Capítulo 12
Habían pasado cinco días desde que Mateo bajó un poco las defensas ante el alfa, los mismos cinco días en que Valerio se negaba a guardar reposo.
Se levantaba con el brazo derecho entumecido, con la cicatriz tirándole de los hilos en cada movimiento brusco, y aun así exigía que Mateo lo montara al caer la noche.
Eran sesiones lentas, donde el capo exploraba cada centímetro del cuerpo del omega con una devoción terca, casi enferma, buscando comprobar que seguía ahí, que respiraba bajo su peso.
Mateo se dejaba hacer. Aprendió a morderse los labios contra el hombro del alfa, a besarlo con hambre, a perderse en el calor de las embestidas y a olvidar por un par de horas que llevaba cinco semanas enteras encerrado desde el día en que los hombres de Vancanza lo cazaron en el muelle como a un animal callejero.
El cuerpo empezó a fallarle por otro lado.
Las mañanas se volvieron difíciles de sobrellevar.
Mateo empujaba el plato de huevos revueltos y tocino con la punta del tenedor, tragándose la bilis que le quemaba la garganta.
El olor a grasa caliente le revolvía las tripas.
Ocultaba el asco como podía, callándose las arcadas cada vez que la servidumbre entraba a retirar las charolas intactas, convencido de que era el estrés acumulado de la guerra y de las paredes de piedra, y sobre todo, convencido de que Valerio no se daba cuenta.
Valerio lo atrapó en la mentira la cuarta mañana.
Salió del baño con la toalla al cuello, la piel brillante de vapor, y vio a Mateo pálido frente al plato intocado.
Las fosas nasales se le ensancharon al captar un cambio agrio en el jazmín de su piel, un desbalance que le alteraba el aire de la suite.
—No has probado bocado en toda la semana —dijo, con la voz baja y ronca, con esa autoridad que no toleraba mentiras.
—No tengo hambre —escupió Mateo, apartando la vista hacia el ventanal que daba a los patios de entrenamiento, con las náuseas subiéndole por la garganta.
—Estás mareado desde hace días. Casi te desmayas en el baño anteayer creyendo que no lo noté.
Valerio no dio explicaciones. Se giró hacia el intercomunicador de la pared y marcó el código directo al ala médica del fuerte.
Diez minutos después, tocaron. El doctor Silva llegó con un maletín gastado y la frente perlada de sudor por haber sido sacado de la cama a punta de pistola. No tuvo tiempo de saludar.
—Hazle una revisión completa —ordenó Valerio, plantado de brazos cruzados frente a la puerta, bloqueando la única salida.
El médico se acercó a la cama con los dedos torpes, sacó un estetoscopio y un kit de extracción de sangre. Mateo se tensó. Odiaba que lo tocaran sin permiso.
—Quítate la camisa —pidió el doctor. Valerio gruñó, pero no se movió. La advertencia había quedado clara.
Mateo se abrió la camisa con brusquedad. El doctor Silva le palpó las costillas y presionó con cuidado la zona baja del abdomen, buscando el origen de los mareos.
En el rincón, la mandíbula de Valerio chasqueó. Dio dos zancadas cortas, invadiendo el espacio del médico.
—Si vuelves a tocarle el vientre de esa manera, te corto la mano antes de que bajes al primer piso —gruñó. La voz le salió tan baja que el estetoscopio se le resbaló al doctor de los dedos y cayó sobre la alfombra con un golpe seco.
—Solo... solo verifico si hay dolor o inflamación, señor Vancanza —balbuceó el médico, apartando las manos y limitándose a sacar una muestra rápida de sangre del pliegue del codo.
Metió la jeringa en el tubo de ensayo, lo agitó con torpeza y montó un kit de lectura rápida en la mesa auxiliar. Los segundos pasaron lentos. El líquido reactivo dentro del frasco empezó a virar hacia un tono carmesí oscuro.
El doctor Silva miró el resultado, luego miró a Valerio, y tragó saliva con tanta fuerza que se escuchó en el silencio de la habitación.
—¿Y bien? —exigió el capo, acercándose al escritorio con los puños cerrados.
—El celo forzado de hace un mes —empezó el médico, limpiándose el sudor con la manga—, junto con las feromonas del alfa y la marca, hicieron efecto completo en el organismo del omega. Está gestando, señor. Tiene poco más de un mes de embarazo.
La noticia cayó en la habitación como una sentencia.
Mateo sintió que el suelo se le iba de debajo de los pies.
El aire se le secó en los pulmones. Llevaba una vida entera sobreviviendo en los márgenes, contando monedas robadas, esquivando balas, cargando con la culpa de la traición de su hermano.
La idea de tener un hijo en medio de una guerra de mafias, de llevar en las entrañas la sangre del hombre más peligroso y temido de la ciudad, le revolvió las tripas con un pánico que no sabía nombrar.
—No... —murmuró, negando con la cabeza, con las manos heladas buscando el borde del colchón para no venirse abajo—. No puedo hacer esto. Sácalo. No voy a traer un hijo a esta ratonera para que crezca entre armas y tumbas.
Se puso de pie de un salto, dispuesto a huir hacia el baño, pero las rodillas le fallaron por la debilidad acumulada.
No llegó al suelo. Los brazos de Valerio lo rodearon por la cintura antes de que diera un paso, levantándolo sin esfuerzo y pegando su espalda contra el pecho.
El médico recogió su maletín a toda prisa y salió sin que nadie se lo ordenara, cerrando la puerta de un portazo nervioso.
Valerio hundió la cara en el cuello de Mateo, justo sobre la marca de sus colmillos, respirando el jazmín agrio mezclado con el miedo puro del omega. Su propio olor a roble y pólvora se soltó espeso, cubriendo la habitación entera.
—Escúchame bien, Mateo —dijo contra su piel, con la voz ronca—. No vas a perder a nadie. Ese hijo lleva nuestra sangre. Nace en esta casa, con todo este imperio a sus pies. No va a ser un peón. No va a ser una moneda de cambio. Y nadie va a volver a tocarlo jamás.
Mateo temblaba en sus brazos. La rabia y el miedo peleaban dentro de él contra el instinto que lo empujaba a creerle. La promesa de Valerio le cayó encima como un peso que no sabía si quería cargar.
Las horas siguientes pasaron despacio. Mateo se quedó sentado en la orilla de la cama, mirando la alfombra, las manos apretadas entre las piernas mientras el eco de las palabras del médico le rebotaba en el cráneo.
Embarazado. De Valerio. La biología no perdonaba la fuerza de un celo inducido, ni el impacto de una mordida de alfa dominante.
Su cuerpo había decidido obedecer al instinto del cartel antes de que él pudiera procesar nada.
Valerio no se separó de su lado. Se sentó en el sillón frente a la cama, con una copa de bourbon en la mano izquierda, mirando cada cambio en la respiración de Mateo, cada parpadeo.
No había ternura en su cara. Había algo más cercano a la determinación de un hombre que ya había trazado los límites del mundo para proteger lo que consideraba suyo.
—Tienes que comer —dijo al fin, rompiendo el silencio.
—No tengo hambre, maldita sea —espetó Mateo sin levantar la vista, la mandíbula apretada—. ¿No entiendes lo que esto significa? Me amarraste a tu cama, me marcaste a la fuerza, y ahora mi propio cuerpo me traiciona cargando con un hijo que va a nacer en medio de esta guerra.
Valerio dejó la copa sobre la mesa con un golpe que hizo tintinear el cristal. Se puso de pie, cruzó la distancia y se hincó frente a él, sujetándole la barbilla para obligarlo a mirarlo.
—Tu cuerpo no te traicionó, Mateo —contradojo con un tono bajo que no admitía réplica—.
Te dio lo único que faltaba para cerrar el círculo.
Eres parte de la Casa Vancanza desde el día que pisaste este fuerte.
Ahora hay una vida más creciendo dentro de ti, y va a tener el poder que a nosotros nos negaron en los callejones.
Mateo sintió que la rabia le ganaba al miedo. Levantó la mano sana, le empuñó la solapa de la camisa y tiró de él con fuerza.
—¿Y si quiero irme? ¿Y si no quiero este imperio de mierda ni tus promesas?
Valerio no se movió un milímetro. Aguantó la fuerza del omega con una calma casi cruel.
—Pídelo —susurró contra sus labios, rozándolos apenas—.
Pide irte a los callejones. Pide buscar a tu hermano otra vez para que te vuelva a vender.
O intenta cruzar esa puerta sin mi permiso.
Sabes perfectamente que prefiero romperte las piernas y dejarte atado a esta cama antes que dejarte poner un pie fuera de mi alcance.
La amenaza no sonó vacía. Era la verdad de su mundo, un cariño violento que no conocía la libertad, solo la posesión. Mateo soltó un suspiro tembloroso y dejó caer los puños contra su pecho, no porque la fuerza de Valerio lo hubiera vencido, sino porque ya no tenía ganas de irse a ningún lado.
Valerio lo notó en el instante en que el jazmín de su piel perdió el filo amargo. Lo rodeó con los brazos, lo levantó del borde del colchón sin importarle la cicatriz del hombro y lo arrastró hacia las sábanas, tumbándose con él encima.
—Descansa —dijo contra su nuca, dejando salir una bocanada de roble que le fue apagando los sentidos a Mateo—. Yo me encargo de todo lo demás.
Afuera, la tarde empezó a caer sobre el fuerte Vancanza. Dentro de la suite, algo pequeño y todavía sin nombre empezaba a latir bajo la protección de un hombre que había decidido convertir su propia guerra en un refugio, sin saber muy bien cómo se hacía eso.