Jazmín y pólvora Capítulo 22
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Capítulo 22

Tres días enteros pasaron flotando en una sustancia gris, un limbo espeso donde la conciencia y el desmayo se fundían sin dejar rastro de tiempo.

Mateo tenía una cánula en la nariz que lo ayudaba a respirar, y varios monitores adheridos al pecho en la unidad médica de la fortaleza.

Cuando las pestañas por fin le pesaron menos y logró abrir los ojos del todo, la luz blanca del techo le lastimó las pupilas.

Lo primero que distinguió entre la neblina fue una silueta oscura sentada al borde de la camilla.

Valerio parecía sacado de una guerra de trincheras.

Tenía la barba crecida, aunque el cuerpo limpio: a las enfermeras les había costado un esfuerzo enorme convencerlo de bañarse y cambiarse de ropa, y solo había cedido porque el bebé necesitaba que lo cargara sin oler a pólvora.

Fue la única vez en tres días que se separó de la camilla, y aun entonces dos de las mujeres se quedaron junto a Mateo sin moverse, vigilando cada respiración, hasta que él regresara.

Tenía los ojos hundidos en sombras oscuras.

Llevaba setenta y dos horas sin cerrar los párpados, con la mano grande y callosa aferrada a los nudillos de Mateo con una fuerza que no aflojaba ni dormido, como si temiera que soltarlo un solo segundo bastara para que el cuerpo del omega se le escapara entre los dedos.

Tenía la frente apoyada contra el dorso de esa mano, respirando el pulso de Mateo como quien cuenta ovejas para no volverse loco.

—Hola, capo —murmuró Mateo, con la voz raspada.

Valerio alzó el rostro de golpe.

—Al fin —dijo, con la voz destrozada, ronca de insomnio y de un miedo que llevaba días sin poder soltar.

Sus ojos, siempre duros como el acero de un fusil, estaban inundados de una vulnerabilidad que a Mateo le costó reconocer. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, con una ternura tan ajena a él que a Mateo se le apretó el pecho por dentro.

—No te ibas a librar de mí tan fácil —dijo Mateo, apenas un soplo de aire contra la mascarilla.

—No es gracioso. Estuviste a nada de cruzar la línea, carajo —replicó Valerio, con la voz temblándole por primera vez en su vida—. Te lo juro, Mateo: si me hubieras dejado, quemo esta montaña hasta los cimientos y te sigo al infierno. No sé vivir sin ti.

—Valerio —susurró el omega, sin saber qué hacer con eso.

—No, escúchame, porque no sé si voy a poder repetirlo. Te metiste en cada rincón de mi sangre, de mi cabeza, de toda mi historia. Sé que ya no te quiero solo por la marca, ni por lo que representas para el territorio. Te quiero a ti. A todo lo que eres.

—Yo...

—No, tú no. Yo tengo que decírtelo, aunque me cueste. Perdóname por haber creído que mi poder y el miedo bastaban para retenerte. Nunca voy a volver a darte por sentado.

A Mateo se le llenaron los ojos de lágrimas calientes.

Pensó, sin poder evitarlo, en la primera vez que había olido a este hombre: madera quemada y pólvora fría, un golpe de feromonas que lo había hecho arrodillarse contra su voluntad en el lodo de un muelle, mientras una voz baja le decía que lo llevaría al altar aunque le costara la vida a su hermano.

Habían pasado meses desde esa noche, y el hombre que tenía enfrente, con los ojos rotos de miedo y las manos temblando de cansancio, no tenía nada que ver con el que lo había cazado como a un animal.

O tal vez sí tenía todo que ver, y esa era la parte que más le costaba entender: el mismo monstruo que lo había arrastrado hasta ahí era el sujetaba su mano y se confesaba de esa manera.

La armadura que había tardado años en construirse en los callejones se le desmoronó entera, reducida a nada frente a esas palabras que jamás imaginó escuchar.

Antes de que pudiera responder, la puerta de la unidad se deslizó con un zumbido suave. La enfermera principal entró cargando un pequeño bulto envuelto en mantas de franela.

—Es hora de la toma —dijo, acercándose a la camilla con una sonrisa contenida.

El corazón de Mateo dio un vuelco. Llevaba tres días dormido y su hijo llevaba tres días vivo sin que él lo hubiera visto una sola vez.

—¿Niño? —preguntó, alzando el brazo, buscando alcanzarlo.

La enfermera miró primero a Valerio, que llevaba tres días cargándolo cada pocas horas, esperando por costumbre a que fuera él quien lo tomara.

Pero al ver la urgencia en la cara de Mateo, se acercó directo a la camilla y se lo puso en los brazos a él.

Se retiró un momento después, dejándolos a los tres solos.

Valerio se quedó de pie junto a ellos, con los movimientos rígidos por el cansancio, mirando cómo Mateo acomodaba al niño contra su pecho con un cuidado torpe, como si la criatura fuera de cristal. Algo en la cara del alfa se le quebró en silencio al verlos juntos por primera vez.

El niño era pequeño, con una mata de pelo negro y la piel sonrosada. Apenas sintió el contacto de la piel de su padre, soltó un pequeño sonido y abrió la boca en un reflejo de búsqueda.

Mateo bajó la mirada, con los ojos anegados, y le recorrió la cara entera con los dedos temblorosos: la curva de las orejas, los puños diminutos cerrados con fuerza.

Sintió que algo se le encendía en el pecho, un calor que le aflojó de golpe los músculos tensos del abdomen, la misma sensación exacta que llevaba nueve meses esperando sin saber cómo se sentiría.

—¿Crees que... crees que soy capaz de alimentarlo? —preguntó, con la voz rota, mirando a Valerio con una duda repentina, sintiendo el peso de su propia fragilidad como no la había sentido en años.

—Lo has hecho estos días, tesoro. Puedes con todo —respondió Valerio, sentándose en el borde de la cama y apoyando la mano sobre la cabeza del bebé—. Nada de lo que hagas con él va a salir mal.

Mateo tomó una de las manitas del niño, examinándola con un asombro que no sabía que le cabía en el cuerpo.

—¿Qué hago? —preguntó asustado, sin saber cómo acomodarlo.

Valerio no perdió un segundo. Con movimientos medidos, ayudó a enderezar a Mateo contra el respaldo de la cama, acomodándole las almohadas detrás de los hombros para que el torso quedara expuesto de frente a la luz pálida de la estancia.

Tomó al recién nacido con un cuidado reverencial, ajustando la cabecita menuda contra el hueco del brazo de Mateo, y guio los labios pequeños del cachorro directamente hacia el pezón hinchado y sensible que ya goteaba calostro.

En cuanto el niño se prendió con un tirón hambriento, Mateo soltó un suspiro ahogado, apretando los ojos un instante mientras una oleada de calor eléctrico le bajaba por los conductos mamarios hasta el fondo de las entrañas.

Valerio se quedó quieto a su lado, completamente magnetizado por el cuadro que tenía frente a los ojos. Su respiración se volvió pesada, casi imperceptible, mientras observaba cómo la boca diminuta del cachorro estimulaba el cuerpo de Mateo.

La imagen de su omega, pálido y vencido por el cansancio pero convertido en el altar definitivo de su descendencia, encendió una chispa de posesión tan densa que el aire pareció espesar el roble y el humo de su alfa.

Lentamente, con una fascinación oscura brillando en el fondo de sus pupilas negras, Valerio extendió la mano grande. Hundió el dedo índice justo al borde de la areola de Mateo, donde una gota perlada de leche se deslizaba por la piel blanca, y la recogió con un movimiento lento y deliberado.

Llevó el dedo despacio hasta sus propios labios y le dio un lametón largo, saboreando el gusto tibio y dulce de su omega.

—Ese lugar tuyo ahora es también otra de mis debilidades, tesoro —murmuró Valerio con la voz ronca, pegando los labios a la sien sudorosa de Mateo—. Mírate. Eres dueño de todo lo que respiro.

Las mejillas de Mateo se encendieron, algo que no era común, y sonrió avergonzado pero satisfecho, sentía paz y eso era algo que nunca había experimentado.

—Quiero que dejes la guerra, Valerio —dijo, con una media sonrisa cansada pero firme, mientras el niño mamaba con fuerza contra su pecho—.

Ya no necesitamos quemar ninguna ciudad para demostrar quién manda.

Quiero que nos quedamos aquí arriba. Cerremos las rutas, y reconstruyamos este imperio juntos, tú y yo para que él pueda estar seguro.

—Juntos —murmuró Valerio, apoyando la frente contra la suya—. Los tres juntos.

Se quedaron así un rato largo, sin hablar, escuchando el ruido pequeño de la succión del niño y el pitido tranquilo del monitor, el mismo aparato que tres días antes había marcado una línea recta y ahora solo trazaba un ritmo constante, aburrido, hermoso.

—Todavía no le hemos puesto nombre —dijo Mateo, minutos después, mirando la cabeza pequeña apoyada contra su pecho.

Valerio ya tenía un en mente, pero no sabía si su omega estaría de acuerdo.

—Leandro —dijo al fin—. Para que siempre tengas un Leo cerca, pero uno que empiece limpio. Uno que no tenga nada que ver con las deudas ni con la traición de tu hermano.

A Mateo se le cerró la garganta. No esperaba que Valerio, entre todos los hombres del mundo, fuera quien encontrara la forma de devolverle el nombre de Leo, pero limpio, sin el peso de la traición pegado a cada letra.

Asintió, incapaz de decir nada más, y bajó la vista hacia el niño que ahora tenía nombre.

—Leandro —repitió, probándose la palabra en la boca—. Le queda bien.

Valerio sonrió satisfecho.

Afuera, más allá de las paredes de piedra de la unidad médica, el sol empezaba a subir sobre los picos nevados de la cordillera, tiñendo de naranja el mismo cielo que días antes se había llenado de humo y de disparos.

La fortaleza entera seguía en pie, con las cicatrices frescas de la guerra todavía visibles en los muros, pero en pie.

Los guardias volvían a sus rondas, la cocina volvía a encender los hornos, y en algún punto del ala este los hombres ya empezaban a levantar los escombros del ataque, ladrillo por ladrillo, como quien reconstruye algo que decidió que valía la pena conservar.

Mateo cerró los ojos un momento, sintiendo el peso tibio de su hijo contra el pecho y el peso más tibio todavía de la mano de Valerio sobre su hombro.

Pensó en el muelle, en el bisturí escondido en la bota, en todas las veces que había planeado escapar de esa fortaleza sin mirar atrás.

Ya no quedaba nada de esa persona en él, no porque la hubieran destruido, sino porque había encontrado algo que valía más la pena que la huida.

—Para siempre —dijo, cerrando los ojos, dejando que el sol de la mañana le calentara la cara a través de la ventana.

Valerio le besó la sien, despacio, con la misma devoción con la que había cauterizado su primera herida hacía meses en un sótano oscuro, en la misma noche en que ninguno de los dos sabía todavía que ese odio se iba a convertir en esto.

—Para siempre —repitió, y por primera vez en toda su vida, esas dos palabras no sonaron a amenaza. Sonaron, simplemente, a promesa cumplida.