Capítulo 15
Pero la paz de la montaña no le borraba los fantasmas de la cabeza.
La pesadilla llegó esa misma noche. Mateo se agitó entre las sábanas con un grito ahogado que despertó a Valerio de un salto. Se encogió sobre sí mismo, abrazándose las rodillas, con los ojos abiertos y el sudor frío empapándole el pecho.
—Están aquí... el pasillo está oscuro... Leo tiene la llave... —murmuraba, atrapado en algún callejón de su memoria que Valerio no podía ver.
Valerio encendió la lámpara y lo atrajo contra su pecho, sosteniéndolo hasta que los temblores cedieron.
—Mateo. Mírame. Ya pasó. Estás conmigo —repitió, una y otra vez, dejando que su olor a roble le llenara el aire alrededor.
Cuando el llanto mudo por fin se le secó en las sienes, Mateo se quedó con la frente apoyada en el hombro de Valerio, avergonzado de necesitar tanto ese abrazo.
—Odio esto —dijo, con la voz ronca—. Odio que me sostengas como si fuera de vidrio. Odio necesitarte para dejar de temblar.
—Yo también lo odio —dijo Valerio, y algo en su tono sonó más honesto de lo que solía permitirse—. Y aun así no pienso soltarte.
Se quedaron así un rato, en silencio, hasta que Valerio habló de nuevo, con la voz más baja, más plana.
—Mi padre se pegó un tiro cuando yo tenía doce años —murmuró sin apartar las manos de su cintura—.
Antes de eso, a mi madre la había capturado uno de sus rivales como forma de presión contra la familia.
Pudo matarla ahí mismo. No lo hizo. La dejó ir por piedad.
Semanas después, ella volvió sola a buscarlo con un cuchillo escondido en la manga, convencida de que podía matarlo antes de que él decidiera usarla otra vez.
Esa segunda vez, él no tuvo la misma piedad.
La mató antes de que ella llegara a sacar el cuchillo.
Se quedó callado un momento, con la mandíbula tensa.
—Nunca se perdonó no haber ido con ella.
Y después de eso empezó a no dormir, a oír un ruido en la cabeza que ningún médico supo apagar.
Yo era el que lo encontraba cada mañana, comprobando si seguía respirando antes de ir a la escuela.
El día que dejó de respirar, aprendí dos cosas.
Que la piedad mata más rápido que una bala, porque le da a la gente la oportunidad de volver a intentarlo.
Y que no pensaba necesitar a nadie tanto como él la necesitó a ella.
Mateo levantó la vista, sorprendido por la crudeza de la confesión. Nunca había imaginado al capo más temido del país hablando así de su propio padre.
—Y ahora me tienes a mí —dijo Mateo, con cuidado—, necesitándote de la misma forma que él la necesitaba a ella.
Valerio se quedó callado un momento largo.
—Sí —dijo al fin—. Y no sé si eso me convierte en él, o si por fin entiendo por qué no pudo soltarla.
Mateo no supo qué contestar a eso. Se quedó mirando los ojos oscuros del alfa, cargados de una furia que ya no iba dirigida a él, sino a todo lo que alguna vez le había hecho daño.
—Los que te lastimaron van a pagar —prosiguió Valerio, con la voz baja—. Tu hermano, los que te usaron y castigaron, todos. Te lo juro por la vida de este hijo.
Mateo sintió que el nudo en la garganta se le aflojaba, aunque una parte terca de él, la misma que llevaba toda la vida desconfiando de las promesas, se preguntó cuánto duraría esa paz antes de que algo, o alguien, viniera a romperla.
El paso de los días abultó el vientre de Mateo bajo las camisas de lino que Valerio no había destrozado. El frenesí continuaba y lo tenía agotado, pero también con una calma que a veces lo agobiaba.
Entró en el cuarto mes de gestación con el cuerpo adaptándose al peso del cachorro.
A veces se miraba de perfil en el espejo, sin poder creer que alguien estuviera alimentándose de él, de ese muchacho criado entre ratas y putrefacción.
Era extraño, más porque Valerio parecía realmente fascinado con eso.
Pero la realidad era que tenía una energía mental que no toleraba el reposo.
Para no volverse loco entre las paredes de piedra de la fortaleza, se instaló en el estudio principal, rodeado de pantallas, carpetas encriptadas y los libros contables del cartel.
La administración financiera de la organización se convirtió en su trinchera mientras Valerio resolvía, con el mismo empeño de siempre, los asuntos diarios que el cartel le exigía.
Cuando no tenía las manos de Valerio encima, comenzó a distraerse revisando transferencias y cuentas offshore. Era una forma de mantener la cabeza ocupada. Pero al cruzar los registros de los proveedores europeos que abastecían las rutas del este, encontró algo que no cuadraba.
Los números no cerraban.
Se pasó dos noches comparando facturas contra los envíos reales, la misma auditoría sucia que había aprendido de niño con los libros de los Altoviti, solo que esta vez con cifras cien veces más grandes.
Encontró una red de proveedores fantasma repetida en distintos puertos, todos con el mismo patrón: facturas infladas, pagos duplicados, dinero que salía de las arcas de los Vancanza y nunca llegaba a ningún barco real.
Una facción de socios europeos llevaba años robándole al cartel, confiados en que nadie con paciencia se iba a sentar a revisar cada centavo.
No dijo nada durante tres días. Valerio andaba metido en algo propio, apenas aparecía para dormir, y eso le dio a Mateo el tiempo que necesitaba. Rastreó cada pago hasta un puñado de cuentas en Zúrich y calculó, hoja por hoja, cuánto les habían sacado en total.
Cuarenta millones.
No sabía de algoritmos ni de sistemas bancarios.
Sabía de trampas, las mismas que había visto tender en los muelles toda su vida: un contrato que parece un favor y esconde una condena.
Redactó un acuerdo de reestructuración de deuda, disfrazado de oferta de expansión, con una cláusula enterrada entre la letra pequeña que le daba al cartel el derecho de embargar cualquier cuenta o propiedad de los europeos si estos incumplían un solo plazo de pago.
La trampa no estaba en la tecnología. Estaba en que ellos mismos, con tal de seguir viéndose limpios ante Valerio, iban a firmar sin leer completo un documento redactado para hundirlos.
Esa noche, Valerio entró al estudio con una taza de té que dejó junto al teclado. Se inclinó sobre su espalda, respirando el jazmín dulce que el embarazo le había vuelto más denso en la piel.
—Llevas tres días sin salir de aquí —dijo, con la voz ronca, en el primer momento libre que tenía para reclamárselo—. El cachorro va a nacer con números en la cabeza.
Mateo no apartó la vista de la pantalla. Giró la laptop hacia él y señaló con el dedo una hoja de cálculo llena de nombres tachados en rojo.
—Tus queridos socios europeos llevan cinco años robándote —informó con calma—.
Cuarenta millones, sacados con facturas falsas del puerto de Marsella.
Firma esto y en un mes, cuando incumplan el primer plazo (y van a incumplirlo, porque ya lo tengo calculado para que así sea), te quedas con sus cuentas, sus casas y hasta la ropa que llevan puesta.
Valerio se quedó callado, guardándose las ganas de follarlo ahí mismo sobre el escritorio, que tres días sin tocarlo ya le pesaban en el cuerpo. Leyó el contrato dos veces. No encontró un solo hueco.
—Los europeos llevan años creyéndose intocables —dijo con la boca pegada a su oreja—. Hazlo.
Abrió el cajón de caoba, sacó el sello de metal con el escudo de los Vancanza y lo dejó sobre la mesa, frente a las manos de Mateo.
—Toma el sello del cartel —ordenó—. Convócalos aquí, a la montaña. Mándales la cita para el viernes con mi firma. Haz lo que quieras con ellos. Todo lo que tienen está en tus manos desde ahora. Pero después, después te quiero desnudo en ese sofá.
Capítulo 16
Las puertas blindadas de la sala de juntas se abrieron con un chirrido sordo contra la piedra. Los tres emisarios del consorcio europeo entraron con pasos seguros, con trajes de lana fría que olían a perfume caro y a una confianza que no sabían que ya no tenían derecho a sentir.
Se detuvieron en seco frente a la mesa principal.
Mateo ocupaba la cabecera. El vientre de cuatro meses se le notaba bajo la camisa oscura de seda, pero nada en su postura pedía consideración por eso.
Valerio estaba a su lado, en una silla apenas retrasada, con los brazos cruzados y una calma que a los europeos, si hubieran sabido leerla, les habría dado más miedo que cualquier grito.
—Vaya, Valerio —dijo Heinrich, el cabecilla alemán, acomodándose los gemelos de oro—. Nos citas aquí arriba como si fuera un tribunal, y encima pones a un mocoso en la mesa principal. Supongo que las prioridades cambian cuando te encierras demasiado tiempo en la montaña con tus juguetes.
Los otros dos soltaron una risa corta, buscando incomodar la sala.
Mateo no parpadeó. Apoyó los codos en la caoba, entrelazó los dedos frente al vientre y dejó que el silencio se estirara unos segundos de más.
Valerio lo miraba de reojo, sin decir nada todavía.
Llevaba semanas viéndolo trabajar en el estudio, encorvado sobre columnas de números hasta la madrugada, y una parte de él seguía sin terminar de creer lo que tenía sentado a su lado: un omega al que había cazado como a un animal, embarazado de su hijo, capaz de desmontar un imperio ajeno con una hoja de cálculo.
La idea le encendía algo en el pecho que no era solo orgullo. Era hambre, la misma que llevaba meses sin saciarse del todo, viéndolo pensar, viéndolo pelear, viéndolo ser exactamente lo que él necesitaba sin saber que lo necesitaba.
—El único juguete aquí son ustedes, Heinrich —dijo Mateo, con la voz plana—. Y se les acabaron las pilas.
Heinrich golpeó la mesa con la palma.
—Escúchame bien, omega. Venimos a hablar de los porcentajes de Marsella. Si Valerio perdió el apetito por los negocios, hablemos de la deuda en nuestros términos, o el cartel se queda sin liquidez antes del invierno.
—No hay deuda que hablar —determinó Mateo—. Ustedes ya firmaron.
Heinrich frunció el ceño.
—Firmamos una oferta de reestructuración. Nada más.
—Firmaron una oferta de reestructuración con una cláusula en la página once, la que ninguno de sus abogados se molestó en leer completa porque confiaban en que Valerio seguía demasiado distraído para revisarla él mismo —dijo Mateo, girando la tablet hacia ellos—.
Esa cláusula dice que, en caso de encontrarse evidencia de fraude previo contra la Casa Vancanza, el cartel queda autorizado a solicitar el embargo inmediato de los activos vinculados a esta operación.
Y llevan cinco años sacando dinero de las cuentas secundarias con proveedores fantasma en Marsella.
Cuarenta millones de dólares, para ser exactos.
Los tres europeos palidecieron.
—Mandé la documentación del fraude a los bancos de Zúrich esta misma mañana, junto con la copia del contrato firmado —siguió Mateo, sin apurarse—. Los bancos no necesitan que ustedes estén de acuerdo. Solo necesitan una firma válida y una prueba de robo. Tienen las dos cosas desde hace tres horas.
Heinrich sacó el teléfono con manos torpes, intentando abrir una aplicación bancaria. La pantalla se le puso en rojo.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó—. ¡Mis cuentas están bloqueadas!
—Exacto —confirmó Mateo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—.
Cuentas, propiedades, participaciones offshore.
Todo congelado y en proceso de transferencia a las arcas de los Vancanza, con un interés de usura calculado sobre los cinco años que llevaban robando.
Están en bancarrota. No les queda ni para el boleto de regreso a casa.
El silencio se volvió denso. La arrogancia de los tres se evaporó, sustituida por el miedo de hombres acostumbrados a robar que de golpe entienden que la presa son ellos.
Heinrich perdió los estribos. Metió la mano bajo el saco y sacó una pistola compacta, apuntando al pecho de Mateo.
—¡Nos van a devolver el control o te vuelo los sesos con todo y cría! —gritó, con los ojos inyectados en sangre.
No alcanzó a tocar el gatillo.
Cuatro hombres de la guardia de Valerio, invisibles hasta ese momento en los rincones de la sala, se movieron a la vez.
Un disparo seco atravesó la mano de Heinrich antes de que pudiera alinear la mira, arrancándole el arma de los dedos con un grito.
Los otros dos socios cayeron al suelo, sometidos contra el mármol con botas en la nuca y armas apuntándoles a la cabeza.
Heinrich se quedó de rodillas, sosteniéndose la muñeca destrozada, mirando a Mateo con una mezcla de odio y súplica.
Mateo no se inmutó por el disparo. Se recostó despacio contra el respaldo de la silla y dio la orden con la misma naturalidad con la que se pide un café.
—Lleven a Heinrich y a sus socios al patio trasero —dijo, sin levantar la voz—. Que los despedacen los perros, y dejen lo que quede en la frontera. Para que sus amigos entiendan lo que pasa por robarle a esta casa.
Los guardias arrastraron a los europeos hacia la salida entre gritos que se fueron apagando con el portazo.
En la sala volvió a reinar el silencio.
Mateo exhaló despacio, aflojando los hombros.
Valerio lo observaba desde su silla sin moverse todavía, saboreando lo que acababa de ver: cuarenta millones recuperados sin gastar una sola bala hasta el final, un imperio ajeno desmontado con papel y paciencia, y el omega que llevaba en las entrañas a su heredero sentado ahí, ordenando ejecuciones con la misma calma con la que revisaba una factura.
No sabía si lo que sentía era orgullo o algo más cercano a la devoción. Tampoco le importaba distinguirlos.
Se puso de pie y se hincó frente a la silla de Mateo, apoyando las manos en sus rodillas, cerca del vientre abultado.
—¿Te divertiste? —preguntó, con la voz baja.
—Solo estaba haciendo limpieza —dijo Mateo, mirándolo desde arriba.
Valerio no respondió con palabras. Le desabotonó la camisa de seda despacio, un botón a la vez, hasta dejar el vientre al descubierto bajo la luz fría de la sala. Se inclinó y le pasó la lengua justo por encima del ombligo, un lametón lento que le arrancó a Mateo un suspiro corto.
—Esto también es mío —murmuró contra su piel—. Todo lo que acabas de hacer también es mío. Tú eres mío.