Jazmín y pólvora Capítulo 13
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Capítulo 13

Mateo llevaba diez minutos vomitando cuando dejó de contarlos.

El mármol del baño estaba helado bajo sus rodillas, pero no lo sentía.

Todo su cuerpo se había reducido a la arcada, al tirón seco en las costillas, a la bilis que le raspaba la garganta con un sabor que no se parecía a nada que hubiera probado antes.

Cuando por fin pudo respirar, se quedó ahí, doblado sobre la porcelana, con los ojos llorosos y las manos temblando.

Odiaba eso. No el vómito. La rendición.

Había pasado media vida sin llorar delante de nadie, ni siquiera cuando su padre le rompía las costillas a golpes por perder un fajo de billetes.

Había aprendido a tragarse el dolor entero, a masticarlo por dentro hasta que dejaba de doler tanto.

Y ahora una cosa del tamaño de un frijol, que ni siquiera podía ver ni tocar, lo tenía de rodillas en un baño ajeno, llorando por hormonas que no controlaba.

Escuchó los pasos antes de que la puerta se abriera.

Valerio caminaba distinto cuando estaba medio dormido, más pesado, sin la cadencia calculada que usaba de día.

Apareció en el marco descalzo, con la camisa abierta y el pelo revuelto, y a Mateo lo sorprendió, otra vez, lo joven que se veía así, recién sacado del sueño, sin la cara de piedra que le mostraba al resto del mundo.

No dijo nada. Cruzó el baño en dos pasos y se hincó junto a él, ignorando el tirón que eso le costó en la herida del hombro.

—Otra vez —murmuró, más para sí mismo que para Mateo.

—Vete —dijo Mateo con la voz rota, sin fuerza para que sonara a amenaza.

Valerio no se fue. Le apartó el pelo de la cara con dos dedos y empezó a pasarle la palma por la espalda, despacio, en el mismo punto donde Mateo siempre tensaba los músculos cuando algo le dolía.

—Respira —pidió en susurros—. Ya pasó.

El olor de Valerio le llegó antes que el calor de su cuerpo.

Roble, pólvora, algo debajo de eso que Mateo ya no sabía nombrar sin sentirse estúpido.

Cerró los ojos y dejó que ese olor le apagara las náuseas, aunque odiara necesitarlo.

Cuando las arcadas por fin lo soltaron, dejó caer la frente contra el hombro sano de Valerio.

—No te vayas a acostumbrar a esto —dijo con un hilo de voz.

—Ya me acostumbré —respondió Valerio, y algo en su tono no sonaba a broma.

Le acercó un vaso de agua, esperó a que bebiera, y después lo levantó sin esfuerzo para llevarlo de vuelta a la cama. Mateo se dejó cargar. Ya no le quedaban ganas de pelear esa batalla en particular.

—Esto es una pesadilla —gruñó mirando el dosel de madera cuando Valerio lo recostó—. Tu cría me está pudriendo por dentro.

Valerio se sentó en el borde del colchón. Le pasó el dorso de los nudillos por la mejilla, un gesto que a esas alturas ya se había vuelto costumbre entre los dos, aunque ninguno lo llamara por su nombre.

—Es nuestro —corrigió—. Y si te hace sufrir así, en cuanto nazca le voy a enseñar a portarse mejor.

Mateo soltó algo parecido a una risa, seca y sin ganas.

—Vas a educar a un bebé como educas a tus capitanes. A punta de miedo.

—Funciona —aseguró Valerio, sin un rastro de humor.

Mateo lo miró un momento. Detrás de la broma torpe había otra cosa, algo que Valerio no sabía decir en voz alta: el pánico de un hombre que llevaba toda la vida controlando cada centímetro de su territorio y que de golpe tenía dentro de otro cuerpo algo que no podía vigilar, ni proteger con una pistola, ni resolver a balazos.

Mateo lo notó en la forma en que Valerio le puso la mano sobre el vientre esa noche, sin pedir permiso, como si necesitara comprobar con la palma que ahí seguía habiendo algo vivo.

No dijo nada al respecto. Pero tampoco apartó la mano.

Al día siguiente, Valerio llegó a la suite con la mandíbula tensa y el olor cargado de una rabia que no traía de afuera del todo.

Había pasado la mañana en una reunión con tres capitanes del sector este, hombres que apestaban a tabaco y a testosterona de alfa, y en algún momento de esa junta algo se le había torcido por dentro solo de pensar en Mateo respirando el mismo aire que esos hombres.

—Se acabaron las salidas al comedor principal —declaró sin preámbulo, plantado en medio de la habitación.

Mateo, que estaba junto al ventanal, se giró despacio.

—¿Perdón?

—Mientras lleves a mi hijo dentro, ningún puto alfa de esta casa se te va a acercar a menos de diez metros —dijo Valerio—. No me importa si protestan. No me importa si creen que perdí la cabeza.

Mateo cruzó los brazos. Sintió la rabia subirle por el pecho, la misma rabia vieja de siempre, la que llevaba semanas aprendiendo a controlar y que ahora volvía entera.

—Me sacaste del muelle a rastras. Me casaste sin preguntarme. Me marcaste sin que yo dijera nada. ¿Y ahora quieres protegerme como si fuera de cristal?

—No es sobre protegerte —mintió Valerio, y los dos lo supieron.

—Entonces es sobre encerrarme —dijo Mateo—. Otra vez.

Se quedaron mirándose un rato largo. Mateo pensó, no por primera vez, en lo raro que era pelear con un hombre que semanas atrás lo había cazado como a un animal y que ahora, en cambio, se quedaba parado frente a él esperando a que Mateo terminara de gritarle, sin levantar la voz, sin usar la fuerza que los dos sabían que tenía.

—Si me vas a encerrar —comenzó Mateo, más calmado—, dame algo a cambio. Dame los libros de la casa. Las bitácoras de seguridad. El registro del personal. No pienso quedarme sentado esperando a que otro Renzo nos venda desde adentro mientras tú decides que no puedo salir de esta habitación.

Valerio lo estudió un momento. Sabía lo que pasaba cuando encerraba a un animal sin darle nada que hacer con las manos. Lo había visto antes, en hombres que se pudrían en las celdas del sótano hasta que terminaban mordiéndose a sí mismos.

Esa misma noche, sobre el escritorio de caoba, le entregó las llaves de las bóvedas.

Los libros contables. El acceso completo a las bitácoras.

Le dio poder para cortar cabezas dentro de la mansión sin pedirle permiso primero, algo que ningún miembro de la casa tenía, ni siquiera los que llevaban veinte años sirviéndole.

—Con esto no me compras el encierro —aclaró Mateo, mirando la pila de carpetas.

—No estoy comprando nada —dijo Valerio—. Te estoy dando algo que puedas manejar tú solo. Es distinto.

Mateo no supo qué contestar a eso. Se quedó ahí, con las llaves en la mano, sintiendo que algo en el pecho se le aflojaba sin su permiso.

La prueba llegó cinco días después, y no fue idea de Valerio.

La cena privada en el comedor secundario, reservada para los mandos más viejos de la casa, llevaba semanas fijada en el calendario del cartel, mucho antes de que Valerio decidiera encerrar a Mateo lejos de cualquier alfa que no fuera él mismo.

Cancelarla habría sido una señal de debilidad que ni él podía permitirse frente a esos hombres, no en medio de la tensión que ya flotaba desde la ejecución de Carlo.

No tenía forma de mantener a Mateo fuera de esa mesa sin que la ausencia hablara más fuerte que cualquier palabra.

Eso lo tenía furioso. Furioso consigo mismo, sobre todo, por no encontrar una salida donde su propia palabra no contara para nada.

—No te separas de mí en ningún momento —advirtió con la mandíbula tensa, mientras le ajustaba el cuello de la camisa con más fuerza de la necesaria—.

Ni para ir al baño. Ni para responderle a nadie que no sea yo.

Y si alguien te mira más de lo que debería, nos vamos los dos de esa mesa sin dar explicaciones.

—Pensé que habías dicho que ningún alfa se me iba a acercar —le recordó Mateo, sin poder evitar el filo en la voz.

—Y lo sostengo. Pero esta cena no la puedo cancelar sin que crean que perdí el control de mi propia casa —dijo Valerio, y algo en su tono sonó más a derrota que a orden—.

Así que vas a ir, y vas a hacerlo pegado a mi costado, aunque cada minuto ahí abajo me estén matando las ganas de destrozarles el cuello.

Valerio no lo dijo en voz alta, pero Mateo entendió que aquello era una especie de examen que ninguno de los dos había pedido: si conseguía sentarse frente a esos hombres sin que nadie muriera, tal vez las salidas dejaran de estar prohibidas del todo.

Y si Valerio conseguía quedarse quieto en su silla sin destrozar a cualquiera que mirara a Mateo más de la cuenta, tal vez aprendería que no todo lo que amenazaba con quitárselo merecía terminar en un funeral.

Entre los invitados estaba Donato, un socio de la vieja guardia que solo respetaba el plomo y la antigüedad. Llevaba el pelo canoso peinado hacia atrás y una sonrisa que a Mateo le recordó, sin querer, a los hombres que solían ir a cobrarle las deudas a su padre.

A mitad de la cena, con el estómago todavía resentido por la mañana, Mateo sintió que la comida no le caía bien.

Se disculpó en voz baja y se puso de pie, caminando hacia el fondo del comedor, cerca del aparador donde guardaban las botellas reservadas para los invitados, sabiéndose vigilado por Valerio, que lo miraba con una amenaza contenida desde su silla.

Lo había desobedecido, apenas unas horas después de la orden.

Ahora quedaba por ver qué iba a hacer con eso.

Donato lo siguió con los ojos mientras se alejaba.

—Dicen las malas lenguas que el gran jefe perdió el filo por unas hormonas de omega —dijo, sin bajar la voz, mirando la espalda de Mateo como quien aprovecha que el blanco no puede contestarle de frente—.

Meterlo a la suite ya era un exceso. Verlo aquí, jugando al contador con los libros del cartel, demuestra que te tiene domesticado, Valerio.

Un mocoso te va a hundir el negocio en un año si sigues dándole los hilos.

El comedor se quedó en silencio. Los guardias de las esquinas pusieron la mano sobre las culatas, esperando una orden de Valerio que no llegaba.

Mateo, todavía de pie junto al aparador, sintió las palabras clavársele en la nuca como agujas, y por debajo de eso, el peso de saber que ya había roto una orden esa misma noche.

Si volvía a la mesa ahora, sin decir nada, iba a parecer que se escondía. Si respondía, desobedecía otra vez.

Valerio le había advertido esa misma tarde, antes de bajar a cenar, que cuidara lo que decía y cómo se movía frente a los mandos viejos.

Carlo llevaba semanas enterrado en una fosa sin nombre por mucho menos que eso, y desde entonces la cúpula entera caminaba con los nervios de punta, poco dispuesta a que nadie más les recordara con sangre quién mandaba en esa casa.

Desde el aparador, Mateo alcanzó a ver el cruce de miradas entre Valerio y Donato: la de Valerio fija, sin parpadear, la misma que había usado segundos antes de vaciarle una bala en la cabeza a Carlo; la de Donato sostenida por pura terquedad, sin bajar la vista, como quien ya ha decidido que no le queda nada que perder frente a un hombre que tarde o temprano lo va a matar de todas formas.

Fue en medio de ese duelo silencioso, con los dos capos midiéndose sin que ninguno cediera un centímetro, cuando el mesero joven que rondaba la mesa pasó cerca de él, llevando en la charola el whisky de repuesto que Donato había pedido minutos antes.

Mateo no lo pensó. Cruzó una mirada rápida con el muchacho, que apartó los ojos hacia la puerta de servicio sin decir nada, y en el mismo movimiento con que fingía acomodarse la manga del saco, dejó caer tres gotas del líquido incoloro dentro de la copa.

Volvió a su asiento despacio, sin apurar el paso, sintiendo el frasco vacío pesarle en el bolsillo. El mesero llevó la copa hasta Donato y se retiró sin que le temblara la mano más de lo normal.

Donato la levantó, brindó por nadie en particular, y bebió de un trago, sin sospechar nada, solo para demostrar que no le temía a las represalias del jefe Vancanza.

Pasaron veinte segundos.

Dejó el vaso sobre la madera con un golpe seco. Se puso pálido de golpe. Se llevó las manos al pecho, arañándose la camisa, mientras la respiración se le convertía en un silbido corto. Cayó de rodillas contra el mármol, boqueando, con la cara cada vez más azul.

Nadie se movió para ayudarlo. Los demás capos apartaron la vista, sudando frío.

Mateo se quedó sentado, la espalda recta contra el respaldo, mirando al hombre retorcerse a sus pies.

Por dentro, algo en él temblaba, la misma parte que había llorado esa mañana sobre el mármol del baño.

La aplastó. No había otra manera de quedarse vivo en esa mesa.

Sabía que Valerio podía reaccionar como el monstruo que era por lo que acababa de hacer sin su permiso, y aun así, no se arrepentía.

—La próxima vez que cuestiones mi lugar en esta casa —dijo, con la voz fría, sin levantarse—, no te va a dar tiempo de llegar al suelo.

Valerio no movió ni un solo músculo de la cara ante lo que acababa de ocurrir, pero por dentro sintió algo que no supo nombrar del todo: un orgullo raro, mezclado con el mismo miedo de siempre, el de tener algo que de verdad podía perder.

Ese omega al que había cazado en el lodo de un muelle ya no necesitaba que nadie lo defendiera de los lobos viejos de su propia mesa, y esa certeza se le asentó en el pecho sin que supiera todavía qué hacer con ella.

—Llévense la basura al calabozo —ordenó enseguida, sin dejar de mirar a Mateo, y extendió la mano sobre la mesa para buscarle los dedos—. La cena terminó.

Mateo le dio la mano. Sintió el pulso de Valerio latiéndole contra la palma, rápido, casi tanto como el suyo, y por primera vez desde que había entrado a esa casa entendió que el miedo no siempre corría en una sola dirección.