Jefa, no me provoques Capítulo 1
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Jefa, no me provoques

Jefa, no me provoques

Por Marcos A. C.

© inepub.com

Capítulo 1

Alma

El problema de pertenecer a una familia adinerada era que la gente asumía que tu vida era perfecta. Pero no lo era.

Por ejemplo: aquella mañana de sábado llevaba veinte minutos discutiendo con una tostada.

— No pienso comerme eso —murmuré mirando el aguacate sospechoso que Candela insistía en llamar “maduración óptima”.

El móvil vibró sobre la mesa de madera de la terraza acristalada y cuando acepté la videollamada, la cara de mi mejor amiga apareció en pantalla con expresión dramática.

—Estás hablando sola otra vez —dijo mientras sorbía café—. Ese es el primer paso hacia la locura.

—Estoy negociando con mi desayuno.

—Pierdes facultades.

—Y tú pierdes humanidad bebiendo café soluble.

Candela puso los ojos en blanco. La luz de la mañana inundaba la terraza; el mar brillaba al fondo como si alguien hubiese derramado purpurina azul sobre Málaga.

Las buganvillas del jardín se movían con el viento suave y yo estaba descalza, con una camisa blanca enorme y el pelo hecho un desastre sobre un hombro.

Mi lugar favorito del mundo. Hasta que Candela abrió la boca.

—Bueno —dijo con esa voz de “voy a destruirte emocionalmente”—. La empresa está revolucionada.

Yo seguí untando tomate sobre la tostada.

—¿Qué han hecho ahora? ¿Bruno ha vuelto a intentar piratear la cafetera inteligente?

—Peor.

Levanté una ceja.

—Imposible.

Candela acercó la cara a la cámara.

—Tu padre ha contratado a un nuevo director internacional.

El cuchillo quedó suspendido en el aire.

—¿Cómo que hay un nuevo director internacional?

—Pues eso. Alto, extranjero y al parecer tan serio que da miedo pedirle la contraseña del WiFi.

Parpadeé. Después me reí, una risa corta y peligrosa.

—Mi padre no puede contratar a alguien así sin decírmelo.

—Cariño —dijo Candela—, tu padre puede comprar medio Mediterráneo sin pedir permiso.

Eso era irritantemente cierto. Me recosté en el sofá crema intentando aparentar indiferencia.

—Vale. ¿Y qué más sabes del señor “vengo a traumatizar empleados”?

Candela sonrió lentamente. Mala señal.

—Dicen que viene para reorganizar departamentos.

Me incorporé.

—¿Perdón?

—Y también dicen que tiene fama de despedir gente.

Abrí mucho los ojos.

—Ah, fantástico. Un psicópata nuevo en la multinacional.

Candela soltó una carcajada.

—Bruno asegura que el tipo trabajó en Hamburgo y Singapur y que consiguió duplicar beneficios en menos de un año.

—Bruno también cree que Beyoncé controla Wall Street.

—Eso no invalida su información.

Me levanté con el café en la mano y empecé a caminar por la terraza. Lo hacía siempre cuando me ponía nerviosa. Y hablaba, muchísimo.

—No entiendo por qué mi padre no me ha dicho nada. Yo llevo estrategia internacional. Literalmente, es MI departamento. Bueno, parcialmente mío. Vale, no mío porque técnicamente la empresa es suya, pero algún día será mía y...

—Alma.

—¿Qué?

—Respira entre frases. Sufro al verte sin respiración.

Le dediqué una mirada ofensiva. Ella bebió café con total tranquilidad.

—Además —continuó—, todo el mundo cree que vais a mataros.

—Perfecto.

—Hay apuestas.

—Aún mejor.

—Yo aposté por ti.

Sonreí.

—Sabía que eras una amiga leal.

—No. Aposté a que lo harás llorar antes de Navidad.

Mi orgullo se sintió absurdamente satisfecho.

—Gracias.

—De nada.

Me apoyé en la barandilla de cristal observando el mar.

La verdad era que aquello me molestaba más de lo que quería admitir.

Mi padre nunca tomaba decisiones importantes sin consultarme.

Nunca. Yo llevaba años preparándome para dirigir Medina Global Tech .

Había sacrificado relaciones, vacaciones, sueño y probablemente parte de mi estabilidad mental por aquella empresa.

Y ahora aparecía un hombre misterioso contratado sin que yo lo supiera. Genial. Simplemente genial.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

Candela sonrió como si estuviera disfrutando demasiado.

—Lukas Schneider.

—Muy alemán todo.

—Muy alto también, según Recursos Humanos.

—¿Desde cuándo Recursos Humanos mide ejecutivos?

—Desde que Noelia salió de una reunión diciendo “madre de Dios”.

Solté una carcajada. Después bebí café. Después fruncí el ceño.

—No me gusta.

—Ni siquiera lo conoces.

—Precisamente. Los desconocidos son agotadores.

Candela me observó unos segundos.

—Estás celosa.

Me atraganté.

—¿Perdón?

—Tu padre ha traído a otro tiburón empresarial y tu ego está haciendo piruetas.

—Mi ego no hace piruetas.

—Tu ego baila flamenco armado.

Eso también era irritantemente cierto. Suspiré y me dejé caer otra vez en el sofá.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que ahora voy a tener que ir a la oficina un sábado para comprobar si este hombre es un asesino corporativo o solo un imbécil.

Candela sonrió.

—Ponte tacones intimidantes.

—Tengo unos rojos que parecen ilegales.

—Esos.

La llamada terminó diez minutos después, cuando Candela decidió que debía “prepararse emocionalmente para el drama empresarial”. Yo me quedé sola. Con el café. Con el mar. Y con una sensación rara instalada en el pecho. Algo estaba cambiando, y odiaba no tener el control.

Llegué tarde. Otra vez. Pero técnicamente no era culpa mía; era culpa de un atasco infernal, un motorista suicida, mi incapacidad para decidir entre unos zapatos nude o unos negros, y mi padre, por contratar alemanes sorpresa.

Entré en el edificio principal de Medina Global Tech a toda velocidad mientras intentaba colocarme bien la chaqueta verde esmeralda.

La recepción estaba extrañamente silenciosa.

Eso daba miedo. Las pantallas gigantes mostraban datos logísticos internacionales, movimientos portuarios y gráficos de comercio marítimo en tiempo real.

El edificio entero olía a café caro, ambición y estrés ejecutivo. Mi hogar.

—Buenos días, Alma —saludó Marta desde recepción con expresión nerviosa.

—Esa cara significa cotilleo. Habla.

Marta bajó la voz.

—Ya ha llegado.

—¿El alemán?

Asintió.

—Da muchísimo miedo.

—Perfecto. Me encantan los retos psicológicos antes del desayuno.

Seguí caminando mientras varios empleados fingían trabajar cuando claramente estaban observándome. Los rumores corrían rápido en Medina Global Tech . Más rápido que nuestros servidores.

Al llegar a la cafetería corporativa, encontré a mi grupo habitual ocupando media mesa como si fueran accionistas de un reality show . Bruno fue el primero en verme.

—¡La heredera ha llegado!

—Y tú sigues vivo, increíblemente.

Sergio levantó un café.

—He ganado cincuenta euros apostando a que vendrías furiosa.

—Dame mi porcentaje.

Iván estaba pegado al móvil.

—Hay teorías en el TikTok interno.

—¿Tenemos un TikTok interno?

—No, oficialmente.

Paula, elegantísima como siempre, me observó por encima de su taza.

—Dicen que el nuevo director ha despedido a treinta personas en Dubái.

—Eso es eficiencia, o villanía al estilo Disney.

—Ambas cosas pueden coexistir —dijo Paula.

Bruno sonrió como un gremlin problemático.

—Yo apuesto cien euros a que intentas echarlo antes de un mes.

—Yo apuesto a que él intenta echarme primero —respondí.

—Eso sería divertidísimo —dijo Iván.

—Eso sería ilegal —corrigió Paula.

—Eso nunca ha detenido a nadie interesante.

Me serví café. Muy necesario.

—¿Dónde está mi padre?

—En la sala de juntas —respondió Sergio—. Y el alemán también.

Bruno hizo una mueca dramática.

—Tiene ojos de villano, pero un villano elegante.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Que probablemente sabe desmontar empresas y camas con la misma facilidad.

Todos soltaron carcajadas. Yo no. Porque inexplicablemente aquella frase me puso nerviosa, y eso me molestó aún más.

Cinco minutos después entré en la sala de juntas convencida de que dominaba perfectamente la situación.

Error. Gravísimo error. La sala estaba llena de ejecutivos, pantallas holográficas y tensión financiera.

Mi padre hablaba con varios miembros del consejo junto a la cristalera.

Entonces lo vi, y el universo decidió reírse de mí.

Alto. Muchísimo. Traje oscuro impecable.

Espalda enorme. Postura tranquila. Control absoluto.

Tenía el pelo rubio oscuro ligeramente despeinado, como si incluso el caos obedeciera normas alemanas a su alrededor.

Y cuando giró la cabeza hacia mí, aquellos ojos gris azulado me atravesaron con una calma peligrosísima.

Mierda. Vale. Entendía lo de “madre de Dios”.

El hombre imponía, no porque intentara llamar la atención, sino porque no necesitaba hacerlo.

Mi padre sonrió en cuanto me vio.

—Alma.

—Papá.

Intenté sonar normal. Elegante. Profesional. No como alguien que acababa de experimentar un microinfarto visual. Mi padre se acercó.

—Lukas dirigirá la reorganización internacional junto contigo —explicó mi padre.

Junto contigo. Claro. Fantástico. Maravilloso.

—Qué ilusión —mentí.

Lukas seguía observándome, demasiado atento, como si intentara descubrir qué había debajo de mis sonrisas falsas y mis tacones asesinos. Mala suerte para él; ni yo misma lo sabía.

Nos sentamos frente a frente. Error táctico.

Porque ahora podía verlo perfectamente: las manos grandes, el reloj elegante, el tatuaje discreto asomando bajo la manga, la mandíbula tensa y aquella manera insoportable de parecer tranquilo mientras el resto del mundo sudaba estrés. Odiaba a la gente así.

La reunión comenzó. Pantallas, gráficos, proyecciones internacionales.

Yo presenté el plan de expansión para los siguientes dos años con la seguridad habitual.

Era buena en aquello, muy buena. Sabía negociar con inversores agresivos, cerrar contratos imposibles y detectar mentiras antes de que terminaran la frase.

Aquel era mi terreno. Hasta que Lukas habló.

—Tus cifras de expansión son demasiado agresivas.

Silencio. Levanté lentamente la mirada hacia él. Sonreía apenas, con calma, como si no acabara de lanzarme una bomba.

—¿Perdón?

Lukas apoyó una mano sobre la mesa.

—El crecimiento simultáneo en Dubái y Singapur aumentaría demasiado el riesgo financiero operativo.

—No si optimizamos la automatización portuaria antes del tercer trimestre.

—Eso requiere una inversión excesiva en personal técnico.

—Genera el doble de beneficios a medio plazo.

—También duplica posibilidades de fallo.

Mi sonrisa se volvió peligrosamente dulce.

—Y las tuyas demasiado aburridas.

Algunos ejecutivos dejaron de respirar. Literalmente. Lukas sostuvo mi mirada, impasible.

—Las mías funcionan.

—Las mías hacen dinero.

Mi padre se estaba divirtiendo. Lo sabía porque tenía esa expresión de “esto acabará mal, pero será entretenido”. Traidor. Lukas entrelazó las manos.

—Las decisiones impulsivas suelen salir caras.

Ah, no. Por ahí sí que no iba a pasar.

—Y las decisiones cobardes suelen hundir empresas.

Paula miraba el techo intentando no reírse.

Bruno probablemente estaba imaginando apuestas nuevas.

El ambiente se tensó todavía más, pero Lukas no apartó la mirada ni un segundo.

Y aquello... aquello era rarísimo. La mayoría de los hombres terminaban incómodos cuando yo discutía con ellos de frente; él parecía disfrutarlo. Eso era peligrosísimo.

Me levanté de golpe agarrando el café.

—Si has venido aquí para explicarme cómo funciona MI departamento...

Y entonces ocurrió. El tacón se enganchó ligeramente en la silla. Mi equilibrio desapareció. El café voló directo sobre la camisa perfecta de Lukas.

Silencio absoluto. El tiempo se congeló. Una gota descendió lentamente por su corbata. Nadie respiró; yo tampoco. Después intenté no reírme, de verdad lo intenté, pero había algo absurdamente cómico en aquel hombre perfecto cubierto de café colombiano premium.

Lukas bajó la vista hacia su camisa. Luego volvió a mirarme lentamente. Muy lentamente.

—¿Eso ha sido un accidente?

Mi cerebro decidió suicidarse socialmente.

—¿Quieres la versión diplomática o la sincera?

Alguien al fondo soltó una tos que sonó sospechosamente a carcajada. Mi padre se tapó la boca. Cobarde. Lukas seguía mirándome y entonces pasó algo inesperado: sonrió, muy poco, pero sonrió. Y, madre de Dios...

Aquello debería venir con advertencias sanitarias, porque de repente entendí algo peligrosísimo: el alemán tenía una sonrisa capaz de arruinarme la vida.