Capítulo 11
La recuperación en el ala médica duró exactamente lo que tardó Valerio en arrancarse la vía del suero y amenazar al jefe de cirugía con romperle el otro brazo si intentaba retenerlo veinticuatro horas más.
El médico, pálido, con los nudillos blancos sobre el atril de historias clínicas, tragó saliva antes de aceptar el alta anticipada.
—Las órdenes son estrictas, señor Vancanza —advirtió, sin atreverse a mirarlo a los ojos—.
El tejido del hombro derecho sufrió un daño severo por la quemadura del cuchillo y la extracción del plomo.
Si no guarda reposo, la movilidad del brazo queda comprometida de por vida.
Sobre la herida... el método que usaron en el subterráneo fue arriesgado, cualquier error de pulso y usted se desangraba antes de llegar aquí.
Pero sin esa cauterización improvisada, el pulmón habría colapsado en minutos.
Le salvó la vida, aunque no fue precisamente lo que enseñan en una sala de operaciones.
La cicatriz va a ser grande. Fea, profunda y permanente.
Valerio se abrochó la camisa con la mano izquierda, apretando la mandíbula cuando la tela le rozó la sutura.
No le importaba el tamaño de la marca. Lo único que tenía en la cabeza era el perímetro de la suite y la certeza de que no iba a pasar ni una noche más con Mateo durmiendo en una silla de metal.
—Que preparen el traslado —gruñó, dándose la vuelta sin escuchar el resto—. Y, doctor: no vuelva a cuestionar las decisiones de mi consorte. Esa cicatriz me la dejó él para que yo siguiera respirando. Tenga cuidado. Usted no es indispensable. Él sí.
En cuanto cruzaron el umbral de la suite, el aire cambió. El encierro ya no se sentía como una celda, sino como un territorio blindado donde el mundo exterior no podía tocarlos.
Mateo se movía con una cautela nueva. Seguía arisco, con los hombros tensos y la mirada alerta, pero algo en su pulso era distinto.
Ya no huía del contacto. Se quedaba más tiempo del necesario cerca de Valerio, le alcanzaba los analgésicos sin que tuviera que pedirlos, revisaba las vendas con una atención silenciosa que delataba un cambio que ya no tenía vuelta atrás.
El odio simple se había derrumbado en el muelle, y en su lugar crecía algo áspero y difícil de nombrar.
Tres noches después, el silencio había caído sobre la mansión, roto solo por el zumbido lejano del sistema de ventilación.
Mateo se agitó entre las sábanas con un grito ahogado. El cuerpo se le puso rígido, el aire se le trabó en la garganta y un sudor frío le empapó la nuca mientras las manos le temblaban, tratando de apartar algo que no estaba ahí.
Valerio, que dormía con un oído de guardia a pesar de los sedantes, se incorporó sobre el costado izquierdo para no forzar el hombro herido. Al ver los ojos desorbitados de Mateo, no recurrió a la orden seca de siempre.
Le rodeó el rostro con la mano y le sostuvo la barbilla.
—Mateo. Mírame —dijo, con la voz baja, áspera por el sueño—. Ya pasó. Estoy aquí.
Mateo parpadeó varias veces, intentando sacarse las imágenes de los callejones de la cabeza. El pecho le subía y bajaba con desesperación.
Valerio se quedó en silencio un momento, mirándole la cara pálida bajo la luz de luna que entraba por el ventanal.
—¿Qué soñaste? —preguntó, con una suavidad que no le salía casi nunca. Era la primera vez que cruzaba esa línea de la madrugada.
Mateo se quedó quieto. Las palabras se le atoraron en la garganta. Nadie le había preguntado nunca qué había detrás de sus pesadillas; en el mundo de los Altoviti, el dolor era una herramienta o algo que se escondía a golpes. Buscó burla en los ojos del alfa. Solo encontró una espera terca.
—Tenía nueve años —empezó, con la voz seca, como si hiciera siglos que no usaba las palabras para algo real—.
Mi padre me dejó encerrado en el cuarto de servicio del callejón trasero durante tres días porque perdí los libros de contabilidad del depósito.
No había luz. Solo ratas y el olor a humedad del drenaje.
Lo peor no era el hambre ni el frío. Era saber que Leo tenía seis años y estaba solo al otro lado de esa puerta, sin nadie que le diera de comer, y que si yo intentaba salir para llevarle aunque fuera un pedazo de pan, mi padre me iba a romper las costillas antes de que diera dos pasos.
Me quedé ahí tres días enteros, escuchándolo llorar del otro lado de la pared, sin poder hacer nada más que gritarle que aguantara.
La confesión cayó en la habitación como un peso muerto. Mateo cerró los párpados, esperando el desprecio, el recordatorio de lo poco que valía, lo tonto que había sido.
No hubo nada de eso.
Valerio se quedó mirándolo un momento, sin encontrar en su propia cabeza ningún desprecio que ofrecerle.
Lo había cazado como a un enemigo, lo había marcado como propiedad, y ahora tenía delante a alguien capaz de aguantar tres días a oscuras por un hermano de seis años, sin que nadie se lo hubiera pedido.
Eso no cuadraba con nada de lo que él sabía de la debilidad.
Se movió despacio, pasó el brazo sano bajo su nuca y lo giró hacia él.
Le acercó la cara y lo besó en la sien, un beso lento que bajó después hacia los labios.
Al mismo tiempo, la glándula del alfa se abrió por completo.
Un olor a roble y humo empezó a llenar las sábanas, espeso, distinto al que había usado en el altar.
Ese no exigía nada. Solo envolvía, borraba el frío del callejón, le decía a cada nervio de la piel de Mateo que ya no había nada que temer.
Mateo gimió contra su boca, sintiendo que las rodillas se le aflojaban por dentro aunque estuviera acostado. El olor le llenó los pulmones y le disolvió el pánico como si fuera una droga.
—Ya no estás en ese cuarto —murmuró Valerio contra sus labios—. Nadie va a volver a tocarte. Nadie le va a poner precio a tu vida mientras yo respire. Mírame a mí.
Mateo abrió los ojos. En la mirada de Valerio ya no estaba el depredador que exigía tributo. Había otra cosa, algo terco y decidido a no dejarlo caer.
Las manos de Valerio empezaron a recorrerle el cuerpo despacio.
Le desabotonó la camisa del pijama con torpeza por la rigidez del hombro herido, deslizó los dedos por las costillas vendadas, rozó las cicatrices viejas de la espalda con un cuidado que le cortó a Mateo la respiración.
Cada roce era un territorio que se ganaba de a poco, no a la fuerza.
Mateo arqueó la espalda cuando la boca de Valerio bajó por su cuello y se detuvo justo sobre la marca antigua, besándola con una delicadeza que no encajaba con el tamaño de su cuerpo.
El temblor de Mateo cambió de naturaleza.
Dejó de ser miedo. Se volvió un calor pesado que se le juntaba en el vientre.
—Valerio... —susurró, clavando las uñas en la espalda del alfa, buscando dónde sostenerse.
—Estoy aquí —respondió él, alzando el rostro para atraparle la boca en un beso que se contenía a propósito, dejándole a Mateo el ritmo, esperando a que respirara igual que él.
—Aún estás herido —murmuró Mateo contra su barbilla, sin aliento mientras la mano de Valerio le recorría el costado despacio.
—Y eso no me va a detener. Solo tú puedes —dijo, con la voz ronca, guiándole las caderas para dejarle a él el control.
La penumbra de la suite se volvió más densa.
Las sábanas crujieron cuando la ropa fue desapareciendo entre las manos de los dos.
Fue lento, un reconocimiento a tientas donde los dedos de Valerio repasaron cada centímetro de piel pálida, de los nudillos a la curva de la cadera, como quien memoriza algo que por fin es suyo.
Mateo se dejó descubrir con una timidez rara, el pulso disparado, mirando el cuerpo ancho y marcado del capo con una mezcla de vértigo y asombro.
Cuando ya no quedó nada entre los dos, el aire se llenó de un calor que no daba tregua.
Valerio lo subió a su regazo con cuidado, evitando el hombro herido, hasta acomodarlo a horcajadas sobre él.
Mateo soltó un suspiro corto, sintiendo el peso de Valerio debajo y el latido duro de su polla contra su agujero húmedo y abierto.
—Mírame —pidió el capo, los ojos fijos en los suyos.
Mateo obedeció, todavía nervioso. Valerio le notó la duda y bajó la mano con calma, del pecho al cuello, del cuello a los muslos, hasta la cintura, y de ahí más abajo, con una lentitud deliberada, hasta encontrar su entrada.
Mateo le puso las manos sobre el vientre, donde su grueso miembro se asomaba, aturdido.
Cada caricia, cada fricción de sus dedos empapados en su propio lubricante sobre esa carne que nunca había sentido tocada así lo dejó sin palabras.
No sabía que su cuerpo pudiera pedir fricción con tanta claridad.
Clavó las uñas en el vello del abdomen de Valerio cuando este metió un dedo, después dos, abriéndolo despacio y bombeando con morbo mientras el propio cuerpo de Mateo soltaba un olor dulce y espeso que llenaba el cuarto entero.
Valerio lo miraba con la mandíbula tensa por el esfuerzo de contenerse.
Le sorprendía la fuerza de lo que sentía: no quería solo el cuerpo.
Quería lo que Mateo pensaba, lo que Mateo callaba, la parte entera de un omega que había decidido entregarle su voluntad por elección propia y no por marca ni por sangre.
—Estás listo para mi polla —dijo, colocándose en su entrada, rozando la cabeza caliente contra sus labios empapados.
Mateo tragó saliva, temblando de arriba abajo.
—Métela... despacio... —pidió, sintiendo la presión firme y gruesa contra su carne.
—Puedes parar cuando no aguantes —dijo Valerio, y la frase le salió rara en su propia boca. Él nunca le daba opciones a nadie. Pero algo en él se negaba a lastimar a ese omega arisco que ya había tenido suficiente daño en la vida.
Se fue moviendo con una precisión medida, lo atrajo con la mano sana hasta que el pecho de Mateo quedó contra el suyo y le tragó el gemido en un beso mientras se hundía desde la base, llenando su agujero por completo de una sola embestida profunda.
Las estocadas fueron lentas y calculadas, marcando un ritmo pesado que respetaba el de Mateo antes que el propio. Cada entrada estiraba sus paredes con una fricción abrasadora, inundándolo de calor y llenando el espacio con el sonido obsceno de la carne chocando contra la carne.
El cuarto se redujo al sonido de las respiraciones rotas, a los jadeos sucios y al crujido de la madera de la cama bajo el peso de los dos.
Mateo sintió que las piernas le temblaban y que el aire se le acababa a medida que el placer le subía desde el vientre, una ola incandescente que le arrugó los dedos contra la almohada donde descansaba la cabeza de Valerio.
Casi una hora después, Valerio aceleró el ritmo apenas, follando su agujero con más fuerza, sosteniéndolo de la cintura, y le atrapó el nombre en un último beso antes de que todo se rompiera.
Se vertieron el uno en el otro entre espasmos violentos, feromonas mezcladas y el ensanchamiento inevitable que anunciaba el nudo.
Al sentir cómo la base de Valerio empezaba a hincharse con brutalidad dentro de sus entrañas, Mateo soltó un quejido agudo y tensó el cuerpo por el dolor punzante y familiar de la expansión, intentando soltarse.
Valerio notó el rechazo instintivo en la carne de su omega y detuvo cualquier movimiento brusco.
Esta vez era distinto, y él lo sabía. La primera vez lo había tomado el celo, la biología abriéndose paso sin pedirle permiso a nadie.
Esta vez Mateo lo había buscado por su propia cuenta, con la cabeza fría y las manos temblando de otra cosa que no era fiebre, y esa diferencia le pesaba a Valerio en el pecho más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.
No pensaba arruinarlo ahora con el mismo descuido de siempre.
Le besó las sienes empapadas de sudor. Le pasó la palma abierta por la línea de la espalda. Le murmuró palabras rotas contra los labios, pidiéndole con una súplica silenciosa que confiara en él, que no iba a romperlo.
—Tranquilo, déjame llenarte entero... aguanta un segundo más para mí. Nadie va a tocarte nunca, eres mío y te juro que te cuido —le ronroneó Valerio en la boca, con la voz quebrada de una devoción feroz, pegando su frente a la suya mientras el nudo terminaba de anclarse a la fuerza.
La primera vez había sido la biología de Mateo la que respondió, la marea hormonal que cualquier alfa habría reconocido en cualquier otro cuerpo con la misma facilidad.
Esto era distinto, y Valerio lo sintió con una claridad que le costó digerir: quería a Mateo, a ese en particular, con su terquedad y su desprecio y la forma exacta en que fruncía la boca cuando fingía no necesitar nada de nadie.
Ningún otro omega en el mundo le habría hecho sentir esto.
La semilla de Valerio terminó de inundar el fondo de su vientre mientras Mateo, calmado por esa ternura torpe que no sabía de dónde le salía a un hombre como Valerio, aguardaba respirando de manera errática.
Dolía mucho, pero lo que obtenía a cambio lo tranquilizaba, y por primera vez no se preguntó si eso lo volvía débil.
Minutos después estaban sin aliento, fundidos y sudorosos sobre las sábanas revueltas, con el nudo todavía sellándolos en una unión pesada.
Mateo recostado sobre su pecho, escondido en un lugar bajo su barbilla, mientras Valerio masajeaba con el brazo sano su nuca, su columna.
El silencio de la madrugada los envolvió en algún momento, cansados, quietos, sostenidos por un cuidado que ninguno de los dos supo nombrar, pero que ya nadie iba a poder deshacer.