo llegar nunca. Eso es sospechoso.
Entré en el despacho lentamente.
—El proveedor francés aceptará el contrato en menos de dos horas.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y cómo lo sabes, señor arrogancia centroeuropea?
—Porque acabas de demostrar que puedes permitirte perderlos.
Sus ojos brillaron apenas. Interesante; le gustaba que le llevaran la contraria.
—No eres tan aburrido como aparentas.
Miré el caos de su despacho.
—Y tú eres exactamente tan caótica como imaginaba.
Ella sonrió. Peligro absoluto.
—¿Siempre eres tan arrogante?
—¿Siempre hablas tanto?
—Sí.
La comisura de mi boca se movió apenas.
—Sí, creo que sobreviviremos a todo esto.
Y entonces, silencio. Uno extraño y denso.
Ella seguía sentada sobre la mesa observándome fijamente mientras balanceaba un pie descalzo en el aire.
Y de repente fui demasiado consciente de pequeños detalles absurdos: su perfume, el lunar junto a la clavícula, la forma en que se mordía el labio cuando pensaba. Mala idea. Muy mala idea.
—Tu padre cree que podemos cerrar el acuerdo europeo antes de diciembre —dije obligándome a volver al trabajo.
—Podemos hacerlo.
—Si dejamos de intentar asesinarnos verbalmente.
—Eso elimina el entretenimiento de mis días.
Nos observamos unos segundos más y entonces alguien apareció corriendo por el pasillo. Era Noelia, nerviosa, muy nerviosa.
—Tenemos un problema.
Alma bajó inmediatamente de la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—Ha habido una filtración interna.
El aire cambió. Desapareció el juego y desapareció la tensión divertida. Alma frunció el ceño al instante; la directora ejecutiva, el huracán convertido en acero.
—¿Qué tipo de filtración?
—Datos del acuerdo europeo.
Silencio. Vi algo cruzar el rostro de Alma. No era miedo, sino rabia, una peligrosa rabia contenida.
—¿Quién más lo sabe? —pregunté.
—Solo Héctor, y ahora vosotros.
Alma se pasó una mano por el pelo lentamente, pensando rápido, procesando, brillante. Y ahí estaba otra vez esa sensación incómoda en mi pecho, porque cuanto más la observaba, más difícil resultaba recordar que aquello era una pésima idea. Una idea terrible, catastrófica.
Yo había venido a Málaga para trabajar, no para obsesionarme con una mujer que parecía diseñada específicamente para destruir mi autocontrol.
Y mientras ella empezaba a caminar de un lado a otro organizando soluciones a toda velocidad, entendí algo peligrosamente claro: la peor idea de mi vida era desear a mi jefa.