Jazmín y pólvora Capítulo 23
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Capítulo 23

Meses después.

Las puertas de caoba de la sala principal se abrieron con un chirrido sordo que resonó en el silencio absoluto de la mansión. Alrededor de la mesa de juntas, los capitanes del cartel, hombres de mandíbulas cuadradas y manos curtidas en el plomo, se pusieron de pie al unísono.

La fama de Mateo ya no era un secreto susurrado en los pasillos de la base.

Se había corrido la voz por cada eslabón del territorio: el omega de los Vancanza cuadraba cuentas con la frialdad de un contador de toda la vida y ordenaba ejecuciones con la misma naturalidad con la que se bebe un trago de bourbon.

Su capacidad para mantener la cabeza fría mientras la montaña ardía y las finanzas del cartel se multiplicaban lo había convertido en una leyenda negra entre los subordinados.

Valerio entró con paso firme, llevando en brazos al pequeño Leandro envuelto en lana oscura, mientras Mateo caminaba a su lado. Vestía un traje negro de corte impecable, con el rostro impasible y los ojos azules fijos en la mesa.

—Tomen asiento —ordenó Valerio, acomodándose en la cabecera y dejando al cachorro sobre su regazo con un cuidado que a los veteranos todavía les costaba creer.

Nadie se movió hasta que Mateo ocupó el lugar a su derecha.

—El trimestre cerró con un incremento del treinta por ciento en las rutas del norte —empezó Mateo, con una voz rasposa pero de una claridad helada—.

Las cuentas offshore están limpias. Los intermediarios que intentaron jugar con nuestros márgenes ya fueron reemplazados.

Si alguno de los presentes tiene problemas para entender el nuevo margen de ganancia, puede decirlo ahora.

Nadie sale vivo de un fraude bajo mi firma.

Un murmullo tenso recorrió la mesa. El capitán del flanco este, un veterano que una vez había dudado de la autoridad del omega, tragó saliva y asintió.

—Las cuentas están claras, patrón... y las órdenes del consorte se cumplen al pie de la letra.

Valerio esbozó una sonrisa apenas visible, una mueca de orgullo oscuro.

Se acordaba perfectamente de los días en que ese mismo omega caminaba por la suite, pálido y con las piernas hinchadas, alimentándose a cucharadas de un caldo tibio mientras él lo cuidaba para que no se rompiera por dentro tras la muerte de su hermano.

Habían pasado de la trinchera del encierro a gobernar desde la cúspide, y en la mesa de juntas se notaba cada centímetro de ese camino.

—Este es Leandro —interrumpió Valerio, levantando un poco al cachorro para que todos lo vieran—. El heredero. Y la única persona en este mundo con el derecho de cuestionar nuestras decisiones.

Uno a uno, los capitanes se arrodillaron sobre el parqué en un gesto solemne, inclinándose para besar el anillo de plata en la mano de Mateo, jurando lealtad al hombre que había blindado al cartel y, junto con Valerio lo mantenía en la gloria.

Horas más tarde, con la mansión sumida en el silencio de la madrugada y el pequeño Leandro durmiendo en la habitación contigua, ambos se detuvieron frente al ventanal de la suite principal. Las luces de la ciudad brillaban abajo, conquistadas y sumisas.

Valerio se paró detrás de él, rodeándole la cintura y pegando el cuerpo a su espalda. Hundió la cara en la curva de su cuello, buscando la vieja cicatriz de la mordida, y empezó a besar la marca con una devoción lenta.

—¿En qué piensas? —murmuró contra su piel.

Mateo dejó escapar un gemido bajo, apoyando las manos sobre los brazos de su hombre, sintiendo la barba áspera rozarle la mandíbula.

—En las veces que estuve a punto de volverte loco en esa bata gris —respondió con una media sonrisa socarrona, girándose entre sus brazos.

La bata gris había sido el uniforme invisible de un tiempo en que su mundo entero se reducía a las cuatro paredes de la suite.

Durante aquellos meses en la montaña, mientras el invierno aullaba afuera y el resto del cartel ponía orden en las calles, Mateo se había convertido en una sombra pálida pegada a la cuna y al bulto tibio de Leandro.

Daba igual que los informes financieros exigieran su firma; su única misión se limitaba a alimentar al cachorro a todas horas, perdiendo la noción del sueño entre pañales, silencios y el olor a leche y franela gastada.

Valerio se había vuelto la muralla entre el caos exterior y ese refugio.

Le importaba una mierda si los médicos decían que Mateo estaba estable; después del terror del quirófano y el fantasma de la muerte rozándole los talones, la salud de su omega se había convertido en una obsesión que no dejaba lugar a discusión.

Cada madrugada, cuando Mateo se quedaba dormido sentado en el sillón con el niño al pecho, el alfa tomaba a Leandro entre sus brazos, lo cambiaba y lo dejaba dormir en la cama.

Después, las manos del capo regresaban en la penumbra para levantar a Mateo en vilo, llevarlo a la tina y despojarlo de la bata sucia con paciencia, lavándole el cuerpo con sus propias manos.

Le obligaba a comer bocado a bocado, le secaba el pelo con dedicación, y se acostaba detrás de él mientras su omega acercaba al pequeño entre los dos, cubriéndolos a ambos con el peso de su cuerpo para filtrar cualquier rastro de frío.

—Y lo lograste —admitió Valerio, capturando sus labios en un beso hambriento y profundo—. Pero ahora ya no estamos en la montaña.

Sin soltarlo, lo giró con un movimiento firme, sin apartar la boca de la suya. Entre tropezones y jadeos sucios, los besos los empujaron a través de la habitación oscura hasta que las piernas de Mateo chocaron contra el borde de la cama y cayeron sobre las sábanas.

Valerio le arrancó la ropa con violencia.

Despachó la camisa de un solo tirón, exponiendo las costillas marcadas, el abdomen plano y los pezones ya duros por el frío.

Pasó las manos ásperas, marcadas por años de plomo y guerra, por las caderas estrechas, los muslos pálidos y la curva de los glúteos, apretando la carne sin piedad, marcando cada centímetro de un cuerpo que ya no guardaba rastro de la fragilidad del parto.

Se cernió sobre él, empujándole las caderas contra el colchón con el peso de un hombre que reclama lo que es suyo por derecho de sangre.

Sus labios bajaron desde la mandíbula hasta la garganta, succionando la piel con fuerza hasta dejar una marca oscura, un recordatorio de a quién pertenecía ese territorio.

—Mírate ahora —gruñó Valerio contra su boca, con la voz ronca, dejando salir un rastro espeso de feromonas de roble que saturó la alcoba—. Ya no estás escondido en esa bata gris rogando por aire, ahora ruegas mi tacto.

Mateo soltó una carcajada corta, arqueando el torso para pegarse más a su dureza, sintiendo el calor que ya brotaba entre sus muslos.

—Y tú que te reciba en mi interior, capo —respondió, antes de morderle el labio inferior hasta sacarle una gota de sangre.

Valerio soltó un gruñido gutural. Bajó la cabeza y atrapó un pezón entre los dientes, mordisqueándolo hasta hacer arquear a Mateo, antes de cubrirlo con la lengua mientras el otro pezón era amasado con los dedos.

Hacía un mes que el cachorro había terminado la lactancia y ahora esa parte de su cuerpo era de nuevo suya por completo.

Despacio, dejó un rastro de besos que bajaron por las costillas, recorrieron el vientre marcado por la cicatriz limpia de la cesárea y llegaron hasta su ingle.

—Valerio —gimoteó el omega al sentir el aliento sobre su miembro erecto.

Sin dudarlo, envolvió la polla dura de Mateo con los labios, engulléndola de un solo golpe y succionando con un ritmo obsceno, guiando sus arcadas con una mano firme en la base mientras los gemidos rotos rebotaban contra las paredes.

Cuando Mateo se retorció al borde del colapso, Valerio se apartó, le separó las piernas por completo y alzó sus caderas, recargándole las piernas en los hombros.

Hundió la lengua en su agujero, abriéndolo, preparando las paredes internas hasta hacerlo suplicar en voz baja mientras los dedos estiraban el tejido.

Mateo chillaba, susurraba y gemía desesperado.

—Arriba —ordenó, enderezándose.

Mateo obedeció con una urgencia salvaje. Se acomodó a horcajadas sobre su pecho ancho, con la polla de Valerio rozándole los labios internos. Con las manos apoyadas en el pecho duro del alfa, se alineó y se dejó caer de golpe.

El cuerpo de Valerio se contrajo con un rugido cuando la carne caliente lo engulló por completo de una sola vez.

—Joder... —siseó, con los ojos inyectados de fiebre, aferrándose a sus caderas.

Mateo empezó a moverse, marcando su propio ritmo, cabalgándolo con una fiereza desatada mientras las carnes chocaban en un aplauso húmedo y constante. Valerio le guiaba las embestidas hacia arriba, empujándolo cada vez más hondo en un vaivén que hacía crujir la cama.

—Mírate gobernando sobre mí, maldita sea —le bramaba desde abajo, devorando con los ojos el pelo revuelto y la boca abierta de Mateo—. Recibiendo a tu alfa como un campeón. ¿De quién eres, Mateo? —exigió escucharlo.

Meses sin poder embestir a su omega, lo tenían en el filo de la locura.

—Tuyo... soy tuyo, capo —aulló Mateo, apretando las paredes internas con cada bajada—. Solo tuyo. Y quiero más, Valerio. Quiero otra cría. Tres, maldita sea. Quiero una familia de verdad.

La respuesta de Valerio fue un gruñido oscuro que le retumbó en el pecho. Antes de que Mateo pudiera dar otra bajada, le sujetó las caderas, lo giró en el aire y lo estrelló de espaldas contra el colchón, aprisionándole las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano.

Se inclinó sobre él, con los ojos inyectados de una furia protectora.

—No. Se acabó, Mateo —siseó, con los dientes apretados—. No vas a volver a pasar por eso. No te voy a arriesgar otra vez al quirófano, ¿me escuchas?

—¡No puedes negarme nada! —le retó Mateo, forcejeando con las muñecas presas, estirando el cuello para morderle los labios con saña—. ¡Quiero tres crías! ¡Quiero risas, pañales, gritos, una casa llena de ruido! ¡Quiero lo que jamás tuvimos en los callejones!

Valerio sacudió la cabeza, hundiéndose todavía más profundo en él con una embestida imprevista que arrancó un grito estrangulado de su garganta.

—No negocio con esto —bramó, con la voz rota por el recuerdo del monitor plano de hacía unos meses—. No te voy a poner en peligro otra vez.

Mateo aflojó la fuerza de sus muñecas, dejando de pelear, mirándolo con una fijeza calculadora y una sonrisa ya pintada en los labios hinchados. Sabía exactamente cómo doblar al hombre que controlaba media ciudad.

—Lo harás, capo —susurró, rozándole la barbilla con la mejilla—. Me conoces. Voy a conseguirlo.

Valerio se quedó inmóvil dentro de él, con la respiración pesada rebotando en su boca. Pegó la frente a la suya, cerrando los ojos mientras un suspiro rendido se le escapaba del pecho.

—Lo pensaré... joder, te lo juro, lo pensaré —gruñó contra su piel, hundiéndose con una lentitud desesperada—. Pero dame tiempo. Es muy pronto. Todavía tengo el eco de ese momento en la cabeza.

Mateo soltó una risa baja, sabiendo que la guerra ya estaba ganada, y rodeó con mayor exigencia las caderas del alfa con sus piernas.

—Tienes tiempo —concedió—. Ahora destrózame, capo.

—Lo que ordenes.

Las embestidas volvieron a arrancar con una urgencia renovada. La polla de Mateo, erecta y goteando, se mecía al ritmo de cada estocada, golpeando el bajo vientre de Valerio con un aplauso sordo de carne contra carne. Cada embestida brutal lo hacía gritar.

—Mírate... empapado de mí —gruñó el alfa, bajando una mano para rodear la base de su miembro, masturbándolo con una fricción rápida mientras seguía empotrándose en su interior—. Y ahora estarás lleno de mí también.

El nudo de Valerio empezó a hincharse en la base.

Cuando la cabeza ensanchó por completo el interior de Mateo, este soltó un grito ahogado, sintiendo cómo el cuerpo se le abría a la fuerza después de meses de descanso.

Siempre dolía ese momento, pero era tan placentero que lo añoraba cada vez que lo follaba.

El orgasmo los sacudió a los dos casi al mismo tiempo.

Valerio dio una estocada final tan brutal que le arrancó el aire a Mateo, y se anudó dentro de él con un bramido, reventando chorros de semen caliente que llenaron su vientre, abultándolo.

Mateo convulsionó, apretando el cuerpo contra su pecho mientras el propio clímax lo derribaba en una blancura ciega, gimiendo mientras el nudo los mantenía sellados.

—Respira —le recordó el alfa, acariciando su cabello, besando su boca con autoridad—. Tan solo estás recibiendo mi semilla, mira cómo tu cuerpo la acepta —le dijo, introduciendo una mano entre los dos, apretando su vientre hinchado.

—No lo hagas, joder —aulló Mateo, jadeante. Valerio besó sus labios y lo contuvo.

Minutos después, cuando el nudo empezó a desinflarse y Valerio salió despacio de su cuerpo, Mateo quedó desplomado, las piernas temblando. Valerio lo rodeó con los brazos, acomodándolo de nuevo sobre su pecho, sintiendo cómo la respiración de ambos se regulaba en la oscuridad.

El silencio de la madrugada solo se rompía con el latido de sus corazones. Valerio le trazaba círculos perezosos sobre la columna, esperando a que el cuerpo de Mateo terminara de bajar del todo, hasta que su voz ronca rompió la penumbra contra su oído.

—Un año. Dame un año, tesoro —murmuró, cerrando la conversación con la misma certeza terca con la que cerraba cualquier trato del cartel.

Mateo sonrió sobre su pecho, y asintió, satisfecho.