Jazmín y pólvora Capítulo 17
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Capítulo 17

El quinto mes de gestación le cambió la silueta al cuerpo de Mateo de una forma imposible de ocultar. El vientre abultado estiraba los suéteres oscuros y le exigía un descanso que su orgullo solía rechazar.

Abajo, en el mundo real, el imperio de los Vancanza florecía con una brutalidad económica que nadie había visto venir.

Valerio patrullaba las calles, ajustaba cuentas con plomo, mientras Mateo, desde el centro de operaciones de la fortaleza, manejaba los hilos financieros, asfixiando rivales con cuentas bloqueadas y contratos firmados bajo la sombra del miedo.

Afuera, la cordillera entera se sacudía con una tormenta eléctrica que hacía temblar los cimientos de piedra negra. Adentro, en la suite principal, el aire olía a aceite de almendras y a la madera quemada de la chimenea.

Mateo estaba sentado en la orilla de la cama, con la espalda encorvada y los pies hinchados por el peso de las semanas.

El dolor sordo en los lumbares lo tenía al borde de las náuseas otra vez.

Valerio apareció con un frasco de aceite tibio entre las manos.

Sin decir nada, se hincó frente a él sobre la alfombra, le quitó las pantuflas con una delicadeza rara en un hombre de su tamaño, y empezó a masajearle los tobillos con los pulgares.

Mateo cerró los ojos. Le costaba admitir, incluso para sí mismo, lo mucho que esperaba esos minutos del día.

Había pasado años sin que nadie se acercara sin querer algo a cambio, y ahora tenía a un hombre capaz de matar a sangre fría arrodillado en el suelo, cuidándole los pies hinchados como si fuera lo único importante del mundo.

Las manos de Valerio subieron por los muslos, le abrieron las piernas con naturalidad y terminaron apoyadas sobre el vientre de cinco meses.

—Estás cargando con todo mi mundo aquí dentro —murmuró, pegando la mejilla contra la piel tensa, sintiendo el golpe de una patada diminuta que respondió al contacto.

Valerio besó el ombligo, subió despacio besando las caderas, el borde de las costillas, hasta detenerse en las cicatrices viejas que le cruzaban el torso, las marcas de su padre, las de los callejones.

Las besó una a una, despacio, como si con eso pudiera reescribir algo que ya estaba escrito hacía años.

Mateo apoyó los dedos en su pelo, sintiendo que el pecho se le apretaba por algo que no era dolor ni rabia, algo que todavía no sabía nombrar sin que le doliera el orgullo.

—Nunca había tenido esto —dijo, en voz baja, casi tapada por los truenos—. En los callejones, con Leo, siempre dormía con un ojo abierto por si alguien venía a cobrar una deuda. Aquí arriba, con el frío y las paredes de piedra, esto se siente como un hogar. El único que he tenido.

Valerio levantó la cabeza. No había burla en su cara, ni la sospecha que Mateo esperaba encontrar ahí, solo la certeza cruda de un hombre que también acababa de encontrar un ancla en medio de su propia tormenta.

—Este es tu territorio —dijo, incorporándose hasta quedar a su altura—. Nadie te saca de aquí.

Lo atrapó en un beso hambriento que lo tumbó de espaldas sobre las sábanas.

La ternura de un momento antes se transformó en otra cosa, más urgente, más territorial.

Le arrancó la camisa a tirones, dejando el pecho y el vientre al descubierto, curvado como una promesa que Valerio no se cansaba de mirar.

Con los pies hinchados y el cuerpo pesado por la gestación, Mateo no tenía fuerza para sostener el ritmo de una cabalgata, y Valerio lo sabía sin necesidad de que se lo dijera.

Lo giró con cuidado, lo recostó de lado con las rodillas dobladas hacia el pecho, y se acomodó detrás de él, apretando su cuerpo duro contra la cadera del omega, rodeándole la cintura con los brazos.

—Déjate llevar —le dijo al oído, con la voz ronca.

Le metió dos dedos en el agujero, abriéndolo despacio mientras con la otra mano le apretaba los pezones hinchados, sacándole un jadeo contra la almohada.

Lo tocó entero, cada pliegue, adorando el peso nuevo de su cuerpo con una devoción que rozaba lo obsesivo.

Cuando sintió que las paredes internas de Mateo se ablandaban, sacó los dedos y lo llenó de una sola estocada profunda.

Se movieron despacio, sin prisa, sin la violencia de otras noches. Valerio lo llenaba hasta el fondo una y otra vez, mordiéndole el cuello justo sobre la marca de la nuca para que sus olores volvieran a fundirse sin huecos entre ellos.

—Mío —gruñó contra su piel, en cada embestida—. Eres mío. El cachorro es mío. Esta fortaleza entera es nuestra.

Mateo gimió su nombre contra la almohada, arqueando la espalda para recibirlo entero.

Las estocadas se volvieron más densas, más lentas, hasta que la base de Valerio empezó a hincharse dentro de él.

El nudo terminó de formarse con un último empujón que lo hizo rugir contra su hombro, atrapándolo por dentro mientras la semilla caliente le llenaba las entrañas en oleadas que le sacaron un temblor de placer y cansancio al mismo tiempo.

El trueno final estalló afuera, sacudiendo la piedra, mientras el nudo los mantenía unidos, sin que ninguno de los dos hiciera el intento de separarse.

Valerio hundió la cara en el hueco entre el hombro y el cuello de Mateo, respirando el jazmín cansado que le salía ahora de la piel. Bajó la mano hasta el vientre, sintiendo los movimientos perezosos del cachorro que respondía al calor del cuerpo de los dos.

—Descansa —murmuró, con la voz reducida a un hilo que solo existía para él—. Ahora estás lleno de mí.

Mateo tenía los párpados pesados, pegados por el sudor.

El dolor de los pies y de la espalda baja se le iba disolviendo bajo el calor que todavía latía dentro de él.

Ya no le quedaban ganas de huir, ni el reflejo viejo de contar las salidas de la habitación.

Las palabras sucias con las que Valerio lo había marcado minutos antes se mezclaban ahora con esa voz baja y torpe con la que le hablaba solo cuando creía que nadie más los escuchaba, y a Mateo esa mezcla ya no le parecía extraña. Le parecía, sencillamente, suya.

—Estás loco —logró decir, con un hilo de voz, apenas moviendo los labios contra la almohada—. Me vas a matar antes de que nazca este crío.

Valerio soltó una risa baja que le retumbó a Mateo en la espalda. Le besó el lóbulo de la oreja, mordisqueándolo con suavidad antes de pasarle la lengua por la mandíbula para limpiarle el sudor.

—Si te mueres, quemo el mundo y te sigo al infierno —prometió sin rastro de broma en la voz—. Pero este cachorro va a nacer, y tú vas a estar aquí para verlo crecer a mi lado.

Los minutos se estiraron en la penumbra, marcados por la lluvia y el goteo del agua filtrándose entre las rocas de afuera. Poco a poco, el nudo empezó a ceder, la carne aflojándose hasta que Valerio pudo salir de él sin que la separación doliera.

Se deslizó a un costado, acomodando a Mateo de espaldas sobre las sábanas sin perder del todo el contacto, y estiró el brazo para alcanzar una manta de lana que descansaba a los pies de la cama, cubriéndolos a los dos hasta el pecho.

Mateo cerró los ojos, por fin, sintiendo la respiración pesada de Valerio contra las costillas y su mano quieta sobre el vientre.

Por primera vez en meses, el sueño no llegó cargado de pasillos oscuros ni de la sombra de Leo.

Llegó limpio, entero, sostenido por el mismo hombre que le había quemado la vida anterior para dejarle esta a cambio.