Jazmín y pólvora Capítulo 14
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Capítulo 14

El aire en la cima de la cordillera olía a pino húmedo y a roca mojada. La fortaleza se alzaba como una muela de piedra negra incrustada en la montaña, protegida por kilómetros de abismo y controles militares que nadie se atrevía a desafiar.

Valerio bajó la maleta del todoterreno blindado con movimientos secos, calculados, de alguien que no confiaba ni en el aire que respiraba.

Lo que Mateo había hecho con Donato en la mesa demostraba una frialdad que Valerio no terminaba de digerir del todo, mitad orgullo, mitad alarma.

En su mundo, un heredero en camino convertía al omega en el blanco número uno de cualquier facción desesperada.

—Aquí nadie se atreverá a acercarse —dijo, cerrando la puerta del vehículo de un golpe que retumbó contra la piedra de la entrada.

Mateo bajó del asiento trasero, ajustándose el abrigo sobre los hombros mientras miraba la mole gris de la montaña.

—¿Y si a mí no me apetecía venir? —preguntó, sin mirarlo, con la voz filosa.

—No te pregunté —dijo Valerio.

—Nunca lo haces.

Después de la cena con Donato, Valerio no había gritado ni reclamado nada, y esa calma inusual lo inquietaba más que cualquier explosión de furia habría podido hacerlo.

En el fondo, y aunque le costara admitirlo, lo que Mateo había hecho en esa mesa le había gustado.

Eso era justamente lo que lo tenía en alerta: un omega capaz de envenenar a un capitán sin que le temblara el pulso era exactamente el tipo de blanco que cualquier enemigo del cartel querría tener cerca.

La montaña no era un castigo. Era la única jaula lo bastante alta como para que nadie más pudiera llegar hasta él.

Se quedaron un momento en silencio, el uno frente al otro, con el frío cortándoles la respiración.

Mateo pensó en decir algo más, en pelear esa batalla como había peleado tantas otras desde el muelle.

Pero el cuerpo, pesado por el segundo mes de embarazo y las náuseas que ya no le daban tregua, le ganó el argumento antes de que pudiera empezarlo.

—Prefiero esto al ruido de los capos —concedió al final, metiendo las manos en los bolsillos, y no supo si esa frase era una rendición o una victoria pequeña. Las dos cosas empezaban a parecerse demasiado, últimamente, cuando se trataba de Valerio.

Los primeros días pasaron en una calma en la que a Mateo le costaba confiar.

La fortaleza estaba equipada para resistir un asedio de meses, pero por dentro los pasillos de piedra y madera oscura empezaron a latir con una rutina que no se parecía en nada a la guerra.

Valerio movió su centro de operaciones al estudio del piso superior, hablando por radio encriptada con sus hombres en la ciudad, pero cada tanto interrumpía las llamadas para bajar a buscarlo, sin excusa, sin necesidad.

Mateo se lo hizo notar la tercera tarde.

—¿No tienes un cartel que dirigir? —le preguntó sin levantar la vista del libro que tenía abierto en el regazo—. Porque llevas media hora aquí sentado sin decir nada.

—Puedo dirigirlo desde aquí —dijo Valerio, sin dejar de mirarlo.

—O puedes dejar de vigilarme cinco minutos.

Valerio no respondió a eso. Le dejó una taza de té sobre la mesa, sin decir nada más, y se sentó frente a él con los mapas de distribución en el regazo. Mateo lo odió un poco por no darle el gusto de pelear. Y lo odió más al notar que, de todas formas, no quería que se fuera.

Sin la presión de la cúpula ni la amenaza constante de una emboscada, el miedo del encierro se fue transformando en otra cosa, algo que a Mateo le costaba nombrar sin que le doliera el orgullo.

Pasaba las tardes en la biblioteca del ala oeste, con el calor de la chimenea en las piernas.

Valerio aparecía sin avisar. Ya no hacía falta que ninguno de los dos midiera las palabras del otro con la misma desconfianza de antes.

Una noche, con la tormenta golpeando los ventanales, Mateo yacía semidesnudo sobre las sábanas, la piel iluminada por el resplandor de las brasas.

Valerio se hincó junto al colchón, la camisa desabotonada, y apoyó la oreja directamente sobre el vientre apenas abultado, buscando el latido que todavía no se dejaba escuchar del todo.

Mateo contuvo el aire. La barba áspera de Valerio le rozó la piel del vientre, y algo se le encendió por dentro que no supo si era vergüenza o deseo.

—Está creciendo fuerte —murmuró Valerio contra su piel.

—Todavía no puedes oírlo —dijo Mateo, con media sonrisa que no quería que se le notara.

—No hace falta oírlo. Lo sé —aseguró y subió por su cuerpo con una lentitud deliberada, atrapándole la boca en un beso áspero y hambriento que le robó el aire de golpe.

Casi enseguida las manos grandes del alfa le rodearon las caderas y le arrancaron el bóxer de un solo tirón, tirando la tela al suelo sin apartar los labios de su garganta.

Bajó la boca hasta morderle la piel de los pechos, succionando los pezones ultrasensibles con una urgencia feroz que hizo arquear a el omega de inmediato.

Los gritos de Mateo se ahogaron contra el hombro del capo, agudos y rotos, mezclados con los gruñidos profundos que brotaban del pecho de Valerio, retumbando como un trueno sordo en la habitación.

El alfa siguió bajando, recorriendo el abdomen con la lengua hasta llegar a su centro.

Tomó la polla de Mateo directamente en la boca, succionándolo con una avidez sucia y pesada, empapándolo de saliva mientras introducía dos dedos en su agujero para abrirlo y estirarlo al ritmo de sus embestidas orales.

Mateo chilló; un sonido agudo de placer desconocido, con los dedos enredados en el pelo de Valerio, arañando las sábanas mientras el mundo entero se le desarmaba entre espasmos. Era la primera vez que tenía una boca en esa parte de su anatomía, succionándolo.

Valerio se apartó un segundo, con los labios brillando de fluidos y los ojos completamente inyectados de fiebre. Le sorprendía hasta la médula lo mucho que le importaba hacerlo sentir bien, la necesidad de arrancar de ese cuerpo cada resto de dolor y cambiarlo por puro delirio.

Lo levantó de la cintura sin darle tregua, lo colocó en cuatro patas sobre el colchón y se metió detrás de él.

Lo penetró de un solo golpe seco, llenando su agujero con una estocada tan profunda que Mateo soltó un alarido gutural contra las almohadas.

Valerio empezó a embestirlo con fuerza, con la polla dura friccionando las paredes calientes en un vaivén obsceno y rápido, mientras se inclinaba para lamerle toda la espalda sudorosa.

Su boca buscó la mordida de la nuca, lamiendo y besando la marca una y otra vez con una devoción febril, reclamándolo hasta el último rincón de los nervios.

Las embestidas se volvieron salvajes, desbocadas, sacudiendo el cuerpo de Mateo hasta dejarlo afónico y fuera de sí, arrastrando al alfa con él a un abismo de placer donde ambos rugieron juntos, perdiendo la razón en el centro exacto del refugio que habían construido.

Desde ese día, a Mateo le era complicado siquiera vestirse porque el alfa disfrutaba quitarle la ropa y entraban juntos en un frenesí imparable.

Valerio lo arrastraba contra la pared de la ducha, le separaba las piernas bajo el chorro de agua caliente y lo embestía con una urgencia rabiosa que le dejaba la piel marcada.

Lo doblaba sobre la barra de la cocina cuando iba por agua o algo de comer, le arrancaba la ropa interior y con el cuerpo presionado contra la madera fría le llenaba el agujero de estocadas profundas, o lo tomaba de pie en el comedor oscuro, derramando su semilla una y otra vez en su interior, impregnándolo de su aroma y de una posesión asfixiante.

—¿Te vas a poner esto? —preguntó Valerio, con la voz ronca una mañana, arrancándole la camisa de lino de un solo tirón antes de que Mateo pudiera abrocharse el último botón.

La tela se desgarró con un sonido seco, dejando al descubierto el pecho pálido y los pezones duros e irritados que ya palpitaban solo con ver los ojos del alfa.

—Iba a bajar por agua —respondió Mateo jadeando cuando las manos grandes de Valerio se cerraron con fuerza sobre sus caderas, levantándolo en el aire sin esfuerzo para empotrarlo contra la pared de piedra del pasillo.

—No vas a bajar a ninguna parte —gruñó Valerio contra su cuello, mordiendo la piel de la garganta hasta dejarle un rastro rojo—. El agua te la voy a dar yo. Todo lo que metas a tu cuerpo va a ser mío.

Le separó las nalgas con los dedos antes de embestirlo sin previo aviso. Mateo soltó un grito estrangulado, con las manos aferradas a su espalda mientras el cuerpo duro del Alfa lo castigaba con estocadas pesadas y obscenas que hacían eco en el pasillo oscuro.

—Valerio... joder, más duro —suplicó Mateo, perdiendo el orgullo, arqueando la espalda para recibir cada golpe de carne con un frenesí desesperado.

—¿Quieres que te llene, omega? —le siseó Valerio en la oreja, aumentando el ritmo, follando su agujero con una furia ciega que le sacudía los huesos—. Dilo. Di de quién es este cachorro y a quién pertenece tu agujero.

—Tuyo... es tuyo, maldita sea —chilló Mateo, arañando su nuca mientras sentía el calor espeso de su semen disparándose en el fondo de sus entrañas, mezclándose con la semilla de las horas anteriores.

Los días se convirtieron en un bucle de fluidos y demandas incesantes.

Mateo ya no recordaba lo que era caminar sin el rastro de la semilla escurriéndole por los muslos.

Aprendió a adorar ese castigo. Aprendía a buscar la boca de Valerio con desesperación, metiendo la lengua hasta el fondo para saborearse a sí mismo en los labios del alfa, rogando por sentir la carne dura abrirse paso otra vez por su entrada.

—Arrodíllate —le ordenaba Valerio en la oscuridad de la madrugada, cuando despertaba con la polla dura como una piedra y la necesidad de poseerlo de nuevo.

Mateo obedecía sin vacilar, gateando sobre las sábanas revueltas hasta tomar la longitud palpitante entre los labios, succionando con morbo, sintiendo el vello áspero del capo rozándole la barbilla mientras las manos grandes le sujetaban la nuca para guiar el ritmo de las arcadas.

Y cuando el agotamiento ganaba por fin, Mateo se quedaba dormido con la polla gruesa enterrada en su interior, sintiendo los latidos pesados de la carne dentro de su cuerpo.

A medianoche, sin que hiciera falta una sola palabra, despertaba con el cuerpo de Valerio cerniéndose sobre el suyo, bombeando despacio en la penumbra hasta atraparlo en un nudo apretado, llenándolo otra vez de semen y gruñidos mientras la montaña rugía afuera.

Una tarde, tres semanas desde que habían llegado, el agua caliente de la bañera golpeaba contra la porcelana, levantando una nube de vapor espeso que olía a jabón y a la mezcla pesada de los fluidos de ambos.

Mateo estaba hundido hasta el pecho, con la cabeza recargada contra el borde frío, completamente agotado, el cuerpo cubierto de chupetes y marcas de mordiscos.

Las piernas le temblaban de puro cansancio acumulado, incapaces de sostener el peso de las horas de frenesí a las que Valerio lo sometía y a las que él no evitaba, al contrario.

Valerio se metió detrás de él en la tina, ocupando todo el espacio con su cuerpo.

Con una paciencia meticulosa y silenciosa, el alfa introdujo los dedos entre las piernas abiertas de Mateo, buscando el interior de su agujero para comenzar la tarea de lavarlo y extraer el exceso de semen que seguía escurriéndosele por los muslos.

Mateo cerró los ojos con fuerza, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso contra el vapor.

—Ya cámbiate de obsesión —murmuró, apenas audible por encima del ruido del agua—. Me vas a dejar seco.

Valerio no detuvo el movimiento de los dedos dentro de él. Sacó una porción espesa y blanquecina, la enjuagó en el agua de la tina y volvió a hundir la mano.

—Nunca voy a dejar de marcar lo que es mío —respondió junto a su oído—. Menos ahora que sé todo lo que aguantas sin doblarte.

Mateo abrió los ojos lentamente, mirando el reflejo distorsionado del agua.

—No sé si tienes idea en realidad todo lo que aguanto —dijo, con los nudillos blancos de apretar el borde de la tina—. Antes de ti nunca había estado con nadie. Lo sabes. Lo supiste esa primera noche, aunque nunca lo dijéramos en voz alta.

El movimiento de la mano de Valerio dentro de su cuerpo se detuvo en seco.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Lo había sabido desde la primera noche, cuando el cuerpo de Mateo se resistió de un modo que no era solo miedo, cuando encontró la prueba de eso mismo en las sábanas a la mañana siguiente y decidió no decir nada, guardárselo como se guarda cualquier otra cosa que le pertenece.

Pero escucharlo en la boca de Mateo, dicho en voz alta, sin vergüenza, era distinto a saberlo en silencio.

Las fosas nasales se le dilataron al captar un pico repentino en las feromonas de Mateo, y una descarga de su propia glándula de alfa dominante saturó el vapor del baño con un olor cargado a roble quemado y pólvora.

—Dilo otra vez —pidió Valerio, con un hilo de voz que sonó como el crujir de una rama a punto de romperse.

—¿Qué parte quieres que repita? —dijo Mateo, girando la cara para mirarlo—. Fuiste el primero. El único. Y no lo decidí yo. Simplemente pasó, la noche en que tus hombres me sacaron del muelle.

Valerio le sujetó la nuca con fuerza y lo obligó a girarse dentro del agua para quedar cara a cara. Sus ojos ardían con una mezcla de posesión vieja, confirmada ahora en voz alta, y una satisfacción tan visceral que le temblaban los dedos.

—Eres mío desde antes de que yo mismo lo entendiera —murmuró, con los ojos inyectados de fiebre, perdiendo lo poco que le quedaba de calma.

Lo levantó del agua sin darle tiempo a respirar, lo empotró de espaldas contra la pared de la ducha con las piernas abiertas alrededor de su cintura, y volvió a enterrar la polla de un solo golpe hondo, embistiéndolo con tanta devoción que el agua salpicó fuera de la tina mientras Mateo volvía a gritar su nombre contra su boca.