Capítulo 20
En el quirófano improvisado en el búnker subterráneo los enfermeros y el cirujano jefe se movían a una velocidad que no dejaba espacio para pensar, corriendo entre bandejas de acero, gasas estériles y sueros que tintineaban al compás de las detonaciones lejanas que seguían sacudiendo la tierra allá arriba.
Mateo estaba atrapado en medio de ese caos, con la espalda arqueada y el abdomen contraído en un espasmo tan violento que le arrancó un grito de la garganta.
—¡Aaaah! ¡Valerio... me quema, me quema por dentro!
Valerio no había soltado su mano desde que lo subieron a la camilla, y no pensaba hacerlo.
Había visto morir hombres de todas las formas posibles, había disparado, apuñalado, quemado, y ninguna de esas imágenes se le había quedado tan clavada en el pecho como la cara de Mateo en ese instante, blanca de dolor, buscando la suya como si fuera lo único real en el mundo.
Mateo clavó las uñas en su antebrazo, desgarrándole la piel hasta abrir surcos de sangre fresca. Valerio ni lo sintió.
—No me sueltes... joder, Valerio, no me dejes aquí, no me sueltes —suplicó Mateo, temblando, con las lágrimas empapándole las sienes.
—No me voy a mover de tu lado. Mírame. ¡Mírame a los ojos! —le rugió Valerio de vuelta, sin apartarse un milímetro.
Le habían pedido salir. Le habían pedido que se cubriera, que se apartara, que dejara trabajar al equipo, y Valerio les había plantado una mirada que cortó cualquier intento de discutírselo.
Se puso una bata estéril a la fuerza, se lavó las manos, y se quedó ahí, junto a la cabeza de Mateo, porque la alternativa de esperar afuera, sin saber, sin poder hacer nada le parecía peor que cualquier bala que hubiera recibido en su vida.
Dejó salir su propio olor, denso, buscando calmar algo que ya no estaba seguro de poder calmar.
—Respira con mi pecho, Mateo. Ya pasó el frío. Estoy aquí.
El monitor a un lado de la camilla empezó a sonar distinto. Un pitido que se aceleraba en vez de estabilizarse.
—¡Se nos cae la frecuencia! ¡Sufrimiento fetal agudo, la placenta cedió por completo! —gritó la enfermera principal.
—Necesito anestesia general ya, no hay tiempo para espinal —dijo el cirujano, y una de las enfermeras le inyectó algo directo a la vía del suero. Contó en voz alta mientras vigilaba los párpados de Mateo—. Cinco, cuatro, tres...
El cuerpo de Mateo se aflojó de golpe, los párpados cerrándose, la mano soltando la de Valerio por primera vez en toda la noche.
—Está bajo —informó la enfermera, ajustando la mascarilla sobre su boca—. Puede operar.
El cirujano no esperó ni un segundo más. Con el pulso firme a pesar de que las paredes seguían temblando por las bombas de arriba, abrió la incisión sobre el abdomen de Mateo con un corte rápido, rasgando los tejidos.
—¡Separadores! ¡Rápido!
Valerio se quedó mirando el rostro dormido de Mateo, quieto por primera vez desde que lo habían sacado del dormitorio, y ese silencio le dio más miedo que los gritos de hacía un momento. Al menos gritando estaba ahí, peleando. Así, no sabía si estaba peleando o si ya había dejado de hacerlo.
Contó los segundos sin darse cuenta de que lo hacía, la misma costumbre de contar pasos, distancias, tiempos de respuesta, que llevaba usando toda su vida para sobrevivir a cualquier cosa.
Ninguna cuenta le sirvió de nada esta vez.
Los números seguían corriendo y él seguía sin poder hacer más que mirar.
—¡Ya lo tengo!
Un segundo después, un llanto delgado y furioso rasgó el silencio metálico del quirófano.
La enfermera levantó al pequeño bulto cubierto de sangre y vérnix, llevándolo de inmediato a la mesa auxiliar para limpiarle las vías y frotarle la espalda.
El llanto se hizo más fuerte, sano, rabioso, lleno de vida, y Valerio exhaló por primera vez en horas, sintiendo que el aire volvía a entrarle a los pulmones después de haber estado bajo el agua sin saberlo.
Por un segundo entero, algo parecido a la felicidad le atravesó el pecho. Había un hijo suyo llorando a tres metros de distancia, vivo, entero, con la fuerza suficiente para gritarle al mundo entero que acababa de llegar a pesar de sus circunstacias. Quiso girarse a mirarlo. No llegó a hacerlo.
El alivio le duró lo que dura un parpadeo.
La sangre empezó a brotar de la herida con una violencia que no debía tener. El cirujano, que intentaba cerrar las capas del útero, abrió los ojos de golpe cuando las compresas se le empaparon en segundos.
—¡Hemorragia! ¡El útero no se contrae, hay atonía! —gritó presionando con ambas manos para frenar el flujo—. ¡Tráiganme oxitocina, ahora! ¡Y el succionador, rápido!
El monitor cambió de ritmo. El pitido se fue espaciando, cada vez más lento, cada vez más largo el silencio entre uno y otro.
Valerio miró el número de la presión arterial caer en la pantalla, y algo dentro de él, algo que llevaba años sin sentir miedo de verdad, se le desmoronó por dentro sin hacer ruido.
Había perdido gente. Había perdido a su madre, a su padre, a hombres que consideraba hermanos.
Ninguna de esas pérdidas se le había clavado tan hondo como la idea, ahí mismo, de que Mateo pudiera dejar de existir a dos metros de su mano, mientras a sus espaldas su hijo seguía llorando, sin saber todavía que el mundo al que acababa de llegar podía quitarle a su otro padre en el mismo minuto en que lo recibía.
El rostro de Mateo, todavía bajo el efecto de la anestesia, se volvió gris, translúcido. Un párpado tembló, apenas, como si algo en él luchara por salir a la superficie justo cuando el cuerpo empezaba a perder la batalla por dentro.
—Valerio... —murmuró, con un hilo de voz que se ahogó en su propia saliva, los ojos entreabiertos sin llegar a enfocar nada.
La sangre que perdía por segundo le estaba ganando la batalla a la anestesia, dejándolo flotando en un punto medio entre el sueño y la conciencia que no era ninguno de los dos.
—No. No, no, no. Mírame, Mateo. ¡Mateo! —le exigió, sacudiéndole los hombros con cuidado de no arrancarle ningún cable, sintiendo que el suelo se le abría bajo las botas.
El cuerpo de Mateo se rindió de golpe. Los párpados se le cerraron por completo, vencidos por la falta de sangre, y la cabeza se le desplomó hacia un lado sobre la almohada empapada de sudor.
El monitor emitió un tono continuo, plano, sin cortes.
Valerio se quedó mirando esa línea recta como si pudiera obligarla a moverse a fuerza de voluntad.
En su cabeza no cabía ninguna otra idea, ningún plan, ninguna estrategia de las que llevaba tantos años usando para resolver cualquier problema del mundo.
Solo cabía el silencio de ese pitido, y debajo de ese silencio, un vacío que no tenía forma de nombrar porque nunca antes lo había sentido.
—¡Inicien RCP! ¡Compresiones, cárguenme el desfibrilador! —gritó el cirujano, abalanzándose sobre el pecho de Mateo.
Contó en voz alta con cada compresión, uno, dos, tres, un ritmo mecánico que a Valerio le sonó igual de cruel que el pitido plano de la máquina.
Veía las manos del médico hundirse en el pecho de Mateo una y otra vez, veía el cuerpo entero sacudirse con cada golpe sin que nada respondiera desde adentro, y por primera vez en su vida entendió lo que era estar completamente inútil frente a algo que quería, con toda el alma, resolver a la fuerza.
Un asistente médico, temblando ante la furia que le salía a Valerio de la piel, cometió el error de tratar de apartarlo del costado de la camilla para poder conectar los electrodos.
—Señor, necesito que se aparte para...
No terminó la frase.
Valerio le plantó las manos en el pecho y lo levantó del suelo sin esfuerzo.
Por un instante, con la sangre golpeándole en las sienes y la vista roja de rabia, no fue capo, ni estratega, ni el hombre que calculaba cada movimiento antes de darlo.
Fue solo un animal dispuesto a destrozar lo primero que se le pusiera enfrente.
—¡Lo necesito consciente! —gritó el cirujano, sin dejar de hacer las compresiones—. ¡Valerio, lo necesito con vida para que me ayude a sostener el suero, suéltelo!
Algo en esa orden le llegó a Valerio por debajo de la locura.
Se quedó con el puño todavía en alto, temblando, mirando al asistente encogido, y entendió, en algún rincón frío que la rabia no había logrado apagar del todo, que matarlo ahí mismo no le devolvía nada.
Solo le restaba un par de manos que en ese momento valían más vivas que muertas.
Lo soltó. El hombre se arrastró de vuelta hacia la camilla, y tomó su puesto junto al resto del equipo sin decir una palabra.
—Si se muere —amenazó Valerio, con la voz rota, sin dirigirse a nadie en particular—, no va a quedar nadie en este puto lugar para contarlo.
Las compresiones siguieron, una y otra vez, el cirujano contando en voz baja mientras la enfermera preparaba una jeringa.
El aire olía a sangre y a antiséptico, y por debajo de todo eso, Valerio podía sentir el jazmín de Mateo apagándose, cada vez más débil, como una vela a punto de consumirse del todo.
Detrás de él, a lo lejos, el llanto del recién nacido seguía sonando, más calmado ahora que las enfermeras lo habían envuelto en una manta, y esa mezcla de la vida empezando en una mesa y apagándose en la otra, a metros de distancia, era la peor tortura que Valerio había sentido nunca, peor que cualquier cosa que le hubieran hecho a él en toda su vida de guerra.
Pensó, en medio de ese segundo eterno, en la primera noche en el muelle, en el olor que le había apagado la migraña de golpe, en la certeza absoluta de que ese omega era suyo antes de saber siquiera su nombre.
Pensó en la muñeca que le rompió sin querer soltarla, en la mordida que le dejó en el hombro como advertencia, en todas las veces que había usado la fuerza para quedarse con algo que ahora, parado en ese quirófano improvisado, entendía que nunca había sido suyo del todo.
Se lo habían prestado. Y estaba a punto de que se lo quitaran.
—Vamos, Mateo —susurró, sin que nadie lo escuchara—. No te atrevas. No después de todo lo que ya sobrevivimos. No me dejes con esto solo.
El pitido plano siguió sonando, interminable, cada segundo estirándose más que el anterior, mientras las manos del cirujano se movían con una velocidad desesperada sobre el pecho de Mateo, y Valerio, por primera vez en toda su vida, no tenía ningún poder que pudiera comprar, amenazar, o disparar para cambiar el resultado.