Capítulo 21
El pitido continuo de la línea plana se le clavaba a Valerio en los oídos como un cuchillo al rojo. El cirujano descartó las compresiones con un gesto rápido, apartándose para dejar espacio mientras la enfermera cargaba las paletas del desfibrilador.
—¡Cargado a doscientos julios! ¡Fuera!
Las paletas se apoyaron sobre el pecho inmóvil de Mateo. El cuerpo dio un latigazo seco, arqueándose bajo la descarga antes de caer de nuevo, inerte, sobre la camilla.
La línea verde de la pantalla no se movió.
—Otra vez. ¡Cargado a trescientos! ¡Fuera!
Un segundo latigazo sacudió los hombros y las costillas de Mateo. El olor a piel quemada se mezcló con el de la sangre y el sudor que ya llenaba el cuarto. El corazón no dio señal de vida. El pulso seguía ausente, y el cuerpo empezaba a tomar la rigidez fría de algo que ya no está del todo ahí.
Valerio se quedó paralizado un segundo entero, con las manos apoyadas en el borde de acero de la camilla, sintiendo que cada segundo que pasaba le arrancaba algo del pecho que no iba a poder recuperar.
Contó los segundos otra vez, la misma costumbre vieja, y esta vez los números no le sirvieron de nada.
Solo le decían cuánto tiempo llevaba muerto.
No lo pensó. No hubo ninguna lógica detrás de lo que hizo, ninguna de las estrategias que llevaba años usando para resolver cualquier crisis del cartel.
Fue puro instinto, el mismo que lo había hecho lanzarse sobre Mateo cuando cayó el techo, el mismo que le hizo romperle el cuello a un mercenario antes de pensar en el peligro.
Agarró el bisturí de la bandeja y se abrió la muñeca sin dudar.
La sangre le brotó caliente y espesa, empapándole la manga y goteando sobre el suelo de acero.
—¡Valerio, qué hace! —gritó el cirujano, intentando detenerlo.
Valerio le lanzó una mirada que lo hizo retroceder con las manos en alto sin necesidad de que le dijera una palabra.
Presionó la muñeca abierta contra la nuca de Mateo, justo sobre la vieja marca donde meses atrás había hundido los colmillos para reclamarlo como suyo.
No tenía ninguna razón para creer que eso iba a servir de algo.
Lo hizo de todas formas, porque quedarse ahí sin hacer nada era una opción que su cuerpo entero se negaba a aceptar.
—¡Mírame, carajo! ¡Despierta! —rugió, con la voz rota, la boca pegada a su oído—. Te prohíbo morirte. No te atrevas a dejarme solo en este mundo, Mateo, porque tú eres lo único que tengo. ¡Mío! Eres mío, y no te suelto ni aunque tenga que arrancarte del mismo infierno.
El cirujano ya tenía las paletas listas otra vez, esperando la última carga.
—¡Trescientos cincuenta! ¡Cargando!
—¡Fuera!
El tercer choque atravesó el cuerpo de Mateo con toda la fuerza de la máquina. Por un segundo no pasó nada, el mismo segundo vacío de las dos veces anteriores, y Valerio sintió que ese vacío le iba a quedar grabado en el cuerpo para siempre, sin importar lo que pasara después.
Entonces un suspiro largo y ronco salió de la boca de Mateo, un estertor de aire que le llenó los pulmones de golpe.
El monitor dio un salto. La línea plana se quebró en una cúspide verde que empezó a latir, irregular al principio, después más firme.
Beep... beep... beep.
El corazón había vuelto.
El cuerpo de Mateo se aflojó sobre la camilla, exhalando el resto del aire retenido mientras el sudor frío le cubría la piel.
La hemorragia empezó a ceder bajo el efecto de los fármacos y la presión constante de las manos del cirujano sobre el útero.
El color le fue volviendo despacio a los labios, tan despacio que Valerio no se atrevió a creerlo del todo hasta que lo vio con sus propios ojos, minuto tras minuto, sin apartar la mirada del monitor ni un solo segundo.
Se quedó inmóvil, con la muñeca todavía goteando sangre sobre la sábana, mirando la pantalla como si pudiera desaparecer de nuevo si dejaba de vigilarla.
Las piernas le fallaron sin que se diera cuenta, pero no se apartó de la camilla.
Se quedó ahí, sujeto al borde de acero con los nudillos blancos, con algo temblando en el pecho que no había sentido nunca, ni siquiera la noche que enterró a su padre.
—Señor, tiene que dejar que le vendemos eso —dijo una enfermera, señalando el corte en su muñeca con la voz todavía temblando por el susto de verlo así.
Valerio no la escuchó. No en ese momento.
Se inclinó despacio sobre Mateo, con las manos temblando por primera vez en años, y le besó los labios.
Fue un roce leve, casi con miedo de que el contacto pudiera romper lo poco que acababa de recuperarse, pegando su boca manchada de sudor a la suya, que empezaba a recuperar el calor de a poco.
—Gracias por quedarte —susurró contra su piel, con la voz quebrada por un llanto que nunca antes se había permitido soltar—. Gracias por no dejarme solo en este mundo de mierda, porque tú eres lo único que tengo que valga la pena conservar.
Jamás se habría imaginado haciéndose eso a sí mismo. Él, el capo que había gobernado a punta de plomo, que medía la lealtad con sangre ajena y nunca con la propia, acababa de abrirse las venas por un instinto que no sabía explicar y de suplicarle a un omega que no lo dejara.
Mateo era su primera vez en tantas cosas que costaba nombrarlas todas: el primer cuerpo que no quería destruir, el primer pecho donde encontraba algo parecido a refugio, la primera debilidad que en vez de darle vergüenza se le había vuelto la única cosa que valía la pena defender.
Era una locura, algo que desafiaba cada regla que se había impuesto a sí mismo desde los doce años. Y, aun así, con la mano ensangrentada todavía apretada contra la nuca de Mateo, no sentía ni una gota de arrepentimiento.
—Señor, en serio, necesito revisarle esa herida —insistió la enfermera, más firme esta vez.
Valerio levantó la vista, como si acabara de recordar que había más gente en el cuarto. Asintió despacio, sin soltar la mano de Mateo con la que le quedaba libre.
—Arréglenlo aquí —dijo, sin moverse—. No pienso apartarme.
La enfermera no discutió. Le limpió el corte de la muñeca ahí mismo, junto a la camilla, mientras el cirujano terminaba de suturar el útero y le administraba una transfusión rápida para reponer la sangre perdida.
Valerio dejó que le vendaran el brazo sin apartar los ojos del monitor, contando cada latido como si fueran los únicos números que le quedaban por contar en la vida.
En algún momento, entre el ruido del equipo trabajando y el eco lejano de las últimas detonaciones que ya se iban apagando arriba, Mateo entreabrió los ojos.
Estaban vidriosos, sin fuerza, pero enfocaron la cara de Valerio con una claridad que unos minutos antes había parecido imposible.
—¿Sigo... aquí? —murmuró, con la voz rasposa.
—Sigues aquí —dijo Valerio, sin poder controlar el temblor de su propia voz—. Y no te vas a ir a ningún lado. Ni tú, ni el cachorro.
Al oír eso, Mateo pareció recordar de golpe algo que la anestesia y el susto le habían borrado por completo.
—El bebé... —susurró con los ojos abriéndose más, buscando alrededor con un pánico repentino.
—Está bien —le aseguró Valerio, apretándole la mano—. Llora fuerte. Lo escuché antes de que a ti se te fuera el pulso. Tiene tus pulmones, seguro.
Una de las enfermeras, entendiendo el gesto, se acercó con el pequeño bulto envuelto en una manta, todavía manchado de los restos del parto, y lo colocó con cuidado sobre el pecho de Mateo.
El recién nacido, que había estado quieto desde que dejó de llorar, abrió la boca en un pequeño puchero antes de calmarse contra el calor de la piel de su padre.
Mateo bajó la vista, todavía débil, todavía pálido, pero con algo en la cara que Valerio nunca le había visto: una quietud completa, sin rastro de la coraza que llevaba puesta desde el muelle.
—Es real —dijo con poca voz, más para sí mismo que para nadie.
—Es real —confirmó Valerio, apoyando la mano vendada junto a la de Mateo sobre el cuerpo pequeño del niño—. Los dos lo son. Y no pienso volver a estar tan cerca de perderlos.
Mateo sonrió, apenas, con los párpados ya pesados de nuevo.
Fue lo último que alcanzó a hacer antes de que los ojos se le cerraran solos, el cuerpo entero rindiéndose al agotamiento ahora que ya no tenía nada más de qué preocuparse.
Se desvaneció con la mano todavía enredada en la de Valerio y el bebé descansando sobre su pecho.
—¿Está...? —empezó Valerio, con la voz tensándose de golpe.
—Solo durmió, señor —aseguró el cirujano, revisando el monitor sin ninguna alarma en la cara—. Es normal después de todo esto. Su cuerpo necesita descansar. El corazón está fuerte y estable.
Valerio no soltó la mano de Mateo ni un solo minuto más de los que le quedaban en ese quirófano improvisado, a pesar de que este, ya vencido por el cansancio, había perdido el conocimiento.
Se quedó ahí, con la sangre seca todavía bajo las uñas, viendo cómo el color le volvía despacio a la cara al hombre que había estado a punto de perder, y entendiendo, por fin, sin ninguna duda, que todo lo que había construido: el imperio, el miedo, el nombre que hacía temblar a media ciudad, no valía absolutamente nada comparado con ese latido que había vuelto a sonar en el monitor.
Afuera, el silencio empezaba a instalarse sobre la montaña.
Los disparos habían cesado hacía rato, y por el radio que colgaba del cinturón de uno de los guardias llegó por fin el reporte que Valerio llevaba horas esperando sin atreverse a preguntarlo: el ataque había sido repelido, el perímetro estaba asegurado, y la fortaleza, con todo lo que había cedido esa noche, seguía en pie.