Jazmín y pólvora Capítulo 18
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Capítulo 18

El invierno se estaba adueñando de la montaña, las brasas de la chimenea crujían en la penumbra del dormitorio, arrojando destellos naranjas contra los paneles de madera oscura.

Mateo estaba sentado sobre sus propias piernas en el centro de la alfombra, con el torso inclinado hacia adelante.

Llevaba un pijama de franela gris, con los botones del pecho abiertos hasta la mitad, y el vientre de seis meses se curvaba redondo y pesado bajo la tela.

Tenía una mano apoyada ahí, sintiendo las patadas perezosas del cachorro, y con la otra sostenía una taza de té que ya había dejado de humear.

Valerio se detuvo en el umbral. Vestía pantalones oscuros y un suéter negro de cuello alto, con el ceño fruncido y la mandíbula dura. Traía el teléfono satelital en la mano y el paso de quien carga una sentencia en el bolsillo.

—Los reportes del equipo de avanzada acaban de entrar —dijo, cruzando el dormitorio hasta detenerse frente a él—. Los hombres de los Altoviti se mueven en el puerto norte. Creen que bajamos la guardia por el clima.

Mateo no apartó los ojos de las brasas. Dio un sorbo lento al té caliente antes de responder.

—Sabían que tarde o temprano tendrían que salir de sus madrigueras.

Valerio se hincó frente a él en un solo movimiento, quedando a la altura de sus ojos. Le buscó el contorno del vientre con las manos, acariciando la piel estirada con una posesión que ya no necesitaba pensar.

—Tengo que bajar —murmuró buscando cualquier rastro de duda en las pupilas oscuras de Mateo—. Esta noche corto la cabeza de los que quedan. No va a quedar ni un rastro de esa escoria cerca de nuestras rutas —prometió.

Mateo dejó la taza sobre la alfombra con un golpe seco. Levantó la barbilla y apoyó ambas manos sobre los hombros de Valerio.

—Vete de una vez —dijo con una frialdad filosa—. Pero si dejas a uno solo con vida para que me cuente el chiste mañana, te juro que el próximo envenenado en la mesa vas a ser tú.

Valerio soltó una risa corta. Se inclinó y lo besó con hambre, con una urgencia que sabía a despedida y a triunfo antes de empezar la guerra.

Reunió a su escuadrón en el patio de armas antes del alba. Los hombres cargaban fusiles con los números de serie limpios y chalecos que olían a pólvora. Valerio se ajustó los guantes de cuero frente al todoterreno blindado, con la mandíbula tensa.

Mateo apareció en el balcón superior, envuelto en una bata que apenas disimulaba la curva del vientre.

—No dejes a nadie con vida —dijo desde arriba, cortando el viento de la cordillera.

Valerio alzó la vista, le dedicó una sonrisa corta, y subió al vehículo. La caravana arrancó, devorando las curvas de la bajada hacia la ciudad.

En la sala de monitores, Mateo se sentó frente al panel principal, con el té a un lado y los dedos sobre el teclado. A través de las cámaras satelitales y los drones tácticos, vigiló cada movimiento del escuadrón en tiempo real.

La caída sobre el distrito portuario fue rápida. Los hombres de los Altoviti no tuvieron tiempo ni de levantar las armas. Los blindados rompieron los portones del muelle como si fueran de cartón, barriendo a los guardias con ráfagas que estallaban contra los contenedores.

Mateo vio a Valerio bajar del vehículo con una pistola en cada mano, avanzando con una calma que daba más miedo que cualquier grito, pisando charcos de sangre y agua salada sin detenerse a mirar los cuerpos que dejaba atrás. Buscaba una sola presa.

En el fondo del muelle, entre las grúas oxidadas, apareció Leo. Tenía el rostro desencajado, la ropa sucia, un revólver temblando en la mano que apenas atinaba a apuntar hacia adelante.

Valerio se detuvo a diez metros. Levantó una pistola, le disparó a la rótula derecha y miró cómo caía aullando contra el suelo mojado. Los hombres del escuadrón cerraron el círculo a su alrededor.

En la sala de monitores, Mateo se inclinó hacia adelante, las palmas contra la consola fría, con los ojos clavados en la pantalla.

Algo en él quería apartar la vista y algo más terco no se lo permitía.

Ese era el mismo Leo al que había protegido durante años, el que lo había dejado sin comer tres días de niño para que él comiera, y también el mismo que lo había vendido por unas monedas sin pensarlo dos veces.

Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y Mateo llevaba semanas sin saber en cuál de las dos quedarse. Temblaba, a pesar de todo temblaba.

—Tenías que haberlo vendido por un precio más alto, hijo de puta —gruñó Valerio, acercándose despacio hasta pararse sobre la pierna rota—. Me diste a tu propio hermano a cambio de unas migajas de ruta.

—¡No sabía quién era! ¡Juro que no sabía que era el tuyo! —chillaba Leo, retorciéndose en el lodo, apretándose la rodilla destrozada mientras la sangre se mezclaba con el agua del muelle.

—Eso es lo peor —dijo Valerio, con una mueca de asco, pateándole el arma lejos del alcance de los dedos—.

Eras su hermano de sangre y lo tiraste a los perros por miedo.

Pero te tengo una noticia, cucaracha. El omega al que vendiste por basura es ahora el dueño absoluto de las cuentas de tu clan.

Su firma vale más que tu vida entera. Él dictó tu sentencia desde la montaña. Yo solo vine a cobrarla.

—¡No es verdad! —gritó Leo, derrotado. Se quedó mirándolo un segundo, como si buscara alguna grieta en la mentira—. Es solo un omega —añadió, incrédulo, casi para sí mismo.

Valerio sacudió la cabeza, riendo de manera amarga.

—Eres un gusano, Leo. No fuiste digno de él en vida, y no lo vas a ser tampoco en la muerte.

Leo abrió los ojos, escupiendo sangre y maldiciones, cuando Valerio le apoyó la bota en el pecho para inmovilizarlo.

—Dile adiós a los muelles, escoria —dijo, antes de apretar el gatillo.

El disparo rebotó contra el metal de los barcos. La cabeza de Leo cayó hacia un lado, tiñendo el suelo de gris y rojo.

Valerio dio la orden con un gesto seco, y el escuadrón roció con gasolina los almacenes y las oficinas de la infraestructura Altoviti.

Las llamas subieron hacia el cielo plomizo en cuestión de segundos, devorando los restos del clan enemigo en un incendio que mandaba el mensaje definitivo a toda la región.

Pasaron doce horas antes de que la caravana regresara a la fortaleza.

Valerio entró buscándolo. Subió las escaleras de piedra, cruzó el pasillo principal y entró al estudio. Llevaba la ropa cubierta de ceniza, el rostro marcado por el cansancio de la batalla, las manos con los restos de una guerra que por fin había terminado.

Encontró a Mateo de pie junto al ventanal, mirando los picos nevados.

Tenía la boca apretada en una línea fina.

Incluso con el cansancio de la guerra todavía pegado a la piel, Valerio no pudo evitar mirarlo entero: el pelo negro cayéndole desordenado sobre la frente, los pómulos altos que la luz de la ventana afilaba más, la boca carnosa apretada de rabia contenida, los ojos azules que seguían siendo, después de todo lo que habían pasado, lo más peligroso que había visto en su vida.

—Ya está hecho —susurró acercándose despacio, midiendo cada paso—. Se acabó.

Mateo no se giró de inmediato. La noticia aún no se asentaba en su pecho.

Su hermano menor, el mismo que había defendido de niño con hambre propia, el que lo había entregado a los hombres del muelle para salvar su propio pellejo, estaba muerto.

Sintió alivio y culpa al mismo tiempo, y odió que las dos cosas cupieran juntas en el mismo cuerpo.

Las piernas le temblaron por primera vez en meses.

Dio media vuelta y se desplomó contra el pecho de Valerio.

El llanto que salió de su boca no fue un sollozo silencioso. Fue un grito roto que llevaba guardado desde la infancia, sacudiendo el vientre de seis meses mientras las lágrimas le empapaban la camisa cenicienta al alfa.

Valerio lo sostuvo en el aire. Lo apretó contra su cuerpo, absorbiendo el temblor sin decir una sola palabra de consuelo vacío. Lo cargó por los pasillos hasta la suite principal.

Lo dejó en el centro de la cama grande. Se quitó la chaqueta y las botas en la entrada del baño, se dio una ducha rápida para quitarse el olor a pólvora y sangre seca, y volvió de inmediato.

Con las manos firmes pero apuradas, lo desnudó, y sacó del guardarropa su propia ropa sucia de los últimos días, camisas que ya olían solo a él, sin rastro de la batalla, y las acomodó alrededor del colchón formando un nido. Cerró las cortinas de terciopelo y se metió a la cama con él.

Mateo no dejaba de llorar. Valerio podía con las ejecuciones, con las amenazas de los capos, con el peso entero del cartel sobre los hombros. Con eso no podía.

Lo mantuvo pegado a su pecho, cubriéndolo con el peso de su cuerpo, dejando que su propio olor a roble y humo llenara el nido entero. Le besaba las sienes, le acariciaba la espalda con lentitud, le lamía las lágrimas que seguían brotando en silencio.

Para calmar los espasmos del vientre y devolverle las fuerzas que el llanto le arrancaba, Valerio se levantó un momento y trajo un tazón con caldo caliente y trozos de carne tierna.

—Cómelo, Mateo —pidió con la voz ronca pegada a su oreja, sosteniendo la cuchara frente a su boca—. No voy a permitir que tú o el cachorro paguen el precio de tu duelo. Abre la boca.

Mateo desvió la mirada, con los ojos hinchados y la barbilla temblando por el último resto de sollozo. Tenía el vientre tenso, dolorido por las contracciones que el llanto le había disparado.

—No quiero esa mierda —masculló, empujando el tazón con el dorso de la mano.

Valerio reconoció el gesto. Era el mismo Mateo cerrado del principio, el que se negaba a comer por orgullo cuando el mundo se le venía encima, y supo de inmediato qué hacer con eso.

No cedió. Dejó caer el plato sobre la alfombra, ignorando el líquido que salpicó la madera, y se le fue encima con la voracidad de quien reclama lo suyo.

Le sujetó la nuca con una mano, hincando los dedos en el pelo hasta obligarlo a arquear el cuello, y le metió la lengua en la boca con rudeza, hasta que Mateo dejó escapar un gemido y se rindió al peso de su cuerpo.

—Si no comes por las buenas, te voy a llenar de mí hasta que se te olvide cómo respirar —le gruñó en la boca, rozándole los labios con los dientes—. Me necesitas, Mateo. Eres mío hasta los huesos. ¿Eso quieres? Dime. ¿Quieres que te llene hasta que se te olvide todo lo que duele?

—Sí... joder, sí —soltó Mateo, perdiendo el orgullo, enterrando las uñas en sus hombros—. Hazlo. No me dejes pensar.

El dolor por la muerte de Leo se le transformó de golpe en un hambre distinta, la necesidad de aferrarse a algo vivo a través del sudor y la fricción.

Se deslizó hacia abajo por las sábanas con torpeza, el vientre estorbándole entre los muslos, y se metió de bruces contra la ingle de Valerio.

Le bajó los pantalones de un manotazo, dejando libre la polla dura, y la engulló entera de un solo golpe, succionando con hambre mientras la saliva se le escurría por la barbilla.

Valerio soltó un rugido que sacudió las paredes. Le sujetó el pelo con ambas manos, guiando sus arcadas con una furia posesiva, embistiéndole la boca con estocadas profundas.

—Eso es, succiona al alfa al que perteneces —siseó, con los ojos inyectados de fiebre—. Eres un desastre cuando lloras, pero arrodillado aquí eres exactamente lo que necesito para no quemar lo que queda del mundo por cada lágrima que has llorado.

Cuando creyó que era suficiente, lo levantó por la cintura en un solo movimiento y lo colocó en cuatro patas sobre el nido de ropa. Le separó las nalgas, encontrando el agujero ya empapado, caliente, chorreando lubricación propia.

Se enterró dentro de él de un solo golpe, tan hondo que Mateo chilló contra la almohada, arqueando la espalda hasta que el vientre de seis meses le colgó pesado contra las sábanas.

Las embestidas se volvieron pesadas y sin tregua.

Valerio lo tomó con una rabia sorda, buscando llenar con fricción y gemidos el vacío que la guerra le había dejado por dentro.

Cada estocada le recordaba a los dos que seguían vivos, que el pasado de los callejones y la sangre de Leo ya no tenían ningún poder dentro de esa habitación.

—¿De quién eres, Mateo? —le bramó en la oreja, mordiéndole el lóbulo, marcando el ritmo con la certeza de saber exactamente qué necesitaba su omega—. ¿De quién es tu agujero y este cachorro?

—¡Tuyo! ¡Tuyo, maldita sea, lléname! —chillaba Mateo, perdiendo la razón, apretando las paredes internas alrededor de él mientras Valerio lo masturbaba con su mano al ritmo de las embestidas—. Hazme tuyo. No me dejes.

—Jamás, omega. Eres mío hasta que dejes de respirar. Eso te lo juro.

El orgasmo los golpeó al mismo tiempo. Valerio se anudó dentro de él con un gruñido, ensanchándose hasta bloquearlo, disparando la semilla caliente contra el fondo de su vientre mientras Mateo convulsionaba, gritando su nombre, algo dentro de él por fin roto de la manera correcta.

Después de eso, Valerio se sentó junto a él contra el respaldo de la cama, todavía con la respiración pesada, y le acercó de nuevo el tazón de caldo, ya tibio.

—Ahora sí comes —dijo en voz baja, sin el filo de antes—. Todo. No me importa cuánto tarde.

Mateo asintió dócil, demasiado cansado para pelear esa batalla también. Se dejó envolver con la frazada que Valerio le puso sobre los hombros y comió despacio, en silencio, mirando el punto donde las sombras de la chimenea se fundían contra el piso de madera.

Durante los tres días siguientes, el mundo exterior dejó de existir.

Valerio no se movió de la suite. Canceló reportes, ignoró a sus capitanes, mantuvo las cortinas cerradas para bloquear el paso del tiempo.

Lo bañó con sus propias manos cuando las fuerzas regresaron, le cambió la ropa, le secó el pelo con una toalla, lo mantuvo pegado al pecho durante las horas de sueño.

No hubo discursos sobre la familia ni sobre el perdón.

Valerio no sabía de palabras para ese tipo de dolor, así que usó lo único que sabía dar: presencia constante, la certeza física de que el presente ya no dependía de ningún fantasma.

Cada caricia en la espalda, cada beso lento en la nuca, cada vez que volvía a hundirse dentro de él en la madrugada, funcionaba como una forma silenciosa de decirle que ya no estaba solo con eso.

Para el cuarto día, el temblor en las manos de Mateo había desaparecido.

El peso de la culpa se le fue disolviendo bajo la vida nueva que crecía en sus entrañas y la insistencia del hombre que se había negado a soltarlo.

Cuando se puso de pie por su cuenta, caminó hacia la ventana con el paso firme, abrió las cortinas para dejar que la luz de la cordillera le golpeara el rostro, y soltó un suspiro limpio.

Ya no quedaba nada que llorar. El pasado estaba enterrado bajo las cenizas de la ciudad, y él estaba listo para gobernar a su lado.