Jazmín y pólvora Capítulo 10
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Capítulo 10

El disparo que le abrió el hombro a Valerio no fue el último. El tiroteo siguió rugiendo entre los contenedores, y dos escoltas llegaron corriendo, uno de ellos gritando algo sobre una salida trasera.

Entre los tres, medio a rastras, medio en vilo, sacaron a Valerio del área abierta y lo metieron por una trampilla de metal escondida detrás de una pila de cajas, bajando una escalera estrecha hacia un cuarto de mantenimiento bajo el piso del bodegón.

—Debemos salir, regresaremos cuando acabemos con estos idiotas —avisó uno de los escoltas. Mateo asintió tenso. Arriba el tiroteo seguía y no parecía tener planes de extinguirse.

El aire del subterráneo olía a humedad, a orín de rata y al óxido de las tuberías que colgaban del techo bajo.

Mateo detectó un foco pelado que colgaba de un cable torcido, lo giró y enseguida se encendió proyectando sombras amarillas sobre el ladrillo viejo.

Afuera, los disparos y las explosiones sacudían el cemento con una violencia que no daba tregua.

Los hombres habían recostado a Valerio sobre una mesa de trabajo metálica, cubierta de grasa y herramientas inservibles.

Los ojos de Mateo viajaron a la herida del alfa, la mancha de sangre en su hombro derecho ya no era una línea, le había empapado la espalda entera y el frente de la camisa negra.

Respiraba despacio, con un silbido húmedo en cada exhalación que no era buena señal.

Mateo estaba arrodillado a su lado, con las manos temblando, manchadas de la sangre caliente.

El pánico de sus años en los callejones intentó subirle por la garganta.

Lo apagó de un tirón. No había tiempo para eso.

Si Valerio se desangraba en ese sótano de mala muerte, él quedaba solo en medio de una guerra donde cualquier enemigo de la cúpula lo degollaría antes de que llegara a la puerta.

—Valerio —llamó, sacudiéndole el brazo sano.

El capo apenas abrió los párpados. Tenía las pupilas dilatadas y la frente empapada en un sudor frío.

Mateo se puso de pie a tropezones y revisó los estantes del rincón.

Tiró cajas vacías, pateó latas de aceite, destrozó un armario de metal hasta encontrar lo que buscaba: un botiquín viejo cubierto de polvo, una botella de alcohol industrial con la etiqueta carcomida y un cuchillo de caza olvidado sobre una repisa.

Sonrió satisfecho, en esos escondites siempre guardaban cosas así, lo sabía por experiencia.

Volvió junto a la mesa con lo que tenía. No había anestesia ni gasas quirúrgicas. Solo contaba con lo que la calle le había enseñado a usar.

—Vas a tener que aguantar —dijo, sin esperar respuesta.

Empapó un trapo con el alcohol y se lo apretó directo sobre la herida. Valerio soltó un gruñido que retumbó contra las paredes, y los dedos de su mano sana se cerraron sobre el borde de la mesa con tanta fuerza que la hizo temblar.

Mateo no se detuvo. Calentó la hoja del cuchillo en la llama de un mechero encendido que encontró sobre el banco de trabajo y, con la mano izquierda, la presionó contra la carne desgarrada para cerrar los vasos antes de buscar el proyectil.

La derecha, todavía torpe por la férula reciente, le sostuvo el hombro para que no se moviera.

El olor a carne quemada y alcohol llenó el cuarto. Valerio arqueó la espalda contra la plancha de metal, apretando los dientes hasta hacerlos crujir.

Mateo metió los dedos en la herida buscando el plomo, hasta que sintió el metal frío. Tiró de un solo movimiento, sacó la bala y la dejó caer al cemento con un tintineo. Volcó el resto del alcohol sobre la herida y presionó un trozo de tela limpia con todo su peso para frenar la hemorragia.

Los dos respiraban con dificultad, empapados en sudor, entre el olor a pólvora y a carne quemada.

Valerio, con los ojos entrecerrados y la vista nublada por la pérdida de sangre, giró la cabeza hacia él.

—Pudiste... pudiste irte... —murmuró el capo, con la voz rota y apenas audible por encima del ruido de las bombas que caían afuera—. Tenías la pistola... tenías la puerta abierta... ¿Por qué diablos no corriste?

Mateo se quedó inmóvil, con las manos ensangrentadas apoyadas sobre los bordes de la mesa. La rabia, contenida durante semanas de encierro, de humillación y de duelos no llorados, le estalló en el pecho como una carga de dinamita.

—¿Y a dónde coño querías que fuera? —espetó Mateo con un hilo de voz feroz, con los ojos oscuros fijos en la cara pálida al alfa—. ¿A los callejones a que me cace la misma escoria? ¿A buscar a mi hermano para que me vuelva a vender por unas cuantas monedas?

Mateo dio un paso hacia él, inclinando el rostro hasta que su aliento caliente chocó contra la mejilla sucia de Valerio.

—Me vendieron los míos. Me golpearon los míos.

Me entregaron los que se supone que debían protegerme —escupió Mateo, con la voz temblando de ira y de una verdad que le desgarraba las entrañas—.

Tú me encerraste. Me marcaste a la fuerza.

Me robaste todo lo que era. Pero eres el único maldito hombre en este puto mundo que no me ha traicionado.

Valerio se quedó callado. A pesar de la debilidad que lo arrastraba hacia la inconsciencia, algo en sus ojos cambió al escuchar eso.

Entendió exactamente lo que Mateo le estaba diciendo: que se quedaba, no por sumisión, sino porque había decidido que ese era el único lugar seguro que le quedaba en el mundo.

—Maldita sea, Mateo... —susurró, intentando levantar la mano.

No llegó a terminar. El esfuerzo lo venció y perdió el sentido sobre la mesa.

Las horas siguientes pasaron en una penumbra que a Mateo se le hizo eterna. El sonido de los combates fue apagándose poco a poco, hasta que los motores blindados de la escolta Vancanza rompieron el cerco y bajaron al bodegón para asegurar el perímetro.

Cuando los paramédicos entraron con camillas y equipo táctico, Mateo no dejó que nadie tocara a Valerio hasta que él mismo apartó las manos ensangrentadas de la ropa del capo. Los subieron a un vehículo blindado y los llevaron directo a la clínica privada del ala médica del fuerte.

En cuanto llegaron, los médicos intentaron sacar a Mateo de la sala.

—Necesitamos extraer los fragmentos que quedan y suturar el tejido, señor. Tiene que esperar afuera —solicitó el cirujano jefe, estirando los guantes.

Antes de que Mateo terminara de retroceder, una mano grande se cerró sobre su muñeca sana desde la camilla.

Valerio no estaba del todo dormido. Tenía los ojos abiertos, inyectados en sangre, y un gruñido bajo le vibraba en la garganta, una advertencia dirigida al médico y a cualquiera que intentara separarlos.

—No se mueve de aquí —ordenó con la voz destrozada, sin soltarle la muñeca—. Quédate.

El cirujano miró al capo, luego a Mateo, y terminó asintiendo antes de ordenar que prepararan el quirófano con el omega adentro.

Horas después, el olor a yodo y anestesia flotaba en la habitación blanca del ala médica.

Valerio despertó despacio. La luz de la mañana entraba entre las persianas metálicas, trazando líneas blancas sobre la sábana. Tenía el hombro derecho vendado con gasas gruesas y un suero colgando junto a la cama.

Giró la cabeza hacia la izquierda. Mateo estaba sentado en una silla de metal, con los codos en las rodillas y la cabeza gacha. Seguía con la camisa manchada de sangre seca, la férula en la muñeca y la cara gris de cansancio. No se había movido de ahí en toda la noche.

—Mateo —llamó Valerio, con la voz áspera por la sed.

Mateo levantó la vista de golpe. Se puso de pie con rigidez, sintiendo el tirón de las costillas, y se acercó a la cama.

—Despertaste —dijo, intentando que la voz le saliera neutral, aunque el temblor de los dedos lo delataba.

Valerio no respondió con palabras. Con la mano izquierda, la única que le funcionaba sin dolor, le atrapó la nuca a Mateo y tiró de él hacia abajo sin importarle el tirón que eso le costó en la herida recién operada.

—Sube a la cama —exigió. No era la voz de mando que Mateo llevaba semanas esperando y temiendo. Era solo una orden, dicha por un hombre que no sabía pedir las cosas de otra forma.

—Estás herido, te vas a lastimar —protestó Mateo, frenándolo con la mano sana.

—Sube, Mateo. Aquí. Conmigo.

Mateo dudó un segundo. Vio la línea dura de su mandíbula, la necesidad cruda que le salía de la piel, y terminó venciendo el orgullo. Se quitó las botas, levantó las sábanas y se acomodó a su lado con cuidado, evitando el hombro vendado.

Valerio lo atrajo de inmediato con el brazo sano, acomodándolo contra su lado bueno. El olor a jazmín de Mateo se mezcló con el suyo.

—Mío —murmuró contra su sien.

Mateo alzó la barbilla. Encontró los ojos de Valerio fijos en su boca, y algo se le encendió en el vientre sin que pudiera evitarlo. Valerio cerró la distancia, apretó los dedos en su nuca y lo besó.

Fue un beso duro, hambriento, cargado de todo lo que ninguno de los dos sabía decir en voz alta. Mateo dejó escapar un suspiro contra su boca, abriéndose al ritmo pesado de su lengua, rindiéndose al sabor a tabaco y pólvora que lo marcó hasta los huesos.

Cuando se separaron para respirar, Mateo cerró los ojos y apoyó la mejilla contra el pecho de Valerio, sabiendo que ya no había ningún lugar en el mundo al que quisiera volver.