Capítulo 19
Valerio estaba parado en el marco de la puerta, sin que Mateo lo hubiera notado todavía. Llevaba un rato así, observándolo caminar despacio por la suite, una mano en la base de la columna, la otra rozando la pared para no perder el equilibrio con el peso del séptimo mes.
Había cazado a ese omega en el lodo de un muelle pensando en una deuda que cobrar y un territorio que marcar. Doce años gobernando a punta de miedo lo habían convencido de que no necesitaba nada más que eso: control, sumisión, un cuerpo que respondiera a su voz de mando.
Y ahora se descubría de pie en el marco de una puerta, sin poder apartar la vista de la forma en que Mateo se sostenía el vientre con la mano, preguntándose en qué momento había dejado de bastarle con poseerlo.
Quería otra cosa, algo que no podía arrancarse a la fuerza ni imponerse con una orden.
Quería que Mateo se quedara aunque tuviera la puerta abierta.
Ya la tenía, en los hechos, desde hacía meses, y Mateo seguía ahí.
Eso lo asustaba más que cualquier guerra.
Mateo se giró y lo vio ahí parado. Le sonrió con un gesto cansado, con los párpados pesados de la tarde entera caminando por la habitación.
—Llevas rato mirándome como si fuera a desaparecer —dijo.
—Igual te vigilo —respondió Valerio, cruzando el cuarto—. Ven. Te doy un baño. Se te nota en la cara que no vas a dormir si no te relajas primero.
—¿Un baño? —Mateo arqueó una ceja, con media sonrisa—. Qué generoso, considerando que el médico te tiene prohibido tocarme como Dios manda.
—No necesito eso para bañarte —dijo Valerio, aunque el brillo en sus ojos decía otra cosa.
Lo llevó al baño de la mano, le quitó la bata despacio y lo ayudó a meterse a la tina de agua tibia. Se desvistió y entró detrás de él, acomodándolo contra su pecho.
—Sabes que puedes provocarme todo lo que quieras —dijo Mateo, recostando la cabeza contra su hombro mientras Valerio le pasaba una esponja por los brazos—, que no vas a conseguir nada. El doctor fue muy claro.
—No estoy provocando nada —mintió Valerio, bajando la boca hasta morderle el hombro con suavidad, jugando, sin apretar.
—Mentiroso —dijo Mateo, con una risa corta que se le cortó en un suspiro cuando los dedos de Valerio le rozaron la nuca.
Valerio no fue más allá. Podía sentir el pulso de Mateo acelerarse bajo sus manos, podía sentir su propio cuerpo respondiendo a cada roce, pero ni todo el hambre que tenía guardado desde hacía semanas iba a valer lo que costaba arriesgar a ese omega o al cachorro que llevaba dentro.
Se conformó con lavarlo despacio, con pasarle los dedos por el pelo, con mordisquearle el cuello sin dejar marca, sabiendo que ese jugueteo a medias también era una forma de tenerlo.
Cuando el agua empezó a enfriarse, lo sacó de la tina y lo secó con una toalla gruesa, con el mismo cuidado que usaba para nada más en el mundo.
Lo llevó a la cama, se acostó primero, y lo acomodó entre sus piernas, con la espalda de Mateo contra su pecho.
Apoyó las dos manos bajo el vientre pesado, sintiendo alguna patada perezosa contra la palma.
—Gracias —murmuró Mateo, ya medio dormido, con la voz espesa de sueño.
Valerio no respondió. Se quedó ahí, quieto, sosteniendo el peso de todo lo que tenía, hasta que la respiración de Mateo se volvió lenta y pareja contra su brazo.
A la mañana siguiente, Mateo estaba solo en el estudio de la suite, revisando un montón de informes financieros que Valerio le había dejado sobre el escritorio antes de bajar a atender una llamada de sus capitanes.
Llevaba media hora tachando cifras con un lápiz, buscando otro descuadre como el de los europeos, cuando la letra pequeña de las columnas empezó a írsele de las manos, cansado.
Se levantó a estirar las piernas, apoyando la mano en la base de la columna, y caminó hacia el ventanal. La nieve caía despacio sobre los picos, y por un momento se quedó ahí, sin pensar en nada en particular, dejando que el frío del cristal le enfriara la frente.
Fue entonces cuando empezó a pensar en lo raro que era sentirse tan protegido en una casa llena de hombres armados. En lo raro que era, también, que la idea ya no le pareciera rara en absoluto.
No sabía en qué momento exacto había dejado de contar los días de encierro como una condena.
Tal vez fue la noche en que Valerio le sostuvo el pelo mientras vomitaba, sin decir una palabra de asco.
Tal vez fue después, cuando le dio las llaves de las bóvedas, o cuando lloró contra su pecho por Leo y Valerio no intentó consolarlo con mentiras.
Tal vez fue anoche, en la tina, sintiendo que alguien podía tocarlo sin exigirle nada a cambio, solo porque quería cuidarlo.
Fuera cuando fuera, algo se le había asentado en el pecho que no tenía nada que ver con el vínculo de la nuca ni con las feromonas.
Era más simple y más terco que eso: confiaba en él.
Confiaba en que Valerio le daría lo que necesitaba antes incluso de que él mismo supiera que lo necesitaba, y esa certeza le daba más miedo que cualquier amenaza de la cúpula.
Estaba pensando en eso cuando el primer estampido sacudió los cimientos de la fortaleza.
Las detonaciones hicieron vibrar los cristales de los ventanales. Las alarmas aullaron por los pasillos, proyectando luces rojas que cortaban la oscuridad mientras los protocolos de contención sellaban los sectores de la mansión.
Nadie sabía todavía quién estaba del otro lado de esos morteros. Solo sabían que no venían a negociar.
El sonido de las ráfagas se coló por debajo de la puerta. Mateo se apartó del ventanal con el rostro tenso, sin pánico visible, buscando por instinto el arma corta que Valerio le había dejado bajo la almohada de la cama.
La puerta reventó hacia adentro con un crujido de madera rota antes de que llegara a alcanzarla.
Dos hombres con uniformes tácticos y pasamontañas cruzaron el umbral con las armas alzadas. No llegaron a dar el segundo paso.
Valerio apareció detrás de ellos como una sombra desatada.
Su bota impactó contra la columna del primer mercenario, partiéndosela con un chasquido seco, mientras con la mano izquierda le arrancaba el cuchillo al segundo para clavárselo en la garganta.
La sangre salpicó los paneles de madera cuando el cuerpo cayó sobre la alfombra.
Tenía la camisa medio abierta, la cara manchada de pólvora y los ojos inyectados de una furia que Mateo ya conocía bien. Cruzó el cuarto en dos zancadas y se hincó frente a él, evaluándolo de arriba abajo.
—Están intentando volar el ala este —le informó pegando las manos a los costados del vientre para comprobar que el cachorro seguía a salvo—. Nos vamos a los niveles subterráneos. Ahora.
—No me voy a esconder bajo tierra como una rata —replicó Mateo, apartándole las manos, dando un paso hacia la salida con el poco equilibrio que le quedaba—. Dame un arma. Te cubro la retaguardia.
—No vas a disparar un puto tiro con ese vientre —dijo Valerio, levantándolo en vilo—. Cierra los ojos y sujétate de mi cuello.
Mateo se tragó el orgullo, porque correr en ese estado era suicidio, y hundió los dedos en su nuca mientras Valerio salía disparado hacia las escaleras de emergencia.
El complejo era un caos de concreto derrumbado y humo. Los disparos retumbaban mezclados con los gritos de la guardia rechazando a los invasores en el vestíbulo. Valerio bajaba los escalones metálicos de dos en dos, protegiendo el cuerpo de Mateo con el suyo.
Iban a mitad del tramo subterráneo cuando el cielo de la montaña tronó de verdad.
Un misil impactó de lleno contra la estructura superior del ala oeste.
La onda expansiva les arrancó el aire de los pulmones. El muro de contención cedió, desmoronándose en una avalancha de bloques grises y vigas retorcidas que cayeron directo sobre el hueco de la escalera.
—¡Mateo! —rugió Valerio.
Se abalanzó sobre él en el último segundo, cubriéndolo con todo su cuerpo contra la esquina del descanso, justo cuando parte del techo se les vino encima.
Un bloque de concreto le golpeó de lleno en la espalda, y una viga le rozó la nuca antes de estrellarse contra el suelo a centímetros de la cabeza de Mateo.
El impacto lo dejó sin aire, con la vista nublada un segundo entero, mientras una nube de polvo blanco lo cegaba todo.
—¡Valerio! —gritó Mateo, con la voz tapada por el polvo, aferrado a su cuello, sacudiéndolo—. ¡Valerio, responde, maldita sea!
Valerio tosió, escupiendo polvo, con la cabeza todavía dándole vueltas. Tardó un segundo de más en enfocar la cara de Mateo sobre la suya.
—Sigo vivo —dijo, con la voz ronca, arrastrando las palabras—. ¿Querías quedar viuda tan joven?
—Viudo, idiota —corrigió Mateo, con un hilo de voz que temblaba entre el susto y algo parecido a la risa—. Y no, prefiero seguir aguantándote otros cincuenta años. Levántate.
Valerio soltó una risa corta y seca que le costó las costillas. Se incorporó apoyándose en el muro, todavía mareado, y tiró de Mateo para ponerlo de pie con él.
No llegaron a dar el segundo paso.
El suelo volvió a temblar, más fuerte esta vez, con el eco de otra detonación cerca de la superficie.
Mateo perdió el equilibrio por el peso del vientre y resbaló sobre la grava suelta de los escalones.
Se fue de lado con una inercia que no pudo frenar.
El costado derecho del vientre golpeó de lleno contra el filo de la barandilla de hierro.
El impacto no sonó fuerte. El dolor sí lo fue. A Mateo se le congeló el aire en la garganta y soltó un grito mudo, arqueando la espalda mientras los ojos se le ponían en blanco.
—¡Mateo! —rugió Valerio otra vez.
Ignoró el sangrado que le corría por la frente y el dolor de su propia espalda. Lo levantó del suelo de un tirón, acomodando el cuerpo pesado contra su pecho, y corrió por los pasillos subterráneos pisando escombros, mientras a lo lejos seguían resonando las ráfagas.
Cuatro hombres de la guardia irrumpieron en el pasillo con las armas en alto, cubriendo la retaguardia entre el polvo.
—¡Al búnker médico! ¡Cubran el flanco sur! —ordenó el capitán del escuadrón al ver a su jefe sosteniendo a su consorte incosciente, disparando hacia la oscuridad del túnel colapsado.
Valerio llegó a la compuerta hidráulica y golpeó el sensor con la palma. Las placas de titanio se deslizaron con un chirrido, sellando el refugio y sofocando de golpe el estruendo de los morteros.
Adentro, la luz de emergencia teñía todo de un rojo intermitente. El cirujano del cartel y dos enfermeras de combate se tensaron al verlo entrar cubierto de polvo y sangre, cargando a Mateo.
El alfa no se detuvo hasta que lo recostó sobre la camilla con un cuidado que contrastaba con la violencia de los últimos minutos.
Pero en cuanto el cuerpo de Mateo tocó la superficie, algo se quebró.
Se encogió de golpe, clavando las uñas en las sábanas hasta desgarrar la tela, y soltó un grito tan agudo que congeló al personal médico en su sitio.
—¡Aaah! ¡Valerio... algo se rompió!
Mateo se aferró a su brazo, y por primera vez desde que lo sacaron del muelle, Valerio vio miedo puro, sin máscara, sin la coraza que Mateo llevaba puesta hasta dormido.
Notó enseguida como las feromonas de su omega se agriaron de golpe, y una lágrima le resbaló por la sien, perdiéndose en el pelo pegado de sudor.
Apretó lo dientes impotente, y eso era algo con lo que no sabía lidiar, solo ese hombre podría haberle mostrado ese sentimiento asqueroso: impotencia.
De repente un dolor le atravesó la pelvis de Mateo desde las entrañas, seguido de un chorro de líquido tibio que empapó la tela de sus pantalones y goteó sobre la camilla.
Valerio bajó la vista. La rabia se le congeló en el pecho, sustituida por un miedo que ninguna guerra le había provocado nunca. Rasgó la tela de los pantalones de un solo tirón.
—Algo está mal, juraste que estaba a salvo, no quiero que nada le pase. ¡Valerio, duele!
El golpe contra la barandilla había hecho lo peor. El líquido, mezclado con un tinte rosado de sangre, empapaba las sábanas blancas de la camilla. La fuente se había roto a los siete meses.
—Mírame, cariño —dijo Valerio, sujetándole la cara con las dos manos, la voz quebrándose en un apodo que nunca antes le había dicho a nadie y que en él resultaba lógico—. Vas a estar bien. Los dos van a estar bien, te lo juro.
Era mentira. No tenía forma de saberlo, y su propio cuerpo lo delataba: le temblaban las manos como no le habían temblado ni frente a un pelotón entero.
—¡Doctor! —bramó, sujetando a Mateo por los hombros mientras su glándula soltaba una marea de roble, intentando frenar por puro instinto lo que ya no tenía freno.
Se acercó con el equipo de emergencia detrás, dos enfermeras cargando una bandeja de instrumental y un monitor portátil. Descubrieron el vientre de Mateo mientras una de las enfermeras le ajustaba un sensor sobre la piel tensa.
Valerio gruñó cuando las manos del médico presionaron el vientre de Mateo, palpando con dedos expertos, pero no hizo el ademán de apartarlo. Sabía, aunque cada instinto en su cuerpo le exigiera lo contrario, que esa intrusión era lo único que podía salvarles la vida a los dos.
—Necesito el eco portátil, ahora —ordenó el cirujano, sin levantar la vista.
Una de las enfermeras le pasó el aparato. El médico deslizó el sensor sobre la piel del vientre, con el ceño cada vez más apretado mientras observaba la pantalla en blanco y negro.
—Tenemos un desprendimiento parcial de placenta —dijo al fin, con la voz tensa—. El golpe contra la barandilla lo provocó. Está sangrando por dentro, y el corazón del bebé se está desacelerando con cada contracción.
Mateo soltó un gemido ahogado, con la mano de Valerio aferrada a la suya con tanta fuerza que le blanqueaba los nudillos.
—¿Qué mierda significa eso? —exigió Valerio, con la voz baja y peligrosa, la que usaba antes de matar a alguien.
—Significa que no podemos esperar un parto normal —dijo el cirujano, ya girándose hacia la enfermera para pedir el instrumental quirúrgico—. Cada minuto que pasa, el cachorro recibe menos oxígeno. Tenemos que sacarlo por cesárea de emergencia, señor Vancanza. Ahora mismo, o los perdemos a los dos.