Jefa, no me provoques Capítulo 22
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Capítulo 22

Lukas

Cerré la puerta del coche con una fuerza que hizo vibrar el chasis entero.

Alma estaba apoyada contra la puerta de entrada de mi chalet, con los brazos cruzados sobre el pecho, cubriéndose.

.. aunque en realidad no llevaba nada bajo mi chaqueta de traje.

Solo eso. La tela oscura que le llegaba a medio muslo, dejando al descubierto piernas que aún brillaban con el sudor de lo que había presenciado en la azotea de Gael.

Mi chaqueta. Mi olor. Su piel desnuda.

La imagen me golpeó de nuevo mientras caminaba hacia ella.

La había visto. Todo. Desde el primer beso entre ella y Candela, hasta el momento en que Gael se había movido dentro de ella, hasta el grito que había arrancado de su garganta cuando se corrió.

Había estado allí, en las sombras, paralizado, sintiendo cómo la rabia y el deseo se mezclaban en una coctelera explosiva que amenazaba con destruir mi cordura.

Ella me miró. Sus ojos verdes brillaban con algo que no sabía definir. Vergüenza, quizás. Desafío, seguramente. Pero también necesidad. La misma necesidad que sentía yo, aunque no quisiera admitirlo.

Se apartó de la puerta. Saqué las llaves con dedos que temblaban ligeramente. No de nerviosismo. De pura adrenalina contenida. De la necesidad violenta de reclamar lo que había visto compartido con otros.

Cuando entramos, el silencio de mi chalet nos envolvió. Ese silencio ordenado, minimalista, que siempre me había parecido refugio y ahora se sentía como una jaula prestada para dos animales heridos.

Alma caminó hasta el salón. Se detuvo frente al sofá de cuero negro.

Se giró. Y se sentó, cruzando las piernas con una elegancia que contradecía completamente la situación.

La chaqueta se abrió ligeramente, dejando ver un destello de su muslo interno, ese punto donde la piel es más suave, donde había visto a Gael poner sus manos hacía apenas media hora.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome? —preguntó, y su voz tenía ese tono provocador que me volvía loco.

—Estoy decidiendo si te estrangulo o te follo —respondí, y el vulgarismo sonó extraño en mi boca, pero era la verdad pura.

Sus labios se entreabrieron. No se ofendió. Se excitó. Lo vi en el brillo de sus ojos, en la forma en que sus pezones se endurecieron bajo la tela de mi chaqueta.

Me acerqué a la barra. Cogí la botella de whisky de malta. Dos vasos. Serví generosas cantidades en ambos. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue. Me llevé uno a los labios y me lo EBIT de un trago. El fuego bajó por mi garganta, pero no calmó nada. Nada podía calmar esto.

Le ofreció el segundo vaso. Lo cogió. Lo observó. Lo bebió. Un trago largo, seguido de otro. Se le escapó una gota por la comisura de los labios. Su lengua salió para capturarla, y casi me deshizo allí mismo.

—Hablemos —dije, sentándome en el sillón individual frente a ella. Necesitaba distancia. Necesitaba no tocarla todavía.

—¿De qué? —preguntó, dejando el vaso vacío sobre la mesa de centro.

—De lo que vi. De lo que sentí. De por qué estás aquí, desnuda bajo mi ropa, cuando deberías estar en tu casa, lejos de mí.

Alma se inclinó hacia delante. La chaqueta se abrió más. Vi la curva de su pecho, el valle entre ellos, la sombra de su ombligo.

—¿Qué sentiste? —preguntó, desafiándome—. Cuando nos viste. Cuando viste a Gael dentro de mí. Cuando viste a Candela besarme.

Cerré los ojos. La imagen volvió con cruel claridad. Su cuerpo arqueado. Su boca abierta en un grito de placer. Las manos de Gael en sus caderas. La forma en que se había entregado, completamente, sin reservas.

—Celos —admití, abriendo los ojos—. Unos celos brutales, viscerales, que me hacían querer matar a mi mejor amigo con mis propias manos.

—¿Solo celos?

La miré fijamente.

—No —susurré—. También... excitación. Me excitó verte así. Deshecha. Entregada. Tomando lo que querías. Fue como ver una película prohibida que no podía dejar de mirar, aunque cada imagen me destrozara.

Alma se quedó inmóvil, y su respiración se aceleró.

—¿Te excitó verme con otros? —Su voz tembló.

—Me excitó verte. Punto. Ver tu placer. Tu abandono. Pero la rabia... —Me pasé una mano por el pelo, despeinándome más—. La rabia de que fuera él quien te diera eso. De que fuera ella quien te besara. De que no fuera yo.

—Podrías haberte unido —dijo, y su voz fue un hilo de seda—. En lugar de esconderte en las sombras como un ladrón.

—No —corté—. No soy capaz de compartirte, Alma. No soy tan evolucionado. Cuando te vi con ellos, supe que eso era lo último que vería antes de perderte. Y no podía soportarlo.

El silencio se extendió entre nosotros, cargado de electricidad. El reloj de la pared marcaba las tres de la mañana, pero el tiempo había dejado de existir.

—No debería desearte —dije, rompiendo el silencio—. Eres mi jefa. Trabajamos juntos. Hay demasiados secretos entre nosotros. Demasiados fantasmas. Y aun así...

—¿Y aun así? —susurró.

—Y aun así no puedo respirar sin pensar en ti. No puedo cerrar los ojos sin verte. No puedo tocar mi piel sin imaginar que son tus manos.

Alma se levantó. Caminó hacia mí con pasos lentos, deliberados. Se detuvo entre mis piernas separadas. Desde esa posición, mirándola desde abajo, parecía una diosa vengativa. Una deidad del caos.

—Yo no debería necesitarte —dijo, y su voz sonó firme, aunque vi el temblor en sus manos—.

Debería odiarte. Me has hecho sentir miserable.

Me has rechazado. Me has dejado plantada en esa azotea para venir aquí y.

.. —Su voz se quebró—. Y, aun así, cuando te vi en esa puerta, cuando te oí decir que estabas desde el primer beso.

.. algo se rompió dentro de mí. Algo que llevaba semanas conteniendo.

—¿El qué? —preguntó, con la voz ronca.

—La verdad —susurró—. La verdad es que te necesito. De que te deseo. De que te odio y te amo con la misma intensidad destructiva.

La palabra "amar" colgó en el aire como una bomba. Ninguno de los dos la retiró.

Sonreí. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que no tenía nada que ver con la elegancia controlada que solía mostrar al mundo. Era la sonrisa de un hombre que ha decidido dejar de fingir.

La cogí por las muñecas. Tiré de ella hacia abajo. Cayó sobre mí, a horcajadas sobre mis piernas, con la chaqueta abierta completamente ahora, dejando su cuerpo desnudo expuesto a mis ojos.

—Repítelo —ordené.

—Te odio —suspiró, con los labios a centímetros de los míos.

—La otra parte.

—Te... —Tragó saliva—. Te necesito.

No esperé más, y la besé.

Fue un beso de hambre y fiereza, como ella había pedido.

No hubo suavidad. No hubo preliminares. Fue un choque de bocas, de dientes que chocaban ligeramente, de lenguas que se encontraban en una batalla por el dominio.

Mis manos subieron por su espalda desnuda, encontrando la chaqueta, empujándola hacia abajo.

Alma se incorporó lo justo para dejar que la prenda cayera al suelo.

Se quedó completamente desnuda sobre mí, con la piel de gallina por el frío del aire acondicionado, o quizás por la excitación.

Sus pechos estaban a la altura de mis ojos, perfectos, con los pezones endurecidos en picos que pedían ser tocados.

La miré. La devoré con la vista. Cada centímetro de piel que había visto compensada ahora era solo mío. Solo para mí.

—Jefa —susurré, con la voz tan ronca que apenas la reconocí—. No me provoques.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome su cuello, su clavícula, ese lunar junto a la clavícula que me volvía loco desde el primer día.

—Tarde, alemán —respondió, con una risa baja y sensual—. Llevo provocándote desde que nos conocimos. Desde que te vi impertérrito en esa sala de juntas, fingiendo que no me deseabas mientras yo fingía que no me importabas.